24 agosto 1998

Jorge Semprún le situó como cómplice de crímenes de la etapa stalinista

Muere Manuel Azcárate Diz veterano dirigente del PCE que pasó de hombre de Carrillo en la etapa más oscura del partido a acabar expulsado por enfrentarsa a él en la etapa democrática

Hechos

Falleció el 24 de agosto de 1998.

Lecturas

D. Manuel Azcárate Diz fue un hombre fiel al secretario general del PCE D. Santiago Carrillo Solares durante la dictadura franquista. Según D. Jorge Semprún Maura el Sr. Azcárate Diz era cómplice de los episodios más oscuros de D. Santiago Carrillo Solares al frente del PCE.

Durante los años de la Transición el Sr. Azcárate Diz siguió sinendo un hombre de confianza del Sr. Carrillo Solares hasta que llegó el congreso de 1981 en el que comenzaron a evidenciarse las diferencias que finalizaron con su expulsión del partido. Desde entonces el Sr. Azcárate Diz se acercó a la órbita del PSOE.

26 Agosto 1998

Comunista trabajador, discreto y expulsado

Justino Sinova Garrido

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Manuel Azcárate aparentaba ser un funcionario aplicado. En los inicios de la Transición, en 1976, cuando regresó a España, nadie habría reconocido en él a un comunista de los que luchaban contra Franco. Su hablar pausado, sus ademanes discretos y su indumentaria de burgués le permitían pasar de incógnito. Su discreción debió de contribuir a que fuera poco conocido a pesar de haber estado en la dirección del PCE, siempre junto a Santiago Carrillo, hasta el día de la ruptura. En la foto de uno de los sucesos principales del PCE en la Transición -la rueda de prensa clandestina de Carrillo en Madrid el 10 de diciembre de 1976- aparece en su papel: junto al jefe y sin parecer que está. Se le ve a la izquierda del secretario general, sentado, con sus gafas de concha y su calva extensa. Como Carrillo está de pie, los ojos esquivan a Azcárate y se hacen más presentes quienes están detrás del protagonista.

Parecía gustarle ese papel de segunda fila. Por ello sorprendió tanto su disputa con Carrillo, que acabó con su expulsión del PCE en 1982, como parte de un grupo de renovadores. De pronto, Azcárate, que había dedicado su vida al PCE desde 1934, se quedaba en la calle ante la indiferencia y la severidad de su jefe de siempre. La expulsión del PCE, que le llegaba cuando contaba 66 años, cerraba el curso de una vida iniciada en las antípodas, en la Institución Libre de Enseñanza, donde comenzó su educación. También estudió en Ginebra, y luego, en la Universidad de Madrid, estudios de Derecho y de Economía. Era de familia notable en la política y en la intelectualidad. Su padre, diputado reformista, fue embajador en Londres del Gobierno de la República. Abuelo suyo fue el catedrático de Derecho y también diputado Gumersindo de Azcárate. Su tío Justino de Azcárate fue ministro en los finales de la República y luego senador real en la Transición.

Tras la Guerra Civil se exilió a París, donde trabajó para el PCE, especialmente en sus publicaciones (Mundo Obrero, Nuestra Bandera). Residió en Rusia desde 1959, los años de la desestalinización, hasta 1964. En 1977 se presentó a diputado por León y no resultó elegido. Luego ocurrió lo de su expulsión del PCE. A partir de ahí, su firma se hizo habitual en El País, donde trabajó como editorialista. En 1994, ganó el premio Comillas de biografía con Derrotas y Esperanzas. Fue entonces cuando dijo que «el comunismo sólo puede existir para los libros de Historia. No tiene futuro».

26 Agosto 1998

Las esperanzas de un derrotado

Javier Pradera Gortázar

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Como acertadamente apuntaba ayer Cayetano López en estas mismas páginas, la vida de Manuel Azcárate (1916-1998) se inscribe prácticamente dentro del marco temporal delimitado por las fronteras de la versión abreviada del siglo XX teorizada por Eric Hobsbawm: entre las esperanzas revolucionarias despertadas por Octubre de 1917 y los coletazos de la simbólica caída del muro de Berlín en noviembre de 1989. Ese sangriento periodo, dominado en su etapa inicial por el ascenso del fascismo, explica en buena medida que un muchacho de la clase media, sobrino-nieto de Gumersindo de Azcárate y educado en los valores laicos, liberales y moderados de la Institución Libre de Enseñanza, optara en 1934 por la militancia comunista y consagrara los siguientes 47 años de su vida, con lealtad y sacrificio, a ese compromiso político e ideológico. En Derrotas y esperanzas (autobiografía galardonada en 1993 con el VII Premio Comillas de Tusquets Editores), Manuel Azcárate proyecta sus recuerdos personales sobre el trasfondo de los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera, la proclamación de la Segunda República, el golpe militar de julio de 1936, la guerra civil española, el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la resistencia francesa a la ocupación alemana, la organización exterior de la oposición al franquismo, las depuraciones estalinianas y la guerra fría; en Luchas y transiciones. Memorias de un viaje por el ocaso del comunismo (publicado por EL PAÍS-Aguilar, ese segundo tomo de memorias estará en las librerías el próximo septiembre) sirven de telón al relato autobiográfico la Unión Soviética de Jruschov, la China de Mao Zedong, las llamadas democracias populares, la Francia de De Gaulle y la España de la transición.Si la interminable dictadura de Franco mantuvo a Manuel Azcárate alejado de su país durante casi cuatro décadas, la designación de su padre, Pablo de Azcárate, como secretario general adjunto de la Sociedad de Naciones le instaló como hijo de familia en Ginebra desde los seis hasta los 18 años. «Muchas veces», reflexiona en su autobiografía, «me he preguntado: ¿por qué me ha tocado vivir desde niño en el extranjero?». Esa interrogante aparentemente retórica invita a buscar las claves del hondo patriotismo de los españoles expulsados de su tierra -desde la reacción fernandina hace casi dos siglos hasta el franquismo- por el fanatismo intolerante de una derecha autoritaria y clerical que se sigue considerando todavía hoy propietaria del país. Otro exiliado de la guerra civil, Jorge Semprún, expresa en su bello último libro (Adiós, luz de veranos, Tusquets Editores, 1998) el mismo sentimiento de rebeldía frente a su forzado trasterramiento: el deseo de ser enterrado en el cementerio de Biariatu (objeto del hermoso poema de Miguel de Unamuno evocado por Jon Juaristi en El bucle melancólico), sobre el Bidasoa, envuelto en la bandera tricolor de aquellos rojos españoles que murieron -por decenas, por centenares de miles- sin poder regresar a su tierra.

Manuel Azcárate, sin embargo, no sólo volvió a España a tiempo para ser enterrado entre los suyos, sino que, además, cumplió durante los últimos 18 años de su vida la singular hazaña -al igual que hiciera Fernando Claudín- de rehacer su vida en la sociedad civil después de casi cincuenta años de revolucionario profesional, sin practicar ajustes de cuentas personales con los dirigentes del PCE que habían recompensado su larga abnegación militante con una expulsión bochornosa. Hay motivaciones de todo tipo para explicar política, intelectual y moralmente tanto la decisión de ingresar en un partido comunista como el acto de abandonarlo. Si la solidaridad de clase y la miseria dan cuenta de las razones de los trabajadores manuales, el testimonio autobiográfico de Manuel Azcárate enseña cómo la educación sentimental, moral e intelectual llevó a tantos estudiantes, profesores, artistas e intelectuales españoles a afiliarse en el PCE: una organización que combatió de 1936 a 1939 a los generales sublevados en el primer ensayo general con todo del asalto del fascismo europeo a la democracia, que prosiguió esa misma lucha contra la Alemania nazi en otros países del continente entre 1941 y 1945 y que desafió a la dictadura desde la entrada de Franco en Madrid hasta su muerte, 36 años más tarde. Ciertamente, la quiebra de la Unión Soviética ha aportado desde finales de los ochenta pruebas irrefutables del fracaso de los sistemas comunistas, una conclusión percibida ya por los primeros disidentes en los años veinte, confirmada en 1956 por el informe de Jruschov y evidente tras la invasión de Checoslovaquia: sólo la oquedad retórica de quienes siguen explotando en provecho propio la plusvalía política acumulada durante décadas por gentes como Manuel Azcárate puede ignorar el veredicto de la historia. Y es también verdad que el sueño de la razón engendró monstruos al tratar de implantar los ideales emancipatorios y universalistas de la Ilustración por vías revolucionarias; buena parte de los comunistas que tomaron esos atajos deslumbrados por el espejismo de Octubre de 1917 no se proponían, sin embargo, crear el Gulag, o cuando menos pensaban -en términos tan dramáticos como falsos- que la violencia es la partera de la historia (como sostenía Engels) y que la inevitable dieta carnívora del Saturno revolucionario incluía como plato principal a sus propios hijos.

También Manuel Azcárate llegó a la conclusión de que esos supuestos atajos hacia la felicidad secular habían sido callejones sin salida o -todavía peor- caminos hacia el infierno. Las críticas por el tardío desencanto con la Unión Soviética de los viejos comunistas suelen ser la especialidad de algunos pobres diablos (sirva de ejemplo el hermano tonto y envidioso de Jorge Semprún) empeñados en demostrar a la humanidad que ingresaron en el PC por motivaciones sublimes, que lo abandonaron por razones igualmente elevadas y que el momento de su marcha marca irreversiblemente el punto de no retorno para sus antiguos camaradas. En cualquier caso, Manuel Azcárate no sólo no obtuvo ningún beneficio de su militancia en el PCE (a diferencia de la nomenklatura burocrática que mandó en la Unión Soviética con el carné del PCUS y que sigue hoy en el poder bajo las banderas del liberalismo), sino

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Viene de la página anterior que se jugó la vida, pasó privaciones y vivió en el exilio: la división internacional del trabajo, o, mejor dicho, la división del trabajo dentro de la Internacional, asignó a los comunistas españoles las duras tareas de librar y perder una sangrienta guerra civil, de combatir contra los nazis en el maquis francés y de jugarse la vida (por millares) o la libertad (en las cárceles) para tratar de derribar a Franco. Si en 1998 la demagogia de Anguita y sus amigos no tiene otra función que dividir electoralmente a la izquierda en beneficio de la derecha, gentes como Azcárate, que se afiliaron al PCE en los años treinta para enfrentarse al fascismo, difícilmente podían prever los efectos perversos y las consecuencias indeseadas de su generosa apuesta.

Algunos políticos nacidos con la transición o en los últimos años del franquismo, que han ocupado parcelas de poder y luego las han perdido en las urnas o en los tribunales, reprochan a veces a los votantes o a los jueces su ingratitud, presentándose ante la opinión pública como acreedores de una sociedad que, sin embargo, les ha situado en posiciones excepcionales de prestigio y de influencia. La normalidad democrática, así pues, no sólo les ha permitido realizar su vocación, sino que, además, les ha brindado la oportunidad de transformarla en una profesión. Pero si estos deudores se ven a sí mismos como acreedores, a Manuel Azcárate, que no obtuvo de su compromiso político más que sinsabores, sufrimientos y derrotas, jamás se le pasó por la cabeza esa degradación utilitaria de la militancia. Tal vez los políticos que se lamentan de la ingratitud de la democracia con sus personas podrían aprender de los recuerdos de un derrotado que nunca pasó factura por sus contribuciones a la devolución de la libertad a los españoles y que siempre conservó las esperanzas en un futuro mejor. En junio de 1941, Jesús Monzón y Carmen de Pedro le encomiendan a Manuel Azcárate la misión de pasar a la zona de Francia ocupada por los alemanes para organizar al Partido Comunista de España y emprender la resistencia armada contra los nazis. «Mi primera reacción es de orgullo desbordante: como si de pronto me ofreciesen ser ministro». Porque Manuel Azcárate sabía que la vocación política no guarda relación con las recompensas materiales o de vanidad que ofrece la política como profesión a sus usufructuarios.

17 Septiembre 1998

Las ideas perdidas

Antonio Elorza

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A finales de 1981, Manuel Azcárate fue expulsado del PCE, tras haber fracasado en su intento de renovación del partido. Tenía 65 años y en el Partido Comunista no existía la Seguridad Social. Así que tocó buscar los artículos juveniles, firmados como «Juan Diz» en Ahora, hacia 1936 o 1937, con la esperanza de obtener una pensión por vía de la prensa. Por fortuna, la pesquisa resultó inútil, pues Azcárate encontró un puesto de trabajo en este diario, pero el final feliz no borra la significación del episodio: cuarenta años de entrega a la lucha antifranquista, primero, luego una contribución de primer orden en la labor de insertar el comunismo en la democracia naciente, para acabar en la nada.En gran medida, la trayectoria personal de Manuel Azcárate refleja la evolución en España del comunismo democrático, que él mismo contribuyó a crear. Aunque no fuera el único. En la configuración de aquello que hace dos décadas se llamó «eurocomunismo», actuó en primer término la apuesta de Santiago Carrillo, a partir de la iniciativa de «reconciliación nacional» en 1956, por una política tendente a acabar con la dictadura e instaurar la democracia. (Eso sí, sospechosamente adjetivada como «económica y social» o «económica y política», pero al fin democracia lisa y llana cuando llegó el momento). Contó también el gran gesto de Dolores Ibárruri en 1968, al oponerse sin reservas a la invasión de Checoslovaquia por los ejércitos del Pacto de Varsovia. Su no rotundo del 68 a Bréznev, refrendando el apoyo prestado por Carrillo a la primavera de Praga, marcó una inflexión en la vida del pequeño partido que se liberó de un golpe de la tutela de Moscú. Y contaron sin duda tantas actuaciones de militantes anónimos, que sostuvieron prácticamente en solitario el desigual pulso contra el franquismo, al mismo tiempo que su actuación sindical clandestina conseguía un sustancial ascenso en la condición de vida de los trabajadores.

Fue una revolución silenciosa, que con un alto coste en cárcel y sacrificios, a las mejoras económicas, sumó la conversión de profesionales intelectuales y obreros en garantes de la nueva democracia. El «eurocomunismo» constituyó el punto de llegada de un proceso en cuyo seno anidaban los gérmenes de su pronta autodestrucción. No era la primera vez, pero sí será la última, en que desde la formación de los frentes populares en 1935-36 unos partidos comunistas intentaban jugar la baza de la democracia, marcando así distancias con la dictadura del proletariado de sello leninista. El intento fracasó rápidamente, tanto en España como en Francia, mientras que en Italia tenía lugar la transfiguración del PCI en «el Olivo». Y el triste desenlace llegó a ensombrecer los logros alcanzados durante el recorrido previo.

Correspondió a Manuel Azcárate, en su calidad de responsable de las relaciones internacionales del PCE, percibir mejor que nadie la exigencia de ir más allá del partido comunista de siempre funcionando en un marco democrático. De entrada, había que profundizar en las razones del distanciamiento de la «patria del socialismo», pues de otro modo todo quedaría en un gesto de rebeldía, como el del PCE en 1968, dejando intacta una cultura política dependiente de la matriz soviética. Con prudencia y claridad al mismo tiempo, Azcárate puso los pilares de la crítica del marxismo soviético en el VIII Congreso del PCE en 1972, convirtiéndose desde ese instante en la bestia negra de Moscú, para llevarla al límite en el Congreso de 1981, el de la derrota de los renovadores. Bromeaba entonces diciendo que la tesis allí sostenida sobre el «socialismo real» en condiciones normales hubiese sido la gran noticia del Congreso. Azcárate admitía que la revolución de tipo soviético había destruido el capitalismo, pero fracasó en el intento de crear una sociedad socialista, verdaderamente emancipadora y respetuosa de la libertad. El «eurocomunismo» debía dejar claro que su horizonte político en nada coincidía con el de la URSS.

La segunda premisa para el cambio era la democratización interna del partido. El PCE que salía de la dictadura contaba en sus militantes con un potencial político muy superior al del PSOE, si bien su composición heterogénea obligaba a un esfuerzo de articulación, más aún al tropezar con una coyuntura electoral y económica adversa. En este contexto, la división entre cultura interior y del exilio, el enfrentamiento de euros y prosoviéticos, la propensión autoritaria de Carrillo, el desconcierto ante la inferioridad en votos respecto del PSOE, los conflictos con los partidos de nacionalidad, llevaron desde 1980 a un repliegue sobre los usos propios del «centralismo burocrático», camino seguro para la autodestrucción del partido. De ahí que la superación definitiva del partido leninista fuera el caballo de batalla del Congreso de 1981, jugando Azcárate involuntariamente en el Congreso, y meses antes desde la dirección de Nuestra Bandera, un papel de líder de la renovación, quizá con un excesivo deje institucionalista. No era lo suyo, y tras la derrota primero y luego la expulsión abandonó toda actividad política.

El fracaso de 1981 dejó en el olvido la más fecunda de las iniciativas del «eurocomunismo» hispano, impulsada asimismo por Azcárate: el proyecto de forjar una euroizquierda mediante la cual, superando la tradicional división entre comunismo y socialdemocracia, y con una marcada receptividad hacia los nuevos movimientos sociales, se hiciera realidad una convergencia estratégica de cara a la unidad europea. En un paisaje de ruinas, la idea mantiene su vigencia.

Antonio Elorza