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Era amigo personal del presidente del Atlético de Madrid, Jesús Gil

Muere el aristócrata español Jaime de Mora y Aragón, personaje de la Jet-Set de Marbella y hermano de la Reina Fabiola de Bélgica

HECHOS

El 26.07.1995 falleció D. Jaime de Mora y Aragón.

27 Julio 1995

«Feo, católico y sentimental»

Jaime Peñafiel

En los primeros días de otoño de 1960 la prensa del mundo entero recoge, en sus primeras páginas, la siguiente noticia: «El rey Balduino de los belgas hace público, de una manera oficial, su compromiso matrimonial con la joven española doña Fabiola de Mora y Aragón».

Aquel flash informativo procedente de Bruselas causó una doble sorpresa a toda la prensa española: por la noticia en sí, ya que esa misma semana varias publicaciones se hacían eco de los rumores de que Balduino podría ingresar en la Orden Religiosa de los Trapenses y sobre todo por el nombre de la prometida que nadie, en las redacciones, conocía. Ni siquiera los redactores de sociedad. Tampoco en la «jet set society» madrileña el nombre de Fabiola de Mora y Aragón decía mucho.

De repente alguien recordó haber leído, hacía ya mucho tiempo, en un periódico, creo que el Ya, un remitido en el que un tal marqués de Casa Riera y conde de Mora, comunicaba no hacerse responsable de las deudas contraídas por su hijo don Jaime de Mora y Aragón, posiblemente hermano de la futura reina de Bélgica.

Este fue el primer camino, la primera pista que sobre la joven se tuvo en las redacciones de agencias, periódicos y revistas españolas, inmediatamente movilizadas tras las huellas de ese personaje divertido, calavera, y simpático que tan decisiva actuación habría de tener en los primeros días de esta sensacional historia. No sólo como fuente de información de los periodistas españoles sino del mundo entero que, tras el feliz anuncio, cayeron sobre Madrid.

Gracias a don Jaime, los lectores pudieron tener las primeras referencias sobre la futura reina de los belgas, informaciones no siempre acertadas ya que ello dependía de muchos factores entre los que no estaba ajeno el económico.

También supimos entonces que este personaje simpar había nacido en Madrid, el 18 de julio de 1925. Era el hijo díscolo del sufrido marqués de Casa-Riera. Estudió en el Colegio Alemán de Madrid y en varios colegios de Inglaterra, Suiza y Francia, donde su familia se exilió en 1931, con la llegada de la República, para regresar a España en 1940. Después, completó su formación en Princenton.

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PUERTAS ABIERTAS.- Su linaje y su presencia le abrieron las puertas de la alta sociedad en toda Europa, aunque hubo un país donde no pudo volver nunca: Italia, donde pesaba sobre él una condena por un delito de estafa de treinta millones de liras.

Don Jaime de Mora y Aragón era, posiblemente, el último ejemplar de caballero español bradominiano (feo, católico y sentimental) y calavera, diría yo, pero siempre caballero y señor al que, como diría mi madre, se le veía la cuna. Aun cuando protagonizara las más escandalosas calaveradas. O cuando abrió las puertas de la intimidad de la casa de su madre para que el mundo entero supiera cómo vivía la que, en propia expresión sería «la primera emigrante española en Bélgica», su hermana Fabiola.

Y ocurrió mientras ésta se encontraba en Bruselas anunciando, junto al rey, sus esponsales. Aprovechando esta ausencia, don Jaime de Mora y Aragón, presionado por quien esto escribe, entonces reportero de la Agencia «Europa Press», y por Jesús Hermida, reportero de la revista La Actualidad Española, se atrevió a abrirnos el palacio de la calle de Zurbano, residencia de su madre doña Blanca y donde Fabiola tenía sus habitaciones que compartía con las de su apartamento en la calle Bárbara de Braganza.

Aquel día Jesús y yo invadimos la casa curioseando, con toda libertad, por todas las habitaciones. No exagero si escribo que no quedó rincón ni mueble por fotografiar, sobre todo el dormitorio.

A su regreso a Madrid, Fabiola se encontró con la doble desagradable sorpresa de la invasión periodística a la intimidad de su hogar y lo que fue peor, la desaparición de su diario. La denuncia, de una forma discreta, al entonces ministro de la Gobernación, don Camilo Alonso Vega, no se hizo esperar, como tampoco la investigación policiaca, muy fácil en este caso y la consiguiente aparición del diario.

La decisión de abrir la casa-palacio de la madrileña calle de Zurbano a Jesús Hermida y a mí, iba a costar pero que muy caro a don Jaime de Mora y Aragón, «Jimmy» para los amigos: la prohibición de asistir a la boda de su hermana en la catedral de Santa Gudula de Bruselas.

Claro que no fue sólo esto. Un sinfín de circunstancias «personales» de don Jaime -y llamémosle «políticas» respecto a la España oficial de entonces- provocaron el «pintoresco» suceso que hoy, con la perspectiva de los años, se ve como una intromisión en un asunto exclusivamente familiar. Pero la España oficialista de entonces, paternalista y sin respeto a nada ni a nadie, hizo suyo el problema de la familia de Fabiola y accedió a todo lo que se le pedía. Es más, las autoridades españolas de entonces consideraron que don Jaime estaba perjudicando a España y la Prensa recibió la orden de ignorarlo cuando se publicaban reportajes sobre la familia de Fabiola. Cierto es que la vida de don Jaime no era tan edificante y ejemplar como la de su hermana. Y que en muchas ocasiones las había hecho bien sonadas derrochando espectacular y escandalosamente su fortuna y perseguido y demandado por sus acreedores.

Su figura era ya conocida antes de que su hermana fuera catapultada a la fama por su romance con Balduino. No hay que olvidar que don Jaime, ese caballero de cabellos engominados, grandes bigotes y capa española sobre los hombros, se había casado ya con la espectacular starlette mejicana Rosita Arenas, de la que se divorció tras un matrimonio tormentoso, llevándose además las joyas que le había regalado.

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DECISION IRREVOCABLE.- Pero no pensaba igual la Corte belga, el embajador, Franco y Fabiola. La decisión de todos ellos fue irrevocable. Don Jaime no sería invitado a la boda. La reputación de «Jimmy» era irreconciliable con su nueva posición de hermano de la futura Reina.

La Policía -¡eran otros tiempos!- toma unas medidas preventivas inexplicables que se ponen en práctica en la mañana del día 2 de diciembre cuando un hombre elegantemente vestido, se dirige al control de pasaportes dispuesto a tomar el «Caravelle» de Air France con destino a París.

«Señor Mora, tenemos órdenes estrictas de no dejarle salir», le dijo sin más explicaciones el agente que visaba los pasaportes.

Muy abatido por su situación, don Jaime decidió desaparecer de la circulación y se refugió en casa de unos amigos que tenían televisión. Y el 15 de diciembre madrugó más que de costumbre para no perderse un detalle de la retransmisión de la boda de su hermana, ceremonia que siguió con respeto y recogimiento. Incluso le vieron llorar.

Y es que el querido «Jimmy», como un auténtico caballero español, siempre fue católico y sentimental. Descanse en paz.

28 Julio 1995

Adiós a «tito Jimmy»

Pedro de Tena

Qué hipócritas!», brama el obrero que embellece el bordillo de la acera de la Parroquia de Nueva Andalucía. «Eso, más trabajo es lo que hace falta», corean los que pintan de rojo y blanco. «Total, pa’ un muerto». Sí, Don Jaime de Mora y Aragón, el jeque indígena de la Marbella políglota y oscura donde aletean buitres inmobiliarios y sestean depredadores internacionales.

Eran las doce menos cuarto cuando llega «tito Jimmy» a la sombra de las palmeras. Ha estado expuesto en el auditorio del Parque de la Constitución. Por allí desfilan cientos de marbellíes que se asombran ante el color gris infarto de su rostro de espadachín romántico.

Un quiosquero cuenta su aventura con este «bon vivant» que transgredió la flema de la aristocracia. «Joé, vaya propinas que daba. Le echabas gasolina donde yo trabajaba antes y te soltaba 2.000 pesetas. Una vez se quedó seco el coche, le ayudamos y repartió dinero para todos», dice mientras su señora manda a la niña «a por autógrafos».

Un jazmín generoso esparce su perfume sobre las medallas, flechas y arcos, de los concejales de la Marbella de Gil. Llegan los primeros de la «jet». Manuel Santana, Luis Ortiz, el ex Gunilo’s husband, Gunilla en Alemania, Jacqueline de la Vega, el actor Arturo Fernández, Conrado Sanmartín y al final ya, Hohenlohe, Alfonso y Kashogui. Imposible contemplar a su esposa más de nueve segundos.

«Ha tenido una muerte preciosa», dice una rubia impertinente, que diría Unamuno, rodeada de lutos de alta costura y falda corta. Mientras, la Policía municipal de su amigo Jesús, que acompaña a la discreta viuda, Margit, carga con el féretro hacia la luz de las vidrieras neogóticas que vigilan la misa de funeral.

Se equivocó la pamela. Aquello no era una boda de Infanta, sino el prólogo de un sepelio.

Sobrecoge el sombrero de la época del cine mudo bajo los ventiladores. Y la pamela se dolía de las miradas que se clavaban como puñales en sus encajes para otra ocasión.

El cura Manuel, su amigo, destila ante los penachos blancos y los cascos de plata de la policía de gala, su teoría de la risa. «Sed alegres, decía el Evangelio», consolaba vinculando el humor de Don Jaime a las bienaventuranzas y buen ser de un cristiano: «Los que han hecho reir a los demás, no pueden condenarse».

«Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío», recitaba Alberto Cortez. Es el adiós a un noble extravagante al que importó un comino casi todo. Fuera, le espera la sorpresa de sus moteros, una tribu rugiente que saluda el último viaje de uno de sus guerreros de asfalto, cueros, aventura y gasofa.

El cortejo fue espléndido. En el faro de color de cobre y brillos cegadores, once policías a caballo, cinco de color sierra y cinco de color mármol, uno delante, escoltaron a Jaime de Mora y Aragón por la avenida de Andalucía. Pero Marbella, la popular, la suya, se quedó a la distancia que imponen las revistas del corazón y el lujo de las fiestas. Ni un aplauso en el centro. El monóculo es también un artefacto del pueblo para discernir lo suyo de lo otro.

Tras pasar el arco de Marbella, las limusinas, mercedes, y bemeuves se aceleraron hasta el nuevo cementerio de Málaga. A las tres menos cuarto, llegó al recinto la reina Fabiola, echada de menos por los paparazzis en la ceremonia religiosa.

Fabiola de Mora y Aragón, de blanco sangre azul y negro popular, con medias claroscuras, observaba al sacerdote de aspecto fantasmal que aguardaba sobre las escalinatas sin misión oficial. Desconcertando.

Cuando llegó Margit, Fabiola se fundió en un abrazo que supo a verdadero, a auténtico calor de hermana a viuda. Sin histerias inútiles, elegante y exacto.

En el horno lejano, se reducía Don Jaime a las cenizas que le resumirían para la eternidad. Nunca sabremos si fue lo que quiso, si no quiso lo que fue o si terminó siendo lo que quiso o no quiso ser. Setenta años de una existencia original se detuvieron ante lo impenetrable.

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