21 octubre 1973
Nixon destituye al fiscal especial del caso Watergate, Archibald Cox, que exigía la entrega de todas las cintas
Hechos
El 21.10.1973 se produjo una modificación en la composición de la Administración Nixon.
Lecturas
El vicepresidente dimitió en octubre de 1973.
La destitución a última hora del 20 de octubre de 1973 del fiscal especial del caso Watergate, Archibald Cox, por el presidente Nixon, ha abierto una profunda crisis en el seno del gobierno. Como protesta por esta decisión, el secretario de Justicia, Elliot Richardson, ha presentado la dimisión, al igual que el subsecretario del mismo departamento, William Ruckshaus, ambas aceptadas por el presidente.
Richardson era uno de los más fieles a Nixon, y el que le había sacado de más apuros hasta ahora. Accedió al Departamento de Justicia con ocasión de la crisis de Watergate, el pasado mayo sustituyendo a Kleindienst.
El alto el fuego en Oriente Medio pasa a un segundo plano, ante las reiteradas peticiones hechas a Nixon para que dimita, como hizo el vicepresidente Spiro Agnew el pasado día 10, siendo sustituido por Gerald Ford.
Vietnam no preocupa tanto a los americanos en este momento como el propio presidente Richard Nixon.
El Análisis
En la noche del 20 de octubre de 1973, la política estadounidense vivió un terremoto que pasará a la historia con un nombre tan cinematográfico como inquietante: la masacre del sábado por la noche. Su detonante fue la decisión del presidente Richard Nixon de destituir al fiscal especial Archibald Cox, designado para investigar el caso Watergate. Cox había cometido el “atrevimiento” de exigir las cintas de la Casa Blanca, grabaciones donde el propio Nixon conservaba, palabra por palabra, conversaciones que podrían implicarle en la trama de escuchas ilegales que ya había tumbado a figuras como L. Patrick Gray, director del FBI.
La secuencia fue digna de un vodevil político, si no fuera porque estaba en juego la integridad del sistema. El fiscal general Elliot Richardson se negó a ejecutar la orden presidencial y dimitió. Su segundo, William Ruckelshaus, hizo lo mismo. Al final, el procurador general Robert Bork aceptó el encargo y firmó la destitución de Cox. El mensaje era inequívoco: quien pretendiera acercarse demasiado a la verdad corría el riesgo de perder el puesto… o la carrera política.
Pero el disparo de Nixon contra el mensajero podría convertirse en un tiro en el pie. La opinión pública y el Congreso vieron en la maniobra un acto de arbitrariedad y abuso de poder, más propio de un caudillo que de un presidente democrático. El impeachment, hasta entonces un rumor lejano, empezó a tomar forma. Y en ese octubre crispado quedó claro que el escándalo Watergate ya no era sólo un caso de escuchas ilegales, sino un pulso entre un presidente atrincherado y las instituciones llamadas a controlarlo. Un pulso que Nixon, con cada destitución y cada noche de “masacre”, parecía más dispuesto a perder.
J. F. Lamata