8 enero 1959
Recibimiento triunfal y apoteotico al comandante Castro, nuevo 'hombre fuerte' del país
La revolución cubana de Fidel Castro derriba al dictador Fulgencio Batista que huye al exilio y da el poder a Urrutia
Hechos
El 8.01.1959 Fidel Castro entró en La Habana, capital de Cuba y fue nombrado ‘jefe del Gobierno provisional’.
Lecturas
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Las tropas revolucionarias encabezadas por Fidel Castro desfilaron por la capital cubana, La Habana, el 2 de enero de 1959, un día después de que el dictador Fulgencio Batista y Zaldívar huyera del país. Una nueva época empezaba para Cuba.
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LOS PROTAGONISTAS DE ‘LA REVOLUCIÓN CUBANA’:
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La presidencia de Manuel Urrutia será breve y será depuesto por Fidel Castro en julio de 1959.
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En 1956 el abogado Fidel Castro Ruiz desembarcó con 81 seguidores en el sudeste de Cuba. Los rebeldes conscientes de que no tenían ninguna posibilidad ante el ejército del dictador Batista, se replegaron en las montañas, donde crearon un ejército de partisanos e iniciaron una cruenta guerra de guerrillas. Batista, por su parte, se veía incapaz de controlar la situación interna del país. La oposición política formó una alianza contra el dictador y reconoció como dirigente al revolucionario Castro. Poco antes de la entrada de las tropas de éste en La Habana, Batista huyó en avión hacia la vecina República Dominicana.
Tras el triunfo de la revolución Castro fue nombrado presidente del Gobierno de Cuba. Los incrementos salariales, la disminución del precio de los alquileres y la reforma agraria pronto acabaron con la colaboración con las clases media y alta. Castro no tardó en desviarse de su objetivo original, que consistía en sustituir el régimen autoritario por un Estado de libertades. Cuba se convirtió en una dictadura comunista con Castro al frente como dictador absoluto, y más de dos millones de personas se exiliaron.
Tras la nacionalización de las refinerías de petróleo y otras propiedades estadounidenses, en 1960 se produjeron la ruptura con Washington y el embargo de las exportaciones cubanas a Estados Unidos. Poco después Cuba y la Unión Soviética firmaron oficialmente un tratado miltiar de cooperación. La URSS incorporó a Cuba a la órbita soviética aplicando la economía planificada de tipo socialista e ingresar oficialmente en el Consejo Comercial de Países del Este para la ayuda Económica (COMECON).
El Che Guevara formará parte del Gobierno cubano hasta octubre de 1965
04 Enero 1959
La incógnita de Cuba
Del plano militar – la marcha de las columnas de Fidel Castro por las provincias de Oriente y Las Villas, los duros ocmbates en las llanuras y en la ciudad de Santa Clara – los acontecimientos de Cuba han pasado al terreno político. En el primero, la decisión de Batista de abandonar el Poder a una Junta Militar, constituyó un golpe de sorpresa: precisamente este gesto sobrevino en los momentos en que el avance de los hombres de Sierra Maestra parecía haber quedado detenido por una mayor actividad del Ejército, apoyado por el armamento que acaba de recibir Batista. ¿Qué razones influyeron en este? Hemos indicado que probablemente pesaron en él el cansancio y la esperanza de evitar un derramamiento de sangre, entregando el mando a la Junta Militar del general Castillo que hasta entonces dirigía las operaciones.
En el plano político no ha habido, en cambio, ninguna sorpresa, Fidel Castro rechazó, y era de suponer, todas las sucesivas fórmulas obedeciendo a consideraciones prácticas derivadas de los dos años de ruda guerra y a la misma sorpresa de ver tan fácil el último cuarto de hora. La Junta Militar entregó el Poder, de acuerdo con la Constitución, al decano del Tribunal Supremo, designado Presidente de la República que a su vez designaba como jefe de Gobierno al doctor Cuervo. Esta salida significaría que el régimen del 19 de marzo no había sido vencido, sino en cierto modo continuaba. Colocado bajo el signo de otra fecha – el 26 de julio de 1956, en que se inició el movimiento revolucionario de Fidel Castro – el anuncio de que los hombres de Sierra Maestra designaban otro Presidente, al magistrado Urrutia, elegían a Santiago de Cuba como capital provisional y amenazaban proseguir la guerra si no existía rendición incondicional, se buscaba marcar la ruptura total y la quiebra de un puente posible de transición. La rendición o la guerra civil prolongada en el caso de que las últimas fuerzas del régimen de Batista hubieran acordado la resistencia. Tal era el dilema. Esta decisión responde a las características que desde el principio tuvo el núcleo de Sierra Maestra.
La guerra civil ha sido evitada. Y los acontecimientos en La Habana se desarrollarán, pues, en el terreno político. Si la curiosidad popular se dirige momentáneamente hacia la figura personal de Fidel Castro, hay que proyectar los acontecimientos hacia el futuro. Se va precisando que en la hora del triunfo coinciden tres factores: uno, el movimiento del 26 de julio, con un impulso insurreccional que radica sobre todo en la voluntad de derribar a Batista y crear algo nuevo. Otro, el grupo de Prío Socarrás, que también disponía de guerrillas insurreccionales en Sierra Escombros, pero más políticamente experimentado y previsiblemente con la nostalgia del pasado, de la época nada ejemplar en que dominó el país una situación que hizo popular a Batista. Y, finalmente, los comunistas, unos 20.000 hombres, sólidamente entrenados en la táctica de crear la catástrofe económica, el caos y la conquista de los puestos claves. Sería contraproducente ignorar que éstos, especulando ya con el futuro, procedieron a incautarse de las emisoras de radio y de los Sindicatos, que Moscú ha saludado con regocijo unos sucesos en los que no ve más que una situación a explotar a cualquier precio y por todos los procedimientos. Y sería erróneo ignorarlo porque entre los hombres de Sierra Maestra se comienza ya a rechazar a estos incómodos aliados, comprometedores especialmente cuando puede temerse la proyección de la sombra de la Legión del Caribe y de los bogotazos en los desmantes que brotaron en La Habana, alarmen a la opinión internacional y especialmente a Estados Unidos.
Pasado representado por Prio Socarrás presente, que encarna Fidel Castro, o futuro sobre el que desearán caer los agitadores profesionales, se amasan en la incógnita cubana. La realidad de hecho es que en la isla hay un Poder nuevo, que comienza a dar sus pasos sobre una difícil situación económica, sobre un enrarecido ambiente y sobre una tragedia de victimas en una lucha que ha durado dos años. ¿Cuál de estos tres factores prevalecerán? Por el momento, la designación del Manuel Urrutia Lleo como Presidente del a República puede ser una prenda tranquilizadora. El ex magistrado de la Audiencia de Santiago de Cuba no pertenece a ningún partido político y representa la popularidad que le valió la defensa de los procesados del 26 de julio.
Una revolución se parece demasiado a otra revolución para creer que todo se arreglaría volviendo a la situación de 1952. Afirman los vencedores de hoy que están dispuestos a concluir con injusticias, a hacer una obra de pacificación, a desarrollar las riquezas de la isla. Es todo un largo camino a recorrer, sobre todo cuando se piensa que en cincuenta años la intranquilidad y las perturbaciones han arrojado sus sombras con frecuencia sobre un país de grandes riquezas y de tremendas desigualdades. De este contraste surgieron siempre los movimientos revolucionarios, tan generosos en su impulso inicial como adulterados más tarde por los profesionales de la política.
La situación resultaría más delicada para los dos hombres que hoy asumen la representación guerrilla y presidencial – Fidel Castro y el doctor Urrutia – si la xenofobia económica y la agitación comunista quebraban el margen de confianza que les depara la victoria en estos momentos.
J. L. Gómez Tello
04 Enero 1959
Fidel Castro no es comunista
Mi querido director y amigo: Me doy cuenta de que los cubanos que, más o menos accidentalmente estamos en Madrid no tenemos derecho a abusar de la generosa hospitalidad española ventilando aquí nuestras ideas o nuestras pasiones políticas, por justa y nobles que sean. Personalmente, siempre he sido refractario – como lo dije hace algunos meses en una revista de París escribiendo sobre ‘El drama de Cuba’ – a lavar en el extranjero nuestra ropa doméstica.
Pero ¿Hasta qué punto es extranjero para ningún hispanoamericano esta España querida, que con tanta razón siente el destino de los pueblos de su estirpe como parte, a cierto superior nivel histórico, de su propio destino… Y, por otro lado, ¿cómo no rendir a los lectores españoles, en momentos de inevitable confusión o vaguedad informativa, el servicio de la verdad, despojada de toda pasión sectaria?
Aunque yo, señor director, por requerimientos patrios ineludibles, algunas veces he ocupados cargos políticos, no soy político. Soy, como usted sabe, un modesto profesor universitario y un escritor. Nadie, pues, deberá ver interés o cálculo sectario alguno en las precisiones con que esta carta quisiera contribuir a la mejor información de la opinión española, acogiéndose a la hospitalidad del periódico que usted dirige y en cuyas columnas me he visto más de una vez honrado.
En estos días, con ocasión, desde luego, de los sucesos de Cuba, se han publicado ya por vía informativa, ya en forma editorial, y en distintos periódicos, ciertos supuestos hechos que exigen rectificación, ciertos comentarios a los que no vendría mal una honrada y respetuosa ‘mise au point’. Acaso la mejor forma de poner la verdad en su punto sea no una rectificación enumerativa y directa de tales asertos, sino una consideración general y sucinta, con las menos alusiones posibles, de los hechos cubanos y de sus antecedentes.
Estos, sobre todo, son lo que más importa. Cuba, Sr. Director, no es ninguna excepción, por supuesto, al fenómeno histórico peculiar de los pueblos hispanoamericanos. De España heredaron esos pueblos sus virtudes que son muchas y tal vez de las más nobles, y sus defectos, que no son distintos de los que la autocrítica española ha reconocido en su propia nación… Dada su formación histórica, todavía incompleta, el aprendizaje de la democracia – a cuya vocación nacieron nuestras repúblicas – ha sido para ellas muy arduo. Han tendido, en efecto, a oscilar entre los extremos del autoritarismo y los abusos de la libertad. Si bien el anhelo constante sus hombres más representativos y del mismo instinto popular han sido siempre el de hallar un equilibrio entre la libertad y el orden, ¿quién no mirará con simpatía el que hayan preferido siempre las contingencias de aquella a las perversiones tiránicas de éste?
Cuba es un ejemplo típico. No se separó nunca de España, a la que ama, sino (como tanto recalcó Martí) de un status colonial reñido con el grado de desarrollo a que había llegado su conciencia pública. La República se fundó sobre un territorio asolado por la guerra de independencia y entre asechanzas y peligros exteriores que sería excesivo enumerar. Al destino que ella tuvieron que atender un personal dirigente inexperto en las bregas políticas y un pueblo aún no ejercitado en los derechos y deberes del sistema institucional que había adoptado, pero muy consciente de los ideales de dignidad pública que le inculcaron sus patricios. Más de una vez entraron en conflicto los desaciertos y claudicaciones de arriba con ese santo instinto de abajo. Las revoluciones no fueron meros episodios de un quítame tú para ponerme yo, sino manifestaciones particularmente intensas de ese conflicto.
Al margen de los trastornos con que ya Martí había dicho que tendríamos que ‘sudar la calentura’, los cubanos, sin embargo, hemos ido fomentando una pequeña nación que por su espléndido desarrollo material (fruto del esforzado e inteligente aprovechamiento de las riquezas naturales), por los progresos de su cultura y la gracia y refinamiento de sus costumbres y por la constante mejora de sus instituciones públicas a despecho de sus crisis funcionales, es hoy uno de los pueblos más avanzados de América.
Parte de este proceso, insisto, fue el desarrollo institucional en lo político y en lo económico. La revolución contra Machado significó, esencialmente, un empeño por eliminar las trabas de nuestra economía (muy sujeta aún a la gravitación de los intereses norteamericanos), por afirmar una conciencia de nación, crear un Estado genuino y depurar mediante una exaltación de la moral cívica, las prácticas políticas y administrativas. Aquella revolución costó ya mucha sangre; pero sus ideales se plasmaron en la Constitución de 1940.
Esta Constitución – y todo lo que ella representaba – es lo que Batista barrió con el golpe de Estado, absolutamente innecesario y aleve, de 1952. Me repugna hacer leña del árbol caído, aunque sea árbol de sombra tan nefasta. Pero si esta carta ha de tener alguna eficacia, no tengo más remedio que puntualizar lo siguiente.
Batista no contribuyó como se ha dicho estos días al derrocamiento de Machado. Lo que hizo fue derribar, al mes escaso de constituirse, el Gobierno provisional de Céspedes, que había sustituido aquel régimen. Lo derribó sorpresivamente, con una sublevación de sargentos, introduciendo así la indisciplina y la ambición política en los cuerpos armados, e inoculándole a la política cubana un morbo que hasta entonces no había padecido.
Batista dominó luego indirectamente, durante siete largos años, la vida política cubana, haciendo y deshaciendo presidentes y Gobierno as u antojo. En 1939 accedió por la insistente demanda de la conciencia pública, a convocar la Asamblea Constituyente, aunque no dejó de presionar las deliberaciones de ella. Adoptada la Constitución de 1940, proyectó el ya general su candidatura a la presidencia de la República. En el respaldo que tuvo, pesó mucho la esperanza de que, eligiéndole, se acabase de satisfacer su ambición política y se le eliminaría como una amenaza a las instituciones democráticas. En las postrimerías de su Gobierno constitucional y en un gabinete «de integración» que la guerra mundial pareció entonces hacer necesario, hasta colaboramos con Batista algunas personas que antes habíamos sido adversarios suyos. Al terminar Batista su mandato, se creyó que al fin, dejaría de ser una fuerza presionante en la política cubana.
No fue así. Ocho años después (antes no hubiera podido volver a ser presidente de acuerdo con la nueva Constitución) Batista repitió su proeza castrense de 1933. Ochenta días antes de unas elecciones en la que él mismo era candidato presidencial, notoriamente sin posibilidades de triunfo, entró en el campamento de Columbia y echó abajo el Gobierno de Prío Socarrás. Derogó la Constitución para restablecerla luego de las modificaciones que le convenían. Disolvió el Congreso y anuló todos los demás mandatos públicos, situando a sus amigos en los puestos correspondientes. Entronizó un régimen draconiano. Llevado de cierta ansia, que nunca le faltó (y que nunca pudo satisfacer) de ser popular, hizo concesiones; pero siempre para revocarlas tan pronto como al amparo de ellas se manifestaba la hostilidad de una opinión pública indignada. Al fin, frente a la rebelión de Fidel Castro y de otras organizaciones, oprimió al país con uno de los sistemas de represión más brutalmente inhumanos que haya padecido pueblo alguno.
Los resultados de eso están a la vista. En relación con Fidel Castro, sólo quiero – para no suscitar siquiera la sospecha de sahumerio al triunfador – añadir lo siguiente.
Es radicalmente falso – como tanto ha dicho y repetido la propaganda o el simple despiste informativo – que Castro sea o tenga inclinaciones comunistas. Su ideario es el de Martí, puesto, claro está, a la altura de los tiempos, pero dentro de un riguroso esquema democrático. El triunfo de Castro no se ha debido a ninguna ayuda exterior equívoca o inconfesable, sino al esfuerzo y sacrificio de miles de cubanos, dentro y fuera de Cuba. Las armas con que ha peleado fueron, hasta hace poco, las que sus fuerzas le arrebataban al enemigo.
Tampoco, en fin, se ha debido este triunfo, básicamente, a circunstancias económicas. Cierto es que ha contribuido mucho a él, últimamente, el peligro de que se perdiera la zafra azucarera de este año; pero si esa cosecha estaba en precario, es porque ya mucho antes las tropas juveniles de Castro avanzaban impetuosamente hacia La Habana, en una lucha que, por su heroísmo frente a un poderoso aparato militar, no vacilo en calificar de épica.
Justamente uno de los aspectos más nobles de este ejemplar hecho cubano es el mentís que ha dado a la doctrina marxista, según la cual los movimientos políticos con siempre el producto de circunstancias económicas y las revoluciones ‘superestructurales’ del hambre… En momentos en que la Isla disfrutaba de una prosperidad casi fabulosa – que, por cierto, Batista utilizó en mucha parte para el medro y la corrupción más escandalosos – fue el puro idealismo de la juventud cubana quien se alzó contra él, a un costo tremendo de dolor y de sangre. Eso permite tener una gran fe en el porvenir inmediato de Cuba.
Muchas gracias, señor director, por la acogida que se digne a prestar a esta carta, y cuente con el reconocimiento y la amistad cordial de Jorge Mañach.
10 Enero 1959
Cuba: Lecciones de una derrota
Jorge Mañach, gran escritor, ornamento de las letras de Cuba, vejo amigo de unos años inolvidables, asegura que Fidel Castro, el capitán de la Sierra Maestra, el vencedor del general Batista, no está al servicio de los designios del comunismo. Aceptemos con júbilo ese dictamen ilustre. Mañach es digno de fe y sabe lo que dice.
Durante estos últimos días hemos visto muy difundida una interesante fotografía del jefe de la revolución cubana. Aparece éste en uno de los vericuetos serranos donde se ha guarecido durante más de dos años para dirigir desde allí su visión revolucionaria ardiente la mirada el ademán resuelto en alto el fusil abierta sobre el pecho la camisola de soldado y pendiente del cuello una cadenita con una medalla. Esa medalla es, sin duda, un símbolo religioso. ¿Acaso Nuestra Señora de la Caridad del Cobre? ¿Quizá la Virgen de Regla?
El joven adalid de los almogávares cubanos de Oriente es todavía un ser en buena parte misterioso para la opinión del mundo. Casi no le conocemos más que entre el humo de la pólvora. Apenas sabemos algo de su personalidad política y de sus inclinaciones espirituales. Es hijo de padres gallegos. Estudió en unas aulas de la Compañía de Jesús. Tenía capellán católico en la maniagua. El hogar en que nació ha vivido y se ha formado es ejemplo de virtudes familiares. He aquí la versión que nos ofrecen personas de mucho recaudo.
Otras apuntan que estuvo presente con presencia activa en la sangrienta sublevación de Bogotá (Colombia), conocida por el remoquete de ‘bogotazo’ (9 de abril de 1948); e ignoramos que estímulos le movieron a participar, si es que participó, en aquel golpe de mano contra el Presidente Ospina. Le atribuyen, igualmente, una considerable responsabilidad en la organización, y el manejo de la llamada ‘Legión del Caribe’, en la que siempre de sospechó una instrumentación comunista.
Sea de todo esto lo que sea, yo quiero atenerme al juicio terminante del nobilísimo Jorge Mañach, subrayado por declaraciones de otras personas a quienes conozco mucho y que tienen de marxistas lo que yo de monje del Tibet. ¡Albricias, pues, como ante los augurios de la buenaventura!
A partir de esta hora, la Historia que se está haciendo en Cuba pondrá a prueba rigurosísima las ideas y los sentimientos de Fidel Castro. Viene victorioso de unos montes, de unos campos, de unas sabanas y de unos manglares en donde resuenan con eco inextinguible, nombres de cubanos y de españoles que fueron ejemplo de bravura y de heroismo. ¡Insignes capitanes aquellos! El pueblo será con él tan exigente como acaso no lo haya sido con ninguno de sus compatriotas desde los primeros años de este siglo. La revolución que se inició un día del año 1958 con el desembarco de los hombres de GRAMMA ha suscitado en cuba ilusiones y esperanzas mucho más profundas que cualquiera de los movimientos políticos anteriores, con excepción de los que acaudillaron Marti, el marqués de Santa Lucía, Estrada Palma, Juan Gualberto Gómez, Máximo Gómez, Maceo o Sanguily, para no citar sino algunos de los nombres principales de otros tiempos. A mi juicio, no hay entre las insurrecciones desencadenadas en Cuba a partir de 1902 una sola que alcance la significación histórica del movimiento fidelista, iniciado como un arrebato ingenuo, según pensábamos todos, y rematado en una marcha triunfal desde Santiago de Cuba hasta las orillas habaneras del río Almendares, o hasta los históricos y bellísimos baluartes del Morro y de la Cabaña. Aquellas insurrecciones anteriores fueron poco más que motines por la conquista del Poder y por la ascensión de unas clientelas al Gobierno. Lo digo con el máximo respeto hacia quienes las mandaron y hacia todos los que en ellas hicieron sacrificio de la vida. Pero esta guerra civil que ha ardido en las tierras y en las almas de Cuba durante dos años y medio es otra cosa; y sólo se justificará si engendra una nueva historia; nueva por los anhelos populares y también por las realizaciones y los cumplimientos de las clases dirigentes.
Es seguro que el comunismo pondrá sitio a los campamentos políticos de Fidel Castro. No cabe duda sobre esto. Ni serían admisibles las ingenuidades. Los agentes del internacionalismo marxista habrán iniciado ya, seguramente, las sutiles maniobras de contacto y de toma de posiciones previas al gran asalto, como acontece en las guerras. La mayoría del país tiene ahora mismo la sensación de haber sido liberado de una pesadilla y será estrechísimo deber de Fidel Castro evitar que caiga en otra más siniestra y más difícil de disipar. Esto le pedirán sus compatriotas con ardiente anhelo, con rigor insobornable.
Como de las proyecciones del castrismo sobre los horizontes cubanos habremos de ocuparnos más de una vez, dejemos el tema para otro momento y vengamos a las lecciones de la derrota que ha sufrido Fulgencio Batista. Vale la pena de estudiarlas un poco y de aprenderlas.
Nuestros doctrinarios carlistas del siglo XIX nos han legado, muy bien trabajada por finas dialécticas, la doctrina política de las dos legitimidades: la de origen y la de ejercicio. Y como eran hombres de muy fino temple y de ninguna inclinación al compromiso exigían implacablemente las dos. Es decir: la presencia y vigencia del rey o del gobernante en el poder habían de ser legítimas en el nacimiento, sin mezcla alguna de usurpación o de violento capricho y por añadidura debían confirmar sus títulos de autenticidad en el modo de ejercer las funciones de mando y de gobierno.
Los historiadores de la política del mundo no suelen ser, por lo común, tan severos e inexorables como los teorizantes del tradicionalismo español en lo que atañe al origen; pero sí en lo que se refiere al ejercicio. De donde vemos cómo más de una vez se da el caso de sistemas y regímenes que, iniciados bajo signos sospechosos o condenables desde el punto de vista del Derecho, acaban históricamente legitimados por las altas glorias o por los bienes y venturas que de ellos vinieron al pueblo. La Historia les otorga el perdón por lo mucho que sirvieron y crearon como el Señor se lo concedió a la mujer del Evangelio por lo mucho que amó.
La administración, que acaba de desplomarse, del Presidente Batista, tuvo un origen violento e insurreccional. En 1952, ochenta días antes de unas elecciones generales – según se nos recuerda – en las que él mismo era candidato sin posibilidades de triunfo, organizó una sublevación y asaltó la Presidencia de la República. Declaróse luego obligado a violencia por razones y deberes de patriotismo puesto que según él la corrupción administrativa estaba destruyendo la salida pública de Cuba el peculado y cohecho se habían convertido en normas de Estado, todo era iniquidad en las actividades oficiales, y el bien común se extinguía entre sarcasmos. Tales fueron en resumen las justificaciones que Fulgencio Batista ofreció a su pueblo. (En estas materias, quien no sea cubano ha de limitarse a dar testimonio de lo que ve, oye y lee; y esto fue lo que entonces leímos, oímos y vimos).
Se hubiera dicho que aspiraba a legitimar el origen de su poder político por una subsiguiente legitimidad en el ejercicio. ¿Qué ha sucedido desde entonces hasta hoy, es decir, desde 1952 hasta 1958?
Refieren los propios cubanos, único jueces y sentenciadores posibles en el pleito, como ya he dicho, que lejos de haberse conducido Batista como un debelador, como un exterminador de la inmortalidad administrativa, ésta alcanzó niveles jamás conocidos: al punto de que cabría recordarlos en una placa conmemorativa según suele hacerse en los casos extremos de inundación ‘hasta aquí llegan las aguas’. Añaden que la vacuidad y la inanidad de las fuerzas políticas organizadas en torno al poder eran estremecedoras y que el país en su porción más importante numérica y cualitativamente, no podía sentirse representada por tales embelecos. De todo lo cual concluyen que el Presidente Batista no alcanzó a entender a derechas nada de lo que significa el proceso espiritual de su país, resuelto a superarse en busca de una vida nacional cada día más conforme a los principios morales, al rigor político y al anhelo social que predicó José Martí.
El mundo está aún poblado – en Cuba y en otras latitudes – de partidos políticos que con como nueces vacías. Nada significan. Viven acampados en las cercanías del botín, con ánimo de comandos codiciosos. O como partícipes perezosos de una fiesta regalada. Es evidente que todo intento de perpetuar semejantes residuos de un pasado ya reseco será inútil y perturbador. Los pueblos vienen mostrando grave fatiga de tales de ficciones, y estará irremisiblemente condenado el hombre público que, aspirando a dirigir los destinos de su patria, busque sostén en unas listas de amigos bien nutridos y considere el censo de la domesticidad asalariada como una fuerza de buen gobierno. Me aseguran que éste ha sido el caso de Fulgencio Batista. El caso es que un día se encontró con que Cuba, la sociedad cubana, en la mayoría de sus voluntades, dio en seguir rumbos muy distintos de aquellos que el Gobierno le señalaba desde la Avenida de los Presidentes. Vióse entonces el general reducido a sí mismo, sin norte ni compás, desoladoramente solitario; o lo que es peor, rodeado de sombras, porque las que él supuso realidades no eran otra cosa que fantasmas. Salió por los aires de Rancho Boyeros. Y es que un político puede gobernar si cuenta con una parte al menos de la opinión de su pueblo; pero no irá muy lejos si en vez de opinión se asiste de unos cuantos artificios que la adulación le va creando.
En la declinación del poder de Batista he podido observar, al través de las muchas relaciones que con Cuba me unen, estas dos circunstancias concluyentes: la hostilidad de la juventud y el desencanto entre los amigos del Presidente. la falta de adhesión de los cubanos jóvenes al Gobierno de La Habana me pareció gravísima para los destinos del general. Sospecho que no había mozo de 20 años dispuesto a morir por nada de lo que Batista representaba. Por el mensaje de Fidel Castro, sí. La diferencia no puede ser más decisiva. A un lado la política viviente y ardiente; al otro, pesadumbre y ceniza. Los propios consejeros presidenciales lo anunciaban así. Estaban desilusionados, entristecidos, derrotados de antemano por la futilidad del sistema en lo nacional. No les llegaba desde el Gobierno un sólo estímulo moderno, alentador, capaz de incitar al sacrificio. Lo grave para un gobernante no es suscitar el encono de los adversarios, que esto puede convertirse al cabo en escuela de la voluntad: sino frustrar las esperanzas y acabar con las ilusiones de los propios partidarios. Quienes tal hacen y tanto yerran, desembocan siempre en las comedias más melancólicas.
Quiero apuntar, finalmente, algo acerca de la corrupción administrativa. Dígase lo que se quiera, los pueblos hipanoamericanos han heredado de España, entre otras calidades, una fina exigencia de pública moralidad. Pocas cosas soliviantan al hombre hispánico como el desparpajo escandaloso en el manejo de los cuadales del país, la mano airada sobre el dinero del Tesoro, el provecho personal a costa de lo que a todos pertenece, el tráfico de influencias en el obsequio de unos cuantos privilegiados, la infidencia en el cuidado de la Hacienda nacional… Aún cuando algunos antecedentes induzcan a suponer apresuradamente que la América española es menos enteriza y más relajada que los viejos pueblos europeos, por ser tierra más rica, y en muchos órdenes más sensual, yo digo puesto que lo he visto, que las nuevas generaciones cubanas, por ejemplo, están ascendiendo a la vida con un apurado gusto por la honestidad y con una espléndida decisión de imponerla. Por medio de la acción política, si es posible, y entre bromas y veras. Por las armas en alguna ocasión, como ha sucedido con los combatientes de la Sierra Maestra. Tampoco en esto parece que el general Batista llegara a entender el sentido que esas nuevas generaciones que aludo quieren infundir a una nueva política.
Me extendería en muchas más reflexiones si me dejase conducir de la pasión que siento por los problemas de Cuba. La experiencia Batista ofrece aspectos extraordinariamente interesantes. Quisiera contestar algún día a estas dos preguntas:
a) ¿Por qué asumen los estudiantes cubanos responsabilidades tan importantes y categorías en la vida pública de su país?
b) ¿Qué nos enseña el hecho de que la revolución cubana del fidelismo, tan sangrienta, haya coincidido con un bienestar económico lindante en lo fabuloso?
Dejaremos esos temas para otra oportunidad.
Si algún cubano pasa la vista sobre este comentario, le ruego que no vea en él sino el fruto de un amoroso recuerdo hacia su patria. Y desde ahora deseo retirar cualquier palabra o juicio que parezca impertinente. Vivo siempre apasionado de aquella prodigiosa tierra cubana a la que dí algunos de mis mejores años de juventud. Amigos entrañables e inolvidables descansan en el cementerio de La Habana, cuyas avenidas son, no tristes como la muerte, sino risueñas como la resurrección. En memoria de otros días, sólo quiero que el pueblo cubano logre la radiante felicidad a que tiene derecho.
Manuel Aznar
15 Febrero 1959
La barba vuelve al camino
Las primeras barbas “de compromiso” – y va muy bien la palabra – que yo vi, las vi en Somosierra: aquellos afortunados camaradas cuya potencia capilar les permitía ya este dispendio, acordaron dejársela hasta la entrada en Madrid, que, a lo que juzgábamos habría de ser por Cuatro Caminos, aunque como es bien sabido, otra cosa tasó el sastre. Hubo entonces muchos romancea, dos compromisos: uno el de las barbas, que era cómodo, romántico y snecillo de cumplir. Otro, bien directamente vinculado al romance – ni con su mujer folgar – que tampoco ofrecía mayores dificultades frente a Buitrago y la Rocosa. ¡Que hermosas, qué rizadas, que torrenciales barbas las del capitán Lastra, el teniente Tomé, el alférez Salinas, Picó Villallandre, Herráiz Asín y otros muchos! Los hermanos carlistas prefirieron seguir a Zumalacárregui enlazando las patillas con el bigote, y no a don Alfonso Carlos, pero aún así también consiguieron fantásticas riquezas capilares. La barba más ilustre de aquellos días, blanca y bien cuidada, era la del general Cabanellas. Cuando entró en Pamplona, tocado con la boina roja, hubo quien le confundió con el infante batallador. La barba más dramática fue por entonces la del coronel Moscardó a la salida del Alcázar. El cristóforo del Tercio de Lácar, la barba al pecho, era como un fornido Greco. Luego, a lo largo de la guerra, la moda de la barba se extinguió, sin más eventuales resurrecciones que las exigidas por las circunstancias, porque más de una vez no había tiempo ni para afeitarse.
Parece ser que la abundancia de pelo tiene su importancia en determinados momentos. Sansón podría hablar de esto, y más Dalila, y no estaría mal hacer una encuesta sobre el asunto entre los visigodos, de ser habidos. Las melenas de Sansón y las de Wamba dieron su fuego, y las barbas cuentan mucho, sobre todo a la hora de mesarlas, en la historia de aquel sin par caballero que fue don Rodrigo Díaz de Vivar. Las barbas desaparecieron con la guerra europea. El último florecimiento de las barbas, su postrer primavera, parece que puede señalarse en las trincheras de los ‘polius’. Sus barbas eran tan honestas como las de don Ramón María del Valle Inclán, aunque menos literarias y grandiosas. La barbita fascista tuvo su importancia, pero ya existían en ella ciertos elementos de jardinería, de modo que resultaban a la verdadera barba lo que un jardín inglés a las selvas amazónicas. Conocí a un periodista de los fascios que en el año 45 se afeitó la barba que había lucido por América, Abisinia, España y diversos frentes europeos. Fue como cortarse su coleta guerrera, y en el momento de la dolorosa ceremonia dijo: “Si tuviese un heredero le diría dos cosas: no te dejes nunca la barba y cuando veas un fusil hazte pipí sobre el cerrojo”. Pero estoy seguro de que su generoso corazón exageraba.
Los bosques mandibulares volvieron a crecer al amparo de Sartre, aunque por razones más vinculadas al desaliño – y aún a la hediondez vital – que a la virilidad. La única barba noble de la posguerra última fue la de Hemingway, y nació de un eczema. Ahora cuenta mucho, y con repercusiones unviersales, la barba de Fidel Castro. Yo no sé si es verdad o no lo es aquel propósito atribuido a la Reina Católica de no cambiarse de camisa mientras no cayese en sus manos la madura y sabrosa Granada. Los fieles del XV, en tierra tan batalladora, no eran demasiado propicios al refinamiento, ni aún a la limpieza. Puede que la promesa sea cierta, pero en esa caso hay que suponer que en 1492, Isabel pudo gozar al fin de una muda limpia. Fidel Castro, en 1959, no. Fidel Castro ha rehusado ponerse una camisa limpia porque para él su camisa sucia es el símbolo de la revolución. En principio las revoluciones suelen hacerse por un afán de limpieza total, incluso de limpieza de camisa, así es que calculo que esas declaraciones del héroe cubano pueden haber sido mal interpretadas o excesivamente literaturizadas por alguna pluma servil. Téngase en cuenta que por allí anda aquel príncipe de zascandiles, don Heriberto L. Mathews, cuya simple presencia en el lugar del suceso garantiza todas las posibilidades de la calumnia, la mentira o la invención, y la compañía de don Heriberto – el único hombre del mundo que quiso desmontar la epopeya del Alcázar por un reconcoroso capricho – es mala compañía, como también la de cierto cpaitán, Bayo de apellido, que me cuentan que ha trabajado en el estado mayor de los victoriosos, lo cual dobla el mérito de los fidelistas, porque vencer a Batista sin duda fue difícil, pero derrotarlo con la ayuda de Bayo es rozar el milagro, un milagro que será estudiado en las escuelas de la milicia, ya que Bayo, como ustedes saben, es uno de los pequeños capitanes más unánimes y numerosamente vencidos a lo largo de su carrera militar, que más tiene de carrera que de militar. Pero, allá penas, esto importa poco.
Volviendo al tema, Fidel Castro hace de su barba, también, otro símbolo revolucionario, hasta el punto de haber proclamado que nunca se le afeitará porque, ha dicho, “esta barba no crece en los parques públicos, en una playa de verano o durante un viaje de placer en el extranjero. Mi barba me ha crecido en las montañas más altas de Cuba y los soldados de Batista no pudieron cortármela”, afirmaciones de indudable acierto dialéctico y que además son la pura y simple verdad. Ahora bien, alzada la barba de Fidel como una bandera, uno no sabe nada de revoluciones victoriosas si en menos que canta un gallo no se llena Cuba de barbas que habrán crecido al amparo de las silvestres de Fidel y los suyos, pero en parques públicos, playas de verano y excursiones por el extrarradio isleño, con lo cual se colocan en desventaja todos aquellos leales a Fidel o cubanos de pro que por mucho que quieran no pueden ver asomar la barba a sus mejillas. Fidel y los suyos se han batido con buen estilo y magnífico valor: son hombres con toda la barba, Valor derrochan los derrotados, al menos aquellos cuyas fotografías he visto. Se yerguen ante los piquetes con grandeza, con inmaculada serenidad. Que los cubanos, caigan del lado que caigan, son valientes, es cosa que nadie duda y menos que nadie, nosotros, españoles. Todos los cubanos son hombres con toda la barba y dignos, por eso mismo, de acertar con la paz y la prosperidad de su patria. Para ello quizá no sea necesario decir ‘pelillos a la mar’. Una buena política puede hacerse con barba o sin ella. Una buena política en cambio, necesita inteligencia clara y corazón abierto.
Rafael García Serrano
El Análisis
La madrugada del primero de enero trajo consigo no sólo un cambio de calendario, sino también un viraje histórico en la vida política cubana. Fulgencio Batista, cercado por la presión militar y por la descomposición interna de su régimen, ha abandonado la isla. La Revolución ha triunfado. Y con ella, una nueva etapa comienza bajo el liderazgo del doctor Manuel Urrutia como presidente provisional de la República y el comandante Fidel Castro, líder del Ejército Rebelde, como el nuevo jefe del Gobierno revolucionario. Un tercer nombre se suma a esta tríada de protagonistas: el médico argentino Ernesto “Che” Guevara, estratega de la Sierra Maestra y símbolo internacional de esta insurrección.
Fidel Castro, de apenas 32 años, abogado de verbo encendido y voluntad de hierro, ha insistido públicamente en que su revolución no es comunista, sino “humanista y democrática”. Urrutia, un juez respetado, opositor al régimen desde la legalidad y sin vinculación con ideologías radicales, ha sido designado jefe de Estado como una señal de moderación hacia dentro y fuera del país. Washington, que desde hacía meses se había distanciado de Batista por la corrupción desbordada y la sangrienta represión, observa ahora el nuevo panorama con cautela pero sin hostilidad. El Departamento de Estado ha reconocido de facto al nuevo Gobierno, con la esperanza de que encauce a Cuba por una senda democrática que combine justicia social y respeto a las libertades, Fidel Castro ha asegurado categóricamente que no es comunista.
Sin embargo, no se puede ignorar la presencia del Che Guevara ni la composición marcadamente juvenil y armada del nuevo poder, que más que abrir paso a una democracia multipartidista abre el temor a una dictadura revolucionaria. En teoría la presencia de Manuel Urrutia como presidente de Cuba disiparía esa posibilidad… de momento.
J. F. Lamata