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La prensa internacional lo vende como un éxito periodístico

Dimisión forzosa de Richard Nixon como presidente de los Estados Unidos para evitar el impeachment por el caso Watergate

HECHOS

El 9.08.1974 Richard Nixon dimitió como presidente de los Estados Unidos de América y fue reemplazado por Gerald Ford.




PORTADA DE TODO EL MUNDO QUE NIXON DIMITE

pueblonixon Los periódicos de todo el mundo colocaron en su portada la dimisión de Nixon. Para el periódico español PUEBLO, de Emilio Romero, esta había sido ‘patética’.

EL NUEVO PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS, FORD

GeraldFord1974 Gerald Ford, elegido Vicepresidente de Nixon en 1972, asumirá ahora el cargo de presidente.

post_katharine_01 El periódico THE WASHINGTON POST, propiedad de Katharine Grahan (también dueña de la revista ‘Newsweek’) lideró la campaña mediática de informaciones contra Nixon por sus mentiras que finalizó con su dimisión. Los periodistas Carl Bernestein y Bob Woodward fueron sus primeros espadas.

28 Agosto 1973

Watergate y la democracia

Grupo Tácito

Cabe concebir la democracia en cuanto ideología como concepto sustantivo o cuasi metafísico que se proyecta en el sistema de gobierno y que incluye rasgos tales como libertad, derechos fundamentales del hombre, carácter sacro de la voluntad mayoritaria, etc. Pero la democracia, además de ideológica, es una técnica, es decir, un conjunto de reglas mediante las que un Estado ejerce el poder y cuyo escrupuloso cumplimiento confiere a éste en la categoría superior de autoridad con el respaldo de la legitimidad popular.

La manida ridiculización de la regla de la mayoría en el sentido de que el simple número no es una garantía de decisión correcta y de que son, por el contrario, las élites las que deben gobernar por la mera virtud de su superior educación y competencia, queda sin contenido con sólo hacer notar que lo que el proceso democrático supone no es que la mayoría “tenga siempre razón”: eso es insostenible. Lo que el proceso democrático sí afirma es que la minoría debe tener la posibilidad y el derecho sin trabas a disentir. La democracia, como método científico moderno, no es un camino para llegar a la ‘verdad’ es un camino para sacar el error a la luz y corregirlo.

Es en este contexto donde hay que analizar lo que ha venido en llamarse el ‘caso Watergate’. Esta expresión, que se refirió en un principio a la entrada subrepticia de individuos a sueldo del Partido Republicano en el cuartel general de la oposición Demócrata, cubre ahora una serie de supuestas ilegalidades perpetradas por la Administración Nixon (con o sin el conocimiento del Presidente, lo que aún está por ver). El trauma que para Estados Unidos como nación ha supuesto la acumulación de revelaciones diarias sobre la atribuida corrupción política de su Gobierno es muy difícil de comprender desde Europa, donde se practica el cinismo político con mucha mayor facilidad. Se puede afirmar que si Vietnam ha significado la pérdida de la inocencia americana en el campo de las relaciones internacionales, Watergate significa la caída desde el punto de vista del sistema demo-liberal americano.

Desde el punto de vista de la democracia como técnica política las dudas e interrogantes que suscita Watergate son mucho más profundas. ¿Hasta qué punto la radical separación de poderes entre Presidente y Congreso permite a este último controlar los desmanes potenciales del primero? ¿Es acuerdo el régimen bipartidista americano para atraer una auténtica opción electoral al pueblo o es quizá, la aparición de uno o más partidos minoritarios necesaria para garantizar con más efectividad el juego limpio? ¿Debe ponerse un dique a la tendencia progresiva hacia la acumulación de poder irresponsable (por cuanto, muchas veces, secreto) en la Casa Blanca, causa última de las ilegalidades del Watergate? Estas y parecidas preguntas son moneda corriente en el Estados Unidos actual.

Una cosa, sin embargo, queda clara. La justificación de la democracia como proceso político que antes apuntábamos – el descubrimiento y corrección del error, no la certeza de la verdad – no sólo queda intocada, sino que sale triunfante de la ordalía del Watergate. Políticos inmorales han existido, existen y existirán: transgresiones de la ley tendrán lugar mientras haya ley, y es muy posible – aunque esté aún por demostrar –que exista constitucionalmente en la naturaleza humana un oscuro sector de egoísmo, irresponsabilidad y búsqueda fáustica del poder por cualquier medio. Pero de eso se trata precisamente: el proceso democrático es el único expediente político hasta ahora descubierto por las sociedades que tiene en cuenta todos esos factores e instrumenta las técnicas para exponerlos y corregirlos. La democracia tiene incorporados mecanismos autocorrectores, como la libertad de expresión, que purgan al sistema de sus propios defectos. Si es cierto y parece serlo, que lord Acton tenía razón al afirmar que ‘el poder absoluto corrompe absolutamente’, el único procedimiento es erigir barreras insalvables a la irresistible tendencia de toda organización hacia la acaparación del poder, hacia la adopción del conjunto de reglas que Michels etiquetó tan exactamente hace ya décadas como la ‘ley de hierro de las oligarquías’.

La democracia no se ha hundido en la tempestad del Watergate. Por el contrario, ha demostrado convincentemente que la libertad de prensa, un poder judicial independiente y un legislativo crítico son suficiente defensa frente a los excesos y abusos de poder.

Tácito

09 Agosto 1974

Por qué dimite Richard Nixon

José María Carrascal

Con el Watergate nos pasa un poco aquello de los árboles que no dejan ver el bosque o que nos hemos ido tan lejos que olvidamos ya cómo empezó todo. De ahí que pocos ejercicios más saludables en este día tristemente histórico que recordar por qué cae el presidente de la nación más poderosa del mundo. Richard Nixon no pierde el Poder por simples errores o porque sus ayudantes anduvieron envueltos en acciones ilegales o porque miembros de su equipo de reelección asaltaron el cuartel general demócrata. Los cargos contra él son mucho más graves: “Obstrucción de la justicia” y “abuso del poder” dicen los dos primeros artículos de su impeachment que, traducidos a hechos concretos significan:

  1. Que autorizó la creación de una Policía special de la Casa Blanca, dependiente sólo de él mismo, sin sujetarse a las normas constitucionales que la creación de toda fuerza pública exige.
  2. Que aprobó un plan secreto para la entrada en domicilios privados, apertura de correspondencia, internamiento de ciudadanos, escucha de teléfonos y otras acciones punitivas, sin order del juez, que provocó la rotunda negativa de cooperar con él del propio jefe del FBI, Hoover.
  3. Que dio el visto bueno a la confección de una lista de ‘enemigos de la Casa Blanca’ en la que se incluía a sus rivales políticos y autorizó pasos para conseguir que la Delegación de Hacienda diese la forma de actuar contra aquellos.
  4. Que aprobó el plan de hacer intervenir a la CIA cerca del FBI, para que éste cortase la investigación sobre el Watergate alegando intereses nacionales.
  5. Porque aprobó se pagase casi medio millón de dólares a los detenidos en el Watergate para que no hiciesen públicas sus conexiones con la Casa Blanca y el comité de reelección del presidente.
  6. Porque destituyó al fiscal Cox cuando éste insistió en obtener las pruebas necesarias para descubrir la verdad del escándalo.

Pero, sobre todas las cosas porque mintió una y otra vez a su pueblo, asegurándole que nada sabía del ‘Watergate’, cuando desde el principio estaba en las interioridades de él.

Es posible que el pueblo americano, que en el fondo es como todos los pueblos, ingenuo, emocional, dispuesto a creer a los hombres que ha elegido, perdonase a Richard Nixon todos los errores cometidos en torno a su equipo especial y a sus raterías nocturnas si el presidente hubiese tenido el coraje y la visión de irse a la pequeña pantalla el primer día para contarlo todo. Pero lo que hizo fue lo contrario: ir a la televisión para camuflar la verdad. Ofrecer falsas pistas, darse golpes en el pecho proclamando no sólo su inocencia, sino también la de sus servidores, que tan mal le han servido. Con ello ha destruido esa confianza, esa fe, esos lazos invisibles que deben unir a todo líder con el pueblo al que conduce, y sin lo que es imposible construir la fábrica de Gobierno.

No nos salgan los cínicos diciendo que toda política tiene que ser sucia y que todo político tiene que engañar, según receta de Maquiavelo, a sus súbditos. Maquiavelo dijo que tiene que engañar a sus enemigos. Aparte de que Maquiavelo no es infalible. Prefiero sacar la cita de uno de los más inspirados comentaristas americanos. Walter Lippmann: “Aquellos que están en los altos puestos son algo más que administradores escritores o ejecutores de la ley. Son los guardianes de los ideales de una nación, los ejemplos vivos de ellos, los que mantienen la fe en que una sociedad es algo más que una agregación de individuos”.

Los historiadores del futuro discutirán si Richard Nixon intentaba subvertir con su Policía especial y su equipo de pretorianos la República americana y transformarla en una dictadura ‘sui generis’. El pueblo americano no le hace dimitir por eso, sino por algo mucha más simple, mucho más grave: porque no ve en él ni el ejemplo ni la sensibilidad moral que exige a sus presidentes.

José María Carrascal

09 Agosto 1974

El Desenlace del drama

YA (Director: Alejandro Fernández Pombo)

Con la dimisión del Presidente Nixon termina el drama que en las semanas últimas había agarrotado la política de los Estados Unidos. Aún sin entrar en el fondo de las acusaciones que pesaban sobre el presidente (abuso de poder, obstrucción a la justicia, fraude fiscal, desobediencia al Congreso, es indudable que la dimisión arrancada a Nixon normaliza una situación que se había vuelto agobiante dentro y fuera del país. Queda para los historiadores estudiar y analizar objetivamente el desarrollo de la pugna que en estos dos años se ha librado entre el poder ejecutivo y el poder de las Cámaras y de los tribunales. Queda también para los historiadores juzgar de la iniciativa que en este pleito político tomaron, desde un principio, los medios informativos – prensa, radio, televisión – y dilucidar lo que de verdad y de infundio ha habido en las campañas llevadas a cabo por la Casa Blanca contra sus adversarios. De una y otra parte han abundado las intrigas, los equívocos y hasta el juego sucio.

Quizá el presidente Nixon, poseído de las prerrogativas del cargo, no midió las consecuencias de su desafío al Congreso y a la opinión pública reflejada en los ‘medios de masas’. Su rigidez de carácter no vio lo conveniente que hubiera sido para su buen nombre y para evitar la descarga del rayo sobre su cabeza, haberse avenido a negociar una solución de compromiso (con el obvio castigo de los culpables) tan pronto como surgieron los claros indicios del escándalo. Nada ha ganado el país – en algunos aspectos – con aplastar a su Presidente bajo el peso de unos acontecimientos lamentables. Pero la democracia norteamericana ha demostrado que tiene vitalidad vigorosa para no admitir abusos del poder ejecutivo y esperamos que sepa también superar las consecuencias de esta honra crisis, en la que el presidencialismo (y no sólo el Presidente) ha salido – no nos engañemos – muy malparado. Puede que los congresistas tengan que meditar y decidir sobre si el sistema presidencialista tal cual ha venido funcionando, al menos a lo largo de este siglo, con la mayoría de los presidentes, necesita reformas. De ellas se ha hablado y escrito con frecuencia en los últimos tiempos. Acaso ha caído con Nixon el último ‘presidente absoluto’….

No acaba con su dimisión la historia de Nixon, sobre la que forzosamente volverán, una y otra vez, los analistas políticos. El hombre del ‘impeachment’ no puede enterrar en el olvido al hombre de los acuerdos con Rusia y China, de la difícil y relativa paz de Vietnam, del cese del fuego en el Oriente Medio, de la lucha contra la inflación, etc., etc. Si su sucesor, Ford, como se ha dicho, mantiene en la política exterior la línea trazada (o autorizada) por Nixon y sigue Kissinger – el mago de los compromisos realistas – llevando esa política, la retirada de Nixon por el foro no tendría las funestas consecuencias que se derivarían de un cambio radical de orientación diplomática. Ahora, con la paz recobrada entre el Capitolio y la Casa Blanca, es de desear que los Estados Unidos se ocupen de que los organismos financieros, monetarios y económicos internacionales se pongan en sintonía para resolver de un modo global, el proceso inflacionario que amenaza con la quiebra de las economías nacionales y… hasta de los sistemas de gobierno del mundo libre. Es la apremiante tarea que le espera al sucesor de Nixon y lo que la justificará ante la historia.

17 Agosto 1974

Un autócrata se va

Eduardo Haro Tecglen

Abuso de poder; todas las acusaciones realizadas contra Nixon, las que han prevalecido en la Comisión Judicial del Congreso, las que retenía – y retiene aún – la justicia, las que prevalecen en la opinión pública, se resumen en ésta. En principio, parece absurdo: el Presidente de los Estados Unidos tiene en su mano lo que a un ciudadano del mundo le parecen todos los poderes. Desde el sábado, todas las noches se sienta a la puerta del dormitorio de Mr. Ford un oficial de guardia, con una cartera en la que están todas las claves para poner en marcha automáticamente los ‘misiles’ nucleares, todos los grandes bombardeos, todo el arsenal atómico que puede destruir el planeta en unos segundos. Teóricamente, el Presidente puede levantarse a media noche y destruir la Tierra. ¿Cómo a este Júpiter se le puede acusar de abuso de poder porque se llevó unos cuantos dólares para su casa de campo, aceptó una propina de los lecheros para subir los precios, espió a la oposición o movió los hilos de las Policías espaciales para apartar la persecución de sí mismo y de sus cómplices? Precisamente en esta distinción sutil está la esencia del mundo que se quiere hacer, del mundo moderno, con respecto a las Edades antiguas, medias o renacentistas; el autócrata no es tal si sirve al pueblo, porque su poder es el de todos; lo es en cuanto se sirve a sí mismo de ese poder. Lo que se ha condenado tan cruelmente en Nixon no es tan sólo un comportamiento irregular, ni tan sólo a él. Se han condenado los bombardeos de Vietnam, la invasión de Camboya, la creación de dictaduras en Grecia y en Chile. Tampoco son los que han condenado, sino una opinión pública, una opinión mundial. Todos en este mundo hemos estado más o menos gobernados por Nixon, o influidos por él (incluso los soviéticos, incluso los chinos= o por un abuso de poder que ha ejercido una forma imperial de gobierno. Todos vamos a estarlo también por Ford. Todos preferimos que el presidente de los Estados Unidos tenga que dar cuenta a un pueblo de cada uno de sus actos. Lo que ha caído con Nixon es una dictadura, una autocracia. Gana una forma de democracia.

Este autócrata se va de una manera tan lamentable como ha vivido en la presidencia, y como ha llevado su carrera política anterior. Se va con la mentira en los labios. Ha anunciado su dimisión señalando que se debía a que había perdido el apoyo político del Congreso para su labor como Presidente, lo cual es a todas luces incierto. Lo que ha perdido es la estimación humana de su país y del mundo. Y no debido a lo que decía en sus palabras de despedida; a haber cometido ‘errores de juicio’ por ‘los mejores intereses de la nación’ sino algunas villanías en servicio propio y para aferrarse a un poder personal. Durante dos años ha bloqueado el normal desarrollo de la política en su país, ha mantenido una situación morbosa, ha mentido incesantemente, ha destruido la confianza del pueblo en su Gobierno para su propio bien. Cuando el nuevo Presidente, Ford, haya pronunciado la frase ‘Ahora la pesadilla ha terminado’ a pesar de la fidelidad – casi servidumbre – que ha mantenido a Nixon durante su propia vida que ha mantenido a Nixon durante su propia vida política, estaba describiendo una verdadera situación. El ‘sueño americano’ se había convertido en pesadilla. Son temas en los que hay que insistir pese a la falta posible de elegancia que supone ensañarse con el caído – ¡para qué turbios y rufianescos fines ha servido la elegancia en la Historia y en la política – simplemente por una razón de estricta utilidad: para evitar que ahora se difunda la mitología de Nixon como mártir, la leyenda de que, después de todo, el castigo no está en relación con el delito o la cínica versión de que todos los políticos son iguales: mucho menos la teoría conspirativa la que atribuye otras intenciones a la acción contra Nixon. Esta última era su tesis preferida. Será la que defienda desde el despecho de su infierno de San Clemente en los libros y escritos, para los que le ofrecen ya más de dos millones de dólares. Hay que alegrarse de la caída de Nixon, como la de Caetano, como la tiranía griega, o como un día de la Chile. Aunque sus consecuencias inmediatas será, sin duda, otras. La revolución y guerra civil de los Estados Unidos tienen otras características.

¿Qué va a pasar ahora en los Estados Unidos? En primer lugar que ha desaparecido la tensión entre el Congreso y la Presidencia: Ford está aceptado y nombrado por todos los congresistas y Kissinger por casi todos. Sin esta tensión probablemente el gobierno del mundo sea más decente. No hay que pensar que la línea de coexistencia deba cambiar. La línea de coexistencia está por encima de los Presidentes y de las políticas de los Estados Unidos y de la URSS: es un hecho propio de la dinámica de la vida, una resultante obtenida de varios sectores. Ni la carrera, ni la filosofía política de Nixon parecían designarse para ser el político de la coexistencia: si lo resultó ser fue porque sus computadores propios le indicaron que sólo así podría ponerse a la cabeza del país en 1968 y 1974. Cierto que esta línea puede torcerse durante un tiempo o durante algunos años: ya sucedió a partir del asesinato de Kennedy y la adquisición de poder por Johnson. Sucedió contrariando a un pueblo que había derrotado a Goldwater en las elecciones de 1964, y como sucedió contrariando a ese pueblo, Johnson también tuvo que dimitir. Si no nos atenemos a los oficialismos administrativos, a la historia formularla, recordemos que Nixon no es el primer presidente que dimite: Johnson, al no presentarse a las elecciones de 1968 para obtener un segundo mandato y al anunciarlo un año antes, realizó una dimisión tan real como la de Nixon, y por la misma causa: de una crisis, de una crispación de la sociedad. El final de los tres últimos Presidentes de los Estados Unidos – Kennedy, Johnson y Nixon – ha sido irregular, insólito (quizá el asesinato que eliminó a Kennedy sea el procedimiento más frecuente en la Historia de Estados Unidos de quitarse de en medio a un Presidente antes del final de su mandato). Durante los últimos catorce años, la Historia de los Estados Unidos es la de una crisis de poder, la de una guerra civil. Esperemos que con la caída de Nixon haya comenzado a resolver.

El papel imperial de los Estados Unidos y su forma de pesar sobre el mundo no deberá de cambiar inmediatamente. No tiene por qué cambiar. Quizá veamos un entendimiento. No tiene por qué cambiar. Quizá veamos un entendimiento próximo con Cuba: Fidel Castro había anunciado que era imposible mientras Nixon estuviese en el poder. Sabía por qué lo decía: porque Bebe Robozo, su cómplice en los Watergates, mantenía sobre la Casa Blanca la presión del ‘lobby’ cubano. Quizá veamos algunas injerencias menos en asuntos internos. Todo ello está realmente presente en las estructuras políticas actuales, las mismas que han permitido los cambios en Grecia y Portugal, y que han ocasionado los más  recientes cambios políticos en Europa. Estamos asistiendo de verdad al deshielo de la guerra fría y la posguerra con todos los corrimientos de tierras que ese cambio genera de la estructura política lleva consigo. Se trata de una eliminación de autocracias, de un regreso de fórmulas más democráticas y abiertas. No hay por qué creer que las nuevas democracias van a resolver los problemas del mundo o que puedan ser un fin en sí, pero son un tránsito. Son la negación de todo lo anterior, que merecía ser negado y bien negado, y, por lo tanto, hay que acogerlas como un movimiento positivo. Insistamos en que el destronamiento de Nixon está en ello: la desaparición del papel del Presidente de los Estados Unidos como autócrata, y su sustitución por unos estamentos democráticos ideales hace doscientos años, pervertidos desde hace doscientos años – salvo breves intervalos o estelares – tiene una importancia. Una importancia rectificación.

Probablemente los dos años que ha de estar Ford en la Presidencia hasta que se celebren nuevas elecciones presidenciales en 1976 van a marcar un suave tránsito en ese sentido, dentro y fuera de los Estados Unidos. No hay que pensar que ciertos mundos poderosísimos – las industrias, el comercio, las armas – van a aflojar sus riendas ni a perder su imperialismo, pero sí hay que pensar que esos mismos mundos saben ya cuál es el peso del control democrático, por una parte: por otra, que saben que las sociedades actuales, en tanto que sociedades de negocios y compraventa, deben ser manejadas con una sutileza muy distinta de la pesada manaza de Nixon. A partir de finales del año próximo veremos cómo los dos partidos tradicionales de los Estados Unidos evolucionan hacia las elecciones, como recogen la opinión pública del país y del mundo y cuáles son los programas y los nombres de los aspirantes a candidatos. Será entonces cuando se note realmente la profundidad del cambio.

Eduardo Haro Tecglen

26 Junio 1992

Primero lo dio el «Post»

Benjamin Bradlee

NO hay noticia periodística que se le haya atragantado a Washington del modo en que lo hizo la del Watergate. Tampoco ninguna historia periodística que yo conozca ha dominado nunca las conversaciones, la Prensa y los programas de radio y televisión como lo hizo la del Watergate. Había momentos en que uno podía recorrer a pie manzanas enteras de la ciudad y viajar en taxi por todas partes sin perderse ni una sola palabra de las sesiones o de las ruedas de prensa. Durante aquel primer verano (el de 1972), nos sentimos solos. Salvo los del Washington Post, pocos colegas nos apoyaban y, conforme a la gran tradición estadounidense, muchos periódicos parecían querer destruir nuestras historias. Hicimos de todo menos sumergir las cabezas de Bob Woodward y Carl Bernstein en un cubo de agua, para que produjeran más historias como, de hecho, hicieron semana tras semana. Pero nuestra esperanza de que otros periódicos se hiciesen eco de la historia fue en vano. Hasta finales de octubre de 1972, cuando Walter Cronkite dedicó dos programas consecutivos al Watergate, muchos directores de periódicos no empezaron a tomarse en serio los artículos publicados por el Washington Post sobre el caso. Recuerdo el día en que Gordon Manning, que era entonces un alto cargo de CBS News y había sido compañero mío en Newsweek, me llamó para darme la buena noticia. Me dijo que Cronkite iba a hacernos famosos. El precio de aquel estupendo regalo, anunció Gordon Manning, eran los documentos. «Necesitamos todos los documentos», dijo. «La televisión es un medio visual». Le dije que no teníamos documentos, que nunca los habíamos tenido, que todos eran reportajes originales. Hizo hincapié en el favor que iba a hacernos y me recordó nuestros muchos años de gran amistad. Por fin pudimos convencer a Manning y nos encantó que la parte visual de los programas de Cronkite estuviese compuesta, casi en su totalidad, de montajes de las primeras planas del Washington Post. Pero hasta bien entrado el invierno de 1973 no se nos unió, en la búsqueda de la verdad, el resto de la Prensa de Estados Unidos, que además comenzó a aportar reportajes propios. Aún así, cuando el jurado del premio Pulitzer, pilar del periodismo estadounidense, se reunió en Nueva York para elegir los mejores artículos de 1972, el descrédito que le merecía el Watergate era todavía tremendo. Nosotros habíamos presentado nuestra cobertura del caso Watergate en el apartado de servicios públicos, el más prestigioso de todos. Al darse a conocer el veredicto del jurado al consejo asesor -del que yo formaba parte, el resultado me asombro: el jurado del apartado de servicios públicos había elegido como finalistas cinco periódicos. Pero entre ellos no estaba el Washington Post. Al llegar a la Universidad de Columbia para la decisión final de los premios, mis compañeros del consejo asesor, Newbold Noyes, director del Washington Star, y James (Scotty) Reston, el decano de los corresponsales en Washington del New York Times, me dijeron que habían decidido conceder al Washington Post el premio a los servicios públicos y que pretendían anular la decisión del jurado. «Estupendo», pensé para mis adentros. Pero hasta más tarde no comprendí cuál iba a ser el precio. El consejo asesor anuló dos de los otros tres premios que el jurado recomendaba conceder a reporteros del Washington Post -a Haynes Johnson, por sus informes sobre temas nacionales, y a Dan Morgan, por sus reportajes de información extranjera, otorgándoselos a otros. Por aquel entonces, la Prensa se había unido para perseguir la historia más importante de toda una vida y el Gobierno se había unido para taparla. Woodward y Bernstein estaban refinando su aportación más importante al periodismo estadounidense: la tenacidad. No dudaban en volver a llamar a sus fuentes una y otra vez. Y, claro, esa tenacidad dio sus frutos. Les presionábamos para que produjesen artículos, pero cuando los producían les presionábamos para que consiguiesen documentación y fuentes. Nos volvimos más cautelosos a medida que la historia se iba desarrollando. Visto ahora, muchas veces nos excedimos en la cautela. Recuerdo que no me creí -ni dejé aparecer en el periódico- las historias referentes a los intentos de los «fontaneros» para desacreditar a Teddy Kennedy. Recuerdo, concretamente, que subestimé la importancia de las cintas al enterarme de que existían. Trabajamos durante una cantidad increíble de horas, sobre todo Woodward, Bernstein, Howard Simons, Len Downie y Barry Sussman. Casi notábamos crecer el apoyo de la opinión pública, a pesar de que ésta experimentaba algún que otro bajón a lo largo del tiempo. El mayor de todos fue a raíz de nuestro artículo referente a un fondo secreto de 350.000 dólares, controlado por el jefe de personal de la Casa Blanca, H.R. Haldeman, desde la misma Casa Blanca. Nosotros habíamos publicado en el periódico que un alto cargo de la campaña, Hugh Sloan, había testificado acerca de ese dinero ante el gran jurado federal que investigaba el caso Watergate. Veíamos mucho los noticiarios para comprobar qué se decía en televisión acerca de nuestros artículos. Una noche nos quedamos todos horrorizados al ver a Dan Schorr, de la CBS, tirarle a Sloan un micrófono a la cara, que éste último aprovechó para negar haber dicho semejante cosa ante el gran jurado. Encargamos a Woodward y Bernstein que averiguaran qué había fallado. Lo que había fallado era que Sloan le había hablado de ese dinero al acusador público, Henry Petersen, pero éste no le había preguntado al respecto ante el gran jurado. Nos preguntábamos por qué. Más adelante, nos enteramos de que ese fondo ascendía a 700.000 dólares y no a 350.000, como creímos en un principio. De todas formas, hubo días en que nos sentimos muy preocupados y éramos conscientes de que nuestros colegas se preguntaban si la historia se iba a desmoronar. A veces nos parecía que más que preguntárselo, lo deseaban. Cuando comenzaron las sesiones del Senado, seguidas inevitablemente de la investigación de la acusación en la Casa Blanca, empezamos a pensar que Nixon debía dejar el cargo para que pudiera esclarecerse el caso. Durante meses tuve la preocupación de que todo acabase en tablas: la Prensa afirmando una cosa, el presidente afirmando otra y la opinión pública dividida. A principios de agosto de 1974 empezó a parecer que Nixon se iría de un modo u otro. El Washington Post tenía una fuente extraña, revelada aquí por primera vez, en la persona del senador Barry Goldwater. Acompañado por el líder de la minoría del Senado, Hugh Scott, y por el líder de la minoría del Cámara, John Rhodes, Goldwater hizo una visita especial a la Casa Blanca para comunicarle a Nixon la mala noticia: no contaba con los votos necesarios para impedir su procesamiento. Cuando Goldwater llamó después de aquella reunión, fue para advertirme que no fuera a escribir nada que hiciera sentir a Nixon atrapado. Sus palabras fueron éstas: «Está atrapado, pero no se os ocurra decirlo, hijos de puta». Poco después de aquella conversación, el staff del periódico decidió evitar cualquier manifestación pública relacionada con la resolución del caso. Cualquier cosa que pudiera interpretarse como regocijo sería merecedora de un tiro, por no decir de un pelotón de fusilamiento. Decidimos no conceder entrevistas, no dejar entrar a las cámaras de televisión en el edificio del Washington Post y no hacer declaraciones. De pronto, todo había terminado. El momento más intenso de nuestra vida. El presidente había dimitido. Abandoné la ciudad casi inmediatamente para irme a una cabaña de madera, aislada en medio de West Virginia, para terminar un libro sobre John Kennedy. Un mes después, emprendí las largas vacaciones que Katharine Graham, la editora que nos apoyó desde el principio, había decidido que todos nos merecíamos. Yo elegí Brasil -las selvas del Brasilpensando que allí, al menos, no se hablaría del Watergate. Cuando aterrizamos en Manaus, dos periodistas que hablaban con un acento alemán muy marcado salieron a recibirnos al pie de la escalerilla. Oí las palabras «Haldeman» y «Ehrlichman». Me preguntaban acerca de algo que Haldeman le había dicho a John Ehrlichman. Querían saber a qué se refería. Sabe Dios.

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