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Protestas, gritos de 'asesino' y abucheos enturbiaron la ceremonia de entrega de aquel premio

La Universidad Autónoma concede el ‘Honoris Causa’ a Santiago Carrillo causando la ira de la derecha, que quiso reventar el acto

HECHOS

El 19 de octubre de 2005 el rector de la Universidad Autónoma, D. Ángel Gabilondo concedió el ‘Honoris Causa’ a  D. Santiago Carrillo, ex consejero de la Junta de Defensa durante la Guerra Civil y ex Secretario General del PCE.

CADENA COPE: JIMÉNEZ LOSANTOS Y RECARTE JUSTIFICAN LAS PROTESTAS

losantos_linterna El director y presentador del programa ‘La Mañana’ de la COPE y propietario de LIBERTAD DIGITAL, D. Federico Jiménez Losantos causó el premio honoris causa (que definió como ‘horroris causa’) como ‘repugnante’, ‘provocadora’ y ‘apalogía del genocidio’. Opinión por la que fue respaldado por varios de sus tertulianos como D. Alberto Recarte (presidente de LIBERTAD DIGITAL) y Dña. Carmen Tomás.

EN LA CADENA SER RESPONSABILIZAN A LA CADENA COPE Y AL PP DE LOS ALTERCADOS

Miguel_Herrero_Minon En la tertulia de ‘La Ventana’ de la Cadena SER en la que participaba el propio D. Santiago Carrillo, junto a D. Pere Portabella y D. Miguel Herrero Rodríguez de Miñón, responsabilizaron a la dirección del Partido Popular y a la cadena de radio COPE de ser los principales responsables de los altercados que se produjeron durante la ceremonia de entrega de aquel premio. D. Miguel Herrero hizo un llamamiento contra los medios que ‘miraban al pasado’.

PELEA EN ’59 SEGUNDOS’ ENTRE IGNACIO VILLA (COPE) Y ENRIC SOPENA

zap sopena villa El ‘análisis’ de lo ocurrido en la universidad en el programa ’59 Segundos’ (Globomedia) de TVE que presentaba la Sra. Mamen Mendizabal fue un nuevo escenario de choque entre ‘las dos Españas’. D. Ignacio Villa, director de informativos de la COPE, culpó al Gobierno Zapatero de estar recuperando el espíritu de la II República utilizando para ello al Sr. Carrillo ‘si recupera eso, recupera también el golpe del 34’. El director de EL PLURAL, D. Enric Sopena reprochó al Sr. Villa que hablara con desprecio de la II República y recordó que el verdadero golpe de Estado fue el fascista de 1936.

D. Santiago Carrillo no sólo fue criticado desde la derecha, también comentaristas progresistas como el Sr. Patxo Unzueta en EL PAÍS le reprocharon que no hubiera hecho autocrítica de su juventud estalinista. 

27 Octubre 1975

El honor de Carrillo

Patxo Unzueta

Sería heroico que Carrillo hubiera reconocido ahora lo que siempre ha negado. La "ejecución inmediata" (sin juicio) y "cubriendo la responsabilidad" de una parte de los 8.000 presos del bando franquista que había en ese momento en Madrid. Habría sido su contribución más emocionante a la reconciliación por la que se le honraba.

«A mis 20 años, yo y otros como yo hicimos cosas que entonces nos parecieron justas y que hoy considero atroces», hubiera podido decir Santiago Carrillo en su investidura como doctor honoris causa por la Universidad Autónoma de Madrid, el pasado día 20, frente a unos jóvenes ultraderechistas que trataban de boicotear el acto con gritos y carteles alusivos a los fusilamientos de presos franquistas en Paracuellos del Jarama, en 1936.

Habría sido heroico que Carrillo reconociera a sus 90 años tener conocimiento de aquello que siempre ha negado saber. En La batalla de Madrid (Crítica. 2004) Jorge M. Reverte reproduce el acta, nunca antes publicada, de una reunión celebrada en noviembre de 1936 entre las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) y la CNT en la que se decidió la «ejecución inmediata» (sin juicio) y «cubriendo la responsabilidad» (con garantía de impunidad) de una parte de los 8.000 presos del bando franquista que había en ese momento en la capital. Las organizaciones que toman parte en esa decisión «que costará la vida a cientos de personas» -concluye Reverte- «están dirigidas por Santiago Carrillo y Amor Nuño: los dos tienen 20 años». Es posible que veteranos como el agente soviético Kolstov manipulara a los adolescentes convertidos en responsables del Orden Público en una situación extrema. Pero difícil de creer que éstos no se enteraran de lo que estaba pasando.

El doctorado honoris causa le fue concedido a Carrillo por su «contribución a la política de reconciliación nacional y su decisiva aportación a la Transición democrática». Es un reconocimiento justificado. Desde 1956 Carrillo defendió la necesidad de suturar la brecha abierta por la guerra. Según la tesis de Santos Juliá (Historias de las dos Españas. Taurus. 2004), esa política fue en parte inspirada por la influencia de una nueva generación socializada en el primer franquismo que, frente al mito de la Cruzada, inventa un nuevo relato de la guerra como tragedia inútil y matanza fratricida, y que, contra la idea de revancha, plantea la necesidad de difuminar la frontera entre vencedores y vencidos. Muchos de esos jóvenes se acercan al Partido Comunista como reacción al contraste entre lo que han oído -en casa, en los campamentos del Frente de Juventudes- y lo que ven. Convertida en política, la idea de reconciliación hará su camino y se convertirá, 20 años después, en fundamento de la transición, cuya expresión institucional será la Constitución integradora de 1978.

¿Se está reabriendo esa brecha? Hace un año, en el aniversario del fusilamiento de Lluís Companys en Montjuïc, Pasqual Maragall dijo que algún día habría que añadir a los nombres de los ejecutados por el franquismo que se recuerdan en ese lugar, los de las personas que «fueron asesinadas y aquí enterradas como consecuencia de los paseíllos republicanos». Sin embargo, lo más decepcionante del proyecto de nuevo Estatut es la ausencia de cualquier voluntad integradora de quienes no compartan la fe nacionalista, lo que se subraya en las referencias a la «memoria histórica» incluidas en el Preámbulo y en el artículo 54.

La amnistía de 1977 fue recíproca: los que habían padecido cárcel, tortura y exilio durante la dictadura amnistiaban a los franquistas, sin exigirles que se reconocieran culpables por tanta desolación como sembraron. Por eso habría sido heroico que Carrillo hubiera reconocido ahora lo que siempre ha negado. Habría sido su contribución más emocionante a la reconciliación por la que se le honraba. «La victoria», escribe Michael Ignatieff en El honor del guerrero, «envenena al vencedor en un olvido que le libra de la vergüenza y el remordimiento». Pero ¿no ocurre lo mismo con el vencido que convierte su derrota en velo de su propio pasado?

A veces la reconciliación tiene formas paradójicas. «En 1970, a mis 18 años, fui uno de aquellos jóvenes que salían a la calle reclamando pena de muerte para los etarras procesados en el juicio de Burgos», escribía un tal R. Graells en LA RAZÓN el 3-9-03, tres días después del fallecimiento de Mario Onaindía, uno de los condenados en ese juicio. Explicaba su ulterior evolución ideológica hasta convertirse en un admirador ferviente de Onaindía, al que había conocido personalmente; y relataba cómo, ante la noticia del fallecimiento de éste, su propio hijo le había interpelado diciéndole que si le hubieran hecho caso y hubiesen ejecutado a Onaindía en 1970 «se habría perdido todo lo que ha hecho después».

Patxo Unzueta

28 Octubre 2005

Réplica de Santiago Carrillo

Santiago Carrillo

Si tuve alguna responsabilidad en aquel episodio fue la de no haberlo evitado. Pero en un Madrid asediado por las tropas de Franco, bombardeado día y noche por la aviación la Junta de Defensa carecía de instrumentos para controlar plenamente la situación.

Me ha sorprendido desagradablemente el artículo de Patxo Unzueta, uniéndose al coro de voces falangistas que me acusan de ejecuciones en Paracuellos. He dicho siempre e insisto hoy en que yo no di tales órdenes, Paracuellos no estaba siquiera dentro del área de la jurisdicción de la Junta de Defensa en esas fechas. Y el embajador de Finlandia o de Noruega -no recuerdo bien- que me visitó para denunciar estos hechos y que luego resultó ser un agente nazi, en un libro publicado más tarde en el Berlín de Hitler, reconoció que al visitarme después de los hechos yo no estaba al corriente de lo sucedido.

En esas fechas todas las órdenes que yo di fueron autorizadas por el general Miaja, bajo cuyo mando estaba la Junta que me hubiera retirado su confianza de haberlo yo ordenado. Sin embargo, Miaja mantuvo excelentes relaciones conmigo hasta su participación en el golpe de Casado. Si tuve alguna responsabilidad en aquel episodio fue la de no haberlo evitado. Pero en un Madrid asediado por las tropas de Franco, bombardeado día y noche por la aviación y la artillería enemigas que causaba miles de víctimas inocentes, con la quinta columna tiroteando desde los tejados en cuanto anochecía, donde carecíamos de soldados incluso para cubrir todas las bocacalles por las que podían entrar los atacantes; un Madrid que incluso el mismo Gobierno republicano pensaba que sólo resistiría tres días, la Junta de Defensa carecía de instrumentos para controlar plenamente la situación. No hay que olvidar que, hasta el traslado del Gobierno a Valencia, el orden público en Madrid no había estado a cargo de la policía, sino de los Comités creados por diversas organizaciones políticas y sindicales, cuya actuación terminó suprimiéndose durante mi mandato de consejero de Orden Público. Hubo que ir improvisando a cada momento medios de fortuna para asegurar la defensa de Madrid.

Lo que sí había en Madrid y fuera de la ciudad era mucho odio a los fascistas; miles de refugiados de Extremadura y Toledo que acampaban como podían a sus alrededores y que ardían en deseos de venganza. Y había también fuerzas incontroladas como la columna del Rosal o la columna de Hierro, que no se diferenciaban mucho de los que en guerras actuales son denominados «los señores de la guerra» por su total autonomía y ninguna disciplina respecto a las autoridades oficiales.

Yo no puedo asumir otra responsabilidad que esa; no haberlo podido evitar. Y tengo la desagradable impresión de que el señor Patxo Unzueta reacciona como lo ha hecho en su artículo más que contra otra cosa, contra mi artículo también publicado en su diario «Naciones y nacionalidades».

Santiago Carrillo

17 Abril 2005

Gabilondo, rector Horroris Causa

Federico Jiménez Losantos

En un alarde de amor al crimen, en un siniestro rito académico de culto a la masacre, en una provocación guerracivilista contra media España sin consultar a la otra media, el rector Gabilondo va a permitirse investir Doctor Horroris Causa a Santiago Carrillo Solares, un personaje que, tras la desclasificación de los documentos soviéticos y las nuevas aportaciones de historiadores sin prejuicios ni autocensuras progres, aparece como el máximo responsable de la mayor masacre de la historia contemporánea española, de la más salvaje y absurda, si es que el absurdo no fuera uno de los fundamentos del terror de masas que los comunistas elevaron a razón de Estado y a forma preferente de Gobierno. Hasta ahora, Paracuellos era Carrillo y Carrillo era Paracuellos. Desde ahora, Paracuellos es también el rector Gabilondo de la Universidad Autónoma de Madrid, porque según la infame decisión del claustro que él preside, la actuación de la Junta de Defensa de Madrid, responsable del asesinato de miles de personas, menores incluidos, sin formación de causa, ni juicio, ni otra cosa que el amparo de la famosa  “legalidad republicana” bajo la que habían sido secuestrados de sus casas, es algo digno de premio, elogio y agradecimiento universitario. Qué gentuza.

En realidad, el enaltecimiento de los crímenes de Carrillo es algo más que una provocación criminosa y criminal. Es la demostración de que la Universidad española se ha convertido en un gulag de burócratas desvergonzados que compensan su inanidad intelectual con la pública apología del delito, siempre que el delito sea de izquierdas. Ya hace unos años nombraron Doctor Honoris Causa en otra universidad madrileña al dictador comunista alemán Eric Honecker, pocos meses antes de la caída del Muro y de la liquidación de su abyecto régimen. Los villapalos de entonces, tan miserables como los de ahora, alegaron que así trataban de mejorar las relaciones con el Este. ¿Y qué alega el rector Gabilondo para honrar ahora a Carrillo por sus crímenes? ¿Que no ha pedido nunca perdón por ellos? ¿Que ha mentido en sus libros? ¿Que nunca ha contado la verdad, ni su papel en la eliminación de sus propios compañeros de partido cuando repicaban a masacre en el Kremlin? No. El propio Carrillo ha delatado con sus estúpidas injurias a Moa y a César Vidal lo que muy probablemente va a proclamar en el elogio al carnicero de Paracuellos el ex-rector Cayetano López Martín: que se trata de retar a los historiadores y de provocar a los cientos de miles de lectores que, en un movimiento intelectual sin precedentes, han roto el muro de silencio académico sobre las masacres de la guerra en el lado socialcomunista y revolucionario, masacres que empezaron en 1934 y que, por cierto, también contaron con la participación de Santiago Carrillo. Pero un viejo chequista empeñado en borrar su única página decente, la colaboración con los franquistas en la llegada de la democracia, no es el responsable de esta infamia. Son los rectores como Gabilondo los que ensalzan y canonizan las masacres de la guerra civil. Son ellos los que legitiman el crimen de ayer, quién sabe si para justificar el de mañana.

El Análisis

CON LA HISTORIA COMO ARMA

JF Lamata

Si la Universidad Autónoma que di rigía D. Ángel Gabilondo quería homenajear a una figura tan polémica como D. Santiago Carrillo en honor a su papel clave en la reconciliación en la Transición (1977-1982), pero el ambiente de 2005 estaba un poco tenso porque la derecha temía que el Gobierno Zapatero y su planeada ‘Ley de Memoria Histórica’ fuera una ley que pretendiera consagrar que en la Guerra Civil española el bando de la derecha fue el malo y el de la izquierda el bueno, algo que desde la derecha no iban a permitir. D. Ángel Gabilondo sólo podía evitarlo si a la vez daba un homenaje similar a una figura proveniente de la derecha, tipo Sr. Fraga o Sr. Martín Villa. Pero el rector no sólo no hizo eso sino que incluyó como uno de los motivos del galardón al Sr. Carrillo su papel en la Guerra Civil, el periodo donde estaba situada la espinosa matanza de Paracuellos por la cual la derecha le responsabilizó siempre. La derecha, principalmente la mediática, provocó un revuelo mayúsculo al interpretar esa referencia a la guerra civil en el galardón como una justificación de los crímenes de su bando en la contienda y, por tanto, como una provocación.

J. F. Lamata

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