17 julio 1990
Marcelino Oreja Aguirre rompe con la dirección del PP de Aznar y Fraga tras haber quedado marginado en la dirección del Grupo Popular en el Parlamento Europeo
Hechos
- El 17 de julio de 1990 Marcelino Oreja Aguirre anuncia su dimisión como portavoz del Partido Popular en el Parlamento Europeo y su dimisión como miembro de la ejecutiva del PP.
- El 23 de julio de 1990 Marcelino Oreja comunica que aceptaba seguir como miembro del Comité Ejecutivo del PP.
Lecturas
El 17 de julio de 1990 Marcelino Oreja Aguirre anuncia su dimisión como portavoz del Partido Popular en el Parlamento Europeo y su dimisión como miembro de la ejecutiva del PP tras acreditarse que había perdido todo poder y autonomía desde la elección de José María Aznar López como nuevo presidente del partido. El último episodio que precipitó su caída fue la visita a España del presidente del Partido Popular Europeo (democristiano) Wilfried Martens, en las que participó en varios actos con dirigentes del PP español entre los que él no estuvo. Marcelino Oreja es uno de los artífices de que el PP se pasara del grupo conservador la grupo democristiano en el Parlamento Europeo pero, paradójicamente, la nueva dirección no cuenta con él para las relaciones con los democristianos europeos.
Tras una petición expresa de José María Aznar para que no se desvincule de la dirección, el 23 de julio de 1990 Marcelino Oreja comunica que aceptaba seguir como miembro del Comité Ejecutivo del PP.
Marcelino Oreja Aguirre evita así situarse junto a los dirigentes del PP que se manifiestan abiertamente críticos con el nuevo presidente Aznar, estos son Miguel Herrero Rodríguez de Miñón y Fernando Suárez González.
19 Julio 1990
Aznar, cada vez más solo
LA dimisión de Marcelino Oreja, uno de los políticos de mayor talla del centro-derecha español y -precisamente- el hombre en quien se personalizó la refundación del PP, es reflejo de la falta de horizonte a que se enfrenta el Partido Popular bajo la presidencia de José María Aznar. Si los primeros pasos del líder del PP parecían ir encaminados a un ensanchamiento de la base social de esta formación política, su actual momento es de seria crisis que ya no es achacable a la tantas veces nombrada bisoñez del equipo dirigente, sino más bien a su erróneo comportamiento y a la ausencia de diálogo interno. Los buenos resultados de las elecciones generales -recién designado Aznar presidente del partido-, sus primeras iniciativas, abiertas a la realidad social del país, y su indudable éxito en los comicios parciales celebrados en Melilla, parecían dar a entender que el PP había encontrado por fin el líder que iba a aglutinar el amplio electorado que se identifica con el centro derecha, y que el PSOE iba a tener un contrincante real que le disputara, con garantías de éxito, el poder político. Ahora -en realidad a partir del llamado «caso Naseiro»- las expectativas parecen diluirse y el futuro de Aznar va de mal en peor. Lo que más llama la atención de esta situación es que el escándalo que se abrió con la intervención del juez Manglano no es -a la postre- lo que más afecta su credibilidad como líder. Lo peor es que Aznar no está demostrando esa presunta capacidad integradora para ampliar su base política y, en consecuencia, su base social. Los éxitos electorales terminaron en Andalucía, y sus iniciativas políticas han quedado finalmente en meros gestos de escaparate, en lugar de desarrollar una verdadera política de centro que dé la réplica al partido en el poder. En cuestiones de gran trascendencia política, como la trama de los GAL, el PP inició una reacción tímida que ha terminando transformándose en complicidad con el obstruccionismo del Gobierno a la acción de la Justicia. Nada se ha dicho de Mendaille, de Amedo, de Paesa, mientras la sociedad asiste perpleja a las maniobras encubridoras del Ejecutivo. Por otra parte, Aznar -quizá temeroso de las luchas intestinas que han caracterizado a la derecha desde la transición-, en lugar de apoyarse en la experiencia política de las distintas personalidades del PP, ha infrautilizado a esos «notables» y ha optado por rodearse de «fieles» con la misma falta de experiencia que él mismo, y que en algunos casos han demostrado más interés por su propia carrera política que por el proyecto en el que estaban embarcados. Así, despreció la fuerza del sector manchista en Andalucía, dejó marchar a José Antonio Segurado, marginó a Miguel Herrero e Isabel Tocino y excluyó a Fernando Suárez por su carácter contestatario. Ahora, Oreja ha decidido liberarse también de sus responsabilidades por la evidente marginación a que se le ha sometido desde la Dirección del PP. Aznar, empeñado en aislarse en Génova con los suyos, se encuentra en franco peligro de desengancharse de la realidad, y de que las adhesiones que provocó su ascensión se vuelvan lanzas en quienes sienten que sus esperanzas y sus deseos de colaborar en un proyecto serio se han ido frustrando.
19 Julio 1990
Oposición en la oposición
LA DERECHA española demuestra con constancia su vocación de oponerse al devenir de la historia. Cuando la reconstrucción del continente europeo permite el resurgir electoral de algunas de las fuerzas conservadoras del mismo, el bastón democristiano sobre el que se apoyó Manuel Fraga en su intento de revitalizar Alianza Popular, refundándola en un nuevo partido de imagen más centrada (Partido Popular), se ha venido al suelo: Marcelino Oreja, cortejado hace apenas año y medio por el fundador del partido, y poco menos que señalado como su posible sucesor, ha dimitido de todos sus cargos, cansado de la marginación a la que había sido relegado. A ello hay que sumar las críticas de algunos destacados miembros de¡ comité ejecutivo, como Isabel Tocino y Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón.Todavía es pronto para determinar los efectos que esta dimisión pueda tener en los objetivos del proyecto de renovación de los conservadores españoles. Parece evidente que la invitación hecha a Oreja para participar de manera tan destacada en la anhelada refundación no perseguía una rentabilidad electoral inmediata. La aproximación del PP a la democracia cristiana buscaba, sobre todo, su influencia para el entendimiento con regionalistas y centristas, así como reforzar su colaboración con los partidos de derecha europeos, de fuerte inspiración cristiana. Un nuevo intento de articular una alternativa que pusiera término al prolongado mantenimiento en el poder del PSOE.
Es cierto que desde entonces acá han sucedido muchas cosas, algunas de ellas no previstas por los estrategas conservadores. La colaboración con el CDS de Suárez, materializada en los pactos autonómicos y municipales de la primavera de 1989, no ha cuajado. El PSOE ha mantenido prácticamente intacto su caudal electoral proporcional y la dirección del refundado Partido Popular ha pasado a manos de un grupo de dirigentes jóvenes, dispuestos a alcanzar cuanto antes el poder político y a ejercer toda su autoridad en el seno del partido.
La dimisión de Marcelino Oreja parece inscribirse en el marco de una política de desmantelamiento interior puesta en práctica por los nuevos dirigentes, una política que, de continuar, puede dar al traste con el último ensayo regenaracionista de la derecha española. Resulta un contrasentido presentarse como eje aglutinante de las fuerzas políticas de centro-derecha -mensaje lanzado con énfasis en el congreso del PP en Sevilla- y, al mismo tiempo, mostrarse incapaz de hacer lo propio con los destacados militantes que lo han conformado. Preciso resulta señalar que todo ello ocurre en momentos en los que se intuye el final de los Gobiernos con mayoría absoluta, un dato del que ya ha tomado buena nota el partido socialista con su estrategia de acuerdos con otras fuerzas políticas y que amenaza -máxime si la actual dirección del PP insiste en cerrarse en sí misma reeditando antiguas prácticas de navajeo-, con prolongar aún más la ya larga travesía del desierto que soporta la derecha española.
22 Julio 1990
Marcelino dimitió por fax
BERTA, la secretaria que atiende los trabajos de los eurodiputados del Grupo Popular cuando «fondean» por Génova-13, en Madrid, clavó la punta del bolígrafo sobre el último trazo que acababa de escribir en su bloc, y miró a Marcelino Oreja. -¿Hay que agregar algo más…? -No. Ahí termina… Muchas gracias… Ah, bueno, sí, hay que poner la fecha de hoy… 16 de julio de 1990… Berta parpadeó y tragó saliva, de un modo reflejo. El texto que Oreja le había dictado era una carta de dimisión dirigida a Aznar. A partir de ese momento, algo imparable se puso en marcha. A esa misma hora, en el Palais Lambermont, de Bruselas, el primer ministro belga, Wilfried Martens, se sentaba a la mesa con sus invitados: Thomas Janssen, secretario general del Partido Popular Europeo y vicepresidente de la Unión Europea Democristiana Aznar y Javier Rupérez. Esa invitación se había gestado tiempo atrás, cuando T. Janssen se entrevistó en Madrid con Aznar. Exactamente: el 4 de junio. Rupérez andaba organizando un super-seminario sobre la nueva Constitución de Europa, que tendría como sede Madrid y, como padrinos financieros políticos y culturales, el PPE, la UEDC y la Fundación Humanismo y Democracia. El seminario se desarrolló a lo grande, los días 6, 7 y 8 de julio, con 27 invitados europeos de lujo: Emilio Colombo, Wilfried Martens y Thomas Janssen, entre otros. Javier Rupérez afirma que «Marcelino fue, no sólo informado, sino expresamente invitado, como patrono que es de la Fundación Humanismo y Democracia y por el PPE… pero no asistió, ni excusó su ausencia». En el acto de apertura discursearon Martens y Aznar. Y fue entonces cuando el líder «popular» anunció que aceptaba la invitación del primer ministro belga para dar el primer paso oficial cara a la integración del PP en el PPE: «De momento, como observador». Todo esto, trufado con multitud de detalles y recortes de periódicos, donde se recogió en su día la noticia, me lo cuentan en los entornos de Aznar y de Rupé rez, para explicar su asombro «porque Marcelino Oreja aduzca ahora que nadie le informó, que no sabía nada, que no se le consultó, que se le ha desairado…»
Cuando Aznar salió del Palais Lambermont, se dirigió al despacho del eurocomisario Abel Matutes, para gestionar deprisa y corriendo una entrevista-sandwiche, de un cuarto de hora, con Jacques Delors «aprovechando que estamos aquí». Lo que Aznar no esperaba encontrarse era la carta de dimisión de Oreja… transmitida vía fax, por algún «topo» o alguna «ardilla» de Génova-13. Desde el teléfono de Matutes, línea Bruselas-Madrid, Aznar habló con Mar celino y le encareció: «Cálmate… no, no hay agravio ninguno… ya hablaremos ahí… no puedes hacer esto… reflexiona, Marcelino… de momento, congela tu decisión y no digas nada…». Pero lo único que Aznar consiguió fue retrasar cuarenta y ocho horas el impacto de la noticia. El miércoles 18,y después de una agradable» (¿?) . . . conversación con Aznar, Oreja comparecía en rueda de prensa «tumultuaria», explicando su dimisión en claves de «desaire y marginación». Y, ciertamente, de lo uno y de lo otro ha sido abundante la irreflexiva y atropellada conducta de Aznar. Abonémosle, como beneficio de la duda, que tal vez su bonhomía se haya dejado embaucar por algún mal consejero. Salvo que… tenga el propósito de desmantelar de piezas valiosas el partido que preside. Quizás, como una deliberada actitud de «tender puente de plata, para facilitar la salida a todo personaje cuyo curriculum haga sombra al mío». Hace cien días, cuando un personaje político de la derecha me vaticinó, enfatizando la voz a modo de oráculo profético: «Este verano se producirá un plante de notables en el PP… un plante ante Aznar y sus muchachos, ante Aznar y sus ínfulas, ante Aznar y sus modales, ante Aznar y su incapacidad para generar una alternativa que ofrezca más eficacia, más modernidad y más bienestar que el socialismo ofrece…».
Y cómo, pregunté al oráculo profético, quiénes serían esos «notables» del «plante», me desgranó esta letanía: «Marcelino Oreja, Fernando Suárez, Martín Villa, Herrero de Miñón, Pío Cabanillas, Félix Pastor Ridruejo, José Luis Alvarez… y, quizás, Javier Rupérez». Volví a inquirir, por qué anteponía un «quizás» a Javier Rupérez, y por qué excluía a Isabel Tocino. Esta fue la doble respuesta que me ofreció: «Rupérez es impredecible… ¡a saber en qué operación estará de hoy a entonces!» e «Isabel Tocino se reserva: Ella sabe que si Aznar y sus muchachitos de Valladolid ponen en quiebra el «negocio» (hablábamos en las fechas critiquísimas de los escándalos de Palop, Naseiro, Sanchís, Arturo Moreno…), Manuel Fraga vuelve… Y vuelve sobre un trípode de su entera confianza: Alvarez Cascos, Ruiz Gallardón y la «damita de hierro» Isabel Tocino». Hoy no tengo más remedio que repescar en la dársena de mi memoria ese «breefing», porque parece que el «pitoniso» estaba en lo cierto. Como también Pío Cabanillas, de ser auténtica la anécdota que me contó un colega hace unos días: Cena o almuerzo de Pío Cabanillas con periodistas. Cada dos por tres, Pío insiste «¡Hay que cuidar a Aznar!»… «¡Teneis que ser comprensivos con Aznar!»… «iNo es bueno que zahiráis y quemeis a Aznar!». Uno de los presentes, «mosqueado», le pregunta: «¿Por qué tanto interés, Pío?». «Porque si no…¡vuelve Fraga!». El hecho es que Fraga, al extender su capa de protección moral sobre Aznar, ha utilizado tono y palabras de superioridad condescendiente: «Reitero a Aznar mi afecto y mi confianza» ¿Diría eso Ramón Rubial, refiriéndose a Felipe González? Y tono y palabras, también, de autoridad reconviniente: «Como soy perro viejo en estos asuntos,tengo que decirque hay personas que han estado siempre en contra de todo… y siempre las volveremos a encontrar». Entre todas las voces de crítica que se han alzado contra Aznar, este último dardo censor de Fraga buscaba dos dianas precisas: Fernando Suárez y Miguel Herrero. Dos personalidades autárquicas y rebeldes que se sienten indebidamente tratados, descolocados y despilfarrados.
Algo similar le ocurría a Segurado: «Me veo infrautilizado… perdiendo mi tiempo», dijo… y tomó en marcha el confortable tren de la empresa privada donde Mario Conde le había reservado un asiento «first class», bastante más rentable que un escaño ocioso en el Parlamento. Oreja, cuya caballerosidad abrocha con su lealtad, no ha querido desvelar el contenido de la conversación que mantuvo con Aznar, el miércoles 18. El presidente del PP le insistía en que aplazase su decisión dimisionaria hasta septiembre. Pero, ¿por qué hacerlo así? Si Aznar hubiese querido retener a una persona de tal prestigio en el ciclorama político internacional, tenía bien fácil el gesto-test: Oreja, al dejar de ser portavoz en el Parlamento europeo, pierde su condición de miembro del Comité Ejecutivo Nacional del PP. Sin embargo, Aznar podía mantenerle en ese puesto, toda vez que como presidente del partido tiene potestad para designar a su arbitrio hasta cinco vocales de ese órgano de gobierno. Pero la oferta no se produjo, ni siquiera en «amago de dar». Al joven dirigente, una de dos, o le faltaron resortes de largueza… o le sobraron consejos de torpeza. En fin, dicen que la experiencia, en política, se adquiere equivocándose y… enmendando el yerro.
24 Julio 1990
Aznar salió al paso de la crisis
El presidente del Partido Popular, José María Aznar, logró ayer desactivar -al menos de momento- la crisis que se cernía sobre su partido, anunciando ante la reunión del Comité Ejecutivo del PP, en un golpe de efecto, la vuelta de Marcelino Oreja al seno del organismo dirigente. El propio Oreja echó una mano a su presidente al desmarcarse de quienes, en algún caso de modo sorprendente, se habían erigidos en defensores de la causa del ex portavoz del Grupo Popular en el Parlamento de Estrasburgo. El explícito compromiso del líder máximo del PP de dar plena libertad a los debates internos en el partido -lo que venía a quitar hierro a las demandas de la oposición interna- y el aparatoso respaldo que recibió del fundador del PP y presidente de la Xunta de Galicia, Manuel Fraga -quien descalificó a los «críticos» Hernández Mancha y Fernando Suárez nominalmente-, parecen alejar de la dirección del PP la negra borrasca veraniega que se había cernido sobre ella.