24 julio 2012
Fue hostigado por la derecha durante su etapa de comisionado de las víctimas del terrorismo y despreciado por el nacionalismo catalán por su defensa de la unidad de España
Muere Gregorio Peces-Barba Martínez (PSOE), uno de los ‘padres’ de la Constitución y ex presidente del Congreso
Hechos
El 24.07.2012 falleció D. Gregorio Peces Barba
Lecturas
D. Gregorio Peces Barba fue uno de los principales portavoz del PSOE en el Congreso durante la Legislatura Constituyente (en la que fue uno de los 7 ponentes de la Constitución) y la I Legislatura.
Fue presidente del Congreso de los Diputados durante la legislatura 1982-1986 en la que el PSOE tenía mayoría absoluta. A partir de ese momento se retiró de la política.
Sus últimas apariciones públicas fueron polémicas, una por su defensa de La Monarquía, mostrando una gran lealtad constitucional y otra por hacer una broma sobre los bombardeos a Barcelona en los tiempos del general Espartero.
24 Julio 2012
El legado de un socialista
Sin duda, los medios de comunicación, y por supuesto este diario, subrayarán hoy la importancia que para la historia de España ha tenido Gregorio Peces-Barba, y su decisivo papel en el diseño de nuestra Constitución. Cuando el texto constitucional hace tiempo que cumplió las tres décadas —tiempo en el que ha gozado de buena salud— parece fuera de toda duda que aquél fue un trabajo bien hecho. Su participación en esa obra es un buen ejemplo de lo que Gregorio Peces-Barba fue durante toda su vida: un teórico que nunca se inhibió a la hora de actuar, un político que siempre supo conciliar su compromiso ético con su compromiso intelectual. Y, por supuesto, un socialista convencido. En todo caso, y dado que otros glosarán aspectos de su biografía pública, quisiera hablar de la persona que tuve el privilegio que conocer hace muchos años en aquellas comidas en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense, que fueron decisivas en mi vocación política.
Como muchos de mis compañeros, siempre vi en Peces-Barba a un maestro, lo que no excluye que mantuviéramos una larga relación de amistad. Una relación que hasta hace muy poco se reforzaba por nuestro inveterado madridismo y nuestra común afición por los cigarros habanos. Si nunca abjuramos de la fidelidad al club blanco, la salud y el respeto a las normas moderaron mucho nuestros hábitos fumadores.
Creo que una buena forma de describir una vida es evocando sus mejores y peores momentos; yo viví algunos de ellos con Gregorio Peces-Barba. Probablemente, su peor experiencia fue sufrir los furibundos, y profundamente injustos, ataques que recibió como Alto Comisionado de Apoyo a las Víctimas del Terrorismo. Un cargo que asumió en el otoño de su carrera política, cuando nada tenía que demostrar, movido únicamente por una vocación de servir a los demás que nunca le abandonó.
Si compartí con él aquel momento, quizá uno de los más amargos de la vida de una persona fundamentalmente animosa y positiva, también estuve cerca cuando vivió la que probablemente fue su mayor alegría. Muchos pensarán que coincidió con la aprobación de la Constitución, o con la victoria del PSOE en las elecciones de 1982, o con su designación como presidente del Congreso. Yo, en cambio, creo que su momento más feliz fue el nombramiento como rector de la Universidad Carlos III. Pocas instituciones están ligadas de una manera tan estrecha a una persona como la Universidad que Gregorio Peces-Barba creó y dirigió durante muchos años. La universidad fue, junto a la política, su gran pasión, y en la Carlos III demostró algo que precisamente en estos momentos es bueno recordar: que no hay mejor motor de progreso social que el conocimiento.
Como uno de los participantes en aquel proyecto fui testigo de las reservas, por no decir rechazos, que generaba en algunos sectores la idea de instalar un campus universitario de excelencia en la zona sur de Madrid. Con su tenacidad y su sabiduría, Gregorio Peces-Barba demostró no solo que la idea era factible, sino que podía hacerse realidad en no mucho tiempo. El que la Carlos III sea hoy un modelo de calidad universitaria a escala internacional es la prueba de que con determinación puede alcanzarse cualquier meta.
De entre las muchas enseñanzas que Gregorio Peces-Barba nos dejó en su fecunda vida, en la hora de su despedida yo quiero reivindicar su confianza en la capacidad de los seres humanos para mejorar. Una confianza que se resume en una cita de Weber que le gustaba evocar: “Toda experiencia histórica confirma la verdad de que el hombre no hubiera obtenido lo posible si no hubiera pugnado una y otra vez por alcanzar lo imposible”.
24 Julio 2012
Me niego a despedirme de don Gregorio
Ha llegado el momento de despedirme de don Gregorio, pero me niego a hacerlo. No podemos despedirnos de un referente moral, ético y político como él, más en estos tiempos en que tan faltos andamos de ellos. No podemos despedirnos de un ejemplo de humanidad que hizo de la lucha por construir un mundo y un país del que sentirse orgulloso su único objetivo, sin esperar a cambio otra cosa que la satisfacción de alcanzarlo.
Gregorio Peces-Barba tendrá su lugar en la historia como padre de la Constitución, como presidente de las Cortes Generales o por ser el fundador y Rector de una de las mejores universidades de España y es justo que así sea, pero para muchos de nosotros lo más importante es lo menos conocido de él.
Amigo leal, tan aficionado a la Filosofía del Derecho como a las interminables partidas de dominó en Ribadesella con su eterno amigo/adversario don Luis el notario, admirador de su padre, apasionado por su madre, de quien preparaba unas memorias escritas por ella misma y prologadas por él. Ese es el don Gregorio que muchos echaremos de menos.
Comprometido con las libertades y los Derechos Humanos, brillante intelectual y mejor profesor, indiscutible hombre de Estado y reivindicativo militante, todo eso era don Gregorio, pero, ante todo, era una persona que derrochaba generosidad en el afecto y se hacia querer desde el mismo momento en que se le conocía. Una de esas pocas personas a las que quieres tener siempre a tu lado porque sabes que caminando junto a él, siempre irás por el camino correcto.
La pérdida de don Gregorio deja entre los socialistas un cierto sentimiento de orfandad. Siempre nos quedarán sus libros, sus ponencias y sus discursos, pero a partir de hoy siempre nos faltará él, sus bromas, sus consejos y su contagiosa pasión por la vida y por el trabajo bien hecho.
Como buen profesor nos enseñó la importancia del «No» como elemento constructivo y no sólo como negación. Del «No» como ausencia de resignación o aceptación de lo injusto.
Con esa lección aprendida me niego a decir adiós a don Gregorio y prefiero darle las gracias por ser tan grande hasta en lo más pequeño.
Tomás Gómez
24 Julio 2012
Lealtad
Gregorio Peces-Barba y yo éramos amigos. Lo éramos desde 1957 cuando nos encontramos en la Facultad de Derecho madrileña, donde yo empezaba la licenciatura cuando él era un veterano que andaba por el segundo curso y, desde entonces hemos discrepado, coincidido, peleado, amigado, mutuamente apoyado, divertido y lamentado infinitas veces. Nunca consiguió catequizarme con sus tesis políticamente correctas, ni dejarse convencerse por las mías. Se irritaba con mi interés por los elementos afectivos del derecho y por su proyección comparada y yo siempre sonreí ante su devoción por la pureza geométrica de Kelsen y la axiología jurídica de Bobbio; pero, ante todo éramos amigos.
Dimos muestra de ello al encontrarnos en la Ponencia redactora del anteproyecto de Constitución en la que tantas ocasiones tuvimos de discrepar primero y consensuar después, junto con otros colegas la mayoría de los cuales ya no están. Más adelante, en la Asamblea Consultiva del Consejo de Europa, en la primera legislatura ordinaria, cuando él era portavoz muy cualificado del PSOE y yo presidía el Grupo Parlamentario Centrista —en el Gobierno—, tiempos de muy cordial confrontación. Y en la segunda legislatura, cuando él presidía el Congreso y yo era portavoz del Grupo Popular —en la oposición—, tiempos de leal complicidad. Tiempos en los que siempre conté con su complacencia clave para desarrollar las iniciativas de mi grupo parlamentario y, en más de una ocasión, como portavoz de la oposición, yo había de solicitar de la presidencia lo que era iniciativa del Gobierno —Virgilio Zapatero es testigo— para que el presidente Peces-Barba lo acordara. Éramos amigos y si la amistad no basta para fraguar el consenso político es condición necesaria para ello.
Después nos hemos encontrado una y otra vez. En conmemoraciones institucionales, en cursos académicos, en tareas prometedoras y desdichadamente frustradas como la comisión, de la que era alma Olegario González de Cardenal, que, por encargo del ministro Suárez Pertierra, preparó un programa alternativo a la asignatura de religión, en obras colectivas, en ocasiones sociales entorno a una gozosa buena mesa. Tantas ocasiones de discutir, discrepar y colaborar más que coincidir. Siempre amigos.
A lo largo de tantos años pude contar con Gregorio y él conmigo. En la vida parlamentaria, en ocasiones difíciles, me apoyó frente a la insolidaridad de mi propio partido. Mas tarde, Peces-Barba, ya rector de la Carlos III, me abrió de par en par las puertas de esa universidad y si no pude aceptar sus propuestas, nunca olvidaré que solo él me ofreció la docencia universitaria. Por mi parte conseguí que fuera elegido presidente de las Cortes con el voto de la oposición, práctica desgraciadamente no siempre seguida; creo que no falté a ninguno de sus merecidos homenajes y tuve el placer de ser el primero de los firmantes de su candidatura para la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Más allá de la mutua estima, éramos, además, amigos.
Pero no es la amistad sino la verdad lo que me lleva a destacar tres grandes méritos de Gregorio Peces-Barba hacia la cosa pública. Sus correligionarios y colegas podrán, sin duda, destacar otros muchos. A mí me basta con señalar aquellos de los que fui inmediato testigo: su labor como constituyente, su actitud como presidente, su herencia como rector.
Gregorio, un ponente constitucional muy importante. Toda la Constitución, desde los valores superiores proclamados en el artículo 1 hasta la generalización potencial de las autonomías en el título VIII, lleva su huella dogmática y, se este de acuerdo o no con tal dogmática, es de justicia reconocerlo. Algunas partes, como la declaración de derechos del título I, cuya fecundidad ha demostrado la práctica jurisprudencial son, fundamentalmente, obra suya. Otras, como la referente al Poder Judicial, que la práctica no ha demostrado tan acertadas, también. Y el constituyente de 1978, a lo largo de más de tres décadas demostró una ejemplar fidelidad a la propia obra. Un profundo sentimiento de lealtad a la Constitución y a todas sus instituciones.
Gregorio, como presidente del Congreso entre 1982 y 1986, solemnizó y formalizo, si cabe hasta el exceso y, siguiendo a su antecesor Lavilla, dignificó sobremanera la vida parlamentaria. Fue un presidente especialmente respetuoso de los derechos de la oposición que en muchas ocasiones sirvió de contrapeso a las tentaciones de omnipotencia propia de las mayorías absolutas.
Al abandonar la primera línea de la vida política, Gregorio fue decisivo a la hora de configurar una universidad ejemplar. La Carlos III de Madrid.
Todo ello bastaría para terminar esta necrología repitiendo las palabras del poeta: “Y aunque la vida murió, harto consuelo nos dejo con su memoria”. Pero yo prefiero volver al comienzo de estas líneas subrayando de nostalgia las palabras: Gregorio y yo éramos amigos.
Miguel Herrero de Miñón
24 Julio 2012
Un referente obligado entre los padres de la Constitución
Conocí a Gregorio Peces-Barba en sus años universitarios, cuando ambos desarrollábamos tareas europeistas. Desde la facultad de Derecho de la Universidad Complutense, donde él ostentaba representaciones corporativas, y desde la Asociación Española de Cooperación Europea (AECE), en la que yo trabajaba como secretario general, organizamos una conferencia sobre la Convención Europea de Derechos del Hombre a la que habíamos invitado al representante del Consejo de Europa, P. Modinos, quien por alguna razón que se me escapa fue vetado por la Dirección General de Seguridad y a punto estuvo de imponérsenos una sanción gubernativa por aquel «desafío» al sistema político franquista.
Gregorio se incorporó más tarde a la AECE, figurando en su junta directiva y pronunciando diversas conferencias en actos que siempre producían un notorio malestar gubernativo. Su defensa brillante de la promoción de los derechos humanos y su dedicación en actividades académicas al referido tema pronto le llevaron a tener una autoridad indiscutida en la defensa de los derechos fundamentales, llegando a ser incorporado al Centro de Derechos Humanos de Estrasburgo.
Su vocación política le llevó a participar en numerosos intentos de coordinación democrática, siendo uno de los convocantes en la reunión celebrada en Los Molinos para intentar el reagrupamiento y unificación de una naciente democracia cristiana no colaboracionista. Fracasado aquel intento no cesó en sus actividades políticas y, con Joaquín Ruiz-Giménez y otros cuantos jóvenes demócratas, participó en la fundación de la revista Cuadernos para el Dialogo, referente destacado en aquellos años de la pretransición .
Su evolución política posterior le llevó a participar de forma destacada en el grupo socialista que se hizo con la titularidad internacional en el Congreso de Suresnes, donde Felipe González fue nombrado secretario general de PSOE. Gregorio pronto se destacó dentro de las filas del socialismo español y su palabra fácil, talento organizativo y vocación política le llevaron a ocupar cargos de responsabilidad y dirección.
En las primeras elecciones democráticas de 1977 fue elegido diputado y portavoz del Grupo Parlamentario Socialista, participando como tal en las reuniones de la Junta de Portavoces que me correspondió dirigir durante el periodo constituyente.
Al ser elegida la Comisión Constitucional que debía preparar el proyecto de Constitución y someterlo al pleno de las Cortes, fue designado como uno de los ponentes redactores de la Carta Magna, dedicándose intensamente a este trabajo con un protagonismo notorio y manteniendo las posiciones del grupo socialista que consideraba adecuadas dentro de las discusiones de la ponencia.
Con los naturales altibajos se fue desarrollando el trabajo de la ponencia, y en un momento determinado los ponentes decidieron reunirse en el parador de Gredos para intentar conciliar las posiciones más divergentes. En estas reuniones no participó Peces-Barba a partir del día 8 de marzo de 1978, precisamente en las que se estudió el Título VIII, relativo a la comunidades autónomas, la disposición adicional, así como las transitorias y finales, la reordenación sistemática del anteproyecto y la revisión de algunos artículos pendientes.
Realmente hay una cierta oscuridad respecto a los motivos que decidieron la retirada del ponente Peces-Barba, puesto que si las razones aducidas fueron las divergencias existentes en torno a problemas como la educación, la cuestión religiosa, la libertad de empresa y la economía de mercado, no se entiende bien por qué su ausencia –tal como refleja el escrito de la ponencia- tuvo lugar sobre todo durante la discusión del tema autonómico.
Probablemente sea una hipótesis más cierta si consideramos que el PSOE pretendió mantenerse en posiciones de retaguardia respecto de la autonomías, que sin duda fue el punto más conflictivo para el partido gubernamental, y del que hoy en alguna medida sufrimos las consecuencias.
Integrado posteriormente a la ponencia y participando de forma destacada tanto en las reuniones de la Comisión Constitucional como luego en el pleno del Congreso, Gregorio Peces-Barba es un referente obligado a la hora de enumerar a los padres de la Constitución.
Después de su protagonismo en la etapa constituyente, con sus aceradas criticas al partido gubernamental, que sin duda forman un capítulo apasionante de la crónica parlamentaria, al llegar el PSOE al poder, en diciembre de 1982, Peces-Barba fue elegido como presidente del Congreso de la primera legislatura socialista. El Gregorio presidente, más reposado, tolerante e integrador, dirigió una etapa parlamentaria significativa.
No debemos olvidar su decisión –al principio no muy bien aceptada- de prohibir fumar dentro del hemiciclo, para preservar las pinturas que figuran en el techo del mismo y proteger la salud de Sus Señorías.
Con independencia de esta vocación política, que le llevó a ser una figura del parlamentarismo democrático, cabe destacar su vocación académica, antes referida, que culminó al ser designado como Rector de la Universidad Carlos III, la cual ha conseguido un prestigio notorio.
Con su muerte, Gregorio Peces-Barba deja un gran vacío entre sus correligionarios socialistas y sin duda un hueco entre los amigos que le estimábamos.
24 Julio 2012
Un ilustrado del siglo XX
La muerte de Gregorio Peces-Barba supone una pérdida irreparable que nos debilita a todos. Especialmente ahora, cuando España sufre y resiste con grandes sacrificios el cerco de una crisis despiadada, que hiere nuestra prosperidad, erosiona la concordia y socava la confianza en nosotros mismos como país. Perder un padre de la Constitución, un político propicio al diálogo y un universitario que nunca bajó la guardia apasionada del conocimiento, dañan profundamente el substrato simbólico que cimienta nuestra democracia desde la Transición.
Sin Gregorio Peces-Barba se agrava el peso de la fatiga cívica que prende en el ánimo de tantos. Lo hace porque, con su desaparición, nuestra sociedad se queda un poco más huérfana de referentes intelectuales y políticos desde los que afrontar con responsabilidad, sentido de Estado, moderación y sensatez la difícil coyuntura que nos toca vivir. No solo porque se apaga el testimonio vivo de uno de los protagonistas que hicieron posible la superación de la confrontación de las dos Españas, sino porque su fallecimiento contribuye al olvido progresivo de la voluntad de entendimiento generacional sobre la que se construyó la democracia del 78.
Nuestro país tiene por delante un escenario en el que no puede quebrarse la paz social ni prender la desesperanza frente al futuro. Hemos tenido éxito como país y tenemos que ser fieles a esta convicción. Mucho nos ha costado llegar hasta aquí como para que ahora se desdibuje nuestra insistencia en reconocernos como lo que somos: una gran nación que ha materializado, a partir de la Constitución, todos los anhelos colectivos que, desde las Cortes de Cádiz, quedaron pendientes de realizarse generación tras generación. De hecho, todos tenemos la obligación de contribuir día a día a que perduren el espíritu de conciliación, diálogo y respeto hacia el otro que hacen posible nuestra civilización democrática, ya que en la vivencia de estos valores nos sentimos todos como parte de un mismo proyecto.
Gregorio Peces-Barba creía en ello y siempre defendió estos principios. Más allá de las discrepancias, que nunca las ocultaba porque creía en la fortaleza crítica de la democracia y el pluralismo que la sustenta, defendió el valor ético intrínseco que nace del respeto a la ley como expresión de la mayoría y a los derechos que amparan la dignidad de la persona, bien cuando actúa a título individual como colectivamente.
Su visión de la política se alimentaba de un fuerte componente ético de servicio público y defensa del interés general. En sus ideas se conciliaba la herencia de lo mejor del liberalismo y lo mejor del socialismo, a la manera de pensadores como Harold Lasky, Hans Kelsen o Julián Besteiro. De ahí que siempre exigiera a los políticos una épica cívica que fuera capaz de sobreponerse enérgicamente frente a las dificultades que impone la realidad y, de paso, ilusionar y concitar el espíritu de superación y progreso que debe impulsar a los pueblos cuando se enfrentan a retos en los que se forja su carácter e, incluso, se pone en cuestión su vocación democrática.
Tal es así que estoy seguro de que en estos difíciles momentos de zozobra colectiva por los que atraviesa España, asumiría a pies juntillas aquello que afirmaba Manuel Azaña en medio de la riada que se llevó por delante la II República: “Tener miedo es humano, y si usted me apura propio de hombres inteligentes. Pero es obligatorio dominarlo cuando hay deberes públicos que cumplir”.
Hijo del bando republicano represaliado por el franquismo, inició su carrera académica de la mano de Joaquín Ruiz-Jiménez con una tesis doctoral sobre Jacques Maritain y el personalismo. Vinculado tempranamente a Izquierda Democrática, soportó la hostilidad de la dictadura y se enfrentó a ella desde la práctica de la abogacía y su militancia clandestina en el PSOE. En tan difícil educación sentimental fraguó su personalidad de jurista que trató de conciliar la política y la academia. No siempre lo logró y algunos claroscuros y controversias provocaron su intento de armonizar ambas vocaciones. Con todo, hay que reconocer en él su empeño por ser fiel, con mayor o menor fortuna, al intento de materializar aquel ideal de justicia que tan plásticamente dibujó su admirado Ihering en la Lucha por el derecho. Pero de todas las facetas personales que acompañan su biografía la más importante fue, sin duda, la de universitario, tanto en el papel de docente como en el de investigador.
En realidad, su pasión más importante radica en el conocimiento, que interpretó bajo coordenadas ilustradas y dentro de un proyecto regeneracionista de hondas raíces krausistas. Sería prolija la enumeración de sus obras y las líneas de investigación que desarrolló durante su vida científica. Localizada sobre el estudio de los derechos humanos y la fundamentación ética de una teoría positivista de la justicia, ha aportado a la filosofía del derecho español una dimensión de extraordinario reconocimiento dentro y fuera de nuestras fronteras. Admirador de Kelsen, Bobbio y Dworkin, deja tras de sí una escuela de discípulos de primer nivel investigador que han continuado las inquietudes intelectuales de su maestro.
Fruto de su larga dedicación académica es la plasmación de la Universidad Carlos III de Madrid, como una universidad pública de calidad donde la excelencia en la docencia y la investigación han supuesto un auténtico revulsivo para la vida universitaria de nuestro país. Quizá su mayor legado, y el más querido por él, sea este. De hecho, quien desee palpar los anhelos intelectuales de Gregorio Peces-Barba debe asomarse a los campus universitarios de Getafe y Colmenarejo, donde el siempre anhelado equilibrio entre la política y la academia, que acompañó toda su vida, cobró por fin una forma definitiva al plasmar un espacio público en el que la pulsión del Sapere aude! kantiano que marcó su apetito de saber logró expresarse como un proyecto racional y ponderado de servicio público, que miles de universitarios españoles han hecho suyo.
Estoy seguro de que su ejemplo cívico prenderá en todos ellos, mientras muchos, desde la discrepancia, echaremos en falta sus críticas casi siempre bien fundadas. Ojalá que el diálogo fluido que este país necesita más que nunca al defender la cosa pública no se resienta. No nos merecemos perder la fortaleza de nuestra unidad como pueblo. Y es que, como pensaba Gregorio Peces-Barba: la diferencia respetuosa y sincera nunca podrá debilitar la comunidad democrática si existe la voluntad de querer compartir un horizonte común de dignidad colectiva.
José María Lassalle