4 julio 1980

España sí asistió a los juegos soviéticos a pesar del boicot de los países de la OTAN

La Unión Soviética inaugura los Juegos Olímpicos 1980 (‘Moscú 80’) con el boicot de Estados Unidos, Japón y la República Federal de Alemania

Hechos

El 19.07.1980 el Secretario General del PCUS, Leonidas Breznev inauguró en el Estadio Lenin de la URSS los Juegos Olímpicos de Moscú 80.

El Análisis

Moscú 1980, el Olimpo de Breznev bajo las sombras de la Guerra Fría

JF Lamata

El 19 de julio de 1980, en el Estadio Lenin de Moscú, Leonid Breznev inauguraba los XXII Juegos Olímpicos. Aquella ceremonia representaba el cenit internacional de un líder que desde 1964 dirigía con mano firme el PCUS y se proyectaba como figura de equilibrio dentro de la Guerra Fría. Era la primera vez que unos Juegos Olímpicos se celebraban en un país comunista, y Moscú los utilizaba como escaparate propagandístico: mostrar la modernidad, el poder y la vitalidad de la Unión Soviética. Sin embargo, tras los desfiles y los fuegos artificiales, el mundo recordaba otra cara del régimen: la de los gulags en Siberia, los presos políticos, los deportados y la censura totalitaria.

No era la primera vez que el olimpismo servía de coartada a una dictadura: Berlín 1936 mostró al mundo el aparato propagandístico del nazismo, mientras que en Roma 1960 aún reinaba la sombra del fascismo recién derrotado. Pero Moscú 80 tuvo un rasgo particular: fue el escenario donde el boicot se convirtió en arma política central. Estados Unidos, bajo la presidencia de Jimmy Carter, decidió no enviar a sus atletas en protesta por la invasión soviética de Afganistán en 1979. A su estela se sumaron Japón, Alemania Federal, Canadá y otras naciones, dejando a los anfitriones sin parte de la élite deportiva mundial. España, en cambio, sí participó, en una decisión en la que jugó un papel decisivo Juan Antonio Samaranch, entonces embajador en Moscú y firme defensor de separar deporte y política, una postura que más tarde marcaría su mandato al frente del COI.

Los Juegos de Moscú quedaron así a medio camino entre la fiesta y la ausencia, entre la propaganda soviética y el recordatorio de la represión. Cuatro años después, la respuesta llegaría desde el bloque del Este: el boicot de la mayoría de países comunistas a los Juegos de Los Ángeles 1984, salvo la excepción calculada de la Rumanía de Ceaușescu. El olimpismo, convertido en terreno de disputa ideológica, reflejaba la bipolaridad irreductible de la Guerra Fría.

Para Breznev, aquellos Juegos fueron su momento de máximo brillo en la escena mundial, pero también el inicio del ocaso. Moscú mostró la cara sonriente de la URSS, aunque detrás del espectáculo asomaban las grietas de un imperio que ya empezaba a mostrar signos de agotamiento, en Afganistán, en la economía y en la moral interna. La llama olímpica que ardió en Moscú se apagó pronto, pero dejó encendido el debate eterno sobre si el deporte puede o no escapar de las sombras de la política.

J. F. Lamata