En un intento por capear la tormenta que sacude su gobierno, Salvador Allende ha remozado su gabinete, colocando a José Tohá, una figura controvertida acusada de coquetear con las guerrillas del MIR, como ministro de Defensa, y al general Carlos Prats, un militar leal pero de talante moderado, como ministro del Interior. Este cambio, que incluye a otros oficiales de las Fuerzas Armadas en carteras clave, es un movimiento audaz para apaciguar al ejército, cuya neutralidad es vital para la supervivencia de la “vía chilena al socialismo”. Pero no nos engañemos: Allende está atrapado en una pinza mortal. La extrema izquierda, con sus discursos incendiarios exigiendo una revolución al estilo cubano, lo empuja a radicalizarse, mientras la derecha, encabezada por la Democracia Cristiana y el Partido Nacional, lo pinta como un títere débil de los marxistas. Y desde Washington, Richard Nixon observa con ojos de halcón, listo para intervenir si Chile se acerca demasiado a La Habana o Moscú. Este nuevo gabinete es un salvavidas, pero el mar está cada vez más agitado.
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Las dificultades de Allende son colosales. La economía chilena está en picada: la nacionalización de las minas de cobre y la reforma agraria han disparado la inflación y el desabastecimiento, mientras las huelgas, como la de los camioneros en octubre, paralizan el país. La visita de Fidel Castro el año pasado y el asesinato de Edmundo Pérez Zujovic en 1971 han polarizado aún más a una nación que ya no encuentra términos medios. La derecha acusa a Tohá, un socialista de línea dura, de ser un enlace con el MIR, lo que enardece a los conservadores y alarma al ejército, que teme un golpe desde la ultraizquierda. Al nombrar a Prats y otros militares, Allende busca proyectar estabilidad y ganarse a las Fuerzas Armadas, pero el gesto también huele a desesperación: los generales, aunque leales por ahora, no son inmunes a la presión de una sociedad al borde del colapso ni a los rumores de intervención estadounidense. Nixon, que ya ha bloqueado créditos internacionales a Chile, ve en Allende una amenaza comunista que no tolerará en su patio trasero.
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Este gabinete mixto de civiles y militares es un intento de Allende por comprar tiempo, pero el reloj juega en su contra. La extrema izquierda, con su retórica de revolución armada, lo empuja a un terreno donde no quiere estar, mientras la derecha lo debilita presentándolo como un líder incapaz de controlar a sus propios aliados. En el medio, el pueblo chileno sufre escasez y un ambiente de crispación que hace imposible el diálogo. La presencia de Prats en el gobierno puede calmar al ejército, pero no apaga las sospechas de la oposición ni los temores de Washington, donde la CIA ya mueve sus hilos. Allende insiste en su socialismo democrático, pero cada día parece más un hombre solo en un polvorín. ¿Podrá este nuevo gabinete salvar su proyecto, o solo retrasará el estallido que todos temen? Chile, en este noviembre de 1972, no encuentra respiro.
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JF Lamata