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Mezclaba una línea ideológica radical con una forma de expresarse muy moderada prescindiendo de gritos o descalificaciones tan habituales en otros comunistas

Muere Julio Ánguita González, ‘el califa rojo’ que lideró el comunismo español entre 1988 y 2000

HECHOS

El 16 de mayo de 2020 falleció D. Julio Anguita González.

16 Mayo 2020

Julio y el hilo rojo

Alberto Garzón Espinosa

Anguita aspiraba a que la política se convirtiera en el arte de la deliberación racional, del legítimo choque de ideas del que saldría triunfante la posición correcta

En cierta medida, Julio Anguita no era de este mundo. Al menos no del mundo de la política actual: ese ecosistema inundado de gritos, aspavientos, hipérboles, demagogia y descalificaciones que ahoga nuestro día a día. El estilo con el que Julio transmitía siempre fue otro: el de la pedagogía, la explicación detallada y la discrepancia respetuosa. Y armado con esos instrumentos y con un profundo bagaje de cultura general, él se adentró con convicción en la gigante tarea de cambiar este mundo de base. No es poca cosa.

Este no es lugar para repasar apresuradamente su compleja y completa biografía política. Hay registros suficientes en los libros que escribió –solo o acompañado– así como en las crónicas políticas de las últimas décadas. Sin duda, siempre es buena idea leer sus textos y escuchar sus discursos, los mismos que animaron a miles de personas a interesarse por la política. A contribuir a mejorar este país. Entre ellos, al que escribe estas letras: le debo a Julio haberme convencido, sin él saberlo, de militar en el Partido Comunista de España. Cuando bastantes años más tarde se lo recordé, me contestó con su acidez habitual: “A mí no me eches la culpa de eso, carga tú solo con esa responsabilidad”.

Aquella responsabilidad creció de manera exponencial cuando nuestros compañeros me eligieron para ocupar el cargo que él en otro tiempo había ostentado, el de coordinador general de Izquierda Unida. Era comprensible sentirse pequeño a su lado. Siendo Julio coordinador, contribuyó de manera mucho más que notable a dignificar la política. Su elocuencia era manifiesta, pero sobre todo destacaba de él el fuerte apego a los valores y a los principios de la izquierda cívica, democrática y comunista. Él era un profesor, un hombre de virtudes republicanas que nunca dejó de querer aprender y tampoco de querer enseñar.

Aunque los problemas del corazón le alejaron de la primera línea política, Julio siguió siendo un referente principal en este país. Desde esa posición más sosegada, “de retaguardia” como a veces gustaba de decir, impartía enseñanzas a través de sus artículos, de sus apariciones en prensa y de algunos pocos actos públicos que hizo en los últimos años. Incluso participó en algún que otro mitin electoral, apoyando a Izquierda Unida y más tarde a Unidas Podemos. Todavía hace unos pocos días nos mandaba ánimos a quienes ahora estamos en el Gobierno y nos recordaba que lo más importante, “lo prioritario”, era la construcción de una sociedad civil activa y formada, capaz de frenar a la extrema derecha y de alumbrar una nueva sociedad que hiciera del cumplimiento de los derechos humanos el eje de todo proyecto político. Ese era su objetivo.

Julio aspiraba a que la política se convirtiera en el arte de la deliberación racional, del legítimo choque de ideas del que saldría triunfante la posición correcta. Sin embargo, no era un hombre ingenuo y su paso por la política activa le había proporcionado suficientes enseñanzas como para reconocer que su ideal distaba mucho de parecerse a la realidad. A mí personalmente me alertó de las eternas disputas internas en los partidos, de los documentos congresuales que se aprueban y no se cumplen, de las banderas que se usan para enfrentar a los pueblos olvidando las clases sociales y del negativo papel que en la formación ciudadana tenía cierto embrutecimiento mediático. Sabía que necesitábamos fomentar en la sociedad el pensamiento crítico, alimentar la curiosidad innata que tenemos todos por aprender cómo funciona el mundo y, sobre todo, quería estimular la capacidad de los de abajo para movilizarse frente al abuso de los de arriba. Su causa era una causa justa.

Julio siempre tuvo muy identificados los riesgos de quiebra de nuestra sociedad. Desconfió de la modernización española de los años ochenta, a la que supo reconocer sus aciertos, pero a la que no perdonó sus errores. Su visión crítica del proyecto europeo resuena hoy como un eco terrible sobre las realidades cotidianas de los pueblos del sur. La lucha de Julio contra el neoliberalismo europeo ha sido y será, sin duda, uno de los ejemplos más evidentes de su propia lucidez. Él no era adivino, sino un hombre inteligente que supo rodearse de gente inteligente. Por eso Julio se alzaba sobre todos los demás con el uso del entendimiento, sin dogma alguno. Y la gente le escuchaba; le escuchábamos. Incluso sus más fervientes críticos sabían reconocer en él su firmeza y capacidad; infundía respeto.

Conviene recordar que Julio nunca sacralizó nada. No lo hizo con su partido, pues detestaba el patriotismo de siglas, aborrecía de los continuos idus de marzo que tenían lugar dentro de las organizaciones, y prefería la lealtad a las ideas y a la razón. Pero tampoco sacralizó su propia figura y dedicó muchos esfuerzos a estar alerta frente a ese riesgo. Ni siquiera le gustaba que le pidieran hacerse una foto con él y no en pocas ocasiones respondía con sequedad que no era un cantante de rock. Él, Julio Anguita, era un servidor público. Nada más y nada menos. Y gracias a eso es un ejemplo que deberíamos ser capaces de extender.

Hoy el hilo rojo de Julio Anguita se ha apagado. Estoy convencido de que, si nos pudiera ver aquí y ahora, llorando y lamentando no haber aprendido aún más de su sabiduría, nos echaría la bronca. Probablemente nos diría que ese hilo rojo tiene que continuar y que la responsabilidad de esa tarea recae en cada uno de nosotros. Sea así. Amigo Julio, allá donde estés, te queremos y te echaremos de menos. Salud y República.

Alberto Garzón es coordinador federal de Izquierda Unida y ministro de Consumo.

16 Mayo 2020

Descansa, camarada

Enrique de Santiago Romero

Julio Anguita se ha marchado, pero nos deja tantas enseñanzas que ya es eterno

Con mucha tristeza y pesar acabamos de recibir la noticia del fallecimiento de nuestro camarada Julio Anguita, sin duda el símbolo más reconocido de la izquierda en España y respetado también más allá de nuestras fronteras. Un referente por su inmensa coherencia política y personal, su honradez y sobriedad, y su claridad de ideas. Julio es el padre político de varias generaciones de demócratas y gentes de izquierda, patrimonio de todas ellas y, en especial, de todas las personas que se sienten comunistas en nuestro país.

La hoja de servicios de Julio con su pueblo es inagotable: alcalde de Córdoba, secretario general del Partido Comunista de España, coordinador general de Izquierda Unida, fundador del Frente Cívico… y profesor. Maestro de niños, niñas y jóvenes con los que ejerció el magisterio por profesión y vocación. Y maestro por dedicación, por compromiso político, de millones de personas que hemos aprendido con sus propuestas y tesis a la vez que hemos disfrutado con sus vibrantes y lúcidos discursos. Sin duda alguna, Julio Anguita ha sido el mejor secretario general que nunca haya tenido ni podrá tener el Partido Comunista de España.

Julio ha sido una persona coherente, fiel a sus principios y opiniones, capaz de defenderlos con vehemencia y a la vez debatirlos pedagógicamente, sin histrionismos ni clichés, con sólidos argumentos históricos, económicos. Nunca fue un hombre ortodoxo. Fue radical, porque buscaba las raíces de los problemas para aportar soluciones viables. La coherencia también lo acompañó a lo largo de su vida, acreditando cada día con sus actos que la felicidad no depende de lujos ni de bienes materiales, sino de la forma como cada quien se relaciona con sus semejantes, que el bienestar depende de poder disfrutar de derechos y no de la ostentación o el derroche.

Su defensa del programa político como eje de cualquier construcción de unidad popular es hoy un principio incuestionable para la izquierda española. Su amor por la paz y su desprecio por quienes la destruyen —“malditas sean las guerras y quienes las hacen”— es otro de sus legados, tan profunda seña de identidad que ni se permitió suspender la conferencia que comenzaba a impartir cuando conoció la única noticia que nunca debiera recibir un padre: la muerte de su hijo Julio, corresponsal de guerra, durante la invasión de Iraq por Estados Unidos. Y hoy se percibe claramente lo acertado de su insistente reivindicación del debido cumplimiento y respeto a todos los contenidos de la Constitución española que reconocen los derechos sociales de los españoles y españolas y la necesaria soberanía económica de nuestro país.

El líder de la izquierda que más apoyos ha concitado desde la Transición española hasta el inicio de la última crisis económica en el año 2008, se convirtió en el objetivo a batir por parte de la oligarquía que siempre ha mandado en nuestro país, y que no puede soportar la perspectiva de perder sus inmensos privilegios. Julio fue a finales de la década de los 80 del pasado siglo el político más valorado por los españoles, por distintos factores, pero sobre todo por su valentía para denunciar lo evidente: que Maastricht traería el quiebre del aún incipiente Estado social que nuestra Constitución recogía. La desmesurada campaña de desprestigio y ataques desatada contra su persona —para acabar con la difusión de su coherente mensaje— provocó daños irreparables en su corazón que terminaron por apartarlo de la vida política activa. Desde entonces, Julio ha arrastrado una “mala salud de hierro” que no le ha impedido seguir preocupándose por su pueblo haciendo lo que más le gustaba: analizar, escribir y proponer. Hace apenas unos días nos decía respecto a la crisis social y económica desatada por la emergencia sanitaria: “Es una cuestión de responsabilidad colectiva: optar entre un futuro para la inmensa mayoría o un desastre”. Hoy Julio se ha marchado, pero nos deja tantas enseñanzas que ya es eterno. Descansa, camarada, lo tienes bien merecido. Te acompaña nuestro inmenso agradecimiento.

Enrique Santiago es secretario general del PCE.

16 Mayo 2020

Negar lo existente

Antonio Elorza

Anguita fue un orador muy eficaz, impregnando con su tono radical la retórica clásica de los políticos andaluces

Julio Anguita se presentó siempre como el heraldo de una ética de la convicción. Si dejamos de lado las orientaciones juveniles, su período como dirigente comunista fue todo un ejemplo de firme mantenimiento de una línea política, en el sentido clásico del término, inspirada en el dualismo de sus concepciones y en una plena seguridad en sí mismo. Sin la menor concesión a la galería, ni a consideraciones personales o humanitarias. Su única preocupación consistía en amartillar sus ideas, fuera sobre la masa de seguidores o sobre otros dirigentes que podían discrepar de las mismas.

Coincidí con él varias veces mientras formé parte de la dirección colegiada de Izquierda Unida, entre 1986 y 1988. Cuando a comienzos de este último año fue elegido secretario general del PCE, su ejecutoria como alcalde de Córdoba que citaba a Gramsci, tras la voluntariosa gestión de Gerardo Iglesias, parecía ser una garantía de recuperación y modernidad. Personalmente, la ducha de agua fría llegó pronto, al preguntar a los dos personajes de mayor relieve en PCE y CC OO qué pensaban sobre él. Algún tiempo después, en TVE, Anguita se encargó de marcar su distancia con el referente italiano, calificando al PCI de “florentino” (sic), y al serle cuestionada tal posición en una reunión de la presidencia de IU, dejó las cosas aún más claras: el portugués Cunhal sí que era un auténtico comunista. Entre tanto había reanudado las relaciones con el PC checoslovaco, rotas desde 1968, y con la URSS (veraneo incluido). Hacia noviembre una nueva reunión ampliada de IU, en una casa de la sierra, ante la objeción de que hablara siempre del objetivo de construir ya el socialismo, su respuesta fue tajante: programa anticapitalista, victoria electoral (¿cuándo?), nacionalización de la banca y rotunda reforma fiscal, la burguesía entonces se levanta y… Ya tenemos el socialismo. Así que ni eurocomunismo, ni Gorbachov. Volver a empezar.

Un programa de humor político de La Trinca, donde poco antes Fraga había mostrado cierta cintura, fue ocasión para que Anguita dejase claro que las campañas electorales de corte occidental le exasperaban. Hizo gala de su autodeclarada antipatía y elogió a la URSS, a pesar de que el guion le ponía las cosas fáciles al imaginar precisamente su victoria electoral.

Anguita fue antipático, pero al mismo tiempo orador muy eficaz, impregnando con su tono radical la retórica clásica de los políticos andaluces, que por las mismas fechas exhibían Felipe González y Alfonso Guerra. Siempre con pasión de fondo en las palabras, un deje intelectual y la rigidez como acompañantes. Para el mitin, estupendo. Para la discusión, peor. Su dogma no admitía la alternativa.

Hay una parte de verdad y otra de espejismo al atribuir a Anguita el auge de IU en los noventa. Supo transmitir con energía su convicción ideal a una parte notable del electorado de izquierda, perdido en 1982. También se vio favorecido por la circunstancia de que IU, diseñada y constituida antes de su llegada, encontró viento favorable tras la huelga general de l988 y el desprestigio creciente del PSOE. De este modo quedaba encubierta la base real de sus críticas. El destape tuvo lugar tras los buenos resultados en las municipales de 1995. Rebautizada como “las dos orillas” por Anguita, renacía la estrategia de “clase contra clase” de 1930, bloqueando toda alianza de izquierdas, y ello para ventaja exclusiva del PP, cuyos propagandistas lógicamente lo celebraron. Consecuencia: fracaso. Él, ni inmutarse.

Anguita se autodefine con acierto al dar sus señas de identidad políticas: anticapitalismo y negar lo existente. Esto es, actuar según sus esquemas abstractos, por simple negación de unos problemas reales cuya complejidad elude. Así, tras el fin de su gestión en 1999, por un primer golpe de la enfermedad cardiaca, el fracaso resultó inevitable e IU-PCE emprendieron un largo descenso hacia la nada.

Cuando su legado reapareció con Podemos, esa huida se vio compensada por la modernidad en la comunicación y por la adaptación oportunista del maniqueismo de fondo, ya que la clave doctrinal siguió siendo un anticapitalismo primario. Anguita ha visto así el resurgimiento de la convicción anticapitalista que definió su carrera política.

Antonio Elorza

16 Mayo 2020

ROJO HONESTO, REPUBLICANO SIN GUILLOTINA

Raúl del Pozo

El primer califa de Córdoba fue Abaderramán III y el último Julio Anguita, que sucedió a los grandes matadores, GuerritaMachaquitoManolete y El Cordobés. El gastado corazón del Oráculo de Córdoba donde canta que canta el Betis en latín, en rabino, en ladino y en arábigo, según Gerardo Diego se ha parado. Con su tono mesiánico, su empaque de profeta del desierto, fue el Bautista de Pablo Iglesias. Las gradas piden la vuelta al ruedo. Esta vez la montaña más alta no ha sido la que más ha atraído el rayo. Incluso en plena, feroz y arcaica etapa anticomunista, como la de ahora, se ha despedido el último resuello de Julio con salvas de respeto, de admiración y de afecto.

Me dice un dirigente del PCE que ese prodigio es debido a que nunca separó la ética de la política, a que le importaban más los principios que los finales, a que fue un hombre que mantuvo siempre su palabra.

La gente lo ha visto con la verdad por delante, más cerca de la honestidad de Séneca que de la dialéctica de Marx. Le ha perdonado su altanería, su toque populista como ese de decir vota al honrado, no al ladrón, aunque el honrado no tenga la hoz y el martillo.

Lo mitifican por aquel gesto un tanto demagógico de renunciar a la jubilación de señoría, apañándose con la de maestro, prólogo de la campaña podemita de las puertas giratorias. Al retirarse de la vida pública, seguía siendo uno de los guías de la izquierda de Sol que logró lo que el PCE no había conseguido nunca: estar en el Gobierno con varios ministros y un Vicepresidente.

En los últimos tiempos emprendió una labor didáctica en el Colectivo Prometeo y Unión Cívica por la República. Soñaba con la Tercera sin guillotina, como regeneración.

Siendo dirigente de IU, Julio Anguita no logró el sorpasso pero obtuvo el mejor resultado de los comunistas en esta democracia.

En Atraco a la memoria, el gran libro, al alimón, con Juan Andrade, cuenta que sus relaciones con el PSOE fueron tensas porque eran la cara amable del sistema. Reconoce que Felipe era un gran parlamentario, ducho en elipsis, regates y evasivas. «Guerra fue a visitarme cuando me operaron del corazón, y me dijo, mira Julio, tenemos que llegar a un acuerdo porque estos tíos se refería a los suyos están dispuestos a pactar con los catalanes».

Lo acusaron de montar la pinza contra el socialfelipismo pijo, aquello del Sindicato del Crimen cuando le hicimos decir a Felipe que Aznar y Anguita eran la misma mierda. José Martín Medem critica el elogio envenenado que le dedica El País, aludiendo a la pinza. «Es un continuo sí pero no», «popular, pero de carácter difícil», «coherente pero sin cintura política», «como gestor dejaba mucho que desear», «califa rojo pero coincidía con Aznar». Medem termina con el pase de pecho: «Ni muerto lo tragan».

Nació en Fuengirola en una familia militar. Su bisabuelo fue guardia civil. Su padre, subteniente del Ejército que luchó contra los maquis, la guerrilla comunista. Tiene mucho más su ideología con el anarcocomunismo bético y con las canciones de Carlos Cano que con la filosofía de la praxis.

Se casó muchas veces, tuvo amantes e hijos. Uno de ellos, Julio Anguita Parrado, héroe de EL MUNDO combatiendo en primera línea por la noticia.

IDEOLOGÍA

Tiene más que ver con el anarcocomunismo bético que con la filosofía de la praxis

RAÚL DEL POZO

16 Mayo 2020

LA LUCHA SIGUE, CONTIGO, JULIO

Felipe Alcaraz

Ha muerto Julio Anguita, compañero, camarada, amigo. Aunque todos sabemos que es un dirigente de muerte imposible. Ni siquiera es preciso recordarlo. Recordar es volver a pasar por el corazón. No hace falta, habita en él, y en nuestra cabezas de resistentes, de luchadores.

Hemos pasado luchando juntos media vida. Con nuestras diferencias, con nuestras grandes coincidencias. Ajustando las tácticas y consolidando las estrategias. Sobre todo desde que concebimos Convocatoria por Andalucía, que fue la condición de posibilidad de la fundación de Izquierda Unida. Pero no solo él y yo, sino muchos y muchas más, que ahora andarán por ahí conmocionados.

El cuaderno de memoria nos dice que era la batalla por organizar un sujeto histórico múltiple, plural, al que no había que preguntar, en cada caso, de dónde venía sino adónde iba. Y solíamos repetir la pregunta de un personaje de Alicia en el País de las maravillas en una encrucijada: «¿Por qué camino hay que tirar?». Y la respuesta: «Depende de adónde quieras llegar». Y esa llegada estaba clara, de ahí las grandes coincidencias, basadas en otro modelo de gobierno, de estado y de sociedad. No trabajábamos fundamental-mente (sin despreciar nada que cayera a favor de los explotados) por cositas, sino que la lucha se hacía desde el imaginario de otra sociedad. Y era una lucha con la gente, siendo gente, sin despreciar a nadie, conociendo la fuerza de la ideología dominante (que es siempre la ideología de la clase dominante). Por eso, a su lado, siempre se trabajaba, como dijo Pasolini, amando el mundo que odiábamos. Sabiendo que el cambio o se hacía con la gente, con democracia participativa, o no tendría sentido. Y esa era la filosofía de fondo de Convocatoria por Andalucía.

Un dirigente que no podía desligar la ética y la ejemplaridad de la política. Exteriormente frío, y a veces distante, pero que se sabía herido desde el principio por los problemas. Sabía, como los grandes, representar a la gente y, también, ser gente. Y ya nos preparábamos para transformar lo que se viene conociendo como nueva normalidad en otra normalidad, como una normalidad que no podía regresar a las causas que nos han traído hasta aquí. Y por eso hay que decir lo que a él le hubiera gustado escuchar: la lucha sigue. Contigo, Julio. El mundo va a cambiar de base.

FELIPE ALCARAZ

16 Mayo 2020

Julio Anguita: el faro que guiaba cuando dejó de brillar

Antonio Maestre

"La muerte de Julio Anguita acaba con uno de los últimos referentes que la nueva izquierda mantenía hasta desde la discrepancia"...

La mejor y más breve semblanza que se pudo escribir sobre Julio Anguita la realizó Manuel Vázquez Montalbán en un viaje a Córdoba para presentar un libro del dirigente comunista. El escritor del Raval quedó fascinado del vasallaje que a Anguita le proferían hasta los miembros de la oposición: “Anguita es un hombre de suficiente estatura, ligero de estructura, pero con estructura, dotado de una mirada oscura y profunda de profeta, ojeras de místico y barba de personaje de drama de Camus. Su lenguaje suena a socialismo utópico, que fue el primer socialismo que hubo y probablemente el último que habrá”.

La muerte de Julio Anguita acaba con uno de los últimos referentes que la nueva izquierda mantenía hasta desde la discrepancia. El “Califa” era respetado y su voz escuchada sin importar si lo que expresaba era compartido, una voz de autoridad de las que no suelen existir en vida. Su ejemplo vital, su compromiso hasta el final con unas ideas y su rigor de comportamiento hicieron de su figura el mayor referente comunista de las últimas décadas. Puede que el único al que asirse en época contemporánea cuando el desconcierto asolaba.

Anguita comenzó a guiar con más certeza desde su atalaya de conocimiento cordobesa cuando su luz política empezó a apaciguarse. El faro que empezó a guiar la conciencia de la izquierda cuando dejó de brillar en la primera línea de combate. Un sabio al que acudir pidiendo consejo cuando la niebla empañaba el discernimiento.

El tiempo le hizo ganar adeptos incluso entre aquellos que se dejaron engatusar por la trampa de la pinza con José María Aznar contra Felipe González. Ayudó para mirar con perspectiva la deriva del presidente de la chaqueta de pana hacia postulados próximos a las élites y la firmeza y persistencia en sus convicciones y valores del viejo zorro comunista.

Nunca cejó en buscar líneas de pensamiento y estrategias que ayudaran a la izquierda a encontrar el modo de ser una herramienta útil para la clase trabajadora. Uno de los grandes valedores de la forma montalbanesca de ver la política y el partido que consistía en huir del partido religión y adaptarse a la situación objetiva huyendo de dogmatismos e ideas anquilosadas para servir al bien común. Algo que incluso los que críticos con las líneas que defendía siempre valoraban. Su firma siempre era algo que obligaba al lector a estudiar con especial detenimiento cualquier texto antes de responder como muestra de consideración.

Incluso cuando en sus últimos esfuerzos para mostrar un camino a la siempre desconcertada izquierda buscó líneas de pensamiento que se acercaban al rojopardismo, la veneración por su figura no desapareció. Tenía todo el derecho ganado a que pensaras que cuando discrepabas con su visión podía ser porque tú eras el equivocado. La izquierda que no desdeña sus orígenes comunistas y el valor que las ideas marxistas tienen en una sociedad que las criminaliza ha perdido un hombre que siempre las defendió con vehemencia, firmeza y rigor intelectual. Porque no hay ideas más bellas para dotarnos de una sociedad más justa que aquellas a las que dedicó su vida Julio Anguita.

23 Mayo 2020

Homenaje

Fernando Savater

La calidad humana de Anguita cuenta ahora más que su comunismo

Hace bastantes años tomé un taxi en Barajas y durante el trayecto a mi casa recibí una demoledora soflama política. Según mi espontáneo predicador, todos los políticos del momento —que repasó inmisericorde de uno en uno— eran mentirosos, enredadores, sólo pensaban en sí mismos y se burlaban del pueblo trabajador. La única excepción era Julio Anguita: íntegro, veraz, insobornable, preocupado por los humildes… Rompí mi silencio abrumado para decir que ese retrato podía ser muy cierto pero que por lo visto la gente se resistía a votar al recto varón. El chófer gruñó, algo ofendido: “Oiga, que yo tampoco le voto, ¿eh?”. Un admirador desinteresado.

Hoy se honra la memoria de Julio Anguita por dos motivos: su honradez y la fidelidad a sus ideales comunistas. La primera es una virtud sin contraindicaciones. Anguita no buscó su lucro personal —ni siquiera lícito— en los cargos públicos y a la hora de su retiro de la escena política sólo quiso ser maestro, lo cual no es una opción modesta sino de orgullo bien entendido: se puede sin duda cobrar más que siendo maestro, pero no ser más… ni mejor. En cambio la fidelidad a los ideales sólo es virtuosa según cuales sean. Si Adolfo Suárez o Borís Yeltsin demostraron virtud política fue traicionando sus ideales, no sirviéndolos. Es cierto que a pesar de las enseñanzas de la ciencia y la historia hay quien cree en los beneficios de la astrología, la homeopatía o el comunismo, pero no merecen elogio por ello. Sobre todo si ocupan cargos que pueden verse pervertidos por tales supersticiones. La calidad humana de Anguita cuenta ahora más que su comunismo, pero preocupa que otros menos íntegros aunque igualmente obcecados tengan el encargo de reconstruir nuestro maltrecho país. Quizá esa fuese también la opinión del taxista…

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