28 julio 1980
Ha fallecido de cáncer en El Cairo
Muere enfermo y exiliado el ex rey de Irán, Mohamed Reza Pahlevi, último sha de Persia, abriendo el camino al final de la crisis de los rehenes de la embajada de EEUU en Teherán
Hechos
El 28 de julio de 1980 se conoció el fallecimiento de Mohamed Reza Pahlevi.
Lecturas
En abril de 1980 fracasó el intento de liberar a los rehenes de EEUU en Irán.
Mohammed Reza Pahlevi ha muerto este 27 de julio de 1980 en El Cairo a los 60 años de edad y en el exilio.
Había accedido al trono de Irán en 1941 y en 1953 tuvo que exiliarse por primera vez, cuando los nacionalistas de Mohammed Mossadegh tomaron el poder.
Con el apoyo del Reino Unido y a través de una durísima política represiva recuperó el poder.
Realizó una serie de reformas económicas y sociales que incluyeron mayores derechos para la mujer con el objetivo de occidentalizar el país, pero desestimó los valores religiosos de gran parte de la población del país.
En 1979 estalló una revolución de características religiosas, nacionales y sociales que causó su expulsión del país y que el poder quedara en las manos del ayatolá Jomeini.
En junio de 1981 caerá el presidente de Irán tras enfrentarse a Jomeini.
29 Julio 1980
Irán: el solitario ocaso del emperador
LA MUERTE en la soledad y el exilio de Mohamed Reza Pahlevi, el depuesto sha, que llegó a autotitularse «rey de reyes» y «luz de los arios», cierra un capítulo de la grave crisis de Irán, aunque en modo alguno parece ser una solución para la misma. Los revolucionarios iraníes han declarado ya que la desaparición física de su enemigo no modificará su actitud hacia Washington. ni acelerará la liberación de los 52 rehenes norteamericanos, a punto de cumplir su noveno mes en cautividad.Reza Pahlevi, el hijo de un mulero que quiso crear una dinastía imperial, ha muerto en un hospital de El Cairo, dieciocho meses después de que su imperio, tan cuidadosa y despiadadamente fotjado, con la ayuda del petróleo y de la policía política, se derrumbase como un castillo de naipes en una de las revoluciones más importantes del presente siglo.
No hace ni siquiera diez años que el sha y la emperatriz Farah festejaban en las ruinas de Persépolis, ante docenas de dignatarios extranjeros y con trescientos millones de dólares de presupuesto para gastos fastuosos, los 2.500 años de un imperio con el que, en su soberbia, pretendían conectar. Si Alejandro Magno acabó con aquel imperio, han sido los propios excesos y errores de Reza Pahlevi y de una clique de funcionarios obedientes y corruptos los que le costaron el trono del Pavo Real y empujaron el país en manos de unos fundamentalistas religiosos, con consecuencias todavía imprevisibles para Irán y el mundo entero.
El triste destino del sha puede servir tal vez como advertencia y parábola moral para otros déspotas. Todo el dinero y todo el poder de Mohamed Reza Pahlevi no le han servido para impedir su derrocamiento, su exilio, su peregrinaje por media docena de países y, en última instancia, ni siquiera para que los mejores médicos del mundo pudieran salvar su vida:
La imagen de un monarca destronado y enfermo, que no encuentra lugar donde refugiarse de las iras de los revolucionarios islámicos, no debe hacernos olvidar, sin embargo, otros aspectos de la figura del desaparecido dictador. Reza Pahlevi gobernó Irán con mano de hierro, y la SAVAK, su temida policía política, causó millares de víctlmas en la población. El sha jugó también un papel decisivo en la triplicación de los precios del petróleo, en diciembre de 1973, que él apoyó y defendió en el seno de la OPEP, deseoso de dinero con el que modernizar Irán, según su particular concepción, y de construir uno de los ejércitos más poderosos del mundo.
Un ejército que, pese a su sofisticado armamento y a los miles de millones de dólares que el sha gastó en adíestrarlo y equiparlo, se rindió, sin ofrecer prácticamente resistencia alguna, a los revolucionarios que salieron a las calles de Teherán en febrero del año pasado, cuando Reza Pahlevi llevaba ya un mes en su exilio «temporal».
La llamada « revolución blanca» del sha, sus intentos de desamortización, de cambiar, como Kemal Ataturk en Turquía, una sociedad semimedieval y dominada por la religión en una potencia moderna e industrializada, han sido borrados de Irán, del mismo modo que el mausoleo en Teherán del fundador de la breve dinastía, Reza Jan, fue demolido por los martillos de los revolucionarios, dirigidos por el ayatollah Jaljali.
Sea cual sea el fututo de Irán, tras la tormetita revolucionaria no cabe duda de que será muy diferente del que imaginaron el sha y los miembros de su corte imperial. El boato y los lujos de las fiestas de Niavarán y de Persépolis, las visitas de Estado con traje de gala y los brindis con champaña en el día’de Nochevieja con el presidente Carter, fueron también algo muy diferente del entierro que tendrá mañana en El Cairo el sha, al que asistirán pocas delegaciones, y de muy bajo nivel, de otros países.
Para Estados Unidos, el país que colocó al sha en el poder mediante el golpe contra Mossadegh, forjado por la CIA en 1953, la desaparición de su antiguo aliado y gendarme de Oriente Próximo es poco más que un alivio. La admisión de Reza Pahievi, por «razones humanitarias», en un hospital de Nueva York provocó la toma de la Embajada norteamericana en Teherán y la captura de los rehenes, colocando al mundo en una de las crisis más graves desde la segunda guerra mundial.
Una crisis que está todavía lejos de resolverse. La muerte del sha deja sin objetivo las demandas de extradición, pero permanecen las exigencias de devolución de una fortuna de millones de dólares, amasada por el emperador y su familia. Y queda también la petición de que Washington reconozca su responsabilidad en los 37 años de régimen de Reza Pahlevi. Exigencias ambas que parecen tan imposibles de atender como lo fue en su momento la de extradición, Menos aún si la Casa Blanca cambia de inquilino en enero del año que viene, y entonces la muerte del sha en un hospital de El Cairo será sólo una anécdcrta más de la crisis. El futuro de Irán correrá dramáticamente por otro lado. El integrismo religioso imbuido por los videntes del ayatollah Jomeini difícilmente podrá ser el instrumento político que consolide en libertad a uno de los países más ricos del mundo.
El Análisis
Con la muerte de Mohammad Reza Pahlevi en El Cairo en julio de 1980, se cierra definitivamente el capítulo de una de las monarquías más antiguas del mundo. Enfermo, exiliado y abandonado por muchos de quienes antes lo aclamaban, el último Sha de Persia muere lejos de su tierra, acogido por el dictador egipcio Anuar el-Sadat, uno de los pocos líderes que aún le ofrecía cobijo. Es el fin melancólico de un soberano que soñó con transformar Irán en el Japón de Oriente Medio, pero cuyo sueño terminó sepultado por la fuerza de una revolución.
El reinado de Reza Pahlevi fue un compendio de luces y sombras. Ascendido al trono en plena turbulencia política tras la caída de Mossadegh —gracias al apoyo decisivo de Estados Unidos y el Reino Unido—, consolidó su poder con una modernización forzada que trajo consigo grandes obras de infraestructura, una educación más laica, avances en los derechos de las mujeres y la apertura del país al capital occidental. Pero ese impulso transformador se dio al precio de una represión implacable. La temida policía secreta, SAVAK, simbolizó los excesos de un régimen que, si bien desarrolló económicamente Irán, lo hizo a costa de las libertades y los valores tradicionales.
Su gran error, el que sellaría su destino, fue subestimar el poder de la religión en el corazón de su pueblo. Al despreciar a los clérigos y desmantelar los símbolos del islam chií, alimentó una oposición que no vino ni del comunismo ni del liberalismo, sino del integrismo. El regreso del ayatolá Jomeini desde el exilio marcó el final de su reinado. Reza Pahlevi huyó, y su periplo por el mundo fue una dolorosa secuencia de puertas cerradas. Ni siquiera Estados Unidos quiso darle refugio permanente: su breve estancia allí desató la toma de rehenes en la embajada norteamericana de Teherán, un episodio aún sin resolver que ha estremecido las relaciones internacionales.
Con su muerte, se apaga un símbolo de un Irán que ya no existe. Quizá su desaparición física alivie las tensiones en torno a los rehenes norteamericanos. Pero más allá de su figura, el Sha deja tras de sí una advertencia histórica: la modernización impuesta sin contar con la voluntad y la identidad de un pueblo puede ser tan explosiva como cualquier revolución. Su legado será juzgado entre la ambición de progreso y el peso de la soberbia. Y su final, más que glorioso, ha sido un exilio silencioso que pone fin a una corona milenaria.
J. F. Lamata