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El periódico que fuera en su día portavoz oficioso de la Dictadura de Miguel Primo de Rivera, se había opuesto siempre al sistema de la II República, aunque en su última etapa también se había enfrentado a la CEDA de Gil Robles

La redacción y la rotativa del diario LA NACIÓN de Manuel Delgado Barreto es destruida por partidarios del Frente Popular

HECHOS

El 13 marzo de 1936 el diario LA NACIÓN dejó de publicarse después de que su redacción y su rotativa fueran asaltadas y quemadas, por lo que dejó de salir el periódico madrileño.

Si tras la llegada al poder del Frente Popular ya habían perdido sus periódicos don Juan Pujol y don Juan Ignacio Luca de Tena, el tercero en caer sería el director de otro vespertino, el de LA NACIÓN, don Manuel Delgado Barreto. En su caso se produjo mediante un procedimiento menos legal y más rudimentario, pero no por ello, menos práctico. En marzo de 1936 un grupo de falangistas intentó asesinar al diputado socialista don Luis Jiménez Asua, que logró salir ileso, suerte que no tuvo su guardaespaldas, don Jesús Gisbert, cuyas últimas palabras fueron: “Don Luis, me han matado”. La reacción de las milicias socialistas no se hizo esperar y al día siguiente hicieron trizas la redacción y todos los talleres de LA NACIÓN, a los que prendieron fuego. El periódico no pudo sobrevivir a aquello y el Sr. Delgado Barreto se quedó sin periódico que dirigir. Aunque, según contó don Víctor de la Serna, gustó de pasearse por la redacción de INFORMACIONES porque disfrutaba con “el ajetreo de última hora”. Casualmente uno de los últimos editoriales de LA NACIÓN había sido en contra de todo tipo de violencia.

Absoluto respeto a la vida humana. Por el camino de las pistolas no nos encontrará nadie. En España hay que luchar políticamente como se lucha en los países civilizados.. En otro sentido ni la más leve agresión, porque en el terrerno de la vilencia aislada ni se plantean batallas, ni se sostienen, ni se ganan. En ese terreno no se hace nada. (LA NACIÓN, 12-3-1936)

27 Marzo 1936

Acción Social

Manuel Delgado Barreto

Es lástima que el edificio de LA NACIÓN no estuviera enclavado en las riberas del Manzanares y que el Manzanares no imitara hace quince días al caudaloso Guadalquivir. Nos ahorraríamos el inútil esfuerzo de dar explicaciones – para las que he discurrido los similes más optimistas y benévolos – sobre la desaparición de mi única finca laborale, en la que el Gobierno había reasentado recientemente doscientos trabajadores, que se quedan sin pan. La corriente impetuosa se lo llevó todo. Los elementos, cuando se desatan, son así de implacables. Con la vida, pude salvar restos de la simiente que he sembrado para que otros recogieran la cosecha durante siete lustros. En tanto la fortuna me depara terreno propio para proseguir las experiencias, acepto agradecido la hospitalidad gentil y cariñosamente ofrecida por el primer periódico de España [ABC].

Quede ahí, sin lamentaciones pueriles ni protestas ineficaces, el suceso y vayamos a la actualidad política. Sectores de derechas renuncian a intervenir en la contienda electoral. Otros vacilan. Pléguense todos a las realidades. El momento no es de artilugios democráticos, que ya se ha visto cómo conducen a un solo fin: la revolución. Los revolucionarios no creen en la legalidad, aunque la invoquen cuando la forjan y utilizan a su antojo. Si a nosotros nos repugnan el sufragio inorgánico y el Parlamento, ¿por qué contribuimos a la subsistencia de tan escandalosas ficciones? La predicación sin ejemplaridad equivale a desorientar, desmoralizar y engañar al pueblo.

Se arguye que no quedan otros caminos hábiles para influir en la vida del país. ¿Cómo no? Faltan por recorrer los conducentes a la mayor eficacia. Si algo asquea al país es la política. Los problemas políticos están relegados al segundo término y los elimina de la preocupación nacional el agigantamiento de las cuestiones sociales. ¿Se ha intentado la acción social fuerte y a fondo con recio espíritu cristiano, sin caer en la mermelada del socialcristianismo, que el propio sabio y santo León XIII no propugnaría ahora, como lo hacen Herrera y Ossorio, sin procedimientos? Pues ésa es una obra para la cual no se necesitan diputados ni concejales: pero sí un gran espíritu de sacrificio, una abierta generosidad, que no ande buscando defectos con lupa, y un simple sentido organizador. Atraer masas humildes mediante el honrado cumplimiento de promesa realizables de nuestro campo las clases medias, es obra muy superior a la de procurarse escaños en Cámaras y Concejos.

La política española no tiene hoy más que dos soluciones contrarias y extremas. Una acción social rápida e intensa, volcando en el empeño todos los recursos económicos y las energías espirituales, probablemente aminoraría el choque, si no se llegaba a tiempo de evitarlo.

Manuel Delgado Barreto

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