14 agosto 1989

Ambos políticos son miembros del hegemónico Partido Nacional

Pieter Botha, el principal defensor del ‘aparatheid’ dimite como presidente de Sudáfrica, le sustituye el aperturista De Klerk

Hechos

El 14.08.1989 Frederick de Klerk se convirtió en el nuevo presidente de Sudáfrica tras la dimisión de Pieter Botha.

16 Agosto 1989

La gran ocasión de De Klerk

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

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LA DIMISIÓN de Peter Botha de la presidencia de la República de África del Sur ha tenido lugar en unas circunstancias que acrecientan su significación política. Después de meses de tensas relaciones entre Botha y el ministro De Klerk -elegido en el pasado mes de febrero presidente del Partido Nacional en sustitución del primero-, acaba de surgir entre ellos un grave conflicto sobre un tema esencial: la actitud a adoptar con los Gobiernos negros que apoyan al Congreso Nacional Africano (ANC). De Klerk había concertado para el 28 de agosto un viaje a Lusaka para entrevistarse con el presidente Kaunda. Botha reaccionó violentamente contra ese viaje, no sólo porque había sido preparado a sus espaldas, sino porque lo consideró inoportuno a causa del apoyo que Kaunda presta al ANC. El Gobierno en pleno apoyó a De Klerk, y Botha tuvo que dimitir. Ahora De Klerk ocupará provisionalmente la presidencia de la República en espera de su nombramiento formal, una vez que hayan tenido lugar las elecciones parlamentarias convocadas para los primeros días de septiembre.El dimisionario Botha se retira después de 11 años de gobierno durante los cuales realizó ciertas reformas del sistema constitucional, pero evitando el problema decisivo: la total carencia de derechos políticos de la población negra, condenada a un apartheid inhumano y humillante. Ha sido un reformador a medias: pensaba que corrigiendo aspectos secundarios podría consolidar una bochornosa e impresentable situación de segregación racial. Su invento principal fue crear unas cámaras elegidas por la población mestiza e india, con ciertos derechos de colegislación con el parlamento elegido por los blancos. Pero ello sólo sirvió para poner aún más de relieve la terrible injusticia cometida con los negros, que constituyen la aplastante mayoría del país. Por eso sus reformas han fracasado. Por otra parte, al dar a los militares una serie de derechos abusivos para intervenir en la administración de las barriadas o pueblos negros, ha sido responsable del recrudecimiento de la represión, lo que, a su vez, provocó la imposición de sanciones contra África del Sur y su consiguiente aislamiento en la escena mundial.

Mientras tanto, las nuevas relaciones de cooperación que se han establecido entre la URSS y EE UU han abierto nuevas perspectivas en el África austral. Los acuerdos sobre Namibia y Angola, la preparación de una negociación en Mozambique entre el Gobierno y los rebeldes del Renamo, crean un clima que facilita un nuevo tipo de relaciones entre Pretoria y los Estados negros de la llamada línea del frente. De muy distintas maneras, y pese a las evidentes y enormes dificultades, se puede afirmar que en esa región se está pasando de una etapa de guerras y confrontaciones a otra en la que se abre camino el diálogo, la negociación, la paz.

Y es precisamente en ese marco en el que se han perfilado dos actitudes distintas en el seno del Gobierno surafricano: la de Botha, reticente ante lo nuevo, con una visión de corto alcance, muy influida por concepciones caducas e incapaz de ir más allá de algunos gestos sin continuidad, como su entrevista con Mandela el mes pasado. Y la de De Klerk, al que los propios rasgos personales le ayudan a adoptar una actitud más acorde con la fase presente de la coyuntura mundial. Es 20 años más joven que Botha, más pragmático y flexible. Firme partidario del predominio del poder civil, está menos atado a los doginas que subyacenen la base de la cultura blanca de Suráfrica. No sólo ha causado buena impresión en Europa duiante su reciente gira, sino que estableció un diálogo serio con dirigentes negros, como Chissano, el presidente de Mozambique. Los Gobiernos negros de la línea del frente atribuyen un gran significado al traspaso de poderes de Botha a De Klerk. Se habla de dar a éste un plazo de cuatro o cinco años para que deshaga el apartheid, después de lo cual se daría ingreso al Gobierno surafricano en los organismos regionales africanos que hoy le condenan.

De Klerk despierta esperanzas, pero aún no ha dado pruebas que permitan confiar en su éxito. Existe un abismo entre las ideas que él baraja y las legítimas demandas de los negros. ¿Será posible superarlo? ¿Hasta dónde está dispuesto a ir De Klerk? La inminente consulta electoral permitirá medir el apoyo de que goza ante la nueva fase política, en la que entra el país. Pero un hecho decisivo es que se abre camino la idea de que sólo negociando con el ANC será posible tender puentes hacia el futuro. Emprender esa negociación es para De Klerk un reto difícil, y al mismo tiempo está inevitablemente obligado a aceptarlo. Su pragmatismo lo impone.

09 Septiembre 1989

La opción de De Klerk

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

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LA DURA represión de manifestantes negros en la jornada electoral -sólo para blancos- del pasado miércoles (se habla de decenas de muertos) subraya hasta qué punto rigen en Suráfrica métodos de gobierno incompatibles con valores universalmente reconocidos en el mundo contemporáneo. Pero aun así, los resultados de la consulta aportan datos que pueden indicar un cambio en el futuro.De Klerk, el nuevo jefe del Partido Nacional, ha obtenido -a pesar de una disminución sensible de votos- la mayoría absoluta de la Cámara y será elegido presidente de la República el 14 de septiembre. Tendrá, pues, los poderes necesarios para poner en práctica la profunda transformación que ha prometido en su campaña electoral. «El apartheid debe desaparecer, la discriminación debe ser suprimida. No hay otra alternativa». Tales fueron las palabras con las que cerró la campaña.

Pero la sociedad blanca surafricana no puede sustraerse a las variaciones en la escena mundial. En su entorno se han producido cambios hacia la pacificación. Suráfrica se halla en la actual coyuntura histórica rodeada de un mundo hostil y es condenada incluso por Europa y EE UU. Seguir con el apartheid implicaría un cerco internacional cada vez más estricto y que ya está causando serias dificultades económicas al país. En estas circunstancias, frente a una protesta negra cada vez más audaz, sólo hay dos opciones: el diálogo o empujar al país hacia niveles de violencia difíciles de imaginar. Las promesas de De Klerk reflejan una novedad en la mentalidad colectiva que se abre camino, si bien con serias dificultades.En este orden, las elecciones aportan dos datos importantes: el partido conservador, que, acusando a De Klerk de que va a entregar el poder a los negros, esperaba un mar de fondo a su favor ha fracasado porque sólo ha ganado unos cuantos escaños. Por el contrario, la gran sorpresa ha sido el avance del Partido Demócrata, representativo de los sectores blancos que luchan desde hace tiempo contra la segregación racial y preconizan una plena igualdad de derechos para los negros. Un sector creciente de población blanca, sobre todo de lengua inglesa y de alto nivel cultural, duda de que De Klerk sea capaz de realizar la gran reforma y se inclina hacia el partido que propugna una política más radical.

Mientras los blancos votaban, la población negra ha llevado a cabo una huelga gigantesca que ha paralizado parte del país; una impresionante protesta contra su exclusión de las urnas, una demostración de su voluntad de participar en una política democrática. Actitud que corresponde a la nueva línea definida por el Congreso Nacional Africano (ANC), que, con el respaldo de numerosos Estados africanos, propone una negociación al Gobierno de Pretoria. Sin duda hay un abismo entre las demandas del ANC y el proyecto de De Klerk, y serán precisas concesiones de ambos lados. Pero lo importante es crear condiciones para un diálogo. Ello exige la inmediata puesta en libertad de Mandela y del resto de los presos políticos.

17 Octubre 1989

El gesto de De Klerk

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefania)

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LA DECISIÓN del presidente de Suráfrica, Frederik De Klerk, de liberar a siete de los principales dirigentes del Congreso Nacional Africano (ANC) es el anuncio de los cambios que pueden hacer de Suráfrica -en un plazo más o menos largo- un país distinto. El hecho de que Walter Sisulu y otros líderes históricos del ANC, que han pasado más de 25 años en la cárcel, estén en libertad, ha sido saludado con grandes manifestaciones. Aunque sigue encerrado el preso político más famoso del mundo, Nelson Mandela, todo indica que la liberación de sus compañeros ha sido una medida previa para preparar la suya.Con esa decisión, De Klerk da un paso, siquiera parcial, hacia el cumplimiento de sus promesas electorales de realizar una reforma profunda para eliminar de manera gradual el apartheid. Pero ha tenido en cuenta, además, ciertas consideraciones de política exterior para no demorar un primer gesto demostrativo de su voluntad de cambio. El 18 de octubre se reunirá en Kuala-Lumpur la cumbre de la Commonwealth, y en ese encuentro la señora Thatcher tendrá que hacer frente a las demandas de líderes de muchos países africanos que piden un reforzamiento de las sanciones contra Suráfrica hasta que no se haya puesto fin a la discriminación racial. La señora Thatcher, informada por De Klerk de la liberación de los líderes negros antes incluso de que se hiciese pública, utilizará ese hecho como principal argumento para pedir que se supriman las sanciones.

El camino hacia la liquidación del apartheid no ha hecho más que empezar, y sería negativo levantar las sanciones antes de que haya concluido. El boicoteo internacional, a pesar de sus insuficiencias, ha tenido efectos positivos, económicos y políticos. Ayudó a convencer a muchos electores blancos de que, sin liquidar la discriminación racial, no podrán salir de un aislamiento cada vez más dañino. Y ahora, cuando De Klerk ha dado un primer paso -pero sólo un primer paso-, sería absurdo aflojar la presión internacional. Lo que necesita Suráfrica para ser admitidaen el concierto de las naciones es un nuevo sistema político que reconozca a los negros -la aplastante mayoría de la población- sus derechos cívicos.

Hay tres medidas ineludibles para De Klerk si, como parece, pretende transformar el país de fórma no traumática: la libertad de Mandela, el fin del estado de excepción y la legalización del ANC. En el equipo de De Klerk hay discrepancias al respecto: unos desean negociar con el ANC, pero otros quieren evitarlo o al menos aplazarlo. Ello explicaría el que una afirmación del embajador de Suráfrica en Londres en favor de tal negociación haya sido luego desmentida.

Una vez que la liberalización ha sido puesta en marcha, al Gobierno le conviene -para garantizar el máximo de estabilidad- recorrer sin retrasos las etapas que deben conducir a la legalización del ANC como fuerza política con capacidad para actuar de modo público y responsable. Es la mejor forma de pasar de posibles enfrentamientos en las calles a un diálogo político serio; de evitar acciones irreflexivas de grandes masas, en las que hay mucho resentimiento acumulado y que viven ahora con la esperanza de alcanzar unos derechos tan anhelados.

El Análisis

Sudáfrica: cambio en la cima, incógnita en el fondo

JF Lamata

El 14 de agosto de 1989, Frederick de Klerk asumió la presidencia de Sudáfrica tras la dimisión de Pieter Botha, cerrando una etapa marcada por el inmovilismo más férreo en defensa del apartheid. El relevo no es menor: Botha encarnaba el rostro más inflexible del régimen, mientras que De Klerk, pese a su larga complicidad con el sistema, intenta presentarse como un reformista dentro del Partido Nacional. En un país que lleva décadas viviendo bajo una democracia restringida a la minoría blanca, la mera expectativa de un cambio, por leve que sea, despierta tanto esperanza como escepticismo.

La Sudáfrica de 1989 está exhausta y tensionada. En las zonas negras, las reivindicaciones son claras: fin del apartheid, igualdad de derechos políticos, liberación de Nelson Mandela y de los presos políticos, y fin de la represión contra el Congreso Nacional Africano y otros movimientos. El régimen, acorralado por la presión interna y por las sanciones y críticas internacionales, se enfrenta a una disyuntiva histórica: o abre paso a un proceso de integración racial, o se arriesga a un conflicto civil aún más profundo.

De Klerk ha prometido pragmatismo y diálogo, pero las promesas, en Sudáfrica, se han evaporado muchas veces antes de tocar la realidad. La diferencia entre un cambio de estilo y un cambio de sistema será la que determine su lugar en la historia. Los líderes negros, dentro y fuera de prisión, esperan gestos concretos. Y el mundo observa, con cautela, si la llegada de un nuevo presidente significa realmente el principio del fin de la segregación… o solo el cambio de guardián en la misma fortaleza.

JF Lamata