22 diciembre 1955
A cambio de que la URSS aceptar al régimen de Franco, los países occidentales votaron a favor de la entrada de 4 dictaduras comunistas
La ONU admite oficialmente a España con el voto a favor de los países comunistas en un acercamiento entre los dos bloques
Hechos
En diciembre de 1955 fueron admitidos oficialmente por la ONU 16 nuevos países – como España o Portugal – como miembros de pleno derecho.
Lecturas
El Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas (ONU) se ha reunido esta noche, para considerar el ingreso de nuevos miembros. La postura de China nacionalista, al vetar el ingreso de Mongolia Exterior, motivó que la URSS vetara la entrada en bloque de 15 países.
Tras alcanzarse el compromiso de que Japón y Mongolia Exterior quedaran fuera, de momento, se aprobó la entrada en la ONU de 15 países, entre los cuales se cuenta España que ve reconocido así su régimen a nivel internacional.
Por diez votos (incluidos Estados Unidos y la Unión Soviética) y una abstención (Bélgica) entraron 16 nuevos países en la ONU, eran los siguientes:
España (Dictadura militar), Portugal (Dictadura militar), Albania (Dictadura comunista), Jordania (Monarquía abolutista), Hungría (Dictadura comunista), Italia (Democracia), Austria (Democracia), Rumanía (Dictadura comunista), Bulgaria (Dictadura comunista), Finlandia (Democracia), Ceilán (Dictadura), Nepal (Dictadura), Libia (Dictadura), Camboya (Dictadura), Laos (Dictadura) e Irlanda (Democracia).
De esta manera España entra después de que en 1950 se retirara su veto a tener embajadores.
El fin del aislamiento internacional de España quedará retratado con la visita a España del presidente de EEUU, Eisenhower.
El Análisis
El ingreso de España en la ONU en diciembre de 1955 marca el final del aislamiento diplomático del franquismo y confirma lo que ya era un hecho consumado desde hacía años: que el régimen de Franco, tras haber sobrevivido al naufragio del Eje y haberse reciclado como bastión anticomunista, era ahora un engranaje más del nuevo orden global, dictado no por los principios del derecho internacional, sino por el equilibrio de poder entre Washington y Moscú. La entrada simultánea de 16 países –una mezcla ecléctica de dictaduras militares, monarquías autoritarias, democracias europeas y repúblicas comunistas– no fue una ampliación inocente del concierto de naciones, sino un pacto de conveniencia entre las dos superpotencias: Estados Unidos quería reforzar a sus aliados conservadores, y la URSS hacer lo propio con su red de Estados satélites. La entrada de España y Portugal no es más extraña que la de Rumanía o Bulgaria: el ideal democrático fue, una vez más, prescindible.
Para la Unión Soviética, votar a favor del ingreso de la España franquista —a la que había ayudado a aislar en 1946— no fue una traición a sus principios revolucionarios, sino una jugada pragmática. El objetivo era abrir la puerta a países como Albania, Hungría o Rumanía y forzar un equilibrio formal de votos dentro de una ONU cada vez más afectada por la lógica de bloques. La Guerra Fría impuso su propia geopolítica en las instituciones multilaterales: lo importante no era quién gobernaba o cómo, sino a qué bando respondía. España, que ya había firmado acuerdos militares con EE. UU. en 1953 y empezaba a integrarse en la red occidental de defensa sin necesidad de pertenecer a la OTAN, era una pieza útil en el mapa de Washington. La entrada de países como Ceilán, Camboya o Libia —todos con regímenes no democráticos— demostró que los criterios políticos o morales eran perfectamente moldeables. La ONU, nacida con grandes ideales, se plegaba ahora al realismo de la bipolaridad.
La entrada de España supuso, además, el certificado de defunción para el ya moribundo gobierno republicano en el exilio. Sin apoyos internos, ignorado por las potencias occidentales y ahora también abandonado de facto por Moscú, aquel gobierno —encabezado por figuras como Diego Martínez Barrio o Claudio Sánchez-Albornoz— se convirtió en una reliquia simbólica, sin proyección ni utilidad política. Ni el PSOE ni el PCE, antaño sostenes ideológicos de la legitimidad republicana, parecen ya dispuestos a defender una entelequia sin base ni futuro. A partir de 1955, el régimen de Franco no sólo es aceptado de facto por las grandes potencias, sino también de jure por la comunidad internacional. Lo que comenzó como una dictadura aislada, termina siendo parte activa del tablero diplomático. La Guerra Fría, al final, no venció al franquismo: lo adoptó.
JF Lamata