Pocos días después del golpe de estado que derrocó al presidente constitucional de Chile, Salvador Allende, ha muerto el poeta chileno Pablo Neruda.
Ricardo Eliézer Neftalí Reyes Basoalto, su verdadero nombre, había nacido en Parral el 12 de julio de 1904.
Tras un breve periodo en que se dedicó a la enseñanza, desempeñó diversos cargos diplomáticos en Siam, Birmania, Ceilán, Java, Singapur, China, Japón, Buenos Aires, Barcelona y Madrid.
Precisamente en esta última ciudad fundó la revista ‘Caballo verde para la poesía’ (1935), que intentó distanciarse de la estética juanramoniana de la ‘poesía pura’.
En Madrid le sorprendió el estallido de la Guerra Civil sobre la que escribió ‘España en el corazón’ (1937), destituido de su cargo de diplomático, como militante comunista continuó defendiendo desde Francia la causa del Frente Popular.
Regresó a Chile en 1938 como militante del Partido Comunista le afectó la prohibición de este partido en Chile, lo que le obligó a vivir en Europa y en la Unión Soviética.
Después del triunfo de la Unidad Popular ocupó el cargo de embajador en París (1971-1973). El lenguaje nerudiano, apoyado en magníficas metáforas, constituye una permanente indagación de las posibilidades poéticas del castellano moderno.
Chile llora la muerte de Pablo Neruda, el poeta cuya pluma dio voz al alma de un continente y le valió el Premio Nobel de Literatura en 1971. Fallecido por un cáncer de próstata, su partida llega apenas doce días después del brutal golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende, un amigo cercano y camarada de su militancia comunista. La coincidencia temporal, sumada a los reportes de militares saqueando su casa en Isla Negra, ha desatado rumores de que su muerte no fue solo obra de la enfermedad. Neruda, el bardo de Canto General y Veinte poemas de amor, fue más que un poeta: fue un símbolo de la resistencia latinoamericana, un comunista convencido que cantó a la revolución y a los humildes, desde las minas de Chile hasta las selvas de América. Pero su legado, inmenso como su poesía, no está exento de sombras, especialmente en su vida personal, donde su trato hacia las mujeres dejó cicatrices tan profundas como sus versos.
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Neruda, nacido Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, conquistó al mundo con una poesía que mezclaba la pasión, la naturaleza y la lucha social. Su compromiso político lo llevó a ser senador comunista, cónsul en varios países y un ferviente defensor de causas como la Guerra Civil Española y el proyecto de Allende. Su Canto General es un himno épico a la historia y las luchas de América Latina, mientras sus poemas de amor, como “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”, tocaron corazones en todo el mundo. Sin embargo, su vida privada revela un lado menos luminoso. Neruda tuvo tres matrimonios—María Antonieta Hagenaar, Delia del Carril y Matilde Urrutia—y su relación con las mujeres fue a menudo egoísta y cruel. Abandonó a Hagenaar y a su hija Malva Marina, quien murió a los ocho años, mientras él apenas mantuvo contacto. Su aventura con Urrutia, mientras aún estaba casado con del Carril, una aliada política clave, mostró un patrón de infidelidad y desdén que choca con la sensibilidad de sus versos. Las memorias de Neruda, donde admite haber violado a una mujer en Ceilán en los años 20, han manchado aún más su imagen, revelando un hombre que, aunque genio, no siempre estuvo a la altura de su propia humanidad.
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La muerte de Neruda, en este septiembre de 1973, llega en un Chile roto por el golpe de Pinochet. Los rumores de que los militares, que irrumpieron en su casa días antes, pudieron haber acelerado su fin—quizá con una inyección letal, como sugieren algunos—alimentan la desconfianza en un país donde la verdad es ahora una víctima más. Su funeral, que reunió a miles desafiando la represión, se convirtió en una de las primeras protestas contra la dictadura, con gritos de “¡Neruda presente!” resonando entre los fusiles. Allende, a quien Neruda apoyó hasta el final, ya no está, y el Chile que ambos soñaron parece desvanecerse. Neruda deja un legado inmortal, pero también preguntas incómodas: ¿cómo reconciliamos al poeta que cantó al amor y a la justicia con el hombre que, en su vida privada, a veces traicionó esos ideales? Mientras Chile llora a su voz más universal, el mundo pierde a un gigante, pero no a sus contradicciones. ¿Podrá su poesía seguir iluminando un país que hoy se hunde en la oscuridad?