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Premios Óscar 2018 – Éxito de ‘La forma del Agua’ de Guillermo del Toro y para Gary Oldman por su caracterización de Winston Churchill

HECHOS

Fue noticia en la prensa española el 6 de marzo de 2018.

LOS GANADORES DE LOS PREMIOS ÓSCAR 2018

Mejor Película – ‘La Forma del Agua’.

Mejor Director – Guillermo del Toro por ‘La Forma del Agua’.

Mejor Actriz – Frances McDormand por ‘Tres anuncios en las afueras’.

Mejor Actor – Gary Oldman por ‘El Instante más Oscuro’.

Mejor Actriz Secundaria – Allison Janney por ‘Yo, Tonya’.

Mejor Actor Secundario – Sam Rockwell por ‘Tres Anuncios en las Afueras’.

Mejor Guión Original – Jordan Peele por ‘Déjame salir’.

Mejor Guión Adaptado – James Ivory por ‘Call me by your name’.

Mejor Película de animación – ‘Coco’ de Lee Unkrich y Darla K. Anderson (Pixar-Disney).

Mejor Película de Habla no Inglesa – Una mujer fantástica de Sebastián Lelio (Chile).

16 Febrero 2018

Magia y compasión

Carlos Boyero

Creo que Guillermo del Toro ha logrado su obra maestra, en la que todo funciona

En todo el cine de Guillermo del Toro, ese hombre adulto que nunca ha perdido la pasión y la fidelidad al cine, las historias, los personajes, los ambientes y las ensoñaciones que le fascinaron desde niño, existen convicciones que nacen en la infancia, aplicables al cine y a la vida. Los espectadores pequeñitos teníamos muy claro (y quiero pensar que a los actuales les ocurre lo mismo) que en cine existían los buenos y los malos y, por supuesto, desconocíamos el significado del maniqueísmo ni falta que nos hacía. Y ganaban los buenos. Posteriormente el cine y la vida te demostrarán que existe algo llamado matices, que además del blanco y el negro hay más colores, que son intercambiables, y que en el mundo real casi siempre vencen los malos.

Su cine sería siempre identificable aunque no apareciera la firma. Hay faunos enternecedores y dragones salvajes (algunos de ellos con apariencia humana), gente acorralada y sola que busca un refugio y que solo se lo proporcionará su imaginación, historias de terror conviviendo con una poética muy personal, un tono y una atmósfera que remiten a películas de otro tiempo.

Reconociendo la singularidad de su obra, sospechando que cada que vez que escribe y rueda siente un embeleso similar al de los críos con sus juguetes, que su relación con el cine viene marcada por el corazón, nunca por el mercenariado o la calculadora, que su huella es igual de poderosa y auténtica con los grandes presupuestos y con el posibilismo, ruede en México, en España o en Hollywood, hay películas suyas que me gustan mucho y otras menos. Hasta ahora, mis favoritas eran El laberinto del fauno y La cumbre escarlata. Con La forma del agua creo que ha logrado su obra maestra, en la que todo funciona. Me fascinan sus imágenes, me preocupa el presente y el futuro de sus atribulados personajes, me creo algo tan irrazonable como el romance (abarrotado audazmente de sexo en un presunto cuento de hadas) entre el sufriente monstruo anfibio y la muda que jamás perdió la pureza, me da mucho miedo el villano, me empapo sin esfuerzo de esa atmósfera tan insólita, me transmite emoción, sentimiento y magia. Y puedo entender ante la arriesgada y poética fabula que ha filmado Guillermo del Toro que determinados espectadores la encuentren irreal e incluso ridícula. Pero no estoy dispuesto a discutir con nadie sobre ello. O entras, o te quedas fuera. No hay términos medios con esta extraña película. En cualquier caso, no quiero imaginármela doblada.

Mi cuelgue es inmediato con esa protagonista tan poco glamurosa. No solo es muda. Tampoco es guapa. Se despierta en plena noche para ir a fregar y a limpiar en unos inquietantes laboratorios gubernamentales durante la Guerra Fría. Se masturba ritualmente en la bañera. Se dirige en un autobús muy triste a su rutinario trabajo. Pero no maldice su suerte ni reniega del mundo. No se siente sola ni desamparada. Sonríe mucho y llora poco. Porque hay dos personas tan perdidas como ella que son sus amigos, una compañera de trabajo que la protege y un anciano homosexual, artista y casi siempre desolado, al que ella cuida y mima. Le basta para seguir tirando. Esa perdedora también posee algo luminoso. Está dispuesta para embarcarse en la aventura más irracional, comenzar un amor con un monstruo que es mucho más humano que aquellos que le recluyeron y esclavizaron.

Esta película habla de la compasión, del calor que se pueden otorgar los marginados, de la capacidad de amar en las circunstancias más duras. Lo cuenta con un lenguaje visual admirable, retratando sensaciones

12 Enero 2018

El regreso de papá Brexit

Jordi Costa

El hombre que solo pudo prometer sangre, sudor y lágrimas no es una mera figura histórica

Un sombrero Homburg abandonado en el Parlamento, un huevo frito sobre una sartén y un vaso rellenándose de whisky en plena mañana preceden a la primera imagen fugaz del rostro de Winston Churchill, iluminado por la llama que enciende un puro casi en el instante mismo del despertar. Una buena manera de decir que el hombre que solo pudo prometer sangre, sudor y lágrimas no es una mera figura histórica, ni un simple personaje cinematográfico en el interior de su propio biopic (parcial), sino un icono cuya invocación/activación necesita ser debidamente ritualizada para poner de nuevo en marcha la maquinaria de ese cine Brexit que, en menos de un año, ha recurrido ya cuatro veces –DunkerqueSu mejor historiaChurchill y, ahora, la película de Joe Wright– al mismo periodo histórico para forjar una nueva mitología de la autoestima nacional.

Una comparación entre la reciente película de Jonathan Teplitzky y la de Wright permite comprobar con qué velocidad se consolidan una serie de lugares comunes en torno a un tema dado: una película sobre el célebre mandatario debe tener a) un actor que se deje la piel en el papel principal (aquí Oldman se entrega tanto como lo hizo Brian Cox, pero plasma mejor que éste la fragilidad del personaje), b) una escena en la que el volcánico temperamento del protagonista entra en erupción ante la vulnerabilidad de una joven secretaria, c) otra escena donde es esa secretaria quien logra que el energúmeno se humanice, desvelándole el precio afectivo y humano de la contienda, d) una conversación preclimática con el monarca, en la que dos fuerzas antagónicas se reconocen como imágenes en el espejo y e) un clímax en forma de discurso (aquí son tres, enlazados).

El instante más oscuro aporta, al límite de lo sonrojante, una escena donde un Churchill sin camuflaje vive su particular momento Enrique V en el metro de Londres. Mientras Wright no para de emitir señales de Gran Autor que no son más que gestos de formalismo vacuo en plano cenital, Oldman intenta buscar una cierta verdad bajo las capas de maquillaje. Y la encuentra.

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