10 julio 1978

Se opuso a la reforma política de 1976 y la legalización del PCE de 1977

Muere Alfonso Paso, uno de los mejores dramaturgos de la historia del teatro español que en su etapa final se destacó como columnista ‘ultra’ en EL ALCÁZAR

Hechos

Alfonso Paso Gil muere el 10 de julio de 1978.

Lecturas

Entre 1974 y 1978 el dramaturgo Alfonso Paso Gil fue columnista del periódico EL ALCÁZAR decorando sus artículos con el dibujo de un gato. Sus columnas, contrarias a cualquier tipo de cambio democrático en España se convirtieron en señal de referencia del periódico que durante ese periodo de tiempo fue conocido como «la banda de los cuatro», en el sentido de que el principal acicate para comprar el periódico eran las cuatro columnas de opinión diarias de Alfonso Paso Gil, Rafael García Serrano, Antonio Izquierdo Ferigüela y Antonio Gibello García, todos ellos fervorosos franquistas detractores del sistema democrático que consideraban traidores a figuras políticas como Adolfo Suárez González o Manuel Fraga Iribarne por negociar ‘la Transición’ con socialistas, comunistas y separatistas.

11 Julio 1978

HA MUERTO ALFONSO PASO

Antonio Izquierdo

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Alfonso Paso ha muerto. Era un redactor de EL ALCÁZAR, dicho así con laconismo, porque de entre sus muchos títulos, Alfonso tuvo interés en subrayar su pertenencia a este periódico. Se esforzó, con vehemencia, por mantener su firma diaria en el medio de expresión que sabía comprometido y poco apto para ganar laureles fáciles y éxitos cómodos en su actividad teatral. Pero Alfonso era uno de esos seres angélicos que no se comprometen en función de una prebenda, sino de su propia estimación. Quiso estar con nosotros y desoyó a quienes le advertían que, en este momento español, tal identificación le perjudicaba. Su actitud vital, su pasión por España, no tenía nada que ver con el cálculo de los políticos de inversión; por eso se mantenía fiel al Régimen vencido en estos dos años de perjuicios.

Con Alfonso Paso se va también el escritor de antología y el autor teatral español con más difusión en los escenarios mundiales. Un autor que ha mantenido, en todo tiempo – y pese a su credo político a la contra de los que medran en las situaciones de crisis a falta de auténtico valor – sus obras en cartel y ha estado siempre al día en el tratamiento de los temas.

Era un culto intelectual, original hasta en su modo de entender la bohemia como unas nupcias con la noche, e iba acercando al silencio para, sin faltar un solo día, estarse horas y horas creando personajes, situaciones, mundos; o llenando de ideas las cuartillas para ofrecer al lector puntos de vista originales, contra corriente. Era un hombre de creencias firmes; indórmito en su exposición; defensor de ellas, sin violencia; a la inglesa, como tanto le gustaba dar.

Seguramente, ahora, otros amigos pretéritos le irán acompañando en el tránsito. Aquí ha dejado el dolorido que hacemos público desde unas páginas tan suyas, con esa carta de irreprimible tristeza que produce decir adiós a un amigo de tan extraordinaria categoría humana.

11 Julio 1978

Digo yo que… A MI REY

Alfonso Paso

(su último artículo)

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Majestad: como V. M., soy un español que no tiene otra ansia que el progreso económico, social y moral de España y la defensa de sus más íntimas tradiciones que, por otra parte, tanta gloria nos dieron en tiempos pasados y tantas penas nos llevaron cuando las esquivamos. Me dirijo públicamente a V. M. porque es mi Rey, y como buen español – del pueblo llano – veo en V. M. la más alta de las jerarquías de mi patria y el poder moderador de los excesos de la política. De sobra sé que, según la democracia inorgánica y liberal, estas líneas no tienen sentido. El Rey reina, pero no gobierna. Esa desgraciada frase se ha hecho muy popular. Pero, Señor, a los españoles, acostumbrados a que Ramiro derrotase, al frente de sus tropas en Clavijo, a los mahometanos, a que Alfonso VIII en Las Navas expusiera su vida en primera fila y a que tantos y tantos reyes y caudillos españoles acudieran al puesto de peligro y al frente de su tropa, como en más de una ocasión hizo vuestro augusto abuelo, no se nos acaba de hacer comprensible la formulilla que he citado.

Por eso, las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, como el Ingenioso Hidalgo, he pensado que no quedaba otra salida sino públicamente, con el mayor de los respetos y la más humilde de las pretensiones, dirigirme a V. M., para repetirle lo que tal vez la aguda sensibilidad, el talento y el patriotismo de V. M. ya sabe de sobra y ha recaído en todo ello la sagaz mirada con que todos los asuntos de Estado observa V. M.

El caso es, Señor, que tenemos la Patria diezmada, que la unidad se nos resquebraja por todos los costados, que los partidos políticos son incontables e ineficaces, que nuestra economía no sólo se está hundiendo a una velocidad vertiginosa, sino que amenaza con sumirse en el abismo más insondable y más tenebroso. Como súbdito sé de sobra que la angustia de este espectáculo es compartida por V. M. y que, seguramente, me podría aleccionar diciendo  que también lo es por muchos de sus gobernadores. Yo opino que aun siendo todo ello cierto, ha llegado el momento de que España se libre de las tendencias taifistas que tanto daño le hicieron en el pasado, que recobre su pulso, su rumbo y su oriente. Que en esta crisis que al parecer es mundial, pero que acongoja muy especialmente a nuestra Patria, alguien imponga su definitiva autoridad y no nos deje huérfanos a los españoles de orden, ni cerrados todos los caminos de la concordia.

Majestad: la España que V. M. recogió tenía cosas malas y buenas, como ocurre en todas las Patrias del mundo. Pero había tantas buenas que las malas se disimulaban y nos entregábamos todos a la tarea con optimismo y con fe. Esa fe, Majestad, es la que quiero advertir que se ha perdido. Ese optimismo en el que yo quiero señalar que se ha evadido del corazón de muchos españoles. Los políticos, que nada tienen que ver con la Corona, están llevando a España a una situación que podría comentar festivamente si no fuera trágica e intolerable. Junto a la Bandera Nacional, que tanto V. M. como yo juramos en su día defender con nuestra vida si fuera preciso, ondean banderas precarias que simulan nacionalidades espúreas. Ya apenas nuestras mujeres saben cómo poner el plato caliente a sus maridos y sus hijos. Mientras tanto, un satánico gozo de triunfalismo y una verborrea democrática hacen presa de nuestros líderes que no pueden todavía ni siquiera imaginar lo que es un líder. España está en peligro, Majestad; acudid a salvarla. Vuestra Majestad es el Rey, y sé perfectamente que es nuestro mejor embajador y quien da la imagen más exacta de nuestras ocultas grandezas, en el extranjero. Dentro de unos años, no muchos, España puede ser simplemente un recuerdo, colonizado, para nuestra vergüenza, por las multinacionales, y presionada para nuestro desdén y nuestro desprecio por las dos grandes superpotencias que se reparten la hegemonía del mundo.

Todo ello, Majestad, afecta de una manera especial a mi honor de español. Y en nombre de ese honor os pido que se vea vuestra mano bienhechora en la vida española con toda claridad. Y a ello me atrevo porque me respalda toda mi tradición y los genes de todas las generaciones, que quedan condensados en aquel verso insigne: “Al Rey, la hacienda y la vida se han de dar; pero el honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios”. Es en nombre de mi honor como os ruega este súbdito leal, acongojado y sincero que firma al pie de estas líneas.

Alfonso Paso

El Análisis

El mejor dramaturgo de España que no superó la Guerra Civil

JF Lamata

El teatro, como el cine o la literatura, es cuestión de gustos. Por tanto cualquier juicio de valor está marcado por las preferencias de cada uno, pero permitan que uno comparta las suyas y diga que no ha disfrutado comedias en el teatro tanto como cuando veía una representación una obra de Alfonso Paso. La genialidad de Jardiel Poncela o de Muñoz Seca, en el caso de Paso y sus entrañables, divertidos y alocados personajes llegaba al punto máximo por ser capaz de hacer un surtido amplio de obras magistrales que se seguirían representando durante décadas.

Pero Paso también quiso ponerse serio y ser columnista de actualidad en EL ALCÁZAR. Ese Alfonso Paso no buscaba divertir, buscaba asustar. Y de su lectura se deducía que Paso nunca superó la Guerra Civil, que en su mente aquel conflicto nunca terminó y nunca dejó de mirar con miedo a «los rojos» pensando que en cualquier momento volverían a «quemar iglesias» o a matar cristianos. Los que no vivimos esa España de horror no podemos culpares a quienes en el bando de Paso, o en el otro, no lograron superar nunca la contienda, pero si aplaudir a aquellos de la misma generación de Paso que sí lograron hacerlo.

Pero el Paso asustado de sus columnas ‘fachas’ no tapará nunca el talento del Paso dramaturgo aún, a mi juicio, no superado.

J. F. Lamata