25 febrero 1993

Se especula que el hermano del Vicesecretario general del PSOE habría cobrado 30 millones de pesetas

Juan Guerra acepta sentarse en La Máquina de la Verdad de TELECINCO a hablar de su supuesta corrupción, cobrando

Hechos

El 25.02.1993 TELECINCO emitió una edición del programa ‘La Máquina de la Verdad’ de D. Julián Lago en el que el entrevistado fue D. Juan Guerra.

Lecturas

El hermano del ex vicepresidente del Gobierno, Juan Guerra, reconoció el 25 de febrero de 1993 en el espacio televisivo «La máquina de la verdad» de Julián Lago y Edward I. Gelb, emitido por TELECINCO, que «fue un error del Partido Socialista dejarme utilizar el despacho de la delegación del Gobierno en Andalucía». Dió como resultado que Juan Guerra mintió cuando contestó negativamente a la pregunta sobre si «había utilizado el despacho de la delegación del Gobierno para financiar irregularmente al PSOE por orden de Alfonso Guerra».

La polémica entorno a la utilización de la mencionada dependencia oficial se convirtió en el eje conductor de un espacio con unas previsiones de audiencia espectaculares ante la reaparición televisiva de Juan Guerra. El hermano del ex vicepresidente del Gobierno, que se mostró en todo momento muy relajado, dejó traslucir la distancia actual que le separa del Partido Socialista, hasta el punto de reflejar su incomprensión ante el hecho de que lo vayan a procesar por utilizar un despacho oficial que le habían habilitado otros cargos públicos, actualmente ex culpados por la Justicia. Sin embargo, lo más importante de las revelaciones de Juan Guerra en lo que fue su tercera aparición pública en un medio televisivo desde que se convirtió en 1990 en un personaje público, fue el hecho de que el «hermanísimo» reconociera que fue el ex vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, el que le dio permiso para la utilización del polémico despacho, algo que hasta ahora Juan Guerra no había reconocido taxativamente. Juan Guerra en ningún momento ocultó el distanciamiento actual con su hermano Alfonso, con el que dijo que no ha mantenido contacto, ni tan siquiera telefónico, desde la muerte de su ex esposa Angeles López en 1990. Curiosamente, la crítica feroz a su difunta ex esposa, responsable de que saltara a los medios de comunicación el «caso Juan Guerra», constituyó el segundo punto clave del debate previo que, moderado por el periodista Julián Lago, precedió al momento a que Juan Guerra se sometió al detector de mentiras.

Juan Guerra arremetió contra los medios de comunicación a los que, junto a la propia Justicia, considera sus bestias negras y los responsables de su situación. Por último, la revelación de que piensa apelar al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, que se encargará de dictaminar hasta que punto Juan Guerra ha sido objeto de la violación de derechos constitucionales y legales, constituyó lo más sustancial de un espacio por el que Juan Guerra ha cobrado tres millones de pesetas.

27 Febrero 1993

El más listo de los pillos

F. Javier Santero

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Me dejó intranquilo la mirada de Juan Guerra cuando el operario de la máquina y el capataz del programa le anunciaron que no decía la verdad. «He dicho la verdad; el polígrafo no habrá funcionado bien… es una máquina». Pero las palabras, por otra parte escasamente convincentes, no podían ocultar aquella mirada y aquella media sonrisa que parecían denotar un resultado ya esperado. Efectivamente, no es más que una máquina. Pero el escenario del interrogatorio daba toda la impresión de estar preparado para los fines del acusado. No se le preguntó por sus negocios particulares, no se le preguntó por su presunto enriquecimiento personal. La impresión que quedó en el telespectador fue la de que el aparato socialista, -mienmano mediante- utilizó a Juan Guerra para que consiguiera dinero para las arcas irregulares del PSOE. Luego, el presentado utilizó esta sospecha, sin ningún rigor profesional para extender la porquería entre todos los partidos políticos. Ese fue el mensaje de este juez tan poco imparcial: todos tienen sus juanguerras particulares, todos juegan sucio para conseguir dinero. La otra impresión es que las preguntas ante la máquina estaban pactadas y que Juan Guerra consiguió su objetivo: una advertencia al partido y al hermano que le dio el despacho: se acabó ser chivo expiatorio, lejos de irme de España, un día voy a tirar de la manta, porque no quisisteis hacer un apaño político y dejasteis que me llevaran a los tribunales. Un día, si tengo que volver a sentarme en el banquillo y me quieren mandar a la cárcel, muero matando. Es listo este pillo. Más listo, dónde va a parar, que otros pillos que salían en pantalla. Lo demostró a lo largo de todo el programa. Se hizo el dueño. Puso firme al presentador cada vez que intentó reconvenirle. Los llevó a todos a su terreno. Dejó a los periodistas como un trapo. A Julián Lago por méritos propios -su corporativismo selectivo fue increíble; su falta de cintura, cortando el programa para publicidad en momentos interesantes, careciendo de argumentos en las réplicas, obviando la necesidad de prorrogar la charla después del veredicto de la máquina y permitiendo que «don Juan» destrozara la imagen de su esposa fallecida fue imperdonable. Y a Antonio Burgos porque tergiversó tontamente unas palabras del acusado -pecado número uno- y porque, sin quererlo, se mostró parcial -pecado número dos- con una surrealista y tartamudeante distinción entre los amigos bajo sospecha, a los que hay que defender, y los otros. «Usted tiene que informar, sea amigo o sean enemigos», le soltó el Guerra. Y tenía, claro, razón. Qué listo es este pillo. Y qué falto de escrúpulos. Cualquier día le ponen un despacho en Tele 5.

28 Febrero 1993

La Máquina

Jaime Campmany

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Lo de la máquina es demoniaco, es una cabronada diabólica y además una cabronada de diablesa que ya se sabe que las diablesas con más despiadadas y atroces que los diablos. Mi mujer ya se ha propuesto someterme a la máquina de la verdad para investigar mis presuntas infidelidades, naturalmente inexistentes, y ya le he explicado que esa máquina nos arrebata la dignidad y que no pienso humillarme ante ese electrocardiograma de amor conyugal. «¡Que se sometan lo políticos, que son los que más mienten!·, le he dicho para salirme por la tangente. Pero queda claro que esta publicidad que le están haciendo a la máquina resulta altamente nociva.

La Máquina de la Verdad es ni más ni menos que una ordalía electrónica, una ordalía que ya no utliza el agua ni el fuego, ni el hierro candante, ni el atracón de queso, ni el duelo o el juicio de Dios, sino que se vale de una escritura eléctrica como un radiograma arrancado al alma desnuda. Te meten una descarga o un rampazo en los entresijos del espíritu. Le enchufan a San Juan de la Cruz la máquina de la verdad y al o mejor en vez de salirle el Cántico espiritual, le sale un mal pensaiento con Santa Teresa. La Máquina de la Verdad es un regreso desde la posmodernidad a las tinieblas de la Edad Media, y como aquí están anatematizadas las ordalías desde el Concilio de Valladolid, no me extrañaría que un día de estos don Marcelo excomulgara a Julián Lago y pusiera a Valerio Lazarov en manos de fray Tomás de Torquemada.

El espectáculo de Juan Guerra electrocutado por La Máquina de la Verdad fue un espectáculo medieval y tenebroso como si alguien acudiera voluntariamente a arrojarse al a pira o sentarse en la silla eléctrica. Dicen que a Juan Guerra le han dado treinta millones de pesetas por someterse a esa ordalía mucho más dolorosa para el espíritu que caminar sobre ascuas o escaldarse el ‘body’ en agua caliente.

La pasión frenética por el dinero, la moda de adorar al Becerro de Oro, es lo único que puede explicar ese masoquismo de entregarse a la máquina bajo el ojo ciclópeo de la cámara. Está claro que Juan Guerra, por treinta millones, no sólo se entrega a la máquina, sino también a los alguaciles, a los jueces, a los rigores del Cödigo Penal y a los columnistas. Aquello era como una ejecución por contrato. Contemplar a Julián Lago llevar a Juan Guerra hasta el polígrafo americano era como ver al alcalde dejar al reo en manos del verdugo. El verdugo suele ser un forastero, y aquí también lo es, pero con todo, el polígrafo debería actuar con la cara tapada, como los vedugos medievales. POr unos momentos el plató quedó convertido en un patíbulo.
Y todo para que, a fin de cuentas, la máquina de la verdad no sirviera para nada, porque bastaba con mirarle a Juan Guerra la sonrisa disimulada que le bailaba bajo la maleza de la barba para percatarse de por dónde saltaba el gazado de la mentira. Cuando negaba la evidencia, se le notaba levemente el cachondeito al sevillano. Juan Guerra afirmó que no había hecho negocios en el despacho de la delegación del Gobierno, y la máquina dio un respingo y registró la trola. Natural. ¡Pues vaya una novedad que nos trajo la máquina! Como si le enchufan la Máquina de la Verdad a don Felipe González. Con algunas respuestas de don Felipe, la dichosa máquina no es que salgan las rayas del papel, es que se mea de risa. Y al polígrafo americano tienen que llevarlo a la ‘tele’ con dodotis.