6 junio 2025
Oughourlian nombra a Jan Martínez Ahrens nuevo director de EL PAÍS en sustitución de Pepa Bueno
Hechos
El 6 de junio de 2025 el diario EL PAÍS
Lecturas
El 5 de junio de 2025 el presidente del Grupo PRISA, Joseph Oughourlian, respaldado por la vicepresidenta Pilar Gil Miguel, anuncia la destitución de María José Bueno Márquez [Pepa Bueno] como directora del periódico El País y su sustitución por Jan Martínez Ahrens, que tomará posesión el 6 de junio de 2025.
10 Junio 2025
Lector antes que director
Soy lector de EL PAÍS antes que su director. No es algo que haya elegido yo. Mi padre me inició en esa costumbre en los años setenta. Él, socialdemócrata y republicano, pertenecía a ese grupo de lectores que compraban el periódico desde el primer día. Lo recuerdo de camino al quiosco y luego llevándolo sin miedo bajo el brazo, cuando ese gesto, en una España que no había celebrado elecciones generales ni aprobado la Constitución, suponía declararse demócrata frente a los timoratos y los nostálgicos de la dictadura.
El periódico, aquel periódico en blanco y negro, lo dejaba mi padre, tras leerlo, en la mesilla del salón y yo lo devoraba de principio a fin, sin entenderlo del todo pero sintiendo el placer de navegar sin restricciones por sus historias (aún tengo presente la conmoción que a los 11 años me causó la muerte de Elvis Presley e intuir vagamente lo que podía ser una sobredosis). Esa costumbre lectora nunca me abandonó y de algún modo guio mis pasos hacia el periodismo, una profesión por la que nunca sentí vocación (lo mío era más la arqueología), pero que me cautivó cuando, aún universitario, empecé a escribir en medios muy locales.
Han pasado más de 30 años desde entonces pero siempre he sentido que una parte fundamental de mi trabajo, ya sea como reportero o editor, ha estado basada en mi experiencia previa como lector, en el recuerdo del flujo de artículos e imágenes que me impresionaron.
La huella, más que la pisada, es lo que importa. La marca fluida que con el tiempo deja en nosotros un medio informativo y que abona la confianza, el aprecio, la credibilidad. Gracias a este sedimento, uno acude a un artículo de su periódico a sabiendas de que si es una entrevista tendrá buenas repreguntas o de que si se trata del perfil de un político huirá de toda militancia o maniqueísmo. En esa confianza anida un intercambio, una forma de compartir, plena de intangibles, pero que refiere a un modo concreto de hacer periodismo. Un código que, en tiempos de confusión como los actuales, hay que defender, no para volver al pasado o caer en el juego de la nostalgia, sino para mantenernos firmes en la defensa de los valores que hacen fuertes al periodismo.
Vivimos en un universo fractal donde las vías de información se han multiplicado hasta el infinito. En esta Babel, el engaño ha encontrado un gigantesco caldo de cultivo. La verdad ha sido sustituida en amplios espacios mediáticos por una viralidad a la que, con tal de obtener resultados, poco le importa si lo que cuenta es cierto, puro invento o mitad y mitad.
Bajo estos vientos, los hechos alternativos alentados desde el poder político y los intereses económicos ganan cada día más terreno. El auge de la ultraderecha y el triunfo de Donald Trump y sus epígonos forman parte de esta nueva barbarie. En un mundo de alta inestabilidad, los nuevos machos alfa vapulean y deslegitiman las instituciones desde dentro; la voluntad de poder se impone frente a los valores del consenso, considerados débiles y desfasados. Lo que parecía imposible hace décadas (¿alguien se imaginaba a un presidente de Estados Unidos enriqueciéndose en el cargo, hablando de anexionarse a Canadá y Groenlandia, denigrando a los extranjeros y facilitando el trabajo sucio a Putin?) ya es una realidad y ante ella, como tantas veces ha pasado en la historia, hay que luchar por lo evidente.
La verdad existe y los periodistas están obligados a buscarla. Para ello se requiere, no de grandes enunciados, sino de método. Sencillo y claro. Contrastar, buscar el dato correcto, escuchar a las partes en conflicto, acudir al lugar de la noticia, dudar de las versiones oficiales y fiscalizar el poder son las armas que tenemos los periodistas para aproximarnos a la verdad y romper esa equidistancia que iguala a víctimas y verdugos. No siempre se llega hasta el fondo de una historia, y a veces nos equivocamos, pero el empleo del método (y los mecanismos subsiguientes para reconocer los errores) aseguran la honestidad del medio y ayudan a crear esa huella, esa marca que genera confianza y credibilidad.
Eso es lo que los lectores exigen de EL PAÍS y lo que nos ha permitido con el paso de los años ser un periódico de referencia mundial. Es un trabajo que, ante la pandemia de mentiras, pide más que nunca un compromiso con la independencia y la pluralidad. Valores que este periódico ha defendido desde el primer día, cuando en España aún se vivían días de plomo. Hoy, al igual que entonces, El PAÍS aspira a defender la democracia, a ser un vehículo de diversidad e igualdad.
El pasado viernes 6 de junio asumí el cargo de director de EL PAÍS y ese mismo día, ante la Redacción, pronuncié un discurso en el que me reafirmé en ese compromiso con la verdad y la independencia. En mi interior (y discúlpenme por personalizar tanto) sabía que lo estaba diciendo como un lector más, como alguien que espera eso de su periódico para poder llevarlo debajo del brazo, tal como alguna vez lo vio hacer, con orgullo frente a los enemigos de la democracia.
16 Julio 2025
El País, sin escrúpulos
(Propuesto ser representante de Podemos en el Consejo de RTVE)
Hay un problema muy serio en el mundo de la información: el futuro de los periodistas pocas veces depende de su capacidad profesional. Los factores que intervienen en que puedas llenar la nevera y pagar la hipoteca se parecen poco a los problemas que afronta un arquitecto, un médico o un agente inmobiliario para conseguirlo. Por lo general un profesional depende de las leyes del mercado para ganarse la vida con sus conocimientos. En periodismo no, en periodismo dependes de tu habilidad para hacer la pelota, de tu destreza para olvidarte de las cuatro cosas decentes que aprendiste en la facultad, si es que en la facultad aprendiste alguna cosa decente.
Existe algún que otro medio que de vez en cuando va y recuerda que sus lectores, sus oyentes o sus espectadores merecen un respeto y ahí es donde, en ocasiones, los profesionales que tienen la suerte de trabajar en él consiguen regresar a casa al final de la jornada satisfechos con el trabajo realizado. Sin que les avergüence mirarse al espejo, como debería ocurrirle a tanto mercenario, por lo general mal pagado, que en estos momentos ha hecho del bulo y las noticias falsas el santo y seña de su supervivencia diaria. Claro que estos asalariados al poco tiempo -la capacidad de adaptación del ser humano es infinita- andan ya por la vida encantados de haberse conocido y defendiendo cualquier dislate aparecido en su medio, así se trate de la infamia más grande jamás contada ¡Qué malo es tener hambre!
En estas cosas andaba yo pensando el pasado fin de semana cuando me acordé de algunos compañeros del diario El País a los que respeto, profesionales por lo general con sueldos dignos, de los pocos en el oficio, quienes llevan tiempo haciendo un periodismo que ojalá puedan continuar desarrollando. No he querido hablar con ninguno de ellos antes de escribir estas líneas porque prefiero transmitir aquí lo que percibo como lector desde que hace poco más de un mes se marchó Pepa Bueno y entró Jan Martínez Ahrens a ocupar su puesto como responsable del periódico.
Lo primero que me descuadró fue lo poco que tardó en cambiar el tono de las primeras páginas y de los editoriales. Para peor, claro. O para mejor, si el objetivo del nuevo responsable es robarle clientela al ABC, El Mundo o La Razón ¿Significa esto que a la nueva dirección no le importan ya sus lectores de siempre? Es verdad que los principales espadas continúan sirviéndonos su trabajo con la misma profesionalidad, pero el envoltorio resulta cada día más difícil de digerir. Nunca fue el actual presidente del Gobierno santo de mi devoción, pero no me parece buen síntoma que en la madrileña calle Miguel Yuste, sede del diario El País, se vuelva a abrir la veda contra Pedro Sánchez como sucedió en los tiempos de Antonio Caño, el director más tóxico (mayo 2014-junio 2018) que jamás tuvo el diario hasta que otro, y no miro a nadie, se empeñe en superarlo.
La verdad es que Ahrens se encontrará ahora con menos trabajo que el que tuvo Caño haciéndose eco de bulos y falsas informaciones por ejemplo contra los miembros de Podemos, cuando se decretó una cacería contra la formación morada en la que el periódico no se mantuvo precisamente al margen. Lo que nunca entenderé es cómo Sánchez, que ya supo en sus propias carnes cómo era capaz de gastárselas por entonces El País -lo llamaron “insensato sin escrúpulos” en un editorial (28.09.16) y le confesó a Jordi Évole en una entrevista televisiva las presiones que en su momento había sufrido por parte de Prisa-, una vez que consiguió ser presidente del Gobierno y se reconcilió con el grupo editorial decidiera ponerse de perfil frente a los ataques que sus socios de coalición continuaron recibiendo por parte del diario.
Como le ha ocurrido con las cloacas, con los jueces o con la policía patriótica, que ahora van a por él como antes iban a por Podemos, en El País han vuelto a enfilar a Sánchez al tiempo que dan cabida entre sus columnistas a firmas que defienden, por ejemplo, a los activistas de ultraderecha disfrazados de periodistas, esos saboteadores de ruedas de prensa de los políticos de izquierda que torpedean el quehacer de los informadores parlamentarios y consiguen que el ambiente de trabajo en la sala de prensa del Congreso sea cada vez más irrespirable.
Algunos de los periodistas del diario El País han alzado su voz manifestando abiertamente su discrepancia con la publicación en el diario de columnas donde el autor no se toma la molestia de verificar lo que escribe. Hago votos muy sinceramente porque puedan continuar llenando sus neveras como siempre y no vean peligrar sus puestos de trabajo por defender la dignidad del oficio y hacer buen periodismo, ni acaben tampoco conviviendo de nuevo con personajes tipo Alandete o Torreblanca, dos de los lugartenientes más significados en los tiempos de Antonio Caño.
Hago votos porque puedan continuar manifestando su opinión cada vez que no les guste algo de lo que se ofrece en las páginas del periódico para el que trabajan, hago votos asimismo porque la información sobre partidos de izquierda como Podemos sea cabal y no acabe desapareciendo de ellas. Y también, qué caray, porque en ningún editorial del diario se le vuelva a llamar a Pedro Sánchez insensato sin escrúpulos. La posibilidad existe porque El País, es un hecho, ha vuelto a las andadas. En mes y medio no lo reconoce ya ni la madre que lo parió.