5 agosto 1959
Amplio despliegue en el diario LA VANGUARDIA ante la muerte del que fuera ministro en los Gobiernos del marqués de Alhucemas durante el reinado de Alfonso XIII
Muere el político catalán Joan Ventosa, fundador de la Lliga Regionalista que evolucionó del catalanismo al franquismo
Hechos
El 19.08.1959 la prensa informó del fallecimiento de D. Juan Ventosa.
Lecturas
EL ARTÍCULO ‘DICTADO’ DEL DIRECTOR DE LA VANGUARDIA
D. Luis de Galinsoga, director de LA VANGUARDIA Española, el periódico más venido de Catalunya, se encontraba fuera de España en el momento del fallecimiento de D. Juan Ventosa / D. Joan Ventosa, al enterarse de la muerte de una de las figuras catalanas más apreciadas por la Catalunya del franquismo, quiso escribir un artículo que, ante la ausencia de modo de enviarlo para que llegara a tiempo, improvisó por teléfono dictándoselo a un empleado de taquígrafo con el título «Ventosa o a ecuanimidad».
Galinsoga será director de LA VANGUARDIA hasta enero de 1960.
19 Agosto 1979
Ventosa o la ecuanimidad
La evocaré siempre, por muchos años que yo le sobreviva, erguido en su escaño del Congreso de los Diputados. Era la estampa misma de la ecuanimidad. Su ademán, que modelaba la actitud oratoria, era igualmente un prodigio de sencillez y de elocuencia. Su verbo se ceñía como una clámide griega que dejase caer sus pliegues sobre la turgente belleza estatutaria de la idea. Era el orador perfecto, porque además de ser perito en el decir, era el hombre bueno del aforismo horaciano. Don Juan Ventosa vivirá en los anales de la política española asociado al recuerdo de una acritud limpia, magníficamente expresada a través de una elocuencia sobreia. Porque aun en las tardes patéticas de batalla parlamentaria, cuando el enemigo, o sea el contradictor, rugía a veces en expresiones malsonantes y hasta procaces, Ventosa, duro de acero en su dialéctica pero insinuante en su tono y suave en la modulación de su voz, lograba el milagro de vencer y convencer a ese enemigo.
Improviso estas palabras desde muy lejos de Barcelona y las cantó a través del teléfono a los oídos de un querido compañero taquígrafo de LA VANGUARDIA. Lejos de Barcelona estoy, en efecto, cuando me ha sorprendido la noticia infausta de la muerte del gran político español, pero nunca como en este momento me he sentido tan cerca de Barcelona en el espíritu de solidaridad con el dolor de una ciudad como ésa, tan sensible a esta clase de emociones. No estoy vertiendo al teléfono, repito, un elogio fúnebre, porque si así fuera carecerían mis palabras de la espontaneidad necesaria y de la convicción precisa para poder hacer esta operación casi circense de improvisar un artículo a través de luengas tierras españolas, a las que Ventosa amó tanto y por lo que yo tanto quise a Ventosa. Hace más de cuarenta años que le traté en la política y que conviví con él en el Congreso de los Diputados. Le conocía muy bien para que me sobren en este momento la serenidad indispensable y a la sinceridad necesaria capaces de la improvisación que estoy haciendo.
Ventosa fue a lo largo de su vida pública y de su vida profesional como jurisconsulto y como financiero, un prodigio de ecuanimidad. Nadie le podrá arrebatar la primacía de ese título entre los políticos contemporáneos de la España que yo he vivido. Si él se ha dado cuenta en sus postrenos instantes de que moría lejos de su tierra, le habrá transido un gran dolor, porque Ventosa era un español de cuerpo entero. Amó apasionadamente sus ideas que acertó a definir siempre con serenidad y con moderación ejemplar, y desde luego con un respeto profundo a quienes no las compartían. No en vano don Antonio Maura, el año 1918 le llevó a los Consejos de la Corona, ni en vano fue para el egregio estadista mallorquín, uno de sus más adictos amigos, aun sin pertenecer a su partido. Desde los años mozos de Ventosa, cuando era secretario del Congreso – con el marqués de Santa Cruz, Jorge Silvela, Fernando López Monís, Mariano Alonso Castrillo y otros tantos de grato recuerdo – y se lucía cual correspondía a su edad juvenil en su berlina o en su milord, o repartía las clásicas cajitas de caramelos entre sus amistades de las tribunas, hasta los años periclitades de la Monarquía constitucional en que le tocó la triste suerte de formar parte de aquel Gobierno allanado soezcemente por la República del 14 de abril, Ventosa no descompuso jamás su figura de hombre sereno e impávido, fuerte en la argumentación, pero repito que insinuante en el gesto y en la voz. Con razón le llorará hoy Barcelona, y por esa razón yo interrumpo mi vacación para venir al teléfono a contarles a los lectores de interrumpo mi vacación para venir al teléfono a contarles a los lectores de LA VANGUARDIA con la sencillez condigna a la figura que rememoro mi impresión de pena y de nostalgia en la muerte de don Juan Ventosa.
Luis de Galinsoga
El Análisis
El 17 de agosto de 1958 falleció en Barcelona Juan Ventosa y Calvell, figura clave del catalanismo conservador durante el primer tercio del siglo XX, testigo privilegiado —y a veces protagonista— de los profundos vaivenes políticos de la historia de España. Diputado desde 1901, ministro en varias ocasiones durante el reinado de Alfonso XIII (de Hacienda, de Fomento y de Industria), fue junto a Francesc Cambó uno de los arquitectos de la Lliga Regionalista, el partido de la burguesía catalana que aspiraba a compatibilizar autonomía con orden, regionalismo con monarquía. Durante la Segunda República, ejerció como portavoz de su grupo parlamentario, en un contexto donde la hegemonía política en Catalunya se desplazaba hacia posiciones más populares, republicanas y de izquierdas.
Como muchos de los representantes de esa alta burguesía catalana, Ventosa observó con alarma las dinámicas revolucionarias que emergieron con fuerza en Catalunya durante la República, y sobre todo tras el estallido de la Guerra Civil. Su respaldo al bando franquista no fue un caso aislado: fue expresión de una clase que, temerosa del radicalismo obrero y del empuje de fuerzas como el PSUC o Esquerra, se alineó sin vacilar con quienes prometían restaurar el orden y defender la propiedad, como tantos otros bugueses catalanes, como Godó, como Lara, etc. Ventosa no solo simpatizó, sino que colaboró activamente con el nuevo régimen. Franco lo nombró procurador en Cortes por designación directa, y aunque el veterano político formó parte del sector monárquico del régimen —los “juanistas” que aspiraban al retorno de la dinastía borbónica en la figura de Don Juan—, el Caudillo, aunque no se fiaba de Don Juan, siempre valoró su presencia como pieza de equilibrio entre las distintas “familias” del poder franquista.
Hoy, el nombre de Ventosa y Calvell ha caído en el olvido, como el de muchos otros representantes de una derecha catalanista que, tras haber sido parte del motor político de la Restauración, recaló sin demasiados traumas en el autoritarismo franquista. En la posguerra, esa misma burguesía que había sustentado a Cambó y a Ventosa rehízo su perfil, impulsando con el tiempo una narrativa donde el franquismo aparecía como ajeno o impuesto, ocultando que muchos de sus cuadros directivos, empresariales y culturales estuvieron en el corazón mismo del nuevo orden. El nombre Ventosa es una figura que recuerda esa complicidad y que para los futuros pujolistas será preciso olvidar.
J. F. Lamata