5 junio 1996

La Liga del Norte de Umberto Bossi proclama la independencia de Padania, la región del norte de Italia

Hechos

En junio de 1996 en un acto político de La Liga del Norte se anunció su deseo de que la religión de Padania se separara de Italia.

05 Junio 1996

¿Muere Garibaldi?

EL PAÍS (Jesús Ceberio)

Leer

UMBERTO BOSSI, líder de la Liga Norte, sigue tensando la cuerda, en un juego que incluso en la nada trágica Italia puede llegar a ser peligroso. Su llamamiento del domingo a la independencia de Padania a través de la secesión es muy probablemente una treta para conseguir una reforma federalizante del Estado italiano con el mayor grado de autonomía posible para la región que dice representar. Pero entra en una lógica que puede llevar a plantear una separación a la checoeslovaca. Pacífica, pero desestabilizadora y, ante todo, gratuita. El arma de Bossi es aún retórica. Pero de las que carga el diablo. Con Bossi, sin duda un virtuoso de la demagogia y de la explotación de los agravios, cristaliza políticamente en Italia un nacionalismo basado en un rechazo al concepto de la solidaridad entre territorios, base de todo Estado moderno. No sería de extrañar que en la estela de estas pasiones particularistas surgieran movimientos sociales aún más preocupantes.Por el momento, Bossi puede ser secesionista en la táctica y federalista en su estrategia. Buscaría así votos -el apoyo de su público parece crecer- e instrumentos de presión de cara a las negociaciones que se avecinan sobre el avance hacia una Italia federal o una Italia de las autonomías, como prefiere definirla el primer ministro, Romano Prodi. Pero Bossi puede acabar como aprendiz de brujo y poner en marcha un proceso que se le escape finalmente de las manos.

La Liga proclamó el domingo la constitución de un Comité Nacional de Liberación de Padania, que pretende ser un instrumento de agitación. Y Bossi hizo un llamamiento a «una resistencia pasiva que obligue al colonialismo [de Roma] a pactar», así como a la rebelión fiscal de los ayuntamientos gobernados por la Liga. La solemnidad de los términos no oculta que está llamando a actos delictivos de insubordinación al Estado.

Tras esta cascada de conceptos altisonantes late toda una forma de pensar. Tan equivocada como insensata. Bossi se aferra a un «¡sálvese quien pueda!» ante los muy serios desafíos económicos que supone la globalización de la economía a la que hace constatemente referencia. Para hacerles frente pretende desembarazar al rico norte de los lastres del sur pobre y aplicar esa paradoja global, tan de moda en algunos círculos, según la cual la globalización del mundo lleva a unidades políticas más pequeñas y más numerosas, a la proliferación de las Padanias.

Y no es así. Son necesarias grandes unidades -Estados Unidos o Japón, por un lado, la Unión Europea- para no sólo poder sobrevivir, sino defender los distintos modos de vida en este mundo globalizado en el que los Estados tienen un papel muy importante que cumplir y en el que la solidaridad entre territorios es un principio no sólo moral, sino vital para la competitividad y la estabilidad de las sociedades, en sus segmentos y zonas ricos y pobres. Ninguna comunidad puede construirse sobre la base de levantar como bandera la lucha contra la solidaridad.

No sorprende, por tanto, que el presidente, Oscar Luigi Scalfaro, al celebrar ese mismo día el 50º aniversario de la República Italiana -celebración que la Liga Norte boicoteó-, empujara a la reforma con urgencia, pero desde el respeto a una Italia «una e indivisible», como proclama el artículo 2 de la Constitución, algo que hasta ahora no había sido necesario recordar en la historia reciente de esta república.

Es cierto que la división fáctica de Italia en dos, con el norte englobado en este concepto de Padania y un sur depauperado, es un gran fracaso histórico de la integración italiana. Es, en cierta forma, el entierro del sueño de Garibaldi. Pero aquella unidad soñada por unos y combatida por otros no puede dejar paso a una anacrónica fuga del rico. Hoy es imprescindible la solidaridad interterritorial. Y no sólo entre Milán y Nápoles, también entre las regiones europeas. Luchar por la cohesión e igualdad en los niveles de vida es el gran reto para hacer de este continente ese gran ejemplo de calidad en las relaciones entre las gentes y los pueblos.

15 Septiembre 1996

Responder a Padania

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Leer

POCO ANTES del comienzo de las segundas sesiones cinematográficas, Umberto Bossi proclamará hoy desde un balcón del palacio Venecia, en la ciudad de los canales, una llamada república federal de Padania. La multitud que le jalee será presumiblemente numerosa -como la de los carnavales-, verosímilmente entusiasta -con el delirio que se siente por lo que es gratuito- y divertida -porque va a asistir a uno de los grandes happenings de la historia contemporánea-.Culminarán, así, tres días de celebraciones en la Italia del norte, con una gigantesca cadena humana de protosecesionistas, desfiles, cabalgatas y el reparto de un folletito de cuatro páginas publicado como presunta Gaceta Oficial de la República Padana en la que se declama: «Nosotros, pueblo de la Padania…» y el resto que cabe imaginar, con una tirada de un millón de ejemplares al precio escasamente módico de mil liras (unas 70 pesetas), lo que parece indicar que los neopadanos saben unir gozosamente la afición al negocio.

Más allá de los tintes de ópera bufa -que a la opinión italiana ofenden bastante menos que a los adeptos al sentimiento trágico de la vida-, y de la proclamación de una independencia que no será realidad -al menos en el horizonte de lo previsible, y pese a que no lo fuera la desaparición de la Unión Soviética y, apenas algo menos, la unificación de Alemania-, ese hombre-espectáculo de la política que es Bossi cabalga sobre una desafección nordista hacia Roma y el resto de Italia que resulta tan grave como pudiera serlo un auténtico fenómeno de secesión nacionalista.

La rebelión fiscal que se está desarrollando en el norte lo prueba, especialmente cuando Italia debe hacer serios esfuerzos por acercarse a los criterios económicos de Maastricht. Esa desafección es la de los dineros despilfarrados por el Estado, de los dineros afanados por la tangentopoli, de los dineros, en general, tirados al pozo sin fondo del sistema romano de gobernación del país. Y se resume en una fórmula: ya hemos pagado bastante los vicios y la incompetencia de los demás. Y a eso, mucho más que a la fantasmagoría de Venecia, es a lo que ha de responder el Gobierno de centro-izquierda de Romano Prodi con reformas urgentes, de las que se habla sin parar, pero de las que aún no se ve ni la punta del iceberg. Y esas reformas, como proclama el propio Prodi, se llaman federalismo.

Pero todo eso que se halla en la base de la escenografía de la Liga Norte, el báculo secesionista de Bossi, no es nacionalismo, sino que incluso ridiculiza la idea misma de una agitación popular nacionalista. Por algo, Jordi Pujol, que entiende un poco de todo ello, no ha aceptado jamás las reiteradas peticiones de Bossi de que le dejen fotografiarse con el presidente de la Generalitat en Barcelona, ni Convergència ha sido invitada a los actos -como sí lo han sido otros nacionalismos sin Estado, de España y del resto de Europa-, acusado, el partido catalán, de colaboracionismo estatalista.

¿Qué pretende, entonces, un Bossi que, de seguro, no ignora que una cosa es proclamar y otra dar trigo? Por lo pronto, su declaración de independencia será, previsiblemente, más que una pretendida toma del poder, un anuncio de que dentro de un año existirá una república padana, con su moneda -el propio Bossi dio hace unos días una propina en un hotel con un papel de curso totalmente ilegal, que llamó «moneda padana»-, su policía, sus jueces, sus alcaldes, y cabe suponer que también sus padanos. Un año en la política italiana puede ser tanto un suspiro como un eón. Puede ser un año para negociar, para ver qué quiere decir eso de federal.

Ante todo ello Prodi reacciona con «preocupada serenidad». Mientras la secesión sea un folclor de banderita, el Gobierno se va al cine. Pero ay, dice, si alguien quiere tomarse las cosas en serio. En serio las cosas ya lo están, y la única forma de reaccionar no es con los carabinieri por delante, que seguramente no llegarán jamás a hacer falta, sino con un nuevo reparto del poder territorial que satisfaga legítimas aspiraciones de probidad, control y explotación del éxito de una Italia cuya prosperidad es una de las mejores noticias europeas de esta segunda mitad del siglo XX.