10 noviembre 1971

Fidel Castro facilitó armamento para la guardia personal del presidente, pero niega estar ayudando a la organización guerrillera MIR

La visita oficial del Dictador de Cuba, Fidel Castro, a la Chile de Salvador Allende de más de tres semanas de duración desata las alarmas el giro del gobierno chileno

Hechos

Del 10 de noviembre de 1971 al 4 de diciembre de 1971 se celebró una visita de Fidel Castro Ruiz a Chile.

Lecturas

Para aquellos que temían que la llegada al poder de Salvador Allende en Chile podía suponer un giro revolucionario al país, después del asesinato de Pérez Zujovic, la visita del dictador de Cuba confirma la nueva deriva del país. 

Allende: «Sólo acribillándome impedirán el cumplimiento del programa revolucionario»

El 4 de diciembre de 1974, en el momento de despedir a Fidel Castro, en cuya recepción también estuvo presente el General Augusto Pinochet como responsable de las Fuerzas Armadas del país, Salvador Allende, pronunció unas palabras rotundas: «Sólo acribillándome impedirán el cumplimiento del programa revolucionario».

¿Es Salvador Allende una nueva ‘ficha’ en América Latina de la URSS de Leonidas Breznev?

En noviembre de 1972 Allende hará un cambio de Gobierno con el General Prats como ministro de Interior. 

14 Noviembre 1971

CIta de dos revolucionarios

ABC (Director: Torcuato Luca de Tena Brunet)

Leer

Para unos el encuentro Allende-Fidel Castro en Chile supone el fin del asilamiento de Cuba del resto de Hispanoamérica; para otros supone, además, una profundización del Gobierno de la Unidad Popular en el radicalismo. Los hechos más recientes avalan estas opiniones. Perú establece relaciones diplomáticas con La Habana antes de la visita del primer ministro cubano a Lima, donde encontrará a Velasco Alvarado, protagonista de una posibilidad de revolución distinta de las que representan Castro y Allende. Chile, por su parte, recibe a Castro en un momento de máximo irritación norteamericana por el comportamiento del Gobierno de la Unidad aún más delicado: el proyecto de ley que convertirá en una de la dos Cámaras chilenas actuales parece un paso definitivo en el camino de un estrangulamiento democrático.

No se ha dejado de señalar que la visita de Fidel Castro a Santiago supone el cruce de los dos regímenes marxistas de Hispanoamérica. Pero por encima del gesto de este encuentro podría desvelarse la renuncia del castrismo a exponer revoluciones. No es posible separar de los condicionamientos y de la idiosincracia de la masa hispanoamericana el ingrediente mítico de Castro, cada vez más deteriorado por la realidad de sus fracasos. Tampoco es posible dejar de percibir que si el beneficiado con este viaje es Castro, el benefactor es Allende. Y aún puede pensarse que sin negar los vínculos que unen a ambos regímenes marxistas, el encuentro Castro-Allende no puede aislarse de otros establecidos entre presidentes de ideologías tan opuestas como Alvarado. Cuando el presidente argentino visitó Chile, el recibimiento también fue clamoroso y a la hora de los comunicados se habló de algo que les unía por encima de las ideologías aplicadas al Poder. Este espíritu aún no precisado podría ser elemento no desdeñable a la hora de observar esta visita con panoramas más amplios. Voces se han alzado contra ella que revelan que la oposición al a Unidad Popular permanece viva y vigilante. La Municipalidad de Santiago pidiendo a Castro elecciones libres en Cuba ha demostrado no sólo la permanencia de una sensibilidad democrática sino también que la democracia puede ser asimismo producto de exportación en Hispanoamérica.

El Análisis

Castro en Chile: Tres semanas que estremecen a Nixon

JF Lamata
Fidel Castro, el barbudo dictador de Cuba, se despidió el 4 de diciembre de Chile tras una visita de más de tres semanas que ha puesto los nervios de punta a medio país y al Tío Sam al norte. Desde que aterrizó el 10 de noviembre, su presencia ha sido una bomba de relojería para el gobierno de Salvador Allende, que lucha por mantener su “vía chilena al socialismo” en un país ya polarizado. La oposición, liderada por la Democracia Cristiana y el Partido Nacional, ve en este abrazo prolongado con Castro una prueba de que Allende se inclina hacia La Habana y Moscú, mientras en Washington, Richard Nixon teme que asesores cubanos se infiltren en la administración chilena, convirtiendo a Chile en un satélite comunista en el patio trasero de Estados Unidos. En su despedida, con el general Augusto Pinochet a su lado, Allende pronunció palabras desafiantes: “Solo acribillándome impedirán el cumplimiento del programa revolucionario”. Una declaración valiente, pero que suena a desafío en un país al borde del abismo.
El pánico no es infundado. Castro, que ha proporcionado armamento para la guardia personal de Allende y posó en fotos con Pinochet, uno de los pilares de las Fuerzas Armadas chilenas, proyecta una sombra inquietante. Aunque niega apoyar al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), los rumores de que Cuba fomenta la radicalización de grupos armados no se disipan. La oposición chilena, ya indignada por el asesinato de Edmundo Pérez Zujovic en junio, culpa a Allende de coquetear con el extremismo que Castro representa. Las nacionalizaciones, la reforma agraria y las tensiones económicas han creado un caldo de cultivo donde la visita de Fidel—con sus discursos incendiarios y su carisma de guerrillero—es vista como gasolina en el fuego. En Estados Unidos, Nixon y la CIA, que ya vigilan a Allende con lupa tras la crisis de los misiles y la influencia cubana en América Latina, temen que Chile se convierta en una segunda Cuba, un temor amplificado por la Guerra Fría y el espectro de la URSS.
Estas tres semanas han sido un malabarismo imposible para Allende. Por un lado, necesita el respaldo de la izquierda radical para sostener su proyecto; por otro, su alianza con los democristianos, clave para llegar al poder, se desmorona ante la imagen de Castro paseándose por Santiago. Las fotos con Pinochet, un militar de perfil conservador, intentan calmar a las Fuerzas Armadas, pero no engañan a nadie: la presencia de Fidel ha envalentonado a los sectores más revolucionarios y alarmado a los moderados. Las palabras de Allende al despedir a Castro son un desafío, pero también un reconocimiento de su vulnerabilidad. Chile está partido en dos, y la visita de Castro no ha hecho más que ensanchar la grieta. Mientras Nixon trama en Washington y la oposición chilena afila sus cuchillos, Allende camina por una cuerda floja. ¿Podrá su revolución sobrevivir sin convertirse en lo que sus enemigos temen: una dictadura al estilo cubano? El tiempo, y las balas que él mismo mencionó, darán la respuesta.
J. F. Lamata