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Era obispo emérito

Muere el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, que presidiera la Conferencia Episcopal durante la Transición española

HECHOS

El 29.11.1994 se hizo público el fallecimiento de D. Vicente Enrique y Tarancón.

29 Noviembre 1994

El conciliador

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

EL CARDENAL Enrique y Tarancón ha tenido tiempo de recibir en vida muchas muestras del reconocimiento de los españoles por su decidida apuesta a favor de la reconciliación y la convivencia en los difíciles años del tránsito de la dictadura a la democracia. Sus contemporáneos, católicos y no católicos, no han esperado su muerte para ser agradecidos con un hombre que resultó clave en la salida pacífica y no traumática del incierto proceso político abierto a la muerte de Franco.De Tarancón como hombre se han resaltado su humanismo desbordante, su bonhomía, su vitalidad y su talante negociador. Como hombre de Iglesia destacó, sobre todo, por su sentido pastoral. Pero para los españoles en general, su figura quedará vinculada al papel que jugó, a partir de su elección en 1971 como presidente de la Conferencia Episcopal, en la modernización de una Iglesia católica que había sido uno de los pilares del franquismo y que se resistía a comprender las aspiraciones de la sociedad española de aquellos años. Los gritos de «¡Tarancón, al paredón!» con que fue agredido por los nostálgicos del nacionalcatolicismo fueron la expresión grosera de quienes no estaban dispuestos a tolerar que la Iglesia uniera sus esfuerzos a los de los españoles en la lucha por un régimen democrático y civilizado.Su cordura, su valor cívico, su sentido común, su espíritu tolerante y su excepcional instinto político convirtieron a Tarancón en el hombre capaz de llevar a buen puerto, en sintonía con el espíritu del Concilio Vaticano II, la transición de la Iglesia franquista hacía las nuevas realidades religiosas, culturales, sociales y políticas surgidas en España. Su inolvidable homilía en el acto de coronación del rey Juan Carlos, horas después de la muerte de Franco, fue señal inequívoca de que la cúpula de la Iglesia se alineaba con la Corona en el empeño de, devolver a los ciudadanos las libertades.

No dejó de alentar el proceso de reconciliación nacional y la aceptación por parte de la Iglesia de los valores del pluralismo político e ideológico. Por todo ello quedará en la memoria de los españoles como una gran figura de su historia reciente a la que todos debemos reconocimiento.

29 Noviembre 1994

Tarancón, al Panteón

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

NO pocos de sus hagiógrafos actuales pasan como de puntillas por sobre un hecho: Vicente Enrique y Tarancón apoyó la sublevación del general Franco contra la República. Fue franquista. Y no de crío: en el momento del «Alzamiento» tenía 29 años y era sacerdote desde hacía siete. El cardenal lo recordaba hace una década: «En los años 30, la oposición al Régimen, aun por medio de las armas -escribía, subrayando estas últimas palabras-, me parecía no sólo legítima, sino obligatoria».

Es un error olvidarlo. Y lo es porque no permite comprender la fuerte evolución que experimentó su pensamiento a partir de la honesta observación de los resultados que arrojó la victoria militar de Franco. Esa evolución le enaltece: fue su hondo sentido de la justicia y la hermandad lo que le movió a empezar a defender de la injusticia a «los otros». Lo cual provocó que pronto él mismo fuera tachado de «rojo» por los fascistas.

Pero lo que más interesa resaltar no es que hubiera un cura de Burriana, tan bonachón como firme en sus principios, que rompiera los moldes de la España del nacional-catolicismo y tratara de estar, según la fórmula de Antonio Machado, «a la altura de las circunstancias». Lo que resulta más significativo es que el Vaticano de entonces decidiera elegir a ese cura batallón y atípico para los más elevados destinos de la Iglesia española. A partir de su designación como obispo a los 38 años -fue el prelado español más joven-, su carrera emprendió un vuelo supersónico: secretario del Episcopado en 1956, arzobispo de Oviedo en 1964, cardenal primado de España en 1969 y, poco después, arzobispo de Madrid-Alcalá y presidente de la Conferencia Episcopal española. Que tanto Juan XXIII como Pablo VI fijaran la vista en un hombre empeñado en romper con las tradiciones del nacional-catolicismo y en acabar con la muy vieja y celtibérica alianza entre el sable y el hisopo, revela que ellos mismos deseaban que se avanzara lo más rápidamente posible en esa dirección. Sin el apoyo que le proporcionó la Roma del Concilio Vaticano II, sería incomprensible la trayectoria de Tarancón y su aplomo frente al régimen franquista en momentos decisivos, muy especialmente cuando Franco se planteó expulsar de España al díscolo obispo de Bilbao, monseñor Añoveros, y Tarancón anunció que, si alguien se atrevía a hacer tal cosa, sería excomulgado fulminantemente.

Firme ante el franquismo, el cardenal Tarancón dio muestras de una gran ductilidad durante la transición, convirtiéndose en uno de los artífices principales del diálogo y la reconciliación entre las dos Españas de la época. Hombre de principios solidarios irrenunciables, su ayuda a la instauración del sistema parlamentario no le coartó luego a la hora de denunciar los excesos de prepotencia y corrupción en los que han incurrido los más recientes gestores de ese sistema.

«¡Tarancón, al paredón!», gritaban los ultras del tardofranquismo durante la transición. Lo justo sería introducir un leve cambio en la consigna y decir: Tarancón… al Panteón. A ése en el que deberían yacer nuestros hombres más ilustres.

29 Noviembre 1995

¡Tarancón, al panteón!

Abel Hernández

(Ayer se cumplió el primer aniversario de la muerte del cardenal Tarancón, que había sido reconocido por todas las fuerzas políticas como un pilar importante en la transición española.)

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A los veinte años de la muerte de Franco, en las estruendosas celebraciones de la transición, casi nadie se ha acordado del cardenal Tarancón, muerto justamente hace un año. En general, se ha despreciado el papel decisivo de la Iglesia católica en aquel trance histórico. Y eso que la «cuestión religiosa» ha sido en España uno de los grandes problemas nacionales en lo que va de siglo y aún no está del todo superado.

A Tarancón le cubrieron de flores su tumba. Todo el mundo le llamó el «cardenal de la reconciliación». Su figura parecía un modelo permanente para que los españoles no volviéramos a enzarzarnos en trifulcas con la cruz de por medio. Pero somos muy desmemoriados. Una parte notable del catolicismo español se ha hecho más conservadora y no siente entusiasmo por la línea abierta de Tarancón, que desconfiaba, por ejemplo, de los políticos de comunión diaria; y la España laica tiene bastante con sus ídolos de barro. ¡Hay que ver el jolgorio que ha mostrado estos días con la aprobación de la ley del divorcio en Irlanda y con la caída de Walesa en Polonia! El cardenal Tarancón consiguió que la Iglesia española aceptara sin mayores trastornos la ley del divorcio, a pesar de que Fernández Ordóñez se saltó lo pactado, y es seguro que no habría tomado partido en la catedral a favor del católico Walesa. Ni siquiera apoyó en su día a Ruiz Giménez y al Equipo de la Democracia Cristiana.

El gran sueño de Tarancón, la completa reconciliación entre la España laica y la España católica, no se ha cumplido. Los socialistas están a punto de dejar el poder sin alcanzar un pacto histórico con la Iglesia, con el peligro evidente de que ésta pueda verse dentro de poco enfeudada otra vez en la derecha. Afortunadamente la actual dirección de la Iglesia española huye de esta tentación como del diablo. Y tampoco Aznar, que acaba de emocionarse ante la tumba de Ellacuría en El Salvador, parece predispuesto. Pero las circunstancias presionan en esa dirección.

Es de justicia reconocer el papel decisivo de la Iglesia católica, encabezada por el cardenal Tarancón, con el apoyo constante de Pablo VI, en la transición a la democracia. Es lamentable que esto no se tenga suficientemente en cuenta al reconstruir estos días la historia cercana y aún caliente en la que resuena el grito de los resistentes del viejo régimen: «¡Tarancón, al paredón!». Los biempensantes del nuevo régimen prefieren ronronear el de «¡Tarancón, al panteón!». Cerrado con siete llaves. No sé si habrá algún socialista que se atreva a depositar hoy sobre la tumba del cardenal unas rosas de otoño, las últimas. Se las merece.

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