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Muere Raúl Alfonsín, el primer presidente democrático de Argentina tras la última dictadura cuya gestión acabó en desastre económico

HECHOS

  • Raúl Alfonsín, ex presidente argentino, nació en Chascomus (Argentina) el 12 de marzo de 1927 y murió en Buenos Aires el 31 de marzo de 2009. Más información en página 29

02 Abril 2009

Restaurador de la democracia argentin

Martín Prieto

En 1983 el teniente general Bignone, al frente de la agónica Junta Militar argentina, convocó elecciones generales. Asistí al primer mitin de masas de Alfonsín en lo que se denominó Alfonsinazo en Ferro, por la cancha del Ferrocarril Oeste. Contra las encuestas que auguraban un inevitable triunfo peronista, caí en la cuenta de que quien llegaría a ser mi amigo era el caballo ganador.

Tirados en el césped, señoras con visón, obreros de mono, jóvenes, viejos, mucha clase media, escuchaban absortos a un hombre que no tenía una palabra para el pasado, que no incitaba a la revancha y que decía cosas como que con la democracia se come, se educa, se crea riqueza y se vive en paz.

Un pacto entre los sindicatos peronistas y los militares salientes intentó convertir la campaña en un incidente ingobernable, pero Alfonsín convocó a millones de personas en la Avenida 9 de Julio convenciéndolas con su mensaje de reconciliación y regeneracionismo.Contra todo pronóstico, ganó por el 51,7% de los votos. Le llamaron Alfonsín.

Raúl Ricardo Alfonsín nació en Chascomus, a 120 kilómetros de Buenos Aires, en 1927. Hizo el bachillerato en el Liceo Militar General San Martín, graduándose como subteniente y teniendo de condiscípulos a Jorge Rafael Videla y Leopoldo Fortunato Galtieri -futuros dómines de la dictadura militar-. Se hizo abogado por la Universidad de Buenos Aires y, siendo estudiante, militó en la Unión Cívica Radical que terminaría llevando al poder por mayoría absoluta.

En 1955, el Gobierno de Aramburu le encarceló sin juicio, igual que en 1966 hizo el general Onganía. Ante la sucesión de gobiernos militares, Alfonsín siempre se opuso a la lucha armada revolucionaria, mientras inclinaba la UCR hacia la socialdemocracia que llegó a ser hegemónica en su partido. Fundó la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, y durante la dictadura ejerció gratis de abogado defendiendo a opositores y presentando recursos de habeas corpus por los desaparecidos. Fue de los pocos políticos argentinos en oponerse a la invasión de las Malvinas.

Electo, fui a verle al hotel Panamericano donde tenía instalado su cuartel general. «Mire», me dijo, «no puedo procesar a todas las Fuerzas Armadas argentinas, entre otras cosas porque no se van a dejar. Pero llevaré a juicio a las tres juntas militares».Y fue una de las primeras cosas que hizo. La condena de los milicos le salió cara: los carapintadas, oficiales pintarrajeados como comandos, se insurreccionaron dos veces en Campo de Mayo, sede del Ejército, sin que los generales a los que Alfonsín ordenaba restablecer la disciplina obraran con celeridad y utilidad. Llegó a pensar en ponerse a la cabeza de las masas y presentarse en Campo de Mayo, pero temió una guerra civil. Finalmente le arrancaron leyes, como la del Punto Final y Obediencia Debida, que acabaron con los juicios a los verdugos de uniforme.

Peor fue el permanente golpe de Estado económico. La oligarquía financiera-agrícola-ganadera sacó dinero del país hasta igualar la deuda externa argentina, y la hiperinflación llegó al 47% mensual, obligando a cambiar el peso por el austral. Intentando reinventar la República, propuso trasladar la capital a Viedma desde Buenos Aires, para poblar la Patagonia y abrir otras expectativas a los argentinos, pero eso hubiera exigido un gran acuerdo nacional y no tuvo asistencias. De las dos centrales sindicales peronistas, basta decir que en cuatro años le hicieron 17 huelgas generales.Tiró la toalla pocos meses antes de expirar su mandato.

Me llamaba a la Casa Rosada o a la residencia presidencial de Olivos para conversar con un corresponsal extranjero que sabía distante pero amigo. En Madrid, viniendo de un curso de alta política en Harvard, me dijo: «Estas cosas debían haberme enseñado antes de ser presidente y no después». En diciembre, la doctora y yo quisimos despedirnos de él, pero Margarita Rouco, su secretaria de toda la vida, nos disuadió porque ya estaba con morfina por su cáncer de pulmón. Deja esposa y seis hijos. Algún día Argentina le rendirá cumplido homenaje, como a un prócer.

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