20 febrero 2011
"Joya de la telemierda que vive del feminismo imbecil"
Polémica entre el escritor Arturo Pérez Reverte (XL SEMANAL) y la columnista Pilar Rahola (LA VANGUARDIA)
Hechos
- El 21.02.2010 el Sr. Pérez Reverte publicó un artículo en XL SEMANAL en el que citaba a la Sra. Rahola.
- El 23.02.2010 la Sra. Rahola publicó un artículo en LA VANGUARDIA sobre el Sr. Pérez Reverte.
Lecturas
Una columna de XL Semanal de Arturo Pérez-Reverte – Sobre violaciones y fascistas – incluye una referencia despectiva contra las tertulianas de ‘La Noria’ María Antonia Iglesias González y Pilar Rahola Martínez. Esta última decide responder desde La Vanguardia, donde es columnista diaria, con un texto contra Pérez-Reverte el 23 de febrero de 2011 con el título ‘Reverte, el Pérez’.
21 Febrero 2011
Sobre violaciones y fascistas
Si algo desvirtúa y ahueca las palabras, vaciándolas de significado, es la estupidez de quienes abusan de ellas. Me refiero a ésos que entran a saco en el diccionario -que encima no consultan jamás- y, con la ausencia de complejos del analfabeto o el capullo en flor, machacan un término al que convierten en perejil de todas las salsas, retorciendo su sentido original hasta que no puede reconocerlo ni la madre que lo parió. Y al cabo, cuando la gente seria necesita esa palabra para usarla en su sentido exacto, se encuentra con que la infeliz comparece tan ajada y maltrecha que no sirve para nada. Los que cada día trabajamos dándole a la tecla, eso lo notamos mucho. Como también lo aprecia cualquiera que tenga sentido común y se fije. Puesto en verso, es lo que le ocurre al pobre Luis Mejías con doña Ana de Pantoja, en el Tenorio, cuando dice aquello de: «Don Juan, yo la amaba, sí. / Mas con lo que hais osado / imposible la hais dejado / para vos y para mí».
Un ejemplo, entre muchos, es la palabra fascista; que, de aludir al movimiento nacionalista surgido en Italia después de la Primera Guerra Mundial, con su encarnación hispana en el falangismo y otras tendencias hermanas, pasó a definir durante la Guerra Civil, en boca de la izquierda radical, al bando nacional e incluso a los republicanos moderados. Heredada por el franquismo, la palabra fue patrimonio de la ultraderecha durante la Transición, antes de verse felizmente olvidada durante veinte años. Pero en los últimos tiempos ha vuelto a ponerse de moda. La necesidad, a falta de coherencia ideológica propia, de poner etiquetas al adversario, hace que ahora se aplique a cualquier persona o situación que se aparte, no ya de una posición de izquierda, sino de lo social y políticamente correcto, e incluso de la más fresca tontería de moda. Así, alguien que se peine con fijador o vista con corrección puede ser calificado de fascista, igual que el aficionado a los toros, quien enciende un cigarrillo o el que ejerce violencia doméstica. Todo se presenta en el mismo paquete, el de fascistas o fachas, como si fuera improbable que alguien de izquierdas se peine con raya, fume, le guste ir a los toros o le pegue a una mujer. Por supuesto, quien más jugo saca al término es la clase política: ni los del Pepé de Murcia se cortaron llamando fascistas -en vez de animales miserables y cobardes, que es lo adecuado- a quienes apalearon hace unos días a su consejero de Cultura, ni un consejero de la junta andaluza llamado Pizarro se privó de llamar fascistas a los funcionarios, algunos afiliados a su mismo partido, o votantes de él, que boicotean los actos del Pesoe.
La cosa no se limita a España, claro. Con los tiempos que corren y los que van a correr, la tontería es internacional. Pensaba en eso leyendo las manifestaciones de unas ecologistas inglesas que aseguraban «sentirse violadas» porque el compañero de lucha con el que se dieron muchos, repetidos y voluntarios homenajes carnales, resultó ser un policía infiltrado. Y claro. La diferencia entre irse a la cama con un ecologista o con un policía es que el txakurra te viola. Tú puede que no te percates; pero él, en su fuero interno, sabe que te viola. El fascista. Frente a eso, ya me dirán ustedes qué palabra reservamos al violador de verdad; al que fuerza sexualmente a una mujer -o a un hombre, que siempre olvidamos ese detalle- abusando de su vigor físico, de la amenaza, del estatus económico o social. Al auténtico hijo de puta de toda la vida. Pues, si de violar en serio hablamos, les aseguro que ni idea tienen ciertos gilipollas y ciertas gilipollos. Pregúntenle a Márquez y a los colegas con los que andábamos por los Balcanes qué es violar de verdad, y a lo mejor los pillan relajados y se lo cuentan. Mujeres entre los escombros de sus casas, degolladas después de pasarles por encima docenas de serbios o croatas. Hoteles llenos de jóvenes apresadas para disfrute de la tropa, a las que se pegaba un tiro cuando quedaban preñadas. O aquella ciudad de Eritrea, abril de 1977, cuando un jovencísimo reportero que ustedes conocen tuvo el amargo privilegio de asistir, impotente, a la caza de cuanta mujer de nacionalidad etíope quedaba a mano. Igual un día les cuento con detalle cómo gritan, primero, y luego, al quinto o sexto golpe, se callan y aguantan resignadas, gimiendo como animales. Supongo que para individuas como Pilar Rahola, María Antonia Iglesias y otras joyas de la telemierda, que tras vivir de la política viven ahora de la demagogia pseudofeminista imbécil, el arriba firmante tendría que haber evitado aquello: persuadir a mil quinientos tíos con escopetas de que lo que hacían estaba feo. Seguro que las antedichas y otros cantamañanas de ambos sexos lo habrían evitado, con dos cojones. Interponiéndose. Así que seguramente me llamarán violador pasivo, por defecto.
Y fascista.
23 Febrero 2011
Reverte, el Pérez
Algo curioso me pasa con Arturo Pérez-Reverte, porque cuando leí el otro día los insultos gruesos que me dedica –bien acompañada de otra insultada, María Antonia Iglesias–, no sentí la lógica indignación de estos casos. Más bien una sensación de indiferencia y algo de conmiseración, porque siempre es lamentable que un escritor necesite hurgar en la escatología para intentar desacreditar a alguien.
Dicen que uno tiene la altura de sus enemigos, y debe de ser que Pérez-Reverte, a medida que avanza en su delirante camino hacia la nada argumental, se va haciendo pequeño, porque a enemigo no me llega. Quizás a mosca de verano, uno de esos moscones pesados que distraen la beatífica siesta estival. Pensé, pues, “otro exabrupto del Reverte, uno más en su carrera de despropósitos”, no en vano la cantidad de insultos por metro cuadrado que acumula en sus artículos podrían completar un diccionario específico. En el caso de María Antonia y mío aprovechaba el Pisuerga de un artículo incomprensible para recordar por millonésimavez que hubo un tiempo en que había estado por el mundo de corresponsal. ¿Cómo debe de llevar un hombre de tamaña vanidad el fracaso de sus películas? Mal, a tenor de la psicología de bolsillo que permiten sus reiterados insultos. ¡Qué débil es la mente que necesita denigrar para intentar imponer un argumento! Además, en mi caso específico aprovechaba el artículo para zamparse el plato frío de la venganza porque le he afeado algunos comentarios que frivolizaban sobre cuestiones de fondo. Por ejemplo, el ji, ji, ja, ja de usar la metáfora de Ana Frank –que según él bajaba a la calle a fumarse un pitillo y la detenían– para atacar la ley del tabaco. La banalización del mal, en puño y letra de un escritor que se sienta en la Real Academia.
Y recuerdo en tiempos más lejanos otro artículo sin par sobre los Reyes Magos donde hacía alarde de una judeofobia considerable. Podían pasar dos cosas después de estos artículos: debatir argumentadamente o disparar con artillería sucia. Ha optado por lo segundo, y así ha paseado por el filo del estómago, incapaz de hacerlo por los caminos de la inteligencia. Sinceramente, pienso que es un buen escritor cuando se dedica a crear sus universos imaginados, pero como articulista me parece burdo, de trazo grueso y tan débil, que siempre necesita la muletilla del insulto para apoyar sus tesis. Lo cual me recuerda a su precedente Camilo José Cela, tan excelso cuando caminaba por la Alcarria o se sumergía en los Pascual Duarte, como escatológico, basto y simple cuando argumentaba sobre la realidad. En fin, por mí, puede continuar, porque cuanto más grueso sea el insulto, más razón tendré. Y no tanto por el peso de mis argumentos, como por la vacuidad de sus exabruptos. Puede que Reverte crea que dispara a matar. El pobre no sabe que sólo consigue el ridículo de soplar un matasuegras.