El general Carlos Prats González, ex comandante en jefe del ejército chileno, exiliado en Argentina tras la caída de Allende, ha muerto junto con su esposa, al estallar en su automóvil una poderosa bomba de Trotyl.
El matrimonio, que regresaba a pie a su casa de madrugada, después de visitar a unos amigos, subió al coche con la posible intención de guardarlo en el garaje. Se supone que la bomba, provista de un detonador accionado eléctricamente, estalló al ser conectado el sistema de ignición del vehículo.
Como consecuencia de la tremenda explosión que lanzó el techo del automóvil hasta la altura de un octavo piso. Prats y su esposa debieron morir instantáneamente. Sus cadáveres eran irreconocibles.
Carlos Prats, que se vio obligado a renunciar como ministro de Defensa y comandante en jefe del ejército dos semanas antes del golpe de estado, mantuvo siempre una estrella amistad con Salvador Allende.
Llegó incluso a ocupar interinamente, con ocasión de un viaje de Allende la presidencia del país.
En su años de exilio en Buenos Aires, Prats había comenzado a escribir sus memorias, que habrían constituido un documento valiosísimo por su estrecha vinculación al ejército y al gobierno derrocado. Se consideraba a Prats por otra parte un ‘hombre de reserva’ para su país.
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LA SOMBRA DE LA DINA
La temida DINA, policía secreta de la dictadura de Augusto Pinochet, que dirigía Manuel Contreras, fue señalada desde el principio como resposable de aquel crimen.
El general Carlos Prats González, excomandante en jefe del ejército chileno y leal defensor de Salvador Allende, fue asesinado junto a su esposa, Sofía Cuthbert, en Buenos Aires, donde se exilió tras el golpe de Estado de 1973. Una bomba de trotyl destrozó su automóvil, y detrás de este acto cobarde asoma la sombra de la DINA, la policía secreta de la dictadura de Augusto Pinochet, liderada por el implacable Manuel Contreras. Este no es solo un asesinato; es un mensaje brutal: la mano de Pinochet no solo reprime dentro de Chile, sino que se extiende más allá de sus fronteras, cazando opositores con un terrorismo descarado que desafía toda decencia. Prats, el militar que frustró el “Tanquetazo” y se negó a traicionar la constitución, se convierte en otra víctima de un régimen que no tolera disidencia, ni siquiera en el exilio.
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El contexto es tan sombrío como el crimen mismo. Prats, quien renunció como comandante en jefe en agosto de 1973 bajo la presión de sus pares militares, representaba un Chile que ya no existe: uno donde el ejército respetaba la democracia. Su lealtad a Allende lo convirtió en un blanco para Pinochet, cuyo régimen, apenas un año después del golpe, ha sumido a Chile en un reino de miedo, con miles de detenidos, torturados y desaparecidos. La DINA, bajo el mando de Contreras, actúa como un estado dentro del estado, con carta blanca para eliminar a cualquiera que huela a oposición. El asesinato de Prats en Argentina no es solo un ajuste de cuentas; es una advertencia a todos los exiliados—desde Orlando Letelier hasta los líderes de la Unidad Popular—de que no hay refugio seguro. La dictadura, respaldada por el silencio cómplice de Washington, que ve en Pinochet un baluarte contra el comunismo, demuestra que su represión no conoce fronteras.
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Este atentado sacude no solo a Chile, sino a la conciencia internacional. Que Pinochet recurra al terrorismo para silenciar a un hombre como Prats, un militar de carrera que eligió la legalidad sobre la traición, revela la naturaleza del régimen: una maquinaria de violencia que no distingue entre adversarios armados y símbolos de resistencia. La muerte de Prats y su esposa enciende la indignación de los exiliados y de quienes, dentro y fuera de Chile, aún sueñan con justicia. Pero también plantea una pregunta escalofriante: si la DINA puede matar en Buenos Aires, ¿hasta dónde llegará Pinochet? Mientras los cuerpos de Prats y Cuthbert yacen en escombros, Chile se hunde más en la oscuridad. Este no es solo un crimen; es la exportación del terror, y el mundo, que mira con incomodidad, no puede seguir haciéndose el ciego.