4 octubre 1988

Iniciativa del nuevo rector Gustavo Villapalos, que será criticado desde ABC por Losantos (18-10-1990)

La Universidad Complutense de Madrid condecora al dictador comunista de la Alemania Orienta, Eric Honecker, principal responsable de los crímenes del muro de Berlín

Hechos

El 4 de octubre de 1988 la UCM concedió medalla de honor al presidente de la República Democrática de Alemania, Erich Honecker.

Lecturas

Erick Honecker, cabeza visible del régimen comunista de la Alemania del Este desde 1971, es considerado el arquitecto del Muro de Berlín.

Nadie sabía, entonces, que el mandato de Honecker estaba a punto de terminar. 

El Análisis

Medalla con óxido

JF Lamata

El 4 de octubre de 1988, la Universidad Complutense de Madrid, en un arranque de cortesía académica, decidió conceder su medalla de honor a Erich Honecker, presidente de la República Democrática de Alemania. La iniciativa, firmada por el entonces flamante rector Gustavo Villapalos, se presentó como un gesto institucional hacia un jefe de Estado en visita oficial. El problema es que el homenajeado no era precisamente un campeón de la libertad académica, sino el guardián del Muro de Berlín, el hombre que durante años había rubricado órdenes de disparar contra cualquiera que intentara huir del “paraíso” socialista.

Con Honecker, la RDA había perfeccionado un sistema donde el Estado vigilaba al ciudadano hasta en el susurro de sus sueños, con la Stasi como siniestra maquinaria de control. Bajo su mando, más de un centenar de personas murieron tratando de cruzar el Muro, y cientos más en otras zonas fronterizas. Las universidades en su país no eran templos del saber libre, sino fábricas de ideología al servicio del partido único. Resulta difícil imaginar un currículum más alejado del espíritu crítico y la pluralidad que se supone a un campus universitario.

Un año después, el Muro se desplomaba y Honecker se veía obligado a huir, perseguido incluso por sus antiguos camaradas. La medalla de la Complutense, entonces, se transformó en un incómodo recordatorio de cómo la diplomacia de salón puede nublar la memoria y la coherencia. Hoy, ese galardón figura en la lista de condecoraciones que las instituciones preferirían enterrar bajo siete llaves… o al menos, bajo unas cuantas capas de polvo en los archivos. Porque hay honores que, más que brillar, se oxidan con el paso del tiempo.

JF Lamata