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Los medios de comunicación aún especulan sobre los motivos de su cese

Muere el General Sabino Fernández Campo, que fuera el gran colaborador del Rey desde el inicio de la Transición hasta 1993

HECHOS

El 25.10.2009 falleció el Teniente General Sabino Fernández Campo, que ocupó los cargos de Secretario General de la Casa del Rey (cargo que ocupaba durante el 23-F) y Jefe de la Casa del Rey.

general_sabino_apezarena D. José Apezarena (EL CONFIDENCIAL DIGITAL) en ‘El Programa de Ana Rosa’ (TELECINCO): «Sabino le dijo al Rey ‘cuando yo era soldado en la Guerra Civil y había tiroteos, me escondía detrás de una piedra, para que no me dieran los tiros, pero cuando me hicieron alferez, ví que tenía detrás soldados que me miraban y ya no podía esconderme. ¿Me entiende, alteza?’

Gabilondo_2009 D. Iñaki Gabilondo (PRISA) en ‘Noticias CUATRO’: «Vimos la sombra tutelar del general Fernandez Campo sobre el Rey, con lealtad y de forma no complaciente, hasta hacerse incómodo, el por qué y el cómo de su salida de la Zarzuela, le decepcionaron profundamente y, en algunas ocasiones, permitió que su decepción trasluciera. Lo que a nuestro juicio, hubiera debido evitar».

general_sabino_casimiro D. Casimiro García Abadillo (EL MUNDO) en ‘El Programa de Ana Rosa0: «Sabino lo ha dado todo por el Rey, probablemente el Rey no supo valorar alguna de las cosas que hizo Sabino para proteger el Rey. Se produjo un desencuentro porque él había tomado varias decisiones para protegerle, que el Rey interpretó mal. Pensó que se estaba extralimitando. Y fue cuando Sabino salió de la casa».

losantos_esradio D. Federico Jiménez Losantos (ESRADIO): «A Sabino Fernández Campo lo echó el Rey porque era demasiado crítico con sus andanzas, no se portó nada bien con él»

general_sabino_cerdan D. Manuel Cerdán en ‘El Programa de Ana Rosa’: «En el año 92 aparece la relación de Su Majestad con una señora de Mallorca imortante, Marta Gallá y se comentaba socialmente que el Rey tenía sus escapadas y Sabino intento resolver aquello.

general_sabino_prada D. Juan Manuel de Prada (ABC) en ‘El Gato al Agua’ (INTERECONOMÍA): «Lo que se produce, es una ruptura o un cierto desapego entre el Rey y Sabino. (…) Él contemplaba con cierta tristeza el devenir de la Monarquía en España».

27 Octubre 2009

La pervivencia del recuerdo

Carmen Iglesias

ESCRIBIR frente a la muerte de alguien querido es siempre un ejercicio doloroso y frustrante. Cómo sintetizar en unas líneas las vivencias de una relación y la riqueza individual de la persona ida, cómo marcar esa pervivencia del recuerdo de alguien insustituible, siempre resulta difícil e incompleto. Todavía más difícil cuando se trata de alguien con la personalidad de Sabino y con el peso específico que sin duda tendrá en la historia de la España democrática. Entre los muchos homenajes que va a recibir su figura en estos días en la prensa escrita, quisiera sumar estas líneas mías con el profundo cariño, admiración y agradecimiento que siempre he sentido por él, y con la pena y el sentimiento por su ausencia definitiva.

Conocí personalmente a Sabino en la primavera de 1984, ya en la primera entrevista a la que se me llamó para hablar de los posibles estudios universitarios de la Infanta doña Cristina. Desde el primer momento, la inteligencia y serenidad y humor soterrado de Sabino, además de su exquisito y sincero trato con todos y cada uno de los allí presentes, conquistaron mi afecto y la seguridad de contar con alguien dotado de generosidad, capacidad de análisis de la realidad y todo ello sin ninguna afectación. El trato bastante continuado en aquellos años no hizo más que confirmar y profundizar mis primeras impresiones. Sabino siempre contestaba todas las llamadas, ponía sentido común y distancia objetiva ante cualquier situación que pudiera crear algún problema. Hablaba siempre con claridad, daba importancia a las cosas, al tiempo que desdramatizaba cualquier exageración que pudiera crear efectos no queridos. Yo le ví acertar siempre, en sus juicios y análisis y en sus decisiones responsables para lo que consideraba era lo mejor para las personas de la alta institución a la que servía con tanta lealtad y amor profundo. La experiencia personal con él fue, para mí, de una enseñanza ejemplar, que él por supuesto ni pretendía y que seguramente -si leyera estas líneas- consideraría con algo de su humor asturiano como simple producto del cariño y amistad. Pero así era. Sabino era además una persona buena, capaz de alegrarse con las cosas buenas de los demás. Ésta no es una cualidad que se prodigue. Disfrutaba con las buenas noticias que te podía dar; él me anunció alegre que me preparara -curso 1990/91- para las clases de Historia y Ciencias Sociales con el Príncipe. Una larga experiencia inolvidable.

Inolvidables fueron también aquellos almuerzos o cenas tempraneras con él y Mª Teresa, en alguno de los restaurantes cercanos a la plaza de Colón, muchas veces en sábado, en donde los tres charlábamos de Historia y de la actualidad, de la serie televisiva que dirigía Mª Teresa y de las muchas cosas que nos unían. Seguimos encontrándonos todos estos años en diversas instituciones académicas y culturales, así como en cenas de amigos comunes, donde siempre era un placer gozar de la conversación divertida y aguda de Sabino y de su entrañable amistad.

Desde aquí quisiera enviar a Mª Teresa y a toda la familia de Sabino mi sentimiento de pesar por el hueco tan tremendo que deja su ausencia, porque su vitalidad y curiosidad -que le mantenía tan joven- no seguirá azuzándonos a todos, porque le echaremos en falta una y otra vez, aunque siempre pervivirá en el recuerdo de todos los que le conocimos y de los ciudadanos españoles. Era una de las personas que ayudan a vivir, y con su muerte morimos todos un poco y quizá se cierra una página de la historia de España que él tan bien conocía. Pero, como esperaba Horacio de sus propias obras, nunca morirá del todo mientras le recordamos y mientras sus obras quedan en la historia de estos 30 años de Monarquía Parlamentaria y Democracia. Uno de los mejores de toda nuestra historia, a la que él contribuyó generosamente.

Carmen Iglesias es presidenta de Unidad Editorial

27 Octubre 2009

Sabino, el último secreto del 23-F

Luis María Anson

ERA LA MESURA, el buen sentido, el equilibrio estable, la prudencia política. Hablaba pausadamente. No gesticulaba. Estaba lejos del aspaviento entusiasta y también del gesto desabrido. Era paciente y tolerante. No alzaba la voz. Leía mucho y digería los textos políticos e históricos sin sobresaltos. Trabajaba de sol a sol. No se le escapaba una. Sentía un recelo especial por los financieros, por los perdonavidas, por los cantamañanas, por los presuntuosos, por los aventureros que se acercaban al Rey para aprovecharse de la bondad de Don Juan Carlos. Tal vez el mayor servicio que Sabino Fernández Campo rindió al Monarca fue la lidia al natural que, con una soberbia mano izquierda, hizo al libro de Vilallonga.

Conoció a fondo el general los últimos años de la dictadura y supo calibrar el acierto de Don Juan al propugnar, frente a Franco, la única Monarquía posible en las postrimerías del siglo XX, la Monarquía de todos, la Monarquía parlamentaria, la Monarquía que asumiera el papel preconizado largos años desde Estoril: devolver al pueblo español la soberanía nacional secuestrada por el Ejército de la victoria nacional en 1939.

Tal vez por eso estuvo perfecto el 23 de febrero de 1981, rodeado por el ambiente hostil de la mayor parte de los militares que se movían en Zarzuela. No tuvo que convencer de nada al Rey. Juan Carlos I anunció desde el primer momento, tal y como le aconsejó su padre Juan III en conversación telefónica, que estaba dispuesto a respetar lo que había jurado: cumplir y hacer cumplir la Constitución. Eso lo han explicado muy bien Jesús Palacios y Javier Cercas. Pero si Alfonso Armada llega a irrumpir en Zarzuela, tal vez se hubiera intoxicado, quizá se habría enturbiado la actitud razonada y ejemplar del Rey.

Fue Sabino Fernández Campo el que cerró los postigos de palacio al general de inciertas intenciones. Fue también el que dijo a más de un capitán general: «Ni está ni se le espera». Fue el que preparó la intervención del Rey en Televisión Española, recogida por un gran periodista, Jesús Picatoste, declaración clave en aquella noche de todas las angustias. Don Juan Carlos, conforme a la Constitución, se vistió su uniforme de capitán general de los Ejércitos y ordenó a algunos militares sublevados que regresaran a sus cuarteles salvando así para España la democracia y la libertad. Porque le obedecieron. A regañadientes, pero le obedecieron. Gracias al Rey nos ahorramos una nueva dictadura, que hubiera sido derribada en poco tiempo, porque los pueblos, aunque sea en zigzag, caminan siempre hacia la libertad, pero la actitud de Juan Carlos I, conforme a lo que le pedía su padre, fue constitucionalmente impecable y evitó el triunfo del golpe militar. La caravana de los líderes políticos al día siguiente en el Palacio de la Zarzuela venía a demostrar la utilidad de la Monarquía como poder histórico, porque el sufragio universal de los siglos también pesa en la vida nacional.

Sabino Fernández Campo fue el secretario discreto y eficaz, que mantuvo siempre la prudencia, la serenidad y la firmeza en aquellas horas inciertas e inquietantes. Presidía yo la agencia Efe y, tomada la televisión por los sables, mantuve conversaciones permanentes con Sabino. Ordené, por razones periodísticas, que se difundieran las fotografías que sacaron en sus zapatos Manuel Pérez Barriopedro y Manuel Hernández de León, y que dieron la vuelta al mundo a las siete de aquella tarde, convirtiéndose en el mayor éxito, tal vez, de la historia de la agencia.

De Sabino Fernández Campo recibí reiteradas palabras de serenidad, de equilibrio y de firmeza. Cumplía las instrucciones que le daba el Rey y lo hacía sin la menor reserva. Sabía que no sólo estaba en juego la Corona sino, sobre todo, la libertad de España.

Cuando cumplió 75 años y Don Juan Carlos le apartó de la Jefatura de su Casa, Sabino vivió unos años de no poca amargura. Pero fue siempre leal y constructivo. Se convirtió en referente indiscutido de la vida española, junto a esa mujer joven, excelente historiadora, que se llama María Teresa Álvarez. Hablaba como un sabio y transmitía un caudal incesante de información, a veces no bien aprovechado por sus interlocutores. Hasta el día de su muerte, hasta la hora en que ha cruzado la incierta penumbra del más allá, a lo largo de los años ávidos de su vejez, contemplaba con serenidad absoluta cómo empalidecía el esplendor en la yerba, cómo se apagaban las antiguas risas, cómo apretaban los viejos dolores enterrados.

Juan Carlos I debe al general prudente, ahora desaparecido, muchos de sus éxitos y de sus aciertos. Sabino era de los pocos que, desde el respeto, sabía cantarle las verdades. Con su consejo certero, el general evitó no pocas equivocaciones del Rey. El pueblo español tiene una gran deuda de agradecimiento con este hombre, que ha sabido pasar sigilosamente, como de puntillas, por la Historia de España. Y que se ha llevado a la tumba el último secreto del 23-F, el que todavía nadie ha sido capaz de desvelar.

Luis María Anson

02 Noviembre 2009

El general Sabino, un hombre de Estado

Martín Prieto

EN ESTOS tiempos oscuros donde la excelencia es penalizada y cualquier rufián se encarama al éxito mediático es hoy un dolor y una obligación dar un postrer aliento a la figura ejemplar del general Sabino Fernández-Campo, caballero en un páramo exento de ello. Juan Luis Cebrián y yo fuimos a visitarle a su despacho del Ministerio de Información y Turismo donde ejercía de subsecretario. Nos convidó a un frugal almuerzo dándonos la gentileza de no tener testigos de su parte. Como nada tramaba, nada pretendió ocultarnos. Se sabía por aquel entonces que estaba destinado a importantes responsabilidades junto al Rey y se le estaba paseando por distintas áreas de la Administración para hacer de él el sabio y discreto hombre que ya era. Fue muy sincero ante desconocidos: «Llevo meses pidiendo las cuentas de RTVE. Deben pensar que soy tonto pero si no me las dan de inmediato dimito de este puesto».

En un reservado de un restaurante en Madrid nos encontramos nuevamente él, el silencioso general Manglano, a la sazón jefe de los espías, Cebrián y yo, comentando el reciente golpe del 23-F. Saltó la alarma de mi reloj de pulsera, que tenía descuidada para mis citas profesionales y amorosas y los comensales allí citados miraron al general Manglano como si nos estuviera enredando en algún sistema de grabación. Pasadas las risas y descubierto el entuerto, el general Sabino nos regaló una sabia advertencia de un digno buen señor: «Os estáis equivocando los periodistas alabando tanto al Rey. Creo que lo que menos le conviene son los elogios que generosamente le estáis dispensando». Sabino fue un gran lector de El Príncipe, de Maquiavelo, y sabía interpretarlo del derecho y también del revés. Sabino era todo menos un cínico.

Sufrió la incomprensión egoísta del Rey. Tenía el convencimiento de que debía servir al Estado por encima del Monarca, y alguna de sus advertencias fueron desdeñadas por el Borbón y hasta tenidas por intromisión personal. Su jefe le despidió sin grandeza. El Rey le invitó a una comida con la Reina y le espetó: «Sofi, ¿sabes que Sabino nos deja?». El histórico borboneo que no cesa. Creo que no le terminaba de convencer el tratamiento militar que se le debía y prefería al asturiano y confianzudo Sabino que le daba la llaneza donde se sentía a gusto. Era de Intervención, un hombre capacitado para manejar una política de guerra y, habiendo sido secretario de varios ministros militares, se encontraba muy cómodo en la vida civil. En Francia hubiera podido haber acabado dirigiendo la Escuela Nacional de Administración porque su cociente intelectual era tan elevado como su integridad. Que no haya dejado memorias indica que sus lealtades estuvieron siempre por encima del maltrato que recibió.

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