13 abril 2020

Fue el último presidente de la UCD y era miembro del Consejo de Estado.

Muere por coronavirus (Covid 19) Landelino Lavilla Alsina, ex Presidente del Congreso y ex ministro de Justicia

Hechos

El 13 de abril de 2020 fue noticia la muerte de D. Landelino Lavilla Alsina.

13 Abril 2020

En memoria del presidente Lavilla

Meritxell Batet Lamaña

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Su muerte priva al Congreso de los Diputados de una de sus referencias en la historia de la España democrática moderna

La muerte de Landelino Lavilla en el día de hoy priva al Congreso de los Diputados de una de sus referencias en la historia de la España democrática moderna.

Tuvo la responsabilidad de ejercer la presidencia de la Cámara en una oportunidad irrepetible: la puesta en marcha efectiva del sistema político y jurídico derivado de la Constitución Española, aprobada sólo unas semanas antes de ser elegido por primera vez diputado e, inmediatamente, presidente de la I Legislatura Constitucional 1979-1982.

Fue un periodo que requirió del presidente de la Cámara temple y rigor en grado sumo, virtudes que Landelino Lavilla aseguró a lo largo de su mandato. Ocasiones tuvo para demostrarlas. Bajo su presidencia, en efecto, no solo la Cámara desarrolló uno de sus momentos más vertiginosos en lo que se refiere a su actividad normativa (en tres años y medio se debatieron y aprobaron 33 leyes orgánicas, 231 leyes ordinarias y 71 decretos-ley) sino que vivió debates “inaugurales”: entonces se celebró el primer debate de investidura conforme a lo previsto en el art. 99 de la Constitución y un año más tarde, en el breve lapso de unos meses, se ejerció la primera moción de censura y también la primera cuestión de confianza de nuestra vida parlamentaria.

Antes de su presidencia, Landelino Lavilla había incorporado a su saber jurídico como letrado del Consejo de Estado (donde más tarde ha ejercido, hasta hoy mismo, como consejero permanente), la experiencia impagable de formar parte del Gobierno de España como ministro de Justicia. Desde el viejo palacio de Noviciado tuvo papel protagonista, entre otras muchas cosas, en la preparación de la Ley de Amnistía y en la de la Ley para la Reforma Política; ambas, piezas clave de nuestra Transición.

Todo esto es lo que tenía presente cuando, a los pocos días de mi elección como la última, por ahora, de sus sucesores al frente del Congreso, le llamé para concertar una cita con el fin de aprender de su experiencia y también honrarle con mi reconocimiento.

La imagen del presidente Lavilla con la que fui a su encuentro era la de su gesto grave la tarde en que se produjo el intento de golpe de Estado en 1981. Cuando, tras unas horas de conversación, me despedí de él, me marché con otra bien distinta: la de quien, el 25 de febrero de ese año, una vez desbaratado el golpe, no solo reclamó sin ambages la exigencia estricta de responsabilidad para los culpables, sino algo mucho más importante y más esperanzador en aquellas fechas: “Es el momento de declarar —dijo— que hoy un auténtico grito de ¡Viva España! no encierra una verdad distinta que la de ¡Viva la Constitución! y ¡Viva la democracia!”. Es una afirmación en la que todos, en estas horas tan difíciles de hoy, podemos y debemos encontrarnos.

13 Abril 2020

Se nos va un hombre de Estado

María Teresa Fernández de la Vega Sanz

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Landelino Lavilla supo representar como nadie el centro político, la moderación y la honradez

Un gran hombre, culto, afable, de generosa sonrisa y sabiduría serena. Se mantuvo activo hasta el final de sus días, al frente de la sección primera del Consejo de Estado. Hace tan solo dos días estábamos al teléfono debatiendo apasionadamente uno de los expedientes que tenía sobre la mesa. La frescura y la intensidad de sus argumentos no presagiaban el triste desenlace que se produjo tan solo unas horas después. Su mente brilló hasta el final.

Landelino supo representar como nadie el centro político, la moderación y la honradez. Encarnaba la buena política. Rindo tributo a su generosidad intelectual, que mostraba cada vez que en el Consejo nos enfrentábamos a un desafío jurídico, que él nos ayudaba a diseccionar, a analizar y a resolver. Fue un jurista fino y sensible, abierto no solo a compartir su sabiduría, sino a enriquecerla con nuevas ideas. Era un gran orador, pero también sabía escuchar como nadie. Todos los que hemos trabajado con él reconocemos sus exquisitas maneras, su calidez, su mirada curiosa y su excepcional cabeza jurídica. Lo adornaba la elegancia de la inteligencia. Y lo acompañaba la ligereza delicada de la modestia.

Su contribución a la democracia es de todos conocida. Ahora que se habla de reeditar los Pactos de la Moncloa nos abandona uno de sus forjadores. Eduardo García de Enterría dijo de él que fue el principal artífice jurídico de la transición. Sus aportaciones fueron decisivas.

En 1959 ingresó en el Cuerpo de Letrados del Consejo, tras aprobar la oposición con el número 1 de su promoción. Y tras su trascendental periplo político, volvió a la Institución que tengo el honor de presidir, ya como Consejero Permanente, en 1983. Landelino fue uno de los puntales de la comisión permanente del Consejo de Estado, donde presidió varias de sus secciones. Sus intervenciones y aportaciones fueron siempre del máximo nivel. Era un placer escucharle y aprender con él. Su trabajo ha sido ejemplar y ha dejado una huella indeleble en esta institución a la que fue profundamente leal y a la que se dedicó con un compromiso inquebrantable. Quiero destacar el esfuerzo que realizó en el último mes para adaptarse al teletrabajo que tuvimos que implantar en el consejo para poder seguir funcionando durante el confinamiento al que nos hemos visto obligados ante la inesperada irrupción de la pandemia del coronavirus. Asistió a todas nuestras reuniones virtuales y participó activamente en las mismas, se adaptó a un ambiente que le era ajeno y lo hizo con muchísima ilusión, dedicación y alegría.

Era un amigo. Un hombre cercano, afable, sencillo, honesto, al que echaré muchísimo de menos y al que añoraremos todos en el Consejo de Estado.

14 Abril 2020

El espejo del hombre-cima

José Manuel Otero Novas

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Cuando llegué al Colegio Mayor de San Pablo para preparar mis oposiciones a la Abogacía del Estado, Landelino había triunfado en las suyas al Consejo de Estado, y el Colegio presumía con su leyenda. Si alguien quería darte un consejo, te citaba su ejemplo, en la manera de pensar, de estudiar, de relacionarse… Incluso te recordaban un famoso dictamen sobre la invalidez de las renuncias de derechos en perjuicio de tercero que, el opositor Landelino, había elaborado en apoyo de otro muy distinguido compañero en el Colegio Mayor.

Años después, Abelardo Algora nos habló a no pocos jóvenes vinculados al San Pablo, de la necesidad de construir una solución democrática y responsable para el futuro de España y, con ese motivo, a pesar de que Landelino era Subsecretario del Ministerio de Industria, volvimos a nuestra Casa y constituimos el grupo Tácito, preparando para su momento ideas y personas. No era un «activista», no hubo de integrar el amplio grupo de quienes pasamos por el Tribunal de Orden Público, pero nos daba mucho de su rigor y profundidad, de su solera, de su prestigio. Adolfo Suárez me contó cómo Landelino defendía, en su presencia, nuestro pensamiento, ante quien era presidente del Gobierno, Carlos Arias.

Y un alto número de miembros de Tácito pasamos a formar parte de los Gobiernos de Suárez, mientras echábamos mano de otros más para puestos diversos; Landelino ocupó primero la cartera de Justicia y luego la Presidencia de las Cortes; y bajo la dirección de Suárez, junto con otros magníficos compañeros, conseguimos hacer triunfar nuestros propósitos de democracia moderna y moderada.

Habíamos elaborado ideas comunes y manteníamos relación cordial; aunque nunca actuamos como grupo, porque sabíamos que en otro caso fracasaríamos; y así se explican las confluencias y separaciones de nuestros caminos; voy a citar un ejemplo: al fundarse la UCD, yo le dije a Suárez que era preciso establecer un sistema de representación proporcional en sus órganos, para que el partido no siguiera sendas menos democráticas; Suárez me prometió que así lo haría en el II Congreso, pero que le diera antes un margen de confianza; entonces saltó Juan Antonio Ortega, colaborador de Landelino y miembro de Tácito, reclamando lo mismo que yo pero públicamente, y yo hube de defender a Ortega sin decírselo a él ni a Landelino; pero cara al II Congreso, Landelino lideró un sector crítico de UCD que pedía lo proporcional; yo seguí postulando lo mismo en el Comité Ejecutivo y en prensa, pero sin incorporarme al sector de Landelino; teníamos ideas comunes pero las sosteníamos separadamente, hasta el punto de que cuando poco después Lavilla asumió la Presidencia de UCD, yo mantuve con él una pintoresca conversación al anunciarle que me retiraba del partido.

He sido siempre un gran admirador de Landelino Lavilla. De su cabeza privilegiad, de su gran espíritu jurídico, de la rectitud de su vida y de la distancia que estableció entre ella y el dinero, de su ejemplaridad familiar, de su constancia en el actuar y coherencia en el pensar…

…Y de su increíble silencio. Las ventanas de mi domicilio tienen enfrente las de la casa de Lavilla. Estas semanas, cuando a las 20 horas salimos todos los vecinos aplaudiendo a quienes se sacrifican por nosotros en la Pandemia, vi que nunca aparecía nadie, como es usual, en la vivienda de mi amigo. Pero me sorprendió que el viernes y sábado salieron brevemente algunos familiares suyos; y algunos más el domingo. Ahora comprendo que sólo la muerte quebró su discreción.

Se nos ha ido un hombre-cima, pero nos deja magníficas lecciones.

 

José Manuel Otero Novas

13 Abril 2020

Sin tacha ni reproche

Miguel Herrero Rodríguez de Miñón

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Landelino Lavilla, hombre sencillo y sin alaracas, tuvo talla y hechuras de gran hombre de Estado

Estas líneas necrológicas no pueden ser objetivas.

Siempre he dicho, en tantas tareas que desde 1962 tuve el honor de compartir con Landelino Lavilla, que era mi colega mayor, pero realmente ha sido como una especie de hermano mayor.

Cuando dirigió mi preparación para ser letrado del Consejo de Estado tuvo una influencia decisiva en mi orientación hacia el servicio público; cuando me hizo Secretario General Técnico del Ministerio de Justicia y forzó mi candidatura al Congreso de los Diputados me abrió el camino de la política, y como presidente de la Cámara durante una legislatura especialmente fecunda me mostró cómo podía desempeñarse una alta magistratura con gran dignidad.

Cuando, en fin, coincidí con él en el Consejo de Estado, primero como letrados y después ambos como consejeros, me dio ejemplo de la importancia que en la política real podía tener el trabajo de la función pública. A través de todo ese recorrido cultivamos una amistad superior a todo tipo de diferencias y que nadie fue capaz de quebrar. Solo al final tuve ocasión de conocer su intimidad y ahora, retrospectivamente, vista me parece luminosa.

Por todo lo anterior renuncio a ser objetivo, pero por eso mismo me basta con ser veraz y dar cuenta de algo que conozco bien; su talla verdaderamente histórica en un tiempo especialmente fuerte de nuestra historia contemporánea.

Porque, sentimientos aparte, es evidente que Landelino Lavilla fue un gran legista de Estado, al servicio solo del Estado. En un acto académico solemne, el jurista y académico Eduardo García de Enterría lo calificó como el principal arquitecto de la Transición política, y todo aquel que se pare a analizar los hechos, más allá de lo efímero, habrá de reconocer que así fue. Desde el Ministerio de Justicia desmontó, pieza a pieza, determinadas instituciones y técnicas incompatibles con la monarquía parlamentaria que se iba a instaurar. Forjó las arras de la Transición en la Amnistía de julio de 1976 y dio forma definitiva a la Ley para la Reforma Política. Lavilla impulsó también los trabajos de la Ponencia Constitucional en su fase decisiva y bajo su dirección se elaboraron las normas electorales prácticamente todavía vigentes y merced de las cuales se celebraron elecciones libres y limpias por primera vez en España en cuatro décadas.

Sin su buen hacer, la empresa histórica impulsada y tutelada por el Rey Juan Carlos I y políticamente dirigida por el entonces presidente Adolfo Suárez hubieran encontrado muchas mayores dificultades. Después, ya como consejero de Estado en los últimos 38 años, y en ocasiones cargadas de gravedad —algunas de ellas muy recientes—, ha representado y tutelado el mejor espíritu de esa institución; estoy seguro de que quienes fueron sus compañeros lo sienten tanto como yo.

Landelino Lavilla, hombre sencillo y sin alaracas, tuvo talla y hechuras de gran hombre de Estado. Porque tuve ocasión de verlo muy de cerca, quiero dejar junto con mi sentimiento testimonio fidedigno de todo lo anterior. El balance es de tal calibre que puede repetirse aquello del poeta: “Aunque la vida murió, harto consuelo nos dejó con su memoria”.

27 Abril 2020

Landelino

Francesc de Carreras

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Lavilla fue el gran asesor jurídico de Suárez de todo este complicado período en que España debía transitar de una dictadura a una democracia, efectuando una evidente ruptura política pero sin una ruptura formal de la legalidad

Hay nombres que hacen innecesario el apellido: basta con pronunciarlo y todos saben a quien nos referimos. Ha sido el caso de Landelino Lavilla. Nadie decía «he estado con Lavilla, he visto a Lavilla o he comido con Lavilla»; hubiera resultado raro y difícil de entender. En cambio, «he estado con Landelino, he visto a Landelino o he comido con Landelino»: todos sabían de quien se trataba.

Landelino Lavilla murió hace dos semanas y no de coronavirus. Tenía ya una edad provecta aunque no lo parecía: su aspecto físico, incesante actividad, memoria, rapidez mental, lucidez de razonamiento, seguían intactas. Hasta su fallecimiento estaba en plena forma.

En las numerosas necrológicas se resalta su labor como político en la etapa de la transición. Es natural poner el foco ahí porque entonces se dio a conocer para el gran público, pero quizás desdibuja al personaje que, siendo ésto importante, tiene una dimensión más exacta: Landelino fue esencialmente un jurista de Estado, al servicio del Estado aunque no de cualquier Estado sino del Estado democrático de Derecho. Esto se demuestra claramente repasando su vida.

Sin tradición jurídica familiar, nacido y residente en Lérida hasta su entrada en la Universidad, destacó como estudiante de Derecho en Madrid e, inmediatamente después, alcanzó el número uno en las oposiciones al cuerpo jurídico del Tribunal de Cuentas y, al año siguiente, también en la misma posición en las de letrado del Consejo de Estado, su auténtica casa profesional hasta su fallecimiento. A fines de los cincuenta, un Landelino con 25 años, debido a su inteligencia y esfuerzo personal, sin otro tipo de ayudas, comienza a trabajar en uno de los más prestigiosos cuerpos jurídicos del Estado.

Algo después, y por poco tiempo, pasa a ser secretario general del Baco Español de Crédito, entonces el de mayor relevancia. Tuvo la posibilidad de acceder muy pronto al más alto cargo en esta institución privada. Pero tenía vocación de servicio al Estado, la dictadura se acababa y decide participar activamente en el grupo democristiano Tácito, un semillero de políticos de UCD. Por aquellos tiempos conoce a Adolfo Suárez que le nombra ministro de Justicia de su primer Gobierno con amplias facultades para ejercer de consejero en asuntos legales más allá de sus estrictas competencias ministeriales.

Efectivamente, Landelino fue el gran asesor jurídico de Suárez de todo este complicado período en que España debía transitar de una dictadura a una democracia, efectuando una evidente ruptura política pero sin una ruptura formal de la legalidad. Se exigía tanta audacia política – esta era la tarea encomendada por el Rey a Suárez – como rigor jurídico. Este fu el encargo a Landelino y a su equipo en el que destacaba Miguel Herrero de Miñón.

El período que va del 1 de julio de 1976 al 15 de junio de 1977, ni siquiera un año, fue el más delicado y complejo de la Transición: había que neutralizar a los restos del franquismo, convencer a la oposición democrática que entrara en el juego de la ruptura pactada y establecer las condiciones políticas para que unas Cortes constituyentes elaboraran y aprobaran una Constitución. El malabarista fue Suárez, con el respaldo del Rey, pero el artífice de este paso de la ley (no democrática)

a la ley (democrática) fue Landelino. En efecto, él fue el principal autor de la Ley para la Reforma Política, según el autorizado testimonio del maestro García de Enterría, esa admirable pieza jurídica medular para que todo transcurriera con apacible legalidad, a la que acompañaron otras normas que permitieran unas elecciones libres. La consecuencia final fue el régimen constitucional que entró en vigor a fines de 1978.

Landelino publicó recientemente una memoria de su actuación durante este año (Una historia para compartir, Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2017) donde todo ello se explica con detalle, un libro clave para entender la transición. Pero el libro no es sólo eso, también fue una ocasión para que el autor explicara sus ideas políticas moderadas y centristas que enlazan con una tradición española que va de Jovellanos al último Azaña, pasando por Balmes o por don Juan Valera.

Tras su breve paso por la política, con la huella que hemos señalado, Landelino volvió en 1983 al Consejo de Estado, a su verdadera casa, donde ha sido reconocido por todos, académicos y políticos de los más diversos colores, como un ejemplo de lo que es el saber jurídico riguroso y equilibr