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Aparecen representantes del PNV, EA, EB, PSOE-PSE-EE, UPN y Batasuna / ETA, pero no aparece ningún representante del PP vasco

Polémico documental sobre ETA ‘La Pelota Vasca’ de Julio Medem acusando de ser equidistante entre asesinos y víctimas

HECHOS

La pelota vasca, la piel contra la piedra, fue el documental presentado en Septiembre de 2003 en el festival de San Sebastián.

21 Septiembre 2003

EL DISFRAZ TRAMPOSO DE LA EQUIDISTANCIA

ABC (Director: José Antonio Zarzalejos)

LA polémica suscitada esta semana por la película de Julio Medem «La pelota vasca», un documental cuyo signo sesgado ha motivado la protesta de algunos miembros del Foro de Ermua que aparecen entrevistados en la cinta, viene a mostrar hasta qué punto el discurso político del nacionalismo ha calado en determinados sectores de las artes, la cultura o la intelectualidad del País Vasco, que parecen confundir la búsqueda del diálogo con una inaceptable identificación entre las víctimas y los verdugos, lo que en último término constituye un modo de comprender o atemperar el uso de la violencia.

Medem, director de contrastada solvencia cinematográfica y sensibilidad estética, se ha situado en esa posición de equidistancia que el nacionalismo considera su punto de partida para abordar la compleja situación política vasca. Su declaración de encontrar «un hueco entre ETA y el Gobierno español» representa la equiparación moral de una banda terrorista con casi un millar de crímenes a sus espaldas con un Gobierno legítimamente constituido al amparo de la Constitución, y respaldado por la voluntad mayoritaria de los españoles. A partir de esta falacia conceptual y de esta trampa ética, la legitimación del discurso nacionalista conduce al olvido y menosprecio de los millares de amenazados que ven limitada su libertad por sostener una posición discrepante.

El mismo término de «conflicto» aplicado a lo que no es sino un chantaje colectivo ejercido desde la violencia criminal ejemplifica a la perfección el delicado y tramposo tejido eufemístico con que «La pelota vasca» aborda el problema terrorista, que confunde implícitamente con el debate sobre la identidad de los vascos y su expresión política, y edulcora con una puesta en escena de sugestiva belleza al servicio de un compromiso ideológico sectario. Medem ha tomado postura -de un modo prístino al atacar en su memoria escrita del proyecto «el nacionalismo ultraespañol totalitario de Aznar»- a favor de quienes sostienen que el diálogo con los terroristas es condición imprescindible para alcanzar la paz, olvidando que ningún Estado legítimo puede negociar con quienes asesinan inocentes con la intención de subvertir a su favor el orden democrático.

Esta posición, defendida por el colectivo Elkarri y otras personas y entidades del entorno del lendakari Ibarretxe, en cuyo proyecto soberanista han influido de manera notoria, resulta ofensiva para quienes se ven obligados a vivir bajo la protección permanente de los escoltas para defender su mínimo derecho a la vida, ya que el ejercicio de su libertad ha sido sencillamente aniquilado por la amenaza. En este sentido, la protesta de los miembros del Foro de Ermua que se consideran manipulados para legitimar una tesis abrumadoramente mayoritaria en el documental de Medem -donde abundan los políticos nacionalistas y hasta los radicales proetarras- debe ser atendida por el realizador, suprimiendo estas intervenciones que ha utilizado con el claro propósito de salvaguardar una insostenible imparcialidad.

Resulta, por otro lado, lamentable que las instituciones vascas hayan respaldado el proyecto de este documental tendencioso, así como su estreno en el Festival de San Sebastián, un certamen que como mínimo se viene significando por su escasa sensibilidad para con las víctimas del terror etarra. No parece que este peculiar concepto de búsqueda del «no odio» que el cineasta dice defender con su película se compadezca con la evidente simpatía hacia quienes defienden, promueven o justifican una violencia asesina que ha sumido a la sociedad vasca en un drama de cuyas consecuencias no se puede equiparar, ni moral, ni política ni socialmente, a las víctimas con sus verdugos.

23 Septiembre 2003

Pelota vasca

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Del documental de Julio Medem La pelota vasca, la piel contra la piedra, presentado el domingo en el festival de San Sebastián, difícilmente se puede concluir, como han hecho con irresponsable precipitación algunas voces, incluida la de la ministra de Cultura, que incite a la violencia o sirva de coartada al terrorismo. Por el contrario, se opine lo se quiera sobre su enfoque político y estético, la película del realizador donostiarra recoge y proyecta el sufrimiento y la angustia de gran parte de la sociedad vasca ante el problema de la violencia.

Sobran las acusaciones de ese tenor lanzadas frívolamente desde círculos acostumbrados a manejar con extraordinaria soltura los términos descalificadores. Como sobraban los extravagantes llamamientos a impedir que el documental fuera estrenado en este festival y sometido a la crítica del público y de los especialistas. Los aplausos que la cinta cosechó el día de su estreno iban dirigidos, seguramente, no sólo a premiar las cualidades del filme, sino también a compensar las condenas recibidas a modo de ataque preventivo.

Una polémica semejante sólo tiene sentido en la cultura democrática si se asienta sobre los pilares gemelos de la libertad de expresión y la libertad de crítica. Aceptado que retratar el conflicto vasco entraña, casi siempre, dificultades extraordinarias, el filme es, en efecto, polémico. Su planteamiento idealista, la ausencia de los postulados políticos del PP vasco, la escasa presencia de las víctimas y las nulas referencias a los acontecimientos políticos que han conducido a la política vasca a su situación actual justifican la crítica política y la observación de que la película muestra lagunas notables.

El propio Julio Medem ha admitido que ésta no es la película que le hubiera gustado hacer tras lamentar la ausencia de los representantes del PP, de grupos como ¡Basta Ya! o de socialistas comprometidos con el llamado bloque constitucional vasco, invitados a expresarse. Ésta es una película de autor, con un discurso propio sobre la realidad. Se podrá discutir luego si es más o menos nacionalista o próxima a las tesis de Elkarri, pero no se puede deslegitimar la labor del cineasta ni hurtarle el derecho a expresar libremente sus ideas.

19 Septiembre 2002

EL PELOTA VASCO

Alfonso Ussía

«EL auge del nacionalismo ultraespañol de Aznar se ha ido haciendo insoportable en su confrontación totalitaria contra el nacionalismo vasco». Así ve la situación el presumible cineasta y licenciado en pancartería Julio Medem, autor del documental «La pelota vasca», financiado por Euskal Telebista, en el que, estableciendo equivalencias entre víctimas y verdugos, intenta abordar directamente la cuestión de la independencia. Miembros del Foro de Ermua como Iñaki Ezquerra y Gotzone Mora, que colaboraron en el proyecto ofreciendo su imagen y su voz, han exigido que supriman sus intervenciones visto el resultado de la birria. Y otros, como Jon Juaristi, Fernando Savater o Cristina Cuesta, se negaron desde un principio a intervenir en la sospechosa producción.

A Julio Medem hay que explicarle en dos palabras, para que lo entienda, que el nacionalismo español no puede ser ultra ni moderado, por la sencilla razón de que nacionalismo y español son términos contradictorios. El nacionalismo es, ante todo, étnico y racista, y el español es una consecuencia histórica de muchos siglos de mestizaje, intercambio de culturas y compendio de todas ellas. El nacionalista tiene la obsesiva enfermedad de imponer la lengua propia, bien cultural de inapreciable valor y seña de identidad santificada por la devoción obligatoria. El idioma español ha superado tantos horizontes que no admite comparaciones con otros idiomas o dialectos locales. Bajo una inmensa bóveda figurada, cuatrocientos millones de seres humanos de todo el mundo hablarían y se entenderían en español, y entre ellos, Ibarreche, Arzallus, Otegui y Julio Medem.

Medem, que establece equivalencias entre víctimas y verdugos y concede la misma importancia a la ETA que al Batallón Vasco-Español, de tan mal recuerdo y brevísima vigencia, no busca la verdad en su apartado de «víctimas y verdugos». No ha hecho ni un esfuerzo para entrevistar a uno de los numerosos estudiantes vascos que han tenido que matricularse en universidades lejanas a su tierra para escapar de la presión y coacción nacionalistas. No ha buscado a ninguno de los miles de empresarios que abandonaron sus raíces para instalarse en lugares más resistentes al chantaje o al asesinato. No ha encontrado a ningún familiar de los vascos que se han sentido extraños en su tierra por no coincidir en objetivos ni pensamientos con el nacionalismo imperante. A Medem lo que le interesaba -y por lo que ha sido generosamente subvencionado- no era otra cosa que fortalecer el plan soberanista de Ibarreche, al que ha intentado servir con lo que da de sí, o de no, su discutible talento. Ha sido un manipulador más y su producto no encaja más allá del entusiasmo de la aldea. La excusa del «ultranacionalismo español» responde a un consigna habitual y recurrente del nacionalismo vasco ayuno de argumentos. Medem sabe, porque es vasco, que el problema político es un invento reciente y sin base que se ha cimentado y expandido gracias al apoyo de la violencia y el terrorismo. Que allí, en la vieja Euskalerría, se gobierna mediante un sistema perverso que ha dividido a los vascos en ciudadanos de dos clases diferentes. Los nacionalistas y los vascos depurables. Todo eso lo ha olvidado -mejor escrito, lo ha obviado- el presumible cineasta y licenciado en pancartería Julio Medem porque así lo demandaba el mecenas del producto. Y le ha salido una chufla de tópicos nacionalistas, lugares comunes y mentiras históricas instaladas en la costumbre. Mejor que «La pelota vasca», el documental habría de titularse «El pelota vasco», en este caso, el pelota nacionalista, el mandado, el obediente, el farsante.

21 Septiembre 1990

MEDEM

Eutiquiano Rodríguez Marchante

TENER un apellido capicúa, como Medem, le da a los demás ciertas ventajas sobre ti: sin pensarlo, te lo acaban leyendo todo como si fuera el apellido, lo mismo de atrás a delante que de delante a atrás.

Faltan aún algunas horas para que se proyecte en el Festival de Cine de San Sebastián su película «La pelota vasca, la piel contra la piedra», pero ya la han «leído» y «releído» entera antes de verla y se han dicho tantas cosas de ella que nos resultará muy complicado descubrir algo nuevo a los que tenemos la obligación de hablar del cine después de haberlo soportado desde la butaca.

No he visto, pues, «La pelota vasca, la piel contra la piedra», y no puedo por lo tanto decir nada ni a favor ni en contra de la película de Medem hasta mañana. Sí se puede notar en el título una contradicción, no sé si casual o causal, si azarosa o estudiada. La piel contra la piedra es una frase quizá poética, pero engañosa: la piel no agrede a la piedra, y ese «contra» suena ahí de un modo amenazante pero en el lugar inadecuado… Sin duda resultaría menos poética la frase si se le da la vuelta hasta su lógica: la piedra contra la piel. Y es precisamente esto, la ilógica del afán poético, lo que me va a permitir hablar no de esta película de Medem, que no he visto, sino del cine que hasta ahora ha hecho Medem, que sí he visto y que tiene siempre, sin excepción, un ansia poética. Incluso a mi modo de ver: un ansia poética que le perjudica, o al menos que lo lastra.

La obra en cine de Julio Medem goza, en general, de los prestigios precisos para su orgullo y tranquilidad: le gusta a los críticos, le entusiasma al público y es presa y materia de conversaciones y estudios en medio mundo, tanto en universidades como en bares. Los títulos «Vacas», «La ardilla roja», «Tierra», «Los amantes del Círculo Polar» y «Lucía y el sexo» componían hasta hoy (que se dará certificado de pública a su última película, el documental «La pelota vasca, la piel contra la piedra») su filmografía, que cualquier encuesta entre la gente la calificaría entre el brillante y el muy brillante. Es decir, estamos hablando de un cineasta tranquilo, en el sentido de que puede presumir o arroparse con las dos mantas que cobijan al artista, el mercado y el prestigio (o sea, su público y sus críticos). No ha de buscar ni el calor de la taquilla ni el de los halagos, luego, todo lo que haga, lo hace bien vestido, sin otras necesidades que las que le crujan en su entraña de artista.

Para mi infortunio, he de confesar que no consigo conectar en absoluto con el «mundo» de Julio Medem, y que mi sensibilidad, por lo que sea, nunca encuentra consuelo en las sensibilidades y sentimientos que proyecta el cine de Julio Medem. Esto no me impide ver que el único perjudicado soy yo: otras muchas personas, incluso muy cercanas, disfrutan y se colman con el cine de Julio Medem, con su modo íntimo de mirar las cosas y con su manera de tratar los asuntos cotidianos como si fueran excepcionales, o al revés. Y no sólo no entiendo su lírica, su discurso poético, sino que incluso me produce un cierto «alipori»… Me pasa con otros «incuestionables»: es oír las canciones de Sabina, su modo de rimar poeta con bragueta, y se me dispara el colesterol. O con el Real Madrid de «los galácticos», de Florentino, Valdano y los demás, su modo de rimar el fútbol, de hacer sonetos de calculadora y mirar al mundo con ese gesto entre angelical y canalla de quien quiere hacerse perdonar lo bueno que es y el talento que tiene. Pero,afortunadamente para ellos, están fuera de mi jurisdicción: ni les roza ni les afecta la impresión que uno tenga de ellos, o sea que les puede menospreciar y ningunear en privado.

Pero, más allá de los gustos propios, de las sensaciones, del puro disfrute, hay que reconocerle a Julio Medem que como cineasta tiene estilo, personalidad, que es distinto a los demás y que trata (para muchos, con éxito) de situarse muy lejos de lo vulgar o de lo ya visto y opinado. Medem es capaz de hacer una película como «Lucía y el sexo» en la que, a su modo, consigue que el público crea que arropa la pornografía con buen gusto y sensibilidad, de manera que uno se jacte de ver esa película y disfrutarla sin renunciar a lo que tiene de tópico, de poético o de guarro. Nada hay, a mi entender, pornográfico en «Lucía y el sexo», salvo el deseo del propio Julio Medem de que haya algún ojo que así lo vea. Nada encuentro tampoco en «Tierra» o en «Los amantes del Círculo Polar» mucho más allá de las pretensiones de Medem o de la manita de ternura con la que embadurna a sus personajes, tan recocidos en esa salsa sentimental de quien escribe sólo tan en mayúsculas que hay que taparse un poco los oídos para escucharlo. Pero es su «mundo». El «mundo» de Julio Medem. Y hay muy pocos directores, y menos españoles, o vascos, que tengan «mundo». Julio Medem tiene «mundo», y hay que respetárselo al menos hasta que se desmorone, o pase al estadio de «universo».

Hoy es el día en que el Festival de San Sebastián proyecta luz y taquígrafos sobre «La pelota vasca, la piel contra la piedra». Hoy pasará de ser una polémica entre políticos y artistas, para ser una polémica entre espectadores. Un documental que alguna vez tuvo cinco o seis horas de entrevistas y opiniones sobre el País Vasco y que ahora se ha quedado en apenas 115 minutos. Un documental que el propio Medem ha confesado que se construyó con mirada objetiva, «desde el no odio». Un documental que, por el asunto que aborda o que debería abordar, se podría haber titulado con un evidente y prosaico «la piedra contra la piel», pero que la sensibilidad de Julio Medem, su peso lírico, su respiración poética, ha decidido mejor titularlo «la piel contra la piedra»…

Dicho todo lo cual, ahora, a las cinco y media de la tarde soleada de un sábado, desde la baranda de hierro que se asoma del paseo a la playa de la Concha, uno mira al pueblo vasco, que está tan ricamente tirado con la piel contra, o mejor, sobre la arena, o contra las toallas, y piensa: alguien le está vendiendo una burra vieja al pueblo vasco. ¿La piel contra la piedra?… Pero, ¿qué piedra?… No, la piel contra la arena, o contra la toalla, o dentro del agua siempre un poco fría. ¿Por qué ese empeño en convencer al pueblo vasco de que su piel, en vez de reposar agradablemente sobre lo que tiene, sobre lo que es, ya sea arena o hierba o agua, está raspándose encima de lijas falsas e inventadas por negociantes, por fulanos que viven exclusivamente de eso, de encontrar piedras en los zapatos de los demás, de ponerlas debajo de la piel de la gente? Pero no sólo viven de ello, sino que además lo hacen con un prestigio que realmente daría risa si no diera asco, o más certeramente, miedo.

Dentro de unas horas tendré que escribir de la última película de Julio Medem, «La pelota vasca, la piel contra la piedra». Un hilo de entrevistas que quieren dar una visión «desde el no odio» del «problema» entre los vascos, o de los vascos con el resto de España o del mundo. Tal vez su visión nos ofrezca algo, nos dé alguna idea y nos quite otras. Tal vez, traiga luz, o sombras… Lo que sería de agradecer, en todo caso, es que no le convierta a la gente la arena de la playa en piedra: la piel contra la arena, y bajo el sol.

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