29 noviembre 1994

Era obispo emérito

Muere el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, que presidiera la Conferencia Episcopal durante la Transición española

Muere el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, que presidiera la Conferencia Episcopal durante la Transición española

Hechos

El 29.11.1994 se hizo público el fallecimiento de D. Vicente Enrique y Tarancón.

Lecturas

Ha fallecido en Valencia, a los 87 años, el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, una de las figuras fundamentales de la Iglesia española del siglo XX y probablemente el eclesiástico que mejor simbolizó su tránsito desde el nacionalcatolicismo de la posguerra hasta la aceptación de la democracia y del pluralismo político. Nacido en Burriana en 1907 y sacerdote desde 1929, fue obispo de Solsona, arzobispo de Oviedo y Toledo, cardenal desde 1969 y arzobispo de Madrid-Alcalá desde 1971 hasta 1983. Presidió la Conferencia Episcopal durante el periodo decisivo en el que la Iglesia española fue separándose políticamente del régimen de Franco.

Tarancón no procedía del antifranquismo. Había compartido inicialmente buena parte de la visión de una Iglesia que contempló al bando nacional como su salvación frente a la persecución religiosa de la Guerra Civil. Precisamente por ello resulta más significativa su evolución posterior. Desde su pastoral El pan nuestro de cada día, de 1950, comenzó a denunciar públicamente las enormes desigualdades sociales existentes bajo el régimen. El Concilio Vaticano II y el pontificado de Pablo VI terminaron convirtiéndolo en representante de una Iglesia que pretendía dejar de ser uno de los bandos de España para poder dirigirse nuevamente a todos los españoles.

Su protagonismo culminó durante los últimos años del franquismo y la Transición. Defendió al obispo de Bilbao Antonio Añoveros Ataún cuando el Gobierno de Carlos Arias Navarro pretendió expulsarlo de España en 1974 y llegó a tener preparada la aplicación de la excomunión si se consumaba el destierro. Insultado por la extrema derecha al grito de «¡Tarancón, al paredón!», se negó a identificar nuevamente a la Iglesia con una opción política determinada y convirtió su homilía ante Juan Carlos I del 27 de noviembre de 1975 en una declaración de principios: la Iglesia no debía patrocinar ninguna ideología ni convertirse en instrumento de una bandería política.

Durante la Transición mantuvo esa posición frente a quienes pretendían movilizar electoralmente al catolicismo contra la izquierda. Defendió que la Iglesia no debía conquistar ni conservar el poder político y advirtió de que la connivencia con éste terminaba condicionando su libertad. Frente al sector episcopal más inmovilista, representado particularmente por José Guerra Campos y, con importantes matices propios, por el cardenal Marcelo González Martín, Tarancón sostuvo que los católicos podían convivir con el pluralismo, con la legalidad de partidos marxistas y con una Constitución aconfesional. Ante el referéndum constitucional de 1978 rechazó que se utilizase la religión para imponer el voto negativo y defendió que cada católico votase en conciencia.

Su legado puede resumirse en una idea: la Iglesia debía perder poder político para recuperar credibilidad religiosa. Para los sectores más franquistas aquello convirtió a Tarancón en un traidor; para buena parte de la sociedad española terminó convirtiéndolo en uno de los hombres que facilitaron que la Iglesia dejase de ser identificada con uno de los dos bandos de la Guerra Civil.

CRONOLOGÍA DE VICENTE ENRIQUE Y TARANCÓN

1907 — Nace en Burriana. Vicente Enrique y Tarancón nace el 14 de mayo de 1907 en Burriana, Castellón, entonces perteneciente a la diócesis de Tortosa.

1929 — Sacerdote. Es ordenado el 1 de noviembre de 1929. Sus primeros años sacerdotales transcurren en una España marcada por el enfrentamiento político y religioso que desembocará en la Guerra Civil.

1936-1939 — Guerra Civil. Como buena parte del clero español que había sufrido la persecución religiosa en la zona republicana, Tarancón se identifica con el bando nacional. Su posición durante estos años se encuentra todavía muy lejos de la imagen de «cardenal de la Transición» que adquirirá cuatro décadas después.

Posguerra — Villarreal. Ejerce como párroco de Villarreal y desarrolla su actividad dentro de la España nacionalcatólica surgida de la victoria franquista. Es una etapa de proximidad al mundo político y juvenil del nuevo régimen que resulta imprescindible para entender su evolución posterior: Tarancón no nació políticamente como adversario de Franco, sino dentro de una Iglesia que inicialmente consideraba al régimen vencedor garantía de su propia supervivencia.

1945-1946 — El obispo más joven. Pío XII lo nombra obispo de Solsona el 25 de noviembre de 1945 y recibe la consagración episcopal el 24 de marzo de 1946.

1950 — El pan nuestro de cada día. Publica la pastoral que marca su primer gran conflicto con el franquismo. Tarancón denuncia la pobreza, las desigualdades sociales y las condiciones de vida de amplias capas de la población. No es todavía una impugnación política de la dictadura, pero sí rompe con la imagen de una jerarquía destinada únicamente a bendecir el orden establecido. La pastoral incomoda profundamente a sectores del régimen y contribuye a que permanezca durante largos años en la pequeña diócesis de Solsona.

1962-1965 — Concilio Vaticano II. El Concilio transforma profundamente el catolicismo occidental y proporciona el marco doctrinal en el que Tarancón desarrollará su concepción posterior: libertad religiosa, autonomía de las realidades temporales y progresiva separación entre Iglesia y poder político.

1964 — Arzobispo de Oviedo. Pablo VI lo promueve al arzobispado asturiano.

1969 — Toledo, cardenal y Conferencia Episcopal. Es trasladado a Toledo el 30 de enero y Pablo VI lo crea cardenal el 28 de abril. Durante este periodo comienza también su etapa al frente de la Conferencia Episcopal Española, que se prolongará hasta 1981.

1971 — Arzobispo de Madrid. Es trasladado a Madrid-Alcalá. Desde ese momento Tarancón se convierte en el principal interlocutor público de una jerarquía cada vez más distanciada políticamente del franquismo.

1971-1972 — Iglesia y Guerra Civil. Impulsa una línea episcopal de reconciliación y revisión crítica de la identificación de la Iglesia con los vencedores de 1939. Los intentos de conseguir un reconocimiento eclesial más explícito de las responsabilidades de la Iglesia durante la Guerra Civil encuentran una fuerte resistencia interna. Uno de sus adversarios más duros será el obispo de Cuenca José Guerra Campos, representante del sector que consideraba aquel distanciamiento una traición al régimen que había protegido a la Iglesia.

20 de diciembre de 1973 — «¡Tarancón, al paredón!». Durante el funeral por el presidente del Gobierno Luis Carrero Blanco, asesinado por ETA, grupos ultraderechistas increpan al cardenal. Algunos ministros llegan a negarle el saludo y Tarancón tiene que abandonar San Francisco el Grande por una salida posterior para evitar incidentes. El grito «¡Tarancón, al paredón!» se convierte desde entonces en una de las consignas de la extrema derecha contra la nueva orientación episcopal.

Febrero-marzo de 1974 — El caso Añoveros. El obispo de Bilbao, Antonio Añoveros Ataún, promueve una homilía sobre la identidad vasca que provoca la reacción del Gobierno de Carlos Arias Navarro. El Ejecutivo pretende expulsarlo de España. Tarancón cierra filas con Añoveros y advierte de las consecuencias canónicas de una expulsión por la fuerza: llegó a llevar preparado el documento necesario para aplicar la excomunión al responsable gubernamental que ejecutase el destierro. Franco terminó frenando la operación. Un régimen que se proclamaba oficialmente católico había estado cerca de provocar una ruptura abierta con la jerarquía de la propia Iglesia.

1975 — Ruptura final con el inmovilismo. La Conferencia Episcopal y Pablo VI solicitan clemencia ante las últimas ejecuciones del franquismo de septiembre de 1975. La petición es desatendida.

20-23 de noviembre de 1975 — Muere Franco. Tarancón no encabeza una gran celebración episcopal colectiva que pueda interpretarse como despedida institucional de la Iglesia al franquismo. El gran funeral público de la Plaza de Oriente es oficiado por el cardenal primado Marcelo González Martín. Tarancón sí había celebrado una misa privada corpore insepulto por Franco en El Pardo. La distinción es importante: no se negó a rezar por el fallecido, sino a convertir su muerte en una nueva demostración de identificación colectiva entre Iglesia y régimen.

27 de noviembre de 1975 — La llamada «misa de coronación». En la iglesia de los Jerónimos, ante Juan Carlos I, Tarancón pronuncia una de las homilías fundamentales de la Transición. Pide al nuevo monarca ser rey de todos los españoles y declara que la Iglesia no debe patrocinar ninguna ideología política. La jerarquía que en 1939 había celebrado la victoria franquista empieza la nueva etapa proclamando públicamente su neutralidad ante las opciones políticas.

1976-1977 — La Iglesia se aparta de la lucha partidista. Tarancón defiende que la Iglesia no debe convertirse en instrumento electoral de la derecha ni organizar políticamente a los católicos contra la izquierda. En abril de 1977 escribe que sería «pernicioso» que la Iglesia apareciese interesada en conquistar el poder y sostiene que la connivencia con el poder político termina coartando su libertad.

Abril de 1977 — Legalización del PCE. La legalización del Partido Comunista de España por el Gobierno de Adolfo Suárez González no provoca por parte de la Conferencia Episcopal presidida por Tarancón una movilización religiosa contra la medida. Es una diferencia histórica respecto al nacionalcatolicismo: un partido comunista puede ser legal en España sin que la jerarquía convierta su existencia en una guerra religiosa. Tarancón mantiene el principio de independencia de la Iglesia respecto de los partidos.

1977 — Primeras elecciones democráticas. Tarancón se niega a identificar el voto católico con una candidatura. La Iglesia puede orientar moralmente a los creyentes, pero no debe decidir qué partido representa políticamente al catolicismo.

1978 — La Constitución. La Conferencia Episcopal opta por no ordenar a los católicos un voto determinado. Tarancón insiste en que la Constitución no puede juzgarse con un criterio confesional y pide participación y voto en conciencia.

Noviembre de 1978 — Tarancón frente a Don Marcelo y Guerra Campos. El cardenal Marcelo González Martín publica una pastoral muy crítica con el proyecto constitucional y ocho obispos se adhieren a ella, entre ellos José Guerra Campos. Tarancón responde que no deben utilizarse argumentos religiosos para imponer una posición política sobre la Constitución. En la Conferencia Episcopal, el intento del sector conservador de obtener un nuevo pronunciamiento es derrotado por 60 votos contra 10 y cinco abstenciones.

6 de diciembre de 1978 — Referéndum constitucional. La Iglesia española llega a la consulta dividida, pero su posición institucional mayoritaria no es la del «no». Tarancón ha conseguido algo que pocos años antes habría parecido extraordinario: que la jerarquía no convierta una Constitución aconfesional, pluralista y democrática en motivo de enfrentamiento religioso.

1981 — Fin de su presidencia episcopal. Termina su etapa al frente de la Conferencia Episcopal. El relevo corresponde a Gabino Díaz Merchán. La España que deja Tarancón es radicalmente distinta de aquella en la que había comenzado su ministerio sacerdotal medio siglo antes.

1982-1983 — El aborto y el Gobierno socialista. Tarancón continúa siendo arzobispo de Madrid cuando el Gobierno de Felipe González plantea la despenalización del aborto en determinados supuestos. La Iglesia se opone firmemente en el plano doctrinal, pero la Conferencia Episcopal encauza la protesta por las vías constitucionales y pide que cualquier oposición respete la legalidad y la convivencia. Es una diferencia fundamental con el nacionalcatolicismo: la Iglesia mantiene su doctrina, pero ya no reclama que el Estado se identifique necesariamente con ella.

12 de abril de 1983 — Retirada. Juan Pablo II acepta su renuncia como arzobispo de Madrid-Alcalá. Tarancón abandona la primera línea dejando ya acuñado un término político-eclesial: «taranconismo», la búsqueda deliberada de menor influencia política directa a cambio de mayor independencia y credibilidad religiosa.

28 de noviembre de 1994 — Fallecimiento. Muere en Valencia a los 87 años. Sus restos son enterrados en la colegiata de San Isidro de Madrid. El antiguo sacerdote formado en la Iglesia de la España vencedora termina siendo recordado fundamentalmente como el cardenal que ayudó a que aquella Iglesia aceptara dejar de ser la Iglesia de los vencedores.

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

29 Noviembre 1994

El conciliador

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

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EL CARDENAL Enrique y Tarancón ha tenido tiempo de recibir en vida muchas muestras del reconocimiento de los españoles por su decidida apuesta a favor de la reconciliación y la convivencia en los difíciles años del tránsito de la dictadura a la democracia. Sus contemporáneos, católicos y no católicos, no han esperado su muerte para ser agradecidos con un hombre que resultó clave en la salida pacífica y no traumática del incierto proceso político abierto a la muerte de Franco.De Tarancón como hombre se han resaltado su humanismo desbordante, su bonhomía, su vitalidad y su talante negociador. Como hombre de Iglesia destacó, sobre todo, por su sentido pastoral. Pero para los españoles en general, su figura quedará vinculada al papel que jugó, a partir de su elección en 1971 como presidente de la Conferencia Episcopal, en la modernización de una Iglesia católica que había sido uno de los pilares del franquismo y que se resistía a comprender las aspiraciones de la sociedad española de aquellos años. Los gritos de «¡Tarancón, al paredón!» con que fue agredido por los nostálgicos del nacionalcatolicismo fueron la expresión grosera de quienes no estaban dispuestos a tolerar que la Iglesia uniera sus esfuerzos a los de los españoles en la lucha por un régimen democrático y civilizado.Su cordura, su valor cívico, su sentido común, su espíritu tolerante y su excepcional instinto político convirtieron a Tarancón en el hombre capaz de llevar a buen puerto, en sintonía con el espíritu del Concilio Vaticano II, la transición de la Iglesia franquista hacía las nuevas realidades religiosas, culturales, sociales y políticas surgidas en España. Su inolvidable homilía en el acto de coronación del rey Juan Carlos, horas después de la muerte de Franco, fue señal inequívoca de que la cúpula de la Iglesia se alineaba con la Corona en el empeño de, devolver a los ciudadanos las libertades.

No dejó de alentar el proceso de reconciliación nacional y la aceptación por parte de la Iglesia de los valores del pluralismo político e ideológico. Por todo ello quedará en la memoria de los españoles como una gran figura de su historia reciente a la que todos debemos reconocimiento.

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

29 Noviembre 1994

Tarancón, al Panteón

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

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NO pocos de sus hagiógrafos actuales pasan como de puntillas por sobre un hecho: Vicente Enrique y Tarancón apoyó la sublevación del general Franco contra la República. Fue franquista. Y no de crío: en el momento del «Alzamiento» tenía 29 años y era sacerdote desde hacía siete. El cardenal lo recordaba hace una década: «En los años 30, la oposición al Régimen, aun por medio de las armas -escribía, subrayando estas últimas palabras-, me parecía no sólo legítima, sino obligatoria».

Es un error olvidarlo. Y lo es porque no permite comprender la fuerte evolución que experimentó su pensamiento a partir de la honesta observación de los resultados que arrojó la victoria militar de Franco. Esa evolución le enaltece: fue su hondo sentido de la justicia y la hermandad lo que le movió a empezar a defender de la injusticia a «los otros». Lo cual provocó que pronto él mismo fuera tachado de «rojo» por los fascistas.

Pero lo que más interesa resaltar no es que hubiera un cura de Burriana, tan bonachón como firme en sus principios, que rompiera los moldes de la España del nacional-catolicismo y tratara de estar, según la fórmula de Antonio Machado, «a la altura de las circunstancias». Lo que resulta más significativo es que el Vaticano de entonces decidiera elegir a ese cura batallón y atípico para los más elevados destinos de la Iglesia española. A partir de su designación como obispo a los 38 años -fue el prelado español más joven-, su carrera emprendió un vuelo supersónico: secretario del Episcopado en 1956, arzobispo de Oviedo en 1964, cardenal primado de España en 1969 y, poco después, arzobispo de Madrid-Alcalá y presidente de la Conferencia Episcopal española. Que tanto Juan XXIII como Pablo VI fijaran la vista en un hombre empeñado en romper con las tradiciones del nacional-catolicismo y en acabar con la muy vieja y celtibérica alianza entre el sable y el hisopo, revela que ellos mismos deseaban que se avanzara lo más rápidamente posible en esa dirección. Sin el apoyo que le proporcionó la Roma del Concilio Vaticano II, sería incomprensible la trayectoria de Tarancón y su aplomo frente al régimen franquista en momentos decisivos, muy especialmente cuando Franco se planteó expulsar de España al díscolo obispo de Bilbao, monseñor Añoveros, y Tarancón anunció que, si alguien se atrevía a hacer tal cosa, sería excomulgado fulminantemente.

Firme ante el franquismo, el cardenal Tarancón dio muestras de una gran ductilidad durante la transición, convirtiéndose en uno de los artífices principales del diálogo y la reconciliación entre las dos Españas de la época. Hombre de principios solidarios irrenunciables, su ayuda a la instauración del sistema parlamentario no le coartó luego a la hora de denunciar los excesos de prepotencia y corrupción en los que han incurrido los más recientes gestores de ese sistema.

«¡Tarancón, al paredón!», gritaban los ultras del tardofranquismo durante la transición. Lo justo sería introducir un leve cambio en la consigna y decir: Tarancón… al Panteón. A ése en el que deberían yacer nuestros hombres más ilustres.

Abel Hernández

29 Noviembre 1995

¡Tarancón, al panteón!

Abel Hernández

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(Ayer se cumplió el primer aniversario de la muerte del cardenal Tarancón, que había sido reconocido por todas las fuerzas políticas como un pilar importante en la transición española.)

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A los veinte años de la muerte de Franco, en las estruendosas celebraciones de la transición, casi nadie se ha acordado del cardenal Tarancón, muerto justamente hace un año. En general, se ha despreciado el papel decisivo de la Iglesia católica en aquel trance histórico. Y eso que la «cuestión religiosa» ha sido en España uno de los grandes problemas nacionales en lo que va de siglo y aún no está del todo superado.

A Tarancón le cubrieron de flores su tumba. Todo el mundo le llamó el «cardenal de la reconciliación». Su figura parecía un modelo permanente para que los españoles no volviéramos a enzarzarnos en trifulcas con la cruz de por medio. Pero somos muy desmemoriados. Una parte notable del catolicismo español se ha hecho más conservadora y no siente entusiasmo por la línea abierta de Tarancón, que desconfiaba, por ejemplo, de los políticos de comunión diaria; y la España laica tiene bastante con sus ídolos de barro. ¡Hay que ver el jolgorio que ha mostrado estos días con la aprobación de la ley del divorcio en Irlanda y con la caída de Walesa en Polonia! El cardenal Tarancón consiguió que la Iglesia española aceptara sin mayores trastornos la ley del divorcio, a pesar de que Fernández Ordóñez se saltó lo pactado, y es seguro que no habría tomado partido en la catedral a favor del católico Walesa. Ni siquiera apoyó en su día a Ruiz Giménez y al Equipo de la Democracia Cristiana.

El gran sueño de Tarancón, la completa reconciliación entre la España laica y la España católica, no se ha cumplido. Los socialistas están a punto de dejar el poder sin alcanzar un pacto histórico con la Iglesia, con el peligro evidente de que ésta pueda verse dentro de poco enfeudada otra vez en la derecha. Afortunadamente la actual dirección de la Iglesia española huye de esta tentación como del diablo. Y tampoco Aznar, que acaba de emocionarse ante la tumba de Ellacuría en El Salvador, parece predispuesto. Pero las circunstancias presionan en esa dirección.

Es de justicia reconocer el papel decisivo de la Iglesia católica, encabezada por el cardenal Tarancón, con el apoyo constante de Pablo VI, en la transición a la democracia. Es lamentable que esto no se tenga suficientemente en cuenta al reconstruir estos días la historia cercana y aún caliente en la que resuena el grito de los resistentes del viejo régimen: «¡Tarancón, al paredón!». Los biempensantes del nuevo régimen prefieren ronronear el de «¡Tarancón, al panteón!». Cerrado con siete llaves. No sé si habrá algún socialista que se atreva a depositar hoy sobre la tumba del cardenal unas rosas de otoño, las últimas. Se las merece.

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Elías Yanes

29 Noviembre 1994

Un hombre de paz

Elías Yanes

(Presidente de la Conferencia Episcopal)

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El cardenal Vicente Enrique y Tarancón es, sin duda, una figura importante de la reciente historia de España. Se le recordará siempre como hombre de paz y de diálogo. Le tocó vivir en una época difícil en la que hacían falta hombres capaces de tender puentes de comprensión entre distintos sectores de nuestra sociedad.Fue ordenado obispo para la diócesis de Solsona en noviembre de 1945. Tenía entonces 38 años. Fue arzobispo de Oviedo en 1964, de Toledo en 1969, nombrado cardenal por Pablo VI en abril de 1969 y trasladado a Madrid en 1971, donde ejerció su ministerio episcopal hasta 1983. Traté de cerca al cardenal Tarancón entre 1973 y 1977, siendo él presidente de la Conferencia Episcopal y y9 secretario general.

Su acción como pastor de la Iglesia brilló con luz especial en el periodo de su pontificado en Madrid. Había sido ordenado sacerdote en 1929 y conoció, como sacerdote joven, por experiencia propia, los problemas que se le plantearon a la Iglesia durante la Segunda República, así como lo que supuso para España la tragedia de la guerra civil. En la década de 1970 a 1980, la Iglesia en España tuvo que hacer frente a graves problemas de división interna. Había amplios sectores que se resistían a aceptar cordialmente la renovación pastoral propuesta por el Concilio Vaticano II, mientras otros grupos más dinámicos invocaban la autoridad del Concilio para justificar la indisciplina y la arbitrariedad en cuestiones litúrgicas, en la acción pastoral e incluso en la doctrina de la fe. Pero estas tensiones intraeclesiales estaban relacionadas con las inquietudes en la sociedad civil.

Entre 1965 y 1975, los movimientos obreros luchaban no sólo por la justicia social, sino por la libertad sindical. En aquellos años muchos de los políticos integrados en el régimen de Franco veían la necesidad de una evolución política hacia espacios más amplios de libertad, pero era quizá mayor el número de los que se oponían enérgicamente a toda evolución. Al mismo tiempo se organizaban de forma más o menos clandestina las distintas tendencias políticas que preferían una ruptura total a una evolución. Desde 1970, estas tendencias políticas de oposición al régimen vigente iban adquiriendo mayor consistencia y se multiplicaban los contactos entre ellas. En el mismo periodo de tiempo adquiere especial gravedad el fenómeno del terrorismo. El asesinato de Carrero Blanco tuvo enorme repercusión. Con la muerte de Franco se inicia la transición política.

En este proceso en el que se dan tantas posiciones contrapuestas, la palabra del cardenal Tarancón, en público y en privado, fue siempre una palabra clara, comprensible para todos, que invitaba al respeto mutuo, al diálogo, a la concordia, a la paz, a la colaboración.

Habló con muchos políticos del régimen de Franco, sobre todo cuando surgían conflictos: las homilías multadas, la cárcel de Zamora para sacerdotes, el intento de alejar de la diócesis de Bilbao al obispo Añoveros, etcétera. Y dialogó después con los protagonistas de la transición política.

Su experiencia como pastor de la Iglesia en etapas políticas muy diferentes le daba especial autoridad para exhortar a unos a la apertura y a otros a la moderación, y a todos, a la búsqueda honrada del bien común y de la justicia. Era la suya una palabra independiente y leal inspirada siempre en el Evangelio y sensible a los problemas reales de la sociedad.

Una nota característica del magisterio y de la acción pastoral del cardenal era su optimismo, su esperanza, en los momentos más difíciles. Era plenamente consciente de la gravedad de los problemas, pero sabía llamar la atención sobre los datos positivos y animar a las personas de buena voluntad, sabía perdonar las injurias y los desaires.

La enseñanza del Concilio Vaticano II le ayudaba a ver con clarividencia hacia dónde había que orientar los esfuerzos. Su experiencia en el Concilio Vaticano II le transformó profundamente. Don Vicente Enrique y Tarancón llegó al Concilio con una mentalidad y salió de él con una nueva conciencia eclesial, con una nueva sensibilidad. Contribuyó, desde su misión como pastor de la Iglesia, a que la transición política en España fuera pacífica. Trabajó denodadamente para que los católicos españoles asimilaran las orientaciones del Concilio Vaticano II. Quienes le hemos tratado no olvidaremos nunca su sencillez, su sinceridad, su bondad.

Elías Yanes es arzobispo de Zaragoza y presidente de la Conferencia Episcopal Española.

El Análisis

TARANCÓN: SOBREVIVIR SIGNIFICA SABER CAMBIAR

JF Lamata

A la Iglesia española se le puede reprochar legítimamente haberse beneficiado del franquismo. Fue perseguida brutalmente por la izquierda durante la Guerra Civil, pero después de la victoria obtuvo del nuevo Estado protección, financiación, presencia privilegiada en la enseñanza, influencia sobre la legislación y una posición pública que ninguna otra confesión podía siquiera imaginar. Tarancón perteneció inicialmente a esa Iglesia y nunca necesitó inventarse un pasado antifranquista para justificar lo que hizo después. El sacerdote que contemplaba a Franco como protector de una Iglesia que acababa de sufrir una persecución religiosa no podía mirar de la misma manera la España de los años sesenta y setenta. Para sus enemigos ultras aquello fue oportunismo: la Iglesia se bajaba del barco franquista precisamente cuando empezaba a hundirse. Hay algo de comprensible en ese reproche. Pero existe otra explicación menos cómoda y probablemente más exacta: la España de 1975 sencillamente ya no era la España de 1939. Una institución que pretenda sobrevivir durante siglos no puede comportarse como si la sociedad permaneciera inmóvil. Tarancón comprendió que aquello que muchos católicos habían considerado necesario después de una guerra civil resultaba insostenible cuatro décadas después, cuando nuevas generaciones reclamaban libertad política, pluralismo y reconciliación.

Ésa fue probablemente su principal aportación. Tarancón no necesitó renegar de su fe, convertirse en hombre de izquierdas ni aceptar doctrinalmente el comunismo, el aborto o cualquier otra cuestión que la Iglesia considerase incompatible con su doctrina. Lo que comprendió fue algo diferente: la Iglesia podía considerar equivocada una opción sin reclamar al Estado que la prohibiera en su nombre, y podía defender sus convicciones sin convertirse en un partido político. De ahí su defensa de Añoveros frente al Gobierno franquista, su negativa a transformar la muerte de Franco en una última ceremonia nacionalcatólica, su silencio institucional ante la legalización del PCE, su negativa a decir a los católicos qué debían votar y su enfrentamiento con quienes quisieron convertir la Constitución en una batalla religiosa. Los ultras que gritaban «¡Tarancón, al paredón!» creyeron que estaba entregando la Iglesia a sus enemigos; quizá estuviera haciendo justamente lo contrario: estaba evitando que el destino de la Iglesia quedase atado al destino de un régimen que estaba desapareciendo. Una institución con dos mil años de historia ha sobrevivido precisamente porque, unas veces demasiado pronto y otras demasiado tarde, ha sabido distinguir entre lo que considera permanente y las estructuras políticas que pertenecen solamente a una época. Tarancón tuvo el mérito de comprender que Franco podía haber sido considerado salvador por la Iglesia de 1939 sin que por ello el franquismo tuviera que convertirse en el futuro eterno de la Iglesia española.

J. F.