5 febrero 1984

Guillén apoyó al bando de la derecha durante la Guerra Civil española

Muere Jorge Guillén, histórico poeta del a Generación del 27

Hechos

El 6.02.1984 falleció el histórico poeta D. Jorge Guillén.

Lecturas

REACCIONES: 

Vicente Aleixandre – «Me acabo de enterar de la dolorosa noticia y es difícil reaccionar de otro modo que no sea la entrega de la emoción misma. Jorge Guillén es para todos, y mencionar su nombre es suficiente, un creador poderoso, que llegó a la cota más alta de la expresión poética y cuya aparición supuso una innovación, una renovación, y por qué no decirlo, una verdadera revolución literaria. La estela de su obra deja es perceptible en las generaciones sucesivas y de algún modo puede claramente decirse que la poesía española ha cambiado como pocas veces ha sucedido con la aparición de un poeta tan original. Los que hemos convivido cerca de él, física o espiritualmente sabemos que la fertilidad profunda de un poeta, que ha sido ante todo un signo de enriquecimiento de la palabra luminosa. Todo un mundo personalísimo brilla desde ese magno bloque, que podemos decir que no se apagará mientras viva la lengua».

Dámaso Alonso –  «La muerte de Jorge es la desgracia mayor que tiene la literatura española. Personalmente, tengo un dolor enorme, porque le quería intensamente. Le conocía desde hace muchos años. Y ahora me siento en soledad. Junto con Vicente Aleixandre, eran los dos máximos poetas de la literatura española. Ahora sólo nos queda el nombre de Aleixandre. Sólo puedo añadir que siento una tristeza grandiosa».

Luis Rosales – «Estoy muy impresionado, como es lógico. Jorge Guillén es uno de los más extraordinarios poetas, no sólo por su profesión, sino también por su modernidad y su originalidad. Se le debe agradecer su pasión, su alegría y su ímpetu vital».

08 Febrero 1984

Muerte y resurrección de la 'generación del 27'

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

Leer

La caida de Jorge Guillén adelgaza aún más lo que queda de la antigua arboleda poética de 1927, que se ve sin sustitución. La poesía española no ha cesado de dar nombres; pero un bloque tan coherente, tan homogéneo dentro de su diversidad, no parece repetible ni en trance de reproducirse. No es algo de que asombrarse demasiado: las civilizaciones no duplican estas galaxias en un mismo siglo. Y la cultura no se produce artificial o políticamente: no se crean invernaderos para cultivar artistas.¿Qué condiciones se dieron en España para aquella eclosión lírica? Parece, en primer lugar, que se vivía en un país previo a los grandes dictados totalitarios -nuestra cronología propia iba y va con retraso sobre la de Europa-, y las censuras, prohibiciones, persecuciones o restricciones eran de artesanía, tenían más de absurdo y de arbitrario que de científico y terrorista. Dentro de la dictadura (1923-1930), la poesía parecía más bien desdeñable al dictador: algo curioso y divertido que no podía provocar revoluciones. Se expulsaba a Unamuno o se reprendía a Valle-Inclán, pero los poetas no parecían demasiado peligrosos. En segundo lugar, existió como gran aglutinante la iniciativa privada de la Institución Libre de Enseñanza y sus ramificaciones -la importantísima residencia, la Junta de Ampliación de Estudios…-, que favoreció a toda esta generación. Hubo un enjambre de publicaciones, también de carácter privado, de la que podría ponerse como ejemplo insigne la Revista de Occidente, que no sólo recogían a esos poetas, sino que les ponían en contacto con otras formas del pensamiento y la expresión, y con las culturas extranjeras inmediatas. Porque la generación del 27 no fue nunca nacionalista -y éste es el tercer factor-, aunque tuvo un continuo espíritu cívico -sería el cuarto-; es decir, que fue abierta a todo, capaz de recibir las grandes corrientes europeas y los nuevos verbos americanos, mientras al mismo tiempo adquiria y practicaba una función de compromiso con la vida cotidiana, con su sociedad y con su pueblo, de muy distintas maneras -hay incluso abismos de afiliación entre sus comporientes-, pero con una participación constante. Ni siquiera los que tenían más conciencia o más vocación minoritaria escaparon de este compromiso y de sus consecuencias.

Simultáneamente había una necesidad popular de cultura, que comprendía la poesía: los ateneos libertarios, las casas del pueblo -también de tan distinta afiliación- hicieron comprender a por lo menos una parte de lo que entonces se llamaba proletariado, y que es un concepto y una manera de enfrentarse con la vida que hoy ha desaparecido en Europa, que educación y cultura eran imprescindibles en la lucha de clases o por lo menos en la lucha diaria por la vida. Hubo una sed de cultura que hizo que por lo menos un par de aquellos poetas -Alberti, Lorca- fueran recitados de memoria en la República y en la guerra civil. La República misma, con su dirección intelectual, hizo de gran caja de resonancia del pensamiento de entonces. Tolerancia, iniciativa privada, cosmopolitismo, civismo, necesidad popular y, en último término, calor oficial republicano serían los enunciados de por qué fue posible la generación del 27. Más allá de las anécdotas -la antología de Gerardo Diego, la resurrección de Góngora…-, aunque quizá más acá de un largo espíritu continuador y no fácilmente interrumpido a lo largo de los siglos y del perfeccionamiento de la palabra castellana como insigne herramienta.

Los condicionarnientos generales del intelectual de hoy son distintos: no ha terminado el estrago de la guerra civil (en el sentido de retraer los compromisos cívicos); apenas existen publicaciones literarias que tengan la fuerza que tuvieron aquellas; el carácter de la sociedad es mucho más móvil, más impreciso, menos continuista; el idioma en que se escribió aquella poesía está continuamente desgastado y su riqueza lírica se pierde. La vocación oficial de cultura está muy enmarcada por éxitos inmediatos, mezclados con rememoraciones del pasado, pero apenas tiene campo privado al que alentar. No es un momento fácil; pero esa misma palabra indica que es transitorio. Hay indicios de reconstrucción cultural, de desarrollo intelectual, que tendrán que manifestarse. Cabe pensar qué hubiese sucedido si la gran generación poética de la República y su entorno de pensamiento y narración hubieran podido proseguir aumentando el carácter de continuidad y el enlace con siglos anteriores. La misma recuperación que se hace ahora de la generación del 27 es un indicio de que se establece un puente sobre el largo vacío y se trata de reanudar esa continuidad.

El Análisis

Jorge Guillén: la voz serena de una generación irrepetible

JF Lamata

La muerte de Jorge Guillén supone la desaparición de uno de los últimos grandes representantes de la extraordinaria Generación del 27, aquel grupo de escritores que revolucionó la poesía española del siglo XX y que reunió nombres tan distintos y brillantes como Federico García Lorca, Rafael Alberti, Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre. Si Lorca fue la pasión trágica, Alberti el compromiso político y Aleixandre la exploración de los grandes misterios humanos, Guillén representó la búsqueda de la perfección formal y la celebración de la realidad. Obras como Cántico, ampliada y reelaborada durante décadas, le otorgaron un lugar singular en la literatura española por su defensa de una poesía luminosa, depurada y esencial. Fue, quizá más que ningún otro de sus compañeros, el poeta de la armonía y de la confianza en la inteligencia como instrumento para comprender el mundo.

La Guerra Civil fracturó aquella generación. Lorca fue asesinado en 1936; Alberti marchó al exilio convertido en símbolo de la cultura republicana; Guillén también vivió largos años fuera de España, principalmente en Estados Unidos, aunque sin adoptar el activismo político permanente de Alberti. Su relación con el franquismo fue la de muchos intelectuales liberales de su tiempo: ni colaboración con el régimen ni militancia revolucionaria, sino una distancia crítica que le llevó a desarrollar gran parte de su carrera lejos de su país. En ello se pareció más a Alberti que a Alonso o Aleixandre, quienes respaldaron el bando franquista en la Guerra Civil y permanecieron en España . Sin embargo, a diferencia de Alberti, Guillén nunca quiso que la política definiera su legado. Con su muerte desaparece no sólo un gran poeta, sino uno de los últimos testigos directos de aquella generación excepcional que llevó la literatura española a una de sus cumbres históricas. Cuando el tiempo termine de separar las pasiones políticas de las permanencias culturales, Jorge Guillén seguirá siendo recordado por haber convertido la claridad, el rigor y la belleza en una forma de resistencia frente a las tragedias de su siglo.

J. F. Lamata