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El defenestrado emperador, muerto en circunstancias no aclaradas un año después, era descendiente directo del rey Salomón y la reina de Saba

Derrocado el emperador de Etiopía, Haile Selasie [Haile Selassie], el país pasará a estar regido por el dictador comunista Mengistu

HECHOS

El 12.09.1974 fue depuesto el Emperador de Etiopía, Hallie Selassie.

El emperador de Etiopía, Haile Selasie, ha sido derrocado este 12 de septiembre de 1974 por un golpe encabezado por la Junta Militar.

Selasie entre cuyos títulos oficiales figuraban el de ‘León de Judá’ y ‘Rey de Reyes’, era el 255º sucesor de una dinastía cuyos orígenes se remontan al hijo del rey Salomón y la reina de Saba.

La situación política y social reinante en Etiopía era explosiva desde hace dos años, cuando la sequía condenó a más de 200.000 personas a la muerte por inanición.

La corruptela reinante en la corte impidió que los damnificados recibieran alimentos provenientes de la solidaridad internacional: los alimentos fueron vendidos en beneficio de dignatarios del gobierno.

A estos hechos se agrega la sublevación separatista en Eritrea, cuya represión consume un tercio del presupuesto nacional.

Integrada por oficiales progresistas, la Junta Militar, que se ha hecho cargo del poder decretó la detención de unos 60 dignatarios. En Etiopía un niño de cada dos muere antes de cumplir los cinco años.

13 Septiembre 1974

Etiopía: El derrocamiento del emperador

ABC (Director: Torcuato Luca de Tena Brunet)

Veíase venir, con claridad meridiana, el derrocamiento de Haile Selassie. El largo proceso de limitaciones y desafíos a la autoridad imperial debe entenderse como algo programado hasta en sus más pequeños detalles, apuntando desde el principio a ese comienzo del acto final que ha sido la impugnación de los atributos soberanos todos del Emperador. Desde las Fuerzas Armadas etíopes expresaron su primer gesto de rebeldía, lo ocurrido debe entenderse como ejecución de un plan puntualmente seguido, para cambiar ante el país la imagen del Trono.

Los militares sabían perfectamente que derrocar al Rey de reyes de un sólo golpe hubiera sido imposible, porque el pueblo no lo hubiera admitido. Era preciso, en la estrategia revolucionaria, operar gradualmente. Minar el prestigio del Soberano antes de asestarse el golpe definitivo.

13 Septiembre 1974

El fin de Haile Selassie

Horacio Sáenz Guerrero

Los hechos acaecidos en los últimos meses en Etiopía mostraban de forma inequívoca que los militares estaban estrechando el cerco en torno a la figura sagrada y legendaria del emperador Haile Selassie. En efecto, la primera revuelta del ejército se produjo el 22 de febrero del presente año; el detonante fue una simple huelga de taxistas de la capital, y el desenlace fue la exigencia y consecución del aumento de las pagas a las Fuerzas Armadas. El 27 de abril se perfilan ya unos objetivos más claros y de sentido mucho más inmediatamente político: el Comité Militar Revolucionario procede la inmediato arresto del jefe del Gobierno y de varios de sus ministros. El 28 de junio estalla un golpe de Estado incruento, y la Guardia Imperial decide pactar, con una sola condición: que se respete al emperador. A partir de entonces los acontecimientos se suceden de manera rápida e inexorable. Es disuelto el Consejo de la Corona y también el de Justicia, el jefe de la Guardia Imperial es detenido, el Palacio Imperial y los bienes del Rey de Reyes son confiscados y pasan a ser ‘propiedad del pueblo de Etiopía’.

‘El emperador será respetado. No tiene poder y su figura nos es indispensable’, declaraba en aquellos turbulentos días del pasado mes de agosto un destacado miembro del Comité Militar Revolucionario. Sin embargo, no ha sido así, y los sucesos ocurridos en los últimos días permitían ya vaticinar que el monarca acabaría por ser derribado. Una gran muchedumbre se lanzó a las calles de Addis Abeba, hace tan sólo unos días, profiriendo gritos hostiles contra Selassie, era la primera vez que tal cosa ocurría. De hecho, el Negus no era más que una figura decorativa, desposeído de los poderes omímodos que durante cuarenta y cuatro años había utilizado a su antojo y encerrado en un palacio que ni siquiera era suyo. Mientras se le acusaba ya públicamente de haber huído al extranjero cuando la invasión italiana, el Comité Militar Revolucionario le exigió que devolviera los millones de dólares que tenía depositados en Bancos Extranjeros. El monarca se negó a ello. La detención de su hija, efectuada anteayer, era ya la señal de que Selassie iba a ser destronado.

Costaba creer que los militares decidieran barrer al monarca. Sabido es que el León de Judá, el Rey de Reyes, el elegido de Dios, descendiente directo de Menelik I, hijo de la reina de Saba y del rey Salomón de Jerusalén estaba revestido de un carácter sagrado que a pies juntillas respetaban sus súbditos. Todo parecía indicar que el Comité Militar Revolucionario se contentaría con mantenerle como figura decorativa para no provocar el desconcierto de la población rural – el 90% de los habitantes del país – que prácticamente ignora cuanto se viene tramando en Addis Abeba. Pero los militares, al percatarse de que el emperador todavía se resistía a someterse a su voluntad, ya no han dudado en dar el último y definitivo paso. El sucesor del Rey de Reyes sabe, pues, a qué atenerse y sabe cuál será su misión y lo que las Fuerzas Armadas, las únicas que controlan todos los resortes del poder, esperan de él: sumisión y obediencia.

Con decir que todo está por hacer en Etiopía, es más que suficiente para dar una idea de la tarea inmensa a la que deberán hacer frente esos militares que afirman querer levantar a un país que está casi postrado en al Edad Media. Dicen que se proponen crear partidos políticos, promulgar una Constitución democrática, realizar la reforma agraria, crear un Gobierno que sea responsable ante el pueblo y no ante el rey. Pero no perdamos de vista que mientras las reformas son ingentes y reclaman la mayor urgencia, en el horizonte se perfila un gravísimo problema, el de Eritrea, problema que amenaza con el terrible estallido de una guerra civil y que bien podría provoca el advenimiento de un dictador, como parece ser el dramático sino de no pocos países del Tercer Mundo.

 

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