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Muere Ignacio Sotelo, catedrático de sociología y miembro de la corriente ‘Izquierda Socialista’, el sector marxista del PSOE

HECHOS

El 30 de junio de 2020 se hizo público el fallecimiento de D. Ignacio Sotelo.

30 Junio 2020

Ignacio Sotelo, la vocación intelectual antes que la política

Antonio García Santesmases

Muchas son las dimensiones que se pueden analizar al recordar la trayectoria de Ignacio Sotelo (Madrid, 1936), el amigo que nos ha dejado; entre ellas me parece que una de las más significativas es la tensión que vivió entre España y Alemania. Catedrático de Sociología en la Universidad libre de Berlín y colaborador en EL PAÍS. Dos públicos distintos, dos tareas distintas.

40 años de colaboraciones periodísticas en las que son muchos los temas que trató: desde los primeros artículos sobre la transición a la democracia hasta los últimos sobre la emergencia de los populismos. En la hemeroteca digital del periódico aparece la historia de una vida. Leer y releer estos artículos es el mayor homenaje que podemos hacerle para sentir que sigue entre nosotros; que no se ha ido del todo; que nos sigue iluminando e indignando desde aquellas tribunas que muchos devorábamos para seguir aprendiendo y polemizando con él.

Ignacio Sotelo, estudiante antifranquista, admirador y colaborador político de Dionisio Ridruejo y discípulo de José Luis Aranguren, fue encarcelado y procesado por el franquismo y decidió exiliarse en Alemania para iniciar allí una nueva vida. Vivió la Alemania de Adenauer, el congreso socialista de Bad Godesberg, la creación del Muro de Berlín, la gran coalición de 1966 a 1969 y la llegada de Willy Brandt a la cancillería. Son años en los que Sotelo se centra en estudiar el desarrollo del marxismo, las contradicciones del leninimo, el pensamiento de Sartre y la sociología en América Latina.

Llega la Transición y Sotelo se incorpora a la vida política activa. Llega a secretario de Cultura de la Comisión Ejecutiva Federal del PSOE en septiembre de 1979. Parecía que comenzaba una vida política institucional, pero había algo en su personalidad que le impedía ajustarse al papel que se espera de un profesional de la política; su vocación intelectual podía más. En cuanto tuvo oportunidad, en 1981, abandonó la Comisión Ejecutiva y se mantuvo en una posición de acompañamiento crítico a aquellos años del PSOE en el Gobierno.

Los títulos de sus libros resumen una época. En 1980, El socialismo democrático; en 1986, Los socialistas en el poder, y en 1994, El desplome de la izquierda. En las tres obras aparece el diseño de lo que tenía que ser un proyecto socialista a la altura de los tiempos; para pasar al análisis de las luces y las sombras de los años de Gobierno, y concluir con las esperanzas perdidas y las ilusiones abandonadas tras la caída del muro de Berlín, la unificación alemana y la desaparición del Pacto de Varsovia. Más allá del análisis geopolítico —que le apasionaba— y en el que era un maestro, Sotelo estaba obsesionado con fundamentar su análisis en una obra de más largo alcance.

De esa preocupación surge El Estado social (2010), el libro al que dedicó más esfuerzo. En la obra aparece el análisis del nuevo modelo de capitalismo, de las nuevas formas de desigualdad y de las nuevas formas de contestación. El lector encontrará en la obra la sabiduría acumulada durante muchos años de lectura, de reflexión y de discusión. En la obra aparecen Weber y Keynes, sin olvidar el recuerdo a Walter Benjamin y la relevancia de Jurgen Habermas.

Todas estas referencias podrían hacer pensar que Sotelo opera, como tantos académicos, conocedores de la filosofía alemana e ignorantes sobre su propia circunstancia. No fue su caso. Su obra A vueltas con España (2005) muestra la preocupación por no olvidar nunca a sus interlocutores españoles Aranguren, Ridruejo o Pedro Laín, a todos los cuales dedicó certeros análisis.

En este resumen apresurado no quiero olvidar su interés en los debates filosófico-teológicos. Asiduo a los Foros sobre el Hecho Religioso que organizaba el Instituto Fe y Secularidad; año tras año compartíamos debates coordinados por ese gran maestro que fue José Gómez Caffarena. Y ahí estaba siempre Sotelo, capaz de discutir sobre el fundamentalismo, la violencia, el mal, la muerte o el sentido de la vida. Sobre las razones del agnóstico y la agnosia del creyente. Sus reflexiones quedarían recogidas en el libro escrito con José Ignacio González Faus ¿Sin Dios o con Dios? Buena lectura también para estos tiempos de incertidumbre.

07 Julio 2020

Lúcido y valiente pensador

Jorge de Esteban

«Por más que lo repitamos, nunca será suficiente. Estos días, deprisa y en silencio, entre estertores que no oímos y sin homenajes, se nos muere una gran parte de la mejor generación en España y en toda Europa. Quizá uno a uno no fueran tan especiales ni muy distintos a cualquiera de nosotros. Colectivamente, sin embargo, tuvieron que soportar una guerra o una posguerra y unos largos años de pobreza y reconstrucción. En ciertos casos, como el español, carecieron de libertad durante décadas».

Estas magníficas palabras de Enric González sobre la generación que podríamos denominar de la posguerra o de la Transición, definen certeramente a este conjunto de personas que nacieron entre 1930 y 1950. Pero naturalmente en esa generación destacaron ciertas personalidades que fueron las que encauzaron a los españoles demócratas para conseguir la mejor España que hemos disfrutado en los dos últimos siglos, sin desechar, claro está, los defectos que también estamos pagando por no haber sabido reformar los errores, que los hubo desde el principio de la Transición. Pues bien, uno estos preclaros españoles que contribuyeron al éxito de esta época de la historia de España fue Ignacio Sotelo, que falleció el 30 de junio en Madrid, dejando a su mujer alemana y a muchos amigos españoles, alemanes y latinoamericanos desolados por su pérdida.

Ignacio Sotelo nació en la capital española al comienzo de la Guerra Civil. Realizó el bachillerato en el Liceo Francés, circunstancia creo que decisiva para que realizara su tesis doctoral sobre el intelectual francés más influyente de esa época, Jean Paul Sartre, pero que leyó en la Universidad de Colonia, dirigida por el profesor Ludwig Landgrebe y que Tecnos publicaría en 1967. En la Universidad complutense realizó dos licenciaturas: Derecho y Filosofía y Letras, materia que prefirió a la jurídica en parte gracias a su amistad con José Luis López Aranguren, lo que le conduciría a su verdadera vocación, que fue la sociología. Disciplina en la que brilló dando clases en Latinoamérica primero, después en Alemania, donde obtuvo la cátedra de esa materia en la Universidad Libre de Berlín, y a partir de 1990 en la Universidad Autónoma de Barcelona, que también le contrató como catedrático prestigioso que era.

Sotelo no fue un político vocacional, aunque formó parte de la Comisión Ejecutiva socialista, después de haber pertenecido brevemente al partido fundado por Dionisio Ridruejo. Siempre perteneció al PSOE, especialmente a la tendencia de Izquierda socialista, pasando en la cárcel un cierto tiempo. Publicó cerca de una docena de libros, pero además su influencia se dejó notar fundamentalmente en los periódicos en que colaboró: Diario 16, primero, y, en especial, El País, donde tiene artículos magistrales. Decía Bertrand Russell que los intelectuales y científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible, mientras que los políticos pugnan por hacer imposible lo posible. Y este fue precisamente el caso de Sotelo. Para comprobarlo no hay más que leer sus libros y artículos de prensa, en donde se comprueba que antes que socialista era un intelectual y un demócrata. Me limitaré para demostrarlo a citar algunas de sus ideas desarrolladas en sus artículos. Profetizó que en España la partitocracia se comería a la democracia, que desaparecería el régimen de la separación de poderes, que los regímenes caen porque no se hacen las reformas necesarias a su tiempo, que la descentralización política se acabaría desmadrando por haber concedido demasiadas competencias a las comunidades autónomas, y que Podemos es una falsa alternativa revolucionaria que garantiza más represión.

Para acabar, contaré una anécdota que lo define. Cuando estaba estudiando en Alemania, se inscribió en un pequeño grupo socialista de Colonia y, al mismo tiempo, entró también en el SDS (Estudiantes socialistas alemanes). Günter Grunwald, directivo de la Fundación Ebert, concedió dos becas a españoles, la primera al que luego sería embajador en Alemania, Eduardo Foncillas, y otra a Ignacio Sotelo. En el Congreso de Bad Godesberg, en 1959, la rama de los estudiantes se separó del SPD a causa del nuevo programa más moderado. Entonces Grunwald llamó a Sotelo para convencerle de que el partido era partidario de defender «tanto mercado como sea posible, y tanta planificación como sea necesaria» para avanzar democráticamente hacía el socialismo. Ante esa exposición, Sotelo le preguntó que si no dejaba la sección de estudiantes cuándo perdería la beca. Grunwald le respondió que, según sus normas, la Fundación había concedido la beca a un superdotado, comprometido políticamente, pero que un día rompería sus ataduras con el marxismo y se convertiría en un buen socialdemócrata. Finaliza Sotelo: «Ni que decir tiene que mi lenta conversión a la socialdemocracia comenzó en aquel momento y sigo vinculado a una fundación que hoy indaga qué tipo de democracia sustituirá a aquella que ha acabado su ciclo».

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