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El régimen de democracia parlamentaria se instala en todo el país con Helmut Kohl como canciller

Reunificación de Alemania: La República Democrática Alemana se disuelve integrándose en la República Federal con Kohl al frente

HECHOS

El 2.10.1990 La República Democrática de Alemania dejó de existir y su territorio se integró en la República Federal de Alemania.

03 Octubre 1990

El futuro de Alemania

Editorial (Director: Joaquín Estefanía)

CON EL nacimiento de una nueva Alemania, resultado de la reunificación de los dos Estados en que quedé dividida hace 45 años, hoy finaliza la II Guerra Mundial.El problema de la unidad alemana ha ejercido una constante y poderosa influencia sobre la evolución de Europa, y del mundo, en ese largo periodo. Estuvo en el centro del enfrentamiento EE UU-URSS, que puso al planeta al borde de la guerra nuclear en momentos de gran tensión. Por eso mismo, la rapidez y relativa facilidad con que ha quedado resuelto ese corolario de la guerra ha superado cualquier previsión. Once meses han transcurrido entre la caída del muro de Berlín y las ceremonias oficiales que consagraron anoche con toda solemnidad la aparición en la escena mundial de una Alemania unida, sin adjetivos. Simplemente, Alemania.

Pero si ha habido sorpresa por el ritmo vertiginoso del proceso, no ha sido menor la producida por la facilidad con la que Estados y pueblos que han padecido en el pasado los efectos del poderío de una Alemania única -Polonia, Francia, URSS, entre otros- han aceptado sin excesivos recelos esta nueva realidad: una poderosa Alemania en el centro del continente, que va a constituir desde hoy uno de los rasgos definitorios de la Europa contemporánea.

¿Por qué esta acogida apacible a la nueva Alemania? Una serie de factores históricos permiten pensar que ‘ esta Alemania ha roto profundamente, y no sólo en la táctica de sus políticos, con los demonios de ese pasado que varias veces ensangrentaron Europa. Hoy Alemania no nace como resultado de un triunfo militar, como cuando en 1871 Bismarck realizó la primera unidad alemana. Tampoco nace como fruto directo de una ola nacionalista arrolladora que hubiese empujado a unirse a los alemanes de los dos lados. El proceso ha sido más complejo. De hecho, nace en el marco de un enorme torbellino político que abarca al conjunto del Este del Viejo Continente: el hundimiento de los sistemas comunistas.

Ese hundimiento tenía, en el caso. alemán, el corolario obligado de la unidad. Y ese proceso ha generado un amplísimo consenso internacional, gracias al cual ha sido posible llevar a cabo con relativa facilidad todos los cambios jurídicos -en la Comunidad Europea, en la Alianza Atlántica, en los acuerdos Este-Oeste firmados al final de la II Guerra Mundial- imprescindibles para que hoy Alemania pueda ser un Estado único y, además, soberano e independiente. La actual unidad alemana es, pues, fruto de una coyuntura compleja, tanto alemana como europea: sin duda, la voluntad de los alemanes ha sido decisiva, pero también ha sido necesaria una voluntad colectiva europea, que no ha dudado en prestar su apoyo al hecho histórico que hoy se celebra.

Pero si el clima de los actos de hoy es más frío que el de hace 11 meses ante la Puerta de Brandeburgo, cuando cayó el muro de Berlín, es porque el color gris de los hechos ha ido ensombreciendo muchas ilusiones. Sobre todo entre la población de la ex RDA, que pensaba obtener, con la unidad, la posibilidad de vivir de golpe lo mismo que sus compatriotas de la RFA. Las crudas realidades económicas acechaban, sin embargo, detrás de la puerta.

La dimensión económica

La prioridad otorgada a los aspectos políticos de la unificación respecto a su dimensión económica se manifestó con particular relieve con ocasión de la integración monetaria: las recomendaciones técnicas del Bundesbank fueron desdeñadas en aras de consideraciones políticas -y electorales- del momento. La diferente eficiencia industrial, la muy distinta productividad de las empresas y el propio valor de mercado de las respectivas monedas quedaron supeditadas al gesto político del «uno por uno» (cambio paritario de los dos marcos). Pasada la euforia del instante, los ciudadanos de la extinta RDA llegan a este momento histórico agobiados por el doble espectro de la inflación y del desempleo como principales efectos de esa inserción en el nuevo sistema económico.

Productividad y competitividad constituyen ahora permanentes y fatídicas referencias estrechamente ligadas a las condiciones de supervivencia de las empresas de la Alemania del Este; el sobreempleo es una constante de las economías del llamado socialismo real que necesariamente desaparecerá a medida que estas empresas se inserten en los mecanismos de mercado.

La cuestión esencial es cómo absorber a esos millones de trabajadores de empresas obsoletas, cuya subsistencia es difícilmente imaginable en un mercado en el que las empresas modernas de la RFA impondrán lógicamente su superioridad. Se ha estimado que entre tres y cuatro millones de personas (de una población activa total de nueve millones), procedentes de empresas de la RDA, perderán su puesto de trabajo como consecuencia de la incapacidad de las mismas para adaptarse a los nuevos vientos de competencia. Si esa situación se prolongase y surgieran alemanes de segunda, las consecuencias podrían ser gravísimas en todos los órdenes. Los temores de ciertos intelectuales frente a la unificación de Alemania quedarían justificados.

A ello hay que añadir la falta de cultura empresarial entre los cuadros y dirigentes económicos, carencia que se pondrá más claramente de manifiesto en la necesaria proyección hacia los mercados internacionales de esa economía.

La cuestión europea

De otro lado, Alemania aparece en la escena como Estado unido en un momento en que está sometida a demandas apremiantes de sus vecinos, amigos y aliados. Con la URSS ha contraído compromisos serios, tanto para facilitar el retorno en un plazo de cuatro años de las tropas soviéticas como para ayudar a los esfuerzos imprescindibles por evitar un descalabro total de la economía. Con la CE, está metida en un proceso inminente -las decisiones deben tomarse antes de fin de año- para acelerar la unidad monetaria y política. Pero si desde un primer momento la nueva Alemania suscitó recelos acerca de su papel en la Europa comunitaria, actualmente existen algo más que síntomas de la pretensión de los gobernantes de la RFA de introducir un nuevo ritmo en ese proceso de unión monetaria y económica (UME). Las recientes declaraciones de Helmut Kohl y del presidente del Bundesbank apuntan en esa dirección, con lo que podríamos estar ante una maniobra dilatadora del horizonte de integración monetaria previsto en el plan Delors. La trascendencia política de tal retraso es tanto mayor cuanto que la UME constituía, hasta ahora, la única propuesta vinculante en el más amplio proceso de construcción de Europa.

Por otra parte, si Alemania diese señales de echarse atrás en un proceso del que ha sido hasta ahora motor, el efecto sena negativo. Cabe esperar que -al margen de arreglos técnicos, siempre sujetos a adaptaciones- su voluntad europeísta se siga manifestando con la misma fuerza. O incluso más, en la medida en que su peso será mayor.

Desde hoy vamos a tener en la vida internacional una Alemania independiente. Es una novedad considerable, y que no puede dejar de suscitar temores, al menos durante un periodo. Los gobernantes alemanes deben ser conscientes de ello y contribuir con su acción a reforzar la confianza que los europeos hemos depositado en ellos. Todo se produce, además, en un mundo mucho más interdependiente. Es la gran diferencia con el pasado. Por eso, también de nosotros, de todos los europeos -de que sepamos dar a la edificación de Europa el vigor que necesita- dependerá lo que sea la Alemania de finales del siglo XX.

03 Octubre 1990

La Unidad de Alemania

Julián Marías

Como lo más respetable de este mundo es la realidad, creo que hay que sentir profunda alegría por la reunificación de Alemania. Su división en dos Estados pudo tener alguna justificación a raíz de la última Guerra Mundial, pero hace mucho tiempo que dejó de tenerla para convertirse en una falsedad, sostenida por una larga cadena de falsedades que se están manifestando en los últimos años, casi diríamos en los últimos meses. Alemania es una nación, una de las grandes y verdaderas naciones de Europa, y toda perturbación de ellas es un pecado contra la verdad, que antes o después se paga.

No quiere esto decir que Alemania no haya mostrado en ocasiones una realidad inquietante, y una vez resueltamente condenable y repulsiva. He contado alguna vez que estudié alemán en el bachillerato, en el que el Instituto del Cardenal Cisneros de Madrid, con entusiasmo e ilusión. Creo que, gracias a mi profesor, Manuel Manzanares, logré penetrar bastante en el espíritu de la lengua, y gocé mucho con sus poetas y después con sus filósofos. Pero pronto vino el nacionalsocialismo de Hitler, que me inspiró una repugnancia sin límites; y se dijeron en alemán tales cosas, tantos tópicos, tantas mentiras, que me pareció que la lengua de Kant, de Hegel, de Goethe, de Rilke, de Dilthey, quedaba mancillada por el torpe uso; y perdí en buena medida el gusto que por ella había sentido. Hasta que un día tropecé con el libro de texto en que había empezado a aprender alemán, y releí los fragmentos limpios, inocentes, de varios escritores, y recobré lo que para mí había sido esa lengua, de la que traduje no pocos libros, viéndola devuelta a su verdadera realidad.

Esto ocurre con Alemania misma. Lo recelos que muchos sienten al verla unificada y poderosa – la República Federal era ya poderosa hace bastantes años, y siento alegría por ello – no tiene justificación. Es cierto que de Alemania se apoderó hace setenta años una oleada de locura colectiva, pero sería un error quedarse anclados en ese hecho doloroso y termendo, porque la vida humana es una realidad dramática, histórica, cambiante, y no se la puede congelar en un momento. Más bien veo en Alemania una garantía de la cordura de Europa, que va a ser necesaria en esta fase de reajuste y de unificación de su conjunto.

La unificación de Alemania ha sido posible porque se está llevando a cabo la de Europa, que parecía inimaginable de la ingente falsedad que se ocultaba bajo el nombre Unión Soviética, extendida sobre casi media Europa y porciones de otros continenets, ha sido lo que ha hecho posible un proceso cuyo sentido más hondo es la vuelta a la realidad. La seguridad de que los tanques soviéticos no iban a entrar en los países del Este europeo hizo posible que empezaran a ejercer la libertad, por lo pronto la personal, la de cada uno, y esto afectó a la Alemania oriental, escindida y sujeta a lo que – pronto se vio – no querían más que los que la estaban sujetando.

Hay que reconocer el mérito de los que en la Unión Soviética han tenido la clarividencia de comprender que su situación era insostenible y el valor de proclamarlo y extraer las consecuencias. Sin esto no se hubiera producido el derrumbamiento del muro de Berlín y todo lo demás.

Los países sometidos a la opresión en el Este de Europa no tienen las cosas fáciles, porque no se liquida en unos meses, ni en un par de años, medio siglo de aplastamiento – o más, porque algunos de ellos padecieron primero el de Hitler, como Checoslovaquia, que no ha conocido ni la menor libertad desde 1938 – la Alemania Oriental va a ser más afortunada, porque tiene a dónde ‘volver’. Se incorporaba a sí misma, a la porción de Alemania que recuperó hace largos años la cordura y a quien no han impuesto una nueva demencia.

No faltarán problemas en la nueva Alemania; heridas, cicatrizadas en gran parte pero no del todo; recuerdos tristes y descorazonadores; una destrucción de las formas de la vida, más profunda y reciente en el Este, pero todavía visible en el Oeste, que ha impedido el rebrote de la capacidad creadora, no digamos de la genialidad, que Alemania había poseído entre 1780 y 1930, digamos entre la Kritik der reinen Vernunft y Sein und Zeit. ¿Será posible ahora volver a esto? ¿Podrá hacerlo el resto de Europa al sentirse recuperada, con fronteras que no sean el lugar en que los países ‘terminan’, sino aquel en que se encuentran’?

Europa ha sido – tiene que ser – la convergencia de los pueblos románicos y eslavos. Ha estado disminuida por mil dificultades, por la ignorancia, por los odios ‘nacionales’ después – esos que no había conocido, a pesar de todas las guerras, hasta finales del siglo XVIII – finalmente, por los innumerables ‘secuestros’ de nuestro tiempo.

Nunca he perdido la confianza en Europa, sobre la que he escrito muchas páginas desde hace medio siglo. Pero nunca he estado del todo tranquilo, porque la vida humana es inseguridad. Ahora estamos en un momento de esperanza ante un Europa que va a volver a tomar posesión e sí misma, en su unidad llena de diversidades. Pero tiene que descubrir sus raíces comunes, el amplio abanico de sus trayectorias posibles, las múltiples dimensiones que encierra. Tiene que intentar proyectarse desde la libertad y el conocimiento de si misma, quiero decir de su integridad. Hoy por hoy, Europa es un inmenso conjunto de ignorancias mutuas, y ahora pienso en la Europa occidental. Habrá que superarlas y hacer entrar en la nueva imagen el resto que ahora se aproxima.

Pero no es esto sólo. Europa tiene que darse cuenta de que no está sola, ni el mundo se acaba en ella. Y esto en dos sentidos bien distintos. El primero, que Europa – sobre todo España y Portugal, luego Inglaterra en mucho menor grado el resto – no se ha quedado en sí misma: ha habido naciones intraeuropeas, pero algunas, y sobre todo la nuestra, han sido transeuropeas: el resultado de ese injerto iniciado hace medio milenio ha sido la América descubierta, incorporada a la historia universal, el otro lóbulo de la verdadera realidad en que vivimos: Occidente. Si esto se olvida, Europa será una realidad parcial, mutilada, con un porvenir limitado.

Por otra parte, una inmensa parte del mundo no es europea ni occidental. Allí donde itenen vigencia los principios vivificadores de Occidente, sea donde sea, puede haber una fácil incorporación; pero en otros lugares rigen otros principios, en algunos casos resueltamente hostiles. Hay que contar con ello, porque lo único inteligente es tener presente toda la realidad. Y como Europa ha sido en sus mejores momentos un continente altruista, quiero decir capaz de interesarse por el ‘otro’ y procurar entenderlo, si quiere ser fiel a sí misma y a su vocación histórica deberá enfrentarse con el conjunto del mundo; se entiende, tal como es, sin negarlo ni inventarlo ni suponer que es como se dice o como gustaría que fuera. En eso consiste la inteligencia que ha sido siempre la principal riqueza de Europa.

Julián Marías

03 Octubre 1990

Alemania, patria amarga

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

HACE ya mucho que no habéis sido convocados como hoy, en tan gran número, como nación y como alemanes, para un asunto tan importante, tan urgente y común. Tampoco se os volverá a presentar algo semejante… Si os animáis a prestar atención, encontraréis una existencia soportable y honrosa y veréis florecer en torno a vosotros una especie que os promete, a vosotros, alemanes, el recuerdo más glorioso. Con el espíritu veréis que esta especie convertirá el nombre alemán en el más glorioso de todos los pueblos, veréis a esta nación como regeneradora y restauradora del mundo». Hablando en 1806 a sus oyentes berlineses, en plena recomposición napoleónica del horizonte europeo, Johann Gottlieb Fichte vaticina lo que sólo Otto von Bismarck realizaría seis décadas más tarde, la invención de Alemania. Antes, no existió sino un mosaico de pequeños principados dispersos. Prusia los ligó en Imperio en 1871. Alemania no ha conocido otra realidad a lo largo de su historia: ha sido imperio o nada. Tras las dos décadas de vacilaciones que siguen a la derrota de la Primera Guerra Mundial, un político delirante llamado Adolf Hitler lo intuyó y lo puso en práctica. Alemania fue casi Reich y, al fin, fue nada. Han sido precisos, esta vez 45 años para emerger de esa nada. Hoy, Alemania vuelve a ser. Y la sombra del imperio planea sobre la memoria de la vieja Vaterland. El proyecto de la Gran Alemania ha hecho correr demasiada sangre sobre Europa, a partir de esa identificación con el modelo imperial, como para que nadie pueda asistir tranquilo a una resurrección que es, ya desde el inicio, génesis de una nueva hegemonía. François Mauriac, mejor que nadie, daba razón, en los años cuarenta de esa difusa conciencia de peligro sobre Europa: «Amo tanto a Alemania que me gustaría que hubiera siempre dos»: tópico, pero preciso. Pues bien, se acabó. Ya hay sólo una. Y nadie podría oponer nada al derecho esencial a la autodeterminación que ha regido el proceso. La voluntad popular es inatacable.

Nadie estará en derecho, tampoco, de ocultar lo que ha sido, mejor que unificación, eso que los ciudadanos de la antigua República Democrática Alemana más conscientes de lo que se les venía encima llamaban una Ausverkauf, una compra a precio de saldo. Más que unificación, es una anexión en toda regla de la RDA por la poderosa RFA lo que se ha producido. Es la consciencia de esa autocolonización interna lo que hace resurgir, en las cabezas más lúcidas de la actual Alemania, el temor a los fantasmas tradicionales de la vieja patria. Günther Grass lo subraya rigurosamente en el artículo que hoy publica EL MUNDO: «Desde que hice el balance del proceso de unificación alemana, todos mis temores han vuelto a aparecer». Y, en la pluma del autor de «El tambor de hojalata», vuelve con vigor el problema clave: la compra de una de las Alemanias por la otra y su absorción incondicional: «Es pavoroso que el marco se erija en el único artículo de fe capaz de redimirnos. Es angustiosa esta fuga hacia el superpoder sin ninguna reflexión que la desacelere. Es opresora la unanimidad de la opinión pública… Kohl y su ministro de Finanzas han desclasado socialmente a dieciséis millones de alemanes». Como sucedía en aquellos inicios del siglo XIX en que Fichte llamaba a la forja de la patria alemana, también ahora que un imperio se derrumba, es toda Europa la que se halla en trance de reconfiguración. Olvidarlo sería suicida. Durante más de medio siglo -y, sobre todo, a partir del fin de la Segunda Guerra mundial-, la URSS ha constituído la potencia imperial que, al controlar férreamente todo el Este de Europa, garantizaba un equilibrio de fuerzas, sobre el cual el resto del continente se ha visto forzado a jugar en condiciones de paridad relativa. La presencia del Imperio soviético no dejaba lugar a la existencia de otra potencia hegemónica -al menos, de un modo explícito- sobre Europa. Ahora que todo eso ha terminado y que el derrumbe del bloque del Este se ha producido con una celeridad y hondura, inicialmente no previsibles, el espacio para la formación de esa nueva potencia hegemónica europea queda abierto. Se desplegará ante ella un horizonte de expansión inmenso: el de todo un Este descapitalizado hasta la ruina absoluta. Un territorio de tierra quemada, en el cual todo está por hacer. No hay que forjarse ilusiones: sólo la nueva Alemania estará en condiciones, llegado el momento, de hacerse cargo de la tarea de neocolonizar el Este. O, al menos, su parte más rentable. Llegado el momento, desde luego. No de un modo inmediato. En lo inmediato, la nueva Alemania tiene que afrontar un período de reconsolidación interna que agotará sus esfuerzos y sus recursos durante tal vez poco menos de una década. La autocolonización de lo que fue República Democrática Alemana requiere una inversión de medios financieros y humanos que forzará a un repliegue casi total de Alemania sobre sí misma. Y a una consiguiente retracción de todos sus proyectos de inversión exterior: muy especialmente los relacionados con su papel de «locomotora económica» de la Comunidad Europea. Alemania Oriental -o, si se prefiere, el Este de la nueva Alemania- va a pasar un período muy difícil. La reconversión radical de su obsoleta estructura productiva tiene un coste que todo el mundo sabe ineludible: paro, inflación y descomposición social. No sólo la economía, también los hábitos sociales y aún la lengua -el desarrollo del alemán a ambos lados de la frontera no ha sido, en modo alguno, homogéneo- pasarán a ser colonizados y desplazados por los modelos occidentales. Nadie duda tampoco que, tras ese período inicial de reconversión salvaje y una vez ultimadas las inversiones masivas en infraestructura, esa misma parte del país puede convertirse en una especie de «California alemana», la punta de lanza de la industria germana más moderna. Mientras tanto, sin embargo, la retracción de los proyectos alemanes en el exterior habrá dado probablemente al traste con buena parte de los proyectos comunitarios. La formación de la hegemonía alemana no puede sino pagarse con el precio del fin de los proyectos de unidad europea de las últimas décadas.

Hace sólo unos meses, Imre Pozsgay evocaba la eterna historia de Hungría: «Hemos sido una especie de ferry permanentemente transitando entre el Este y el Oeste. Hemos pasado últimamente una temporada varados en la orilla oriental, parece que pasamos ahora nuevamente a la occidental». Más que el de Hungría, parece el destino de parte importante del Este. En efecto, una vez que la situación interna haya sido consolidada y los costes de la unificación enjugados, ante Alemania se abre un mercado de dimensiones extraordinarias y absolutamente virgen: el descoyuntado Este que sobreviva al desmoronamiento soviético. Todas las garantías dadas por los líderes alemanes respecto a la no existencia de reivindicaciones territoriales más allá de la línea Oder-Neisse deben ser puestas muy en cuarentena. El contraste de la enorme potencia alemana frente a la ruina de las antiguas repúblicas socialistas operará como un atractivo irrefrenable para las poblaciones de origen alemán en aquellos territorios que un día fueron del Reich y son hoy soviéticos o polacos. Nada podrá evitar que la reivindicaciones de incorporación a la nueva Alemana reaparezcan. Ni siquiera, la explícita voluntad germana de cerrar las fronteras del Este ante el temor de una oleada migratoria inasimilable. Convertida en la única fuerza de expansión hacia el Este, Alemania podrá, tras de su autocolonización, proceder a la colonización de Polonia primero y del resto del Este después. El Imperio renace. Cabe preguntarnos si no volverá a cumplirse la vieja maldición alemana, que un judío de Tübingen definiera a mediados del siglo XIX: «los alemanes sólo una vez nos hemos encontrado junto a la libertad, a saber: el día de su entierro».

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