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El crimen despierta un fuerte concienciamiento sobre la violencia de género

La mujer Ana Orantes asesinada por su marido, José Parejo, después de acusarle de maltrato en CANAL SUR

HECHOS

El 4.12.1997 Dña. Ana Orantes Ruiz participó en un programa de CANAL SUR conducido por Dña. Inma Soriano en la que reveló que su marido, José Pareja, la ‘pegaba palizas’.

EL ASESINO

99_JoseParejo José Parejo asesinó a su esposa, Dña. Ana Orantes Ruiz, rociándola con gasolina y prendiéndola fuego. Fue condenado a 19 años de cárcel y murió en prisión.

LA FURIA DE LOS HIJOS

99_JoseParejo_hijos En el momento de la detención de José Parejo, los hijos de la Sra. Orantes tuvieron que ser contenidos para que no agredieran a su padre. Toda la prensa pudo captar sus gritos de «¡No es nuestro padre, es el asesino de nuestra madre!» «¡Cobarde!» «¡Sólo te atreviste a hacerlo cuando sabías que iba a estar sola!».

19 Diciembre 1997

Muerte y maltrato

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

El maltrato y, en su extremo, el asesinato de mujeres por parte de sus maridos, ex maridos o ex parejas se han convertido en un desgraciado acontecimiento casi cotidiano. La sociedad española corre el riesgo de acostumbrarse a ello debido el fatalismo y la desidia con que se enfocan los problemas que afectan a la mujer. Según las estadísticas más recientes, en España han muerto 59 mujeres en un año, más de una a la semana, asesinadas por cónyuges o ex maridos. El último caso, que desgraciadamente no será el último, es el de Ana Orantes, de 60 años, atada y quemada viva Con gasolina por su ex marido en un pueblo de Granada. De nada le sirvieron a la asesinada las denuncias que presentó anteriormente por malos tratos ni su llamada a la conciencia social, a través de un programa de televisión en el que desveló el terror vivido en su matrimonio, marcado por las violaciones y las palizas.Éste es uno de los casos que, por su horror, sacuden momentáneamente las sensibilidades, como sucedió en el del asesinato en Cuenca, a plena luz del día, de la funcionaria de prisiones Mercedes Collado, a manos de su ex marido y en presencia del hijo de ambos. La fotografia de este crimen atroz, ejecutado, a pesar de las múltiples denuncias por amenazas presentadas por la víctima contra el agresor, provocó un escalofrío de indignación en toda España. Los casos de Ana Orantes y Mercedes Collado, como los de la mayoría de las asesinadas en estas circunstancias, tienen en común el decepcionante estribillo de las denuncias previas contra sus agresores.

No sirvieron para salvar sus vidas. Ha llegado el momento de preguntarse por qué.

En los asesinatos de mujeres a manos de sus compañeros presentes o pasados confluyen, por una parte, la torturada sensación de abandono que cultivan ciertos varones separados de sus esposas, y por otra, la peligrosa percepción, muy extendida, de que los problemas entre matrimonios siempre se resuelven, no presentan riesgo criminal y, además, deben resolverse entre los afectados. No siempre es. así, como demuestra la realidad. Muchas denuncias judiciales no se toman en serio, lo cual es una grave muestra de negligencia de parte de las autoridades que las reciben, ni se evalúa con la gravedad que merecen las situaciones de amenaza y malos tratos reiterados, que suelen ser el preámbulo fatal al homicidio.

Casi 60 mujeres han pagado con su vida las consecuencias de esta lenidad social que tiende a considerarlos malos tratos y las agresiones entre parejas como juegos de salón que acaban con el entendimiento mutuo.Las.amenazas proferidas contra cónyuges o ex cónyuges deben ser consideradas, además de como todo delitoevidente y castigado. según la ley, como un peligro potencial para el amenazado; y deben obligar a las autoridades a responsabilizarse de que tales amenazas no lleguen a cumplirse. Es imprescindible que se instrumenten procedimientos legales y normas muy precisas para evitar, de forma efectiva y urgente, que los cónyuges con una trayectoria comprobada de agresiones a sus parejas puedan acercarse a sus víctimas. Para una sociedad que pretende practicar la sensatez como norma, las mujeres muertas o maltratadas son un motivo de vergüenza y una demostración de negligencia incalificable de los encargados de velar por la seguridad de las personas.

18 Diciembre 1997

Otro crimen evitable

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

Ana Orantes Ruiz, 60 años, asesinada ayer por su ex marido, que tras maniatarla la roció con gasolina para que pereciera ardiendo. Con ella son ya 59 las mujeres que han muerto a manos de un varón que tenía o había tenido con ellas una relación sentimental, a menudo rota o en proceso de ruptura.

Elementos comunes jalonan las vidas de las mujeres que son víctimas mortales de sus maridos: malos tratos (extensivos en muchas ocasiones a los hijos de la pareja), amenazas de muerte, denuncias policiales que no surten ningún efecto… Un cúmulo de acontecimientos que convierten la existencia en tortuosa y muchas veces culminan en el asesinato de la mujer.

El fenómeno se da en todos los niveles socioeconómicos y en todos los países, sea cual sea su forma de organización del Estado, su religión o su nivel de desarrollo. Porque tiene su base ideológica en la creencia machista, más o menos consciente pero universal, de que la esposa es una más de las pertenencias del varón, que tiene plena disposición sobre su vida. Claro está que existen distintos grados de violencia y, sobre todo, distintas fórmulas legales para proteger social y legalmente a quienes son víctimas de ella.

Que en una sociedad como la nuestra, que se asienta sobre los valores de la igualdad entre los sexos, exista un índice tan alto de asesinatos revela que los mecanismos de protección a las mujeres maltratadas o amenazadas no funcionan adecuadamente.

Concretamente Ana Orantes había denunciado en 15 ocasiones las amenazas y los malos tratos de su marido a la policía y en televisión. A pesar de esto, la desprotección ha permitido a su ex marido matarla sin dificultad, porque una sentencia judicial les obligaba a vivir en la misma casa, pese a darles la separación. En muchos países se aplica ya el llamado extrañamiento, que consiste en prohibir al hombre denunciado acercarse a la zona donde vive o trabaja la mujer que sufre sus agresiones; también se le puede proporcionar protección policial o prohibir al padre las visitas a los hijos si estos encuentros le sirven para maltratar a la madre.

Las posibilidades de evitar estas muertes existen. Pero para que se apliquen de forma efectiva es imprescindible que las instituciones consideren el asunto un problema social, cuya relevancia va mucho más allá del ámbito individual o familiar.

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