El 30 de julio de 1967, Alfried Krupp von Bohlen und Halbach, heredero de la dinastía industrial Krupp, murió a los 59 años en Essen, Alemania Occidental, cerrando un capítulo controvertido en la historia de una de las familias más influyentes de Alemania. Como líder de las industrias Krupp, un coloso del acero y la artillería que impulsó la maquinaria bélica nazi, Alfried jugó un papel crucial en el Tercer Reich, apoyando a Hitler desde su ascenso y beneficiándose del trabajo esclavo durante la Segunda Guerra Mundial. Su muerte, en una RFA próspera pero aún marcada por las cicatrices del nazismo, reabre el debate sobre su complicidad con el régimen de Hitler y su esfuerzo por reconstruir el imperio Krupp tras ser condenado y luego liberado en los juicios de Núremberg. El legado de Alfried, mezcla de genio industrial y responsabilidad moral, sigue siendo un recordatorio de los pactos fatales entre el poder económico y la ideología nazi.
Alfried asumió el control de Krupp en 1943, tras la incapacidad de su padre, Gustav Krupp, pero su involucramiento con el nazismo comenzó antes. En 1932, las industrias Krupp, junto con otros magnates como Fritz Thyssen, firmaron una petición al presidente Paul von Hindenburg para nombrar a Adolf Hitler canciller, viendo en el nacionalsocialismo una barrera contra el comunismo y una oportunidad para el rearme alemán. Durante el Tercer Reich, Krupp se convirtió en un pilar de la economía de guerra, produciendo tanques, cañones y submarinos. La empresa empleó a unos 100,000 trabajadores esclavos, incluidos judíos y prisioneros de guerra, en condiciones brutales en fábricas como Essen y Auschwitz, vinculando directamente a Alfried con los crímenes del Holocausto. Aunque Gustav fue incluido inicialmente en el juicio principal de Núremberg en 1945 junto a jerarcas como Hermann Goering, su estado terminal lo excluyó. Alfried, en cambio, fue juzgado en 1947-1948 en el “Caso Krupp”, uno de los procesos secundarios de Núremberg contra industriales nazis. Acusado de crímenes contra la paz y explotación de trabajo esclavo, fue condenado a 12 años de prisión y a la confiscación de sus propiedades, aunque sus defensores argumentaron que actuó bajo coerción del régimen.
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Tras su liberación en 1951, gracias a una amnistía del alto comisionado estadounidense John McCloy, Alfried recuperó el control de las industrias Krupp y se dedicó a reconstruirlas en la RFA. Las condiciones de su liberación le obligaron a vender parte de los activos, pero logró mantener la empresa como un gigante del acero, diversificándola hacia maquinaria y construcción naval, beneficiándose del “milagro económico” alemán. Sin embargo, la familia Krupp nunca recuperó su antigua influencia: Alfried, sin herederos directos, transfirió la empresa a una fundación en 1967, poco antes de su muerte. En sus últimos años, expresó poco remordimiento público, defendiendo que Krupp actuó por necesidad económica, aunque donó fondos para compensar a víctimas del trabajo esclavo. En la RFA de 1967, los Krupp son un símbolo ambivalente: un motor de la reconstrucción económica, pero también un recordatorio de la complicidad industrial con el nazismo. La muerte de Alfried, en este julio de 1967, cierra una era, pero no borra las preguntas sobre cómo el acero de Krupp forjó tanto la guerra como la recuperación de Alemania.
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JF Lamata