22 diciembre 1987

Muere el presidente-editor de LA VANGUARDIA Carlos de Godó, Conde Godó Valls, que será reemplazado por su hijo Javier Godó Muntañola

Hechos

El 21.12.1987 falleció D. Carlos de Godó y Valls, presidente-editor del diario LA VANGUARDIA, puesto en el que fue reemplazado por su hijo D. Javier de Godó.

Lecturas

El 23 de diciembre de 1987 falleció D. Carlos Godó Valls, Conde de Godó y editor de La Vanguardia como presidente de Talleres de Imprenta (TISA), empresa editora del periódico desde 1931. Será sustituido como Presidente del Grupo Godó por su hijo D. Javier Godó Muntañola, que ha trabajado para convertir TISA en el Grupo Godó que incluya al periódico, revistas, la cadena de radios FM Antena 3 Radio (de la que es accionista mayoritario) y el proyecto de crear una cadena de televisión privada denominada Antena 3 TV.

D. Carlos Godó formaba parte de la dirección del Grupo Godó desde 1970.

Carlos Godó Valls, segundo conde de Godó, ha muerto a los 88 años después de haber dirigido durante más de medio siglo el destino de La Vanguardia. Hijo de Ramón Godó Lallana, recibió de su padre en 1931, al morir éste, el mando de una empresa periodística que ya era una de las grandes instituciones de la Barcelona contemporánea. Ingeniero industrial de formación, Godó hubo de afrontar desde el primer momento la convulsión política de la Segunda República, la Guerra Civil y la dictadura. Bajo la República tuvo que contemplar cómo la Generalitat incautaba el periódico; durante la guerra, La Vanguardia se convirtió sucesivamente en órgano de expresión de la Generalitat y del Gobierno republicano, mientras el propietario marchaba al exilio. Recuperado el control del diario tras la victoria de Franco, hubo de aceptar la nueva situación y la transformación de la cabecera en La Vanguardia Española. El régimen impuso a Luis de Galinsoga como director, pero el periódico sobrevivió, recuperó su influencia y, tras la muerte de Franco, fue una de las grandes cabeceras de la transición catalana. La historia de Godó es, en buena medida, la historia de un editor que consiguió que su empresa atravesara todos los cambios de régimen sin desaparecer.

Ahora muere precisamente cuando el grupo que deja atrás está intentando superar definitivamente los límites del tradicional gran diario barcelonés. Su hijo Javier Godó Muntañola, que llevaba años interviniendo cada vez más directamente en la gestión, ha transformado TISA en un grupo de comunicación diversificado y con ambiciones nacionales. La Vanguardia ya no es solamente un periódico: el entorno empresarial de los Godó participa decisivamente en Antena 3 Radio, una de las grandes cadenas privadas de FM, y prepara el salto a la televisión privada que el Gobierno deberá resolver mediante concurso. De hecho, Javier Godó ha sido una de las figuras centrales de la candidatura de Antena 3 TV, que aspira a obtener una de las futuras concesiones. El nombramiento de Joan Tapia, periodista de perfil socialista y vinculado anteriormente al entorno de Miguel Boyer, como director de La Vanguardia confirma además que el nuevo editor pretende situar al periódico en una posición capaz de dialogar con el nuevo poder político de Madrid sin renunciar a su identidad catalana.

El relevo tiene, por tanto, una dimensión empresarial y otra política. Carlos Godó pertenece ya a una generación de editores para la que sobrevivir significaba adaptarse al poder de turno; Javier Godó pertenece a otra para la que sobrevivir significa competir por el mercado nacional de prensa, radio y televisión. Su padre recibió el periódico en la España monárquica de Alfonso XIII y lo conservó durante República, Guerra Civil, franquismo y democracia. El hijo recibe ahora un grupo que aspira a convertirse en uno de los grandes conglomerados mediáticos españoles. La cuestión será si esa capacidad de adaptación, que permitió a los Godó conservar el control de La Vanguardia durante medio siglo de tempestades políticas, puede convertirse también en la fórmula para conquistar el nuevo y mucho más competitivo mercado audiovisual.

El Análisis

El camaleón de la calle Pelayo

JF Lamata

La muerte de Carlos Godó vuelve a abrir el viejo debate sobre la naturaleza del editor de La Vanguardia: ¿hombre de convicciones o superviviente profesional? Sus críticos, desde Gaziel hasta otros adversarios del periódico, han señalado una constante que resulta difícil ignorar: cuando había un cambió político en el Gobierno y al editor se le reprochaba la línea del medio durante la etapa anterior, Godó culpaba de todo al director.

Cuando llegó el franquismo, Godó culpó a Gaziel cuando se le reprochó que el medio no combatió a la Generalitat de Companys y se integró en el régimen. Y luego cuando llegó la apertura y se reprochó el alineamiento ortodoxo del periódico con la dictadura, nuevamente Godó culpó al director, en este caso Galinsoga, como si ese fuera el único responsable y el editor simplemente pasara por ahí. La paradoja resulta todavía mayor cuando se recuerda la actitud personal de Carlos Godó ante Franco y el régimen: no fue simplemente un editor que padeció pasivamente la dictadura, sino un hombre integrado durante años en sus estructuras institucionales y políticas y en la historia queda su artículo de homenaje al Caudillo el día de su muerte, diciendo lo muy orgulloso que estaba de haber formado parte de la España de Franco, con lágrimas en los ojos. La imagen de Godó es de quien sabe adaptarse al vencedor y, llegado el momento, dejar que sea el director quien cargue con las consecuencias constituye una de las acusaciones más persistentes contra su figura.

Su hijo parece haber aprendido la lección fundamental: un periódico necesita sobrevivir a los gobiernos, y para ello conviene que el editor pueda cambiar de registro sin cambiar de propietario. El nombramiento de Joan Tapia en noviembre de este mismo año, un periodista de trayectoria vinculada al socialismo catalán y que había trabajado con el ministro socialista Miguel Boyer, puede leerse como una apuesta por aproximarse al nuevo poder socialista de Madrid precisamente cuando se prepara la apertura de la televisión privada. No sería necesario que nadie ordenase al periódico qué publicar: bastaría con que la propiedad supiera qué interlocutores interesan en cada época. Y si mañana cambia el viento político, siempre quedará la posibilidad de atribuir al director de turno aquello que hoy resulta conveniente publicar. Carlos Godó sobrevivió así a Alfonso XIII, la República, Franco y la democracia. Javier Godó recibe ahora una empresa mucho más ambiciosa: ya no se trata únicamente de sobrevivir al poder, sino de tener suficiente poder mediático como para sentarse frente a él. El verdadero examen del heredero comenzará cuando descubra si es posible ser camaleón sin que los lectores terminen preguntándose de qué color es realmente el periódico.

J. F. Lamata