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Muere Simón Peres, histórico político de Israel que ocupara los cargos de primer ministro y jefe del Estado

HECHOS

El 28.09.2016 falleció el político israelí Simon Peres.

29 Septiembre 2016

Simón Peres: una voz que predicaba paz en el desierto

David Alandete

En una tierra castigada por décadas de conflicto, incapaz de sacudirse un escepticismo que se ha convertido en un estado de ánimo general, Simón Peres se enorgulleció hasta el final de ser un optimista empedernido. Israel es poco dado a opiniones unánimes, eternamente enzarzado en disquisiciones sobre lo divino y lo humano. Una excepción fue el 90 cumpleaños de Peres, en 2013, un jubileo moderno que contrapuso su reverenciada figura presidencial a la del divisivo primer ministro, Benjamín Netanyahu.

Cuando le entrevisté entonces, Peres no habló del pasado. “Espero que mi momento de mayor orgullo llegue cuando haya paz en mi país”, dijo. Repitió la palabra paz una veintena de ocasiones, con convencimiento, consciente de que era una voz solitaria en un país cada vez más escorado a la derecha.

Pude escuchar a Peres en otras ocasiones en actos públicos en el año que le quedaba como presidente, un cargo de un único mandato de siete años. Se esmeraba en fomentar su otra obsesión personal: el cambio digital para consolidar a Israel en una potencia tecnológica mundial. Impresionaba aquel diminuto anciano impecablemente vestido, que huyó de una Europa antisemita en 1934, hablando con ardor y soltura de nanotecnología e inteligencia artificial.

Peres, en realidad, tuvo que adentrarse a lo largo de su vida en muchos terrenos para él desconocidos. No luchó en ninguna guerra, a diferencia de otros líderes de su generación, pero consiguió ventajosos contratos armamentísticos para su país. Su educación la recibió en un kibutz y luego estudió economía y filosofía en Estados Unidos, pero llegó a darle a Israel el reactor de Dimona, que hizo del país la potencia nuclear que es hoy.

Su trayectoria vital fue la de muchos líderes israelíes: al llegar a las instituciones, se moderó. Sus contactos con Francia y Reino Unido después de que Egipto nacionalizara el canal de Suez habían llevado a la guerra de 1956 y en los años 70 había fomentado activamente la colonización de Cisjordania. Todo aquello quedaba olvidado en la cima de su popularidad como presidente. Es más, olvidarlo era lo que le facilitaba una admiración unánime.

Su discurso era hermoso. Era de hecho un refrescante contrapunto a las obsesiones apocalípticas de Netanyahu con Irán. El problema: eran y son deseos. Israel no está más cerca de la paz que hace tres años. A aquellas proclamas les faltaba y les falta un verdadero compromiso de quien sigue tomando las decisiones. Y Netanyahu sigue en ese apartado tan pesimista como hace tres años.

30 Septiembre 2016

Simon Peres deja un legado de diálogo y reconciliación

EL MUNDO (Director: Pedro García Cuartango)

CON EL funeral en homenaje a Simon Peres, Israel y los principales líderes de la comunidad internacional no sólo despiden al último de los dirigentes que participó en la fundación del Estado hebreo junto a David Ben Gurion. A lo que hoy se está diciendo adiós también es a una forma de entender la política a partir de los valores del diálogo, la paz y la reconciliación tan ausentes aún entre dos pueblos que no logran encontrar una solución que posibilite la convivencia. Algo que Peres tuvo siempre presente en su dilatada carrera política que le llevó a tener las más importantes carteras ministeriales, dos veces la jefatura del Gobierno y a convertirse en el noveno presidente del Estado que contribuyó a crear en 1948.

Emigrado con apenas 10 años desde su Polonia natal, donde parte de su familia sufrió los devastadores efectos del antisemitismo en los años 30, Peres construyó su identidad política sobre dos convicciones esenciales. La primera y más inmediata: que la judeofobia que había provocado el asesinato sistemático de casi seis millones de judíos en el Holocausto no desaparecería con el final de la Segunda Guerra Mundial, sino que se desplazaría hacia el recién creado Estado de Israel bajo la forma de un antisionismo heredado de la etapa anterior. Por ello, desde sus responsabilidades en el Ministerio de Defensa trabajó para que el joven Estado dispusiese de uno de los ejércitos mejor equipados y más eficaces del mundo. Incluyendo su colaboración en un polémico programa iniciado después de la Guerra del Sinaí en 1956 que convertiría a Israel en una potencia nuclear. La supervivencia de un Estado que tendría que ser también un refugio para todos los judíos amenazados del mundo sólo podía ser garantizada a través de un ejército que no flaqueara en la defensa de sus fronteras.

A la vez, Peres defendió siempre que la mejor solución en Oriente Próximo pasaba por la creación de dos Estados que colaborasen para superar las históricas diferencias que les enfrentan desde hace décadas. Su contribución desde el Ministerio de Asuntos Exteriores para llevar a buen puerto los Acuerdos de Oslo en 1993, le procuró el Premio Nobel de la Paz, que compartió con el primer ministro Yitzhak Rabin y el entonces líder de la OLP, Yasir Arafat. Años después, tuvo la oportunidad de colaborar también con Ehud Barak y Shlomo Ben Ami en las conversaciones de Camp David, fracasadas, como las anteriores, por las incomprensibles resistencias de Arafat a crear un Estado propio a partir de la Autoridad Nacional Palestina. Desde entonces, y especialmente tras la irrupción en la Franja de Gaza de Hamás, que se ha apresurado a celebrar la muerte de Peres, y la pérdida de peso político del líder palestino Abu Mazen, las posibilidades de que triunfe el diálogo en la zona son cada vez menores.

La presencia hoy en el funeral de Barack Obama, John Kerry, Bill y Hillary Clinton, François Hollande, Tony Blair, el príncipe Carlos de Inglaterra o el Rey de España Felipe VI, entre otros, es el tributo a un compromiso por la paz que debería servir de ejemplo de cara al futuro. El mejor homenaje que tanto Israel como el resto de la comunidad internacional podrían rendirle a Simon Peres sería el de continuar su legado y trabajar por poner fin a un conflicto que dura ya demasiado.

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