8 enero 1959

De Gaulle nombra a Michel Debre como primer ministro de Francia

El General Charles de Gaulle proclama la V República en Francia con un cambio de sistema que dará más poder al Jefe del Estado

Hechos

El 8.01.1959 Charles de Gaulle asumió la presidencia de la V República en Francia.

09 Enero 1959

Doble apoteosis

LA VANGUARDIA (Director: Luis de Galinsoga)

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Hoy, primer día  – de plenos poderes – de la V República, Parísha viivod dos apoteosis en lugar de la sola que podrían mandar los cánones. La apoteosis dedicada al vivido capítulo de la historia de Francia – de la grande – llamado Charles de Gaulle se ha desdoblado con el emocionante adiós a Monsieur René Coty.

Sí, como se ha dicho, un bello morir vale por toda una vida, en política, un elegante y oportuno retiro puede aureolar de manera inmarcesible toda una ejecutoria. Los dos años presidenciales a que renunció Coty en favor del que en mayo último llamó ‘el primero de los franceses’ y hoy ‘el primero de Francia’ se lo ha pagado el pueblo francés al ciento por uno. Todos los presidentes de las Repúblicas francesas hubieran podido palidecer esta tarde de haber tenido ocasión de presenciar las dificultades con que avanzaba el automóvil de René Coty minutos después de reincorporarse a las filas ciudadanas y salir camino de su ciudad natal después de recibir el último abrazo de De Gaulle al pie del Arco del Triunfo. Después de ascender juntos los Campos Eliseos, los dos Presidentes se separaron  en el prestigioso vértice de la estrella urbana de París presidida por el arco napoleónico y después de rendir homenaje al soldado desconocido de una guerra que ambos hicieron fundidos en la masa anónima del Ejército francés.

De Gaulle, solo ya y casi tan amo de Francia como Luis XIV, ha descendido rodeado de los caballos de la guardia bajo la luz brillante de una tarde que no parecía invernal, otra vez por los Campos Elíseos camino del Palacio del Elíseo donde se ha encerrado inmediatamente en su despacho para confirmar el nombramiento de presidente del Consejo de ministros en favor de su fiel Michel Debré, quien a su vez designará su Gobierno en el curso de esta noche o madrugada.

En dirección, diametralmente opuesta y en los mismos momentos René Coty, con la avenida Folch, salía directo como una flecha hacia El Have, donde el vecindario aplaudió la llegada del primero de los normandos. En París la despedida pública entre el presidente más simpático y el más glorioso que ha concido Francia fue esta tarde un digno remate de la ceremonia del traspaso oficial de poderes celebrada esta mañana en el interior del palacio presidencial. De Gaulle, ataviado, por primera vez en su vida, de chaqué, fue recibido en las escaleras del Eliseo por el presidente saliente. En el breve intercambio de discursos se ha podido apreciar que el atavío matutino de De Gaulle no restaba energía a su actitud: al hablar de los nuevos textos legales – el ‘Boletín Oficial viene estos días repleto de unas promulgaciones meditadas y sopesadas durante años por un reducido y tenaz político – el nuevo presidente ha dicho que los impondrá si hacía falta’.

¿Réplica a un cierto descontento que han hecho nacer las nuevas ordenanzas económicas? Algunos esta noche han querido relacionar estas palabras con un hecho que no ha podido pasar inadvertido para algunos de los que se integraban en la multitud apretujada en ambas aceras de los Campos Elíseos: De Gaulle ha vestido esta misma tarde uniforme militar para despedir solemnemente en el Arco del Triunfo a René Coty. Es, desde luego, la primera vez que se ve en Francia a un presidente de la República con uniforme militar. ¿Significación? No hay que ir demasiado allá para escucharla: De Gaulle quiere pasar a la Historia más como un general que como un presidente de la República. Él no quiere ser un general ‘que llegó a presidente’, sino un general que para servir a su país ocupó también la presidencia de la República.

El Análisis

El nacimiento del 'gaullismo'

JF Lamata

La República Francesa ha cambiado de número –vamos por la quinta– y de traje: el nuevo jefe del Estado no es un político salido de la partitocracia sino un general, Charles de Gaulle, que llega al Elíseo con la banda presidencial cruzando su pecho y la sombra del ejército detrás. Francia, siempre tan celosa de sus ideales democráticos, ha atravesado estos meses como quien intenta no mirar muy de cerca el espejo: la inestabilidad de la Cuarta República, el caos parlamentario, el avispero argelino… y, al final, la solución ha sido confiar el país a un hombre que no llegó precisamente en metro.

De Gaulle ha intentado dar una imagen de legalidad a su llegada al poder. Una decisión de la Asamblea, y un anómalo proceso electoral en diciembre. Pero en ambos procesos, todos actuaban bajo la coacción de un Ejército que les apuntaba y advertía que o daban todo el poder a De Gaulle o abrirían fuego.

De Gaulle no se impuso por tanto por los votos sino por la presión –velada o no tanto– de los uniformes. Su figura de héroe nacional, resistente en tiempos de la ocupación nazi, ha sido suficiente para que muchos franceses acepten, casi aliviados, este viraje de Estado. Nace así el “gaullismo”, esa mezcla de nacionalismo altivo, orden institucional férreo y liderazgo personalista con perfume de grandeza imperial. Francia está cansada del desorden, y parece que por ahora no le importa que el orden venga marcando el paso. Pero no olvidemos: el nuevo sistema político de Francia ha nacido, principalmente, de la presión de las armas.

J. F. Lamata