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ABC lo llamó 'asesino' en portada, LA RAZÓN 'monstruo', un reportero de EFE lo abucheó y todos sacaron su imagen

Ridículo de la prensa al señalar como asesino de la niña Aitana a un inocente, Diego Pastrana, por un erro en la primera autopsia

HECHOS

El 28.11.2009 todos los medios se hicieron eco de la detención de D. Diego Pastrana como sospechoso de la muerte de una niña. Al día siguiente quedará en libertad sin cargos al corroborarse que la muerte fue accidental.

La cara de un inocente fue puesto en la portada del diario ABC (dirigido por D. Ángel Expósito) bajo el titular ‘La Mirada del Asesino’, mientras que el diario LA RAZÓN de D. Francisco Marhuenda le calificó de ‘Monstruo’ en sus páginas interiores. 

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EL HERMANO DEL INOCENTE, EN ‘¿DÓNDE ESTÁS CORAZÓN?’

diego_pastrana_DEC Ante el bochorno mediático, varios medios quisieron entrevistar a D. Diego Pastrana, finalmente fue su hermano D. Juan Manuel Pastrana el que acudió en nombre de su hermano a la televisión para relatar lo mal que lo había pasado ese. El programa que eligió fue ‘¿Dónde Estás Corazón?’ que la productora Cuarzo hacía para ANTENA 3, presumiblemente a cambio de una considerable suma.

02 Diciembre 2009

Culpable inocente

Editorial (Director: Javier Moreno)

Un increíble error de diagnóstico médico -ver un desgarro vaginal y anal donde no lo había y achacar a maltrato físico unas manchas en la piel producidas por una crema-, amplificado después por la ruptura del deber de sigilo y confidencialidad de la actuación policial, está en el origen del juicio paralelo, mediático y popular, padecido por Diego P. V., de 24 años, acusado falsamente de maltrato físico y sexual a la pequeña Aitana, de tres años, hija de su pareja y fallecida posteriormente en la localidad de Arona, al sur de Tenerife.

Esta concatenada vulneración de derechos de la persona -al honor, a la intimidad y la imagen, y a la presunción de inocencia- se ha producido incluso antes de que declarase ante el juez y sin darle oportunidad de explicarse ante las infundadas sospechas de su culpabilidad. Un cruce de papeles que ha colocado al Estado de derecho del revés: el tratado como delincuente era inocente, mientras que sus acusadores se comportan como si fueran delincuentes a los que no les importa llevarse por delante la honra ajena e imputar gravísimos delitos antes de que se produzca la más mínima comprobación judicial.

La autopsia de la niña confirmó, y la justicia ha ratificado, que no sufrió ninguna agresión física y sexual y que su muerte se debió a una hemorragia interna, no diagnosticada médicamente en su momento, producida cinco días antes al caerse del tobogán mientras jugaba en el parque, como había declarado Diego. El daño moral infligido al falsamente acusado es de difícil reparación. Necesitará para superar el tremendo golpe toda la asistencia que las autoridades sanitarias canarias puedan prestarle. Pero también el reconocimiento público del error cometido.

Error propiciado por los médicos que no diagnosticaron correctamente la lesión (un coágulo en la cabeza) y que en un segundo examen, ante el empeoramiento de la niña, vieron lo que no había. Pero error amplificado luego por los medios de comunicación, escritos y digitales, que no sólo dieron por bueno sin mayor comprobación el diagnóstico filtrado, sino que lo presentaron en algunos casos de la manera más truculenta. ¿En virtud de qué análisis introspectivo se puede determinar que la mirada temerosa y extraviada de alguien falsamente acusado es la del «asesino de una niña de tres años», o concluir que tenemos a un monstruo entre nosotros?

La profesión periodística, tan crítica con quienes desempeñan otras actividades con repercusión pública, tiene en este desdichado episodio una muestra del desastre a que puede conducir la ligereza a la hora de medir las consecuencias de lo que se dice o escribe. Mal camino tomarían los medios si se convierten en meros difusores de lo que digan otros, sin pasarlo por el tamiz de su disciplina profesional, que es ante todo la de la comprobación de la exactitud de los hechos; o si sus juicios sobre las personas responden a ideas preconcebidas o a un mero afán sensacionalista.

30 Noviembre 2009

La muerte de Aitana

Juan Manuel de Prada

Aitana, una niña de tres años, ha muerto en Tenerife, como consecuencia de una lesión cerebral causada por la caída de un columpio; así lo atestigua la autopsia practicada a su cadáver. Pero en los días que mediaron entre el accidente y la autopsia, el joven que se hallaba a su cuidado cuando la niña cayó del columpio ha sido acusado de someterla a las más aberrantes sevicias. El caso, a simple vista, podría despacharse como una trágica concatenación de errores médicos, policiales y periodísticos, si no fuera porque tales errores no han sido fruto de meras negligencias, sino el producto de una gangrena moral que corrompe a la sociedad entera. Pues sólo una gangrena enquistada en el subconsciente social puede explicar que unos médicos, ante el examen de una niña que acaba de sufrir un accidente, diagnostiquen que ha sido sometida a vejaciones; sólo una gangrena enquistada en el subconsciente social explica que los interrogatorios policiales hayan querido confirmar tal diagnóstico; sólo una gangrena enquistada en el subconsciente social explica que los medios de comunicación, con desprecio de los códigos deontológicos que deben regir la pesquisa informativa, hayan dado por demostrada la culpabilidad del joven, dedicándole sus vituperios y anatemas; y sólo una gangrena enquistada en el subconsciente social explica, en fin, que la masa cretinizadanecesite encontrar chivos expiatorios sobre los que volcar sus figuraciones más escabrosas. La autopsia practicada al cadáver de Aitana ha servido para exculpar al joven sobre el que irresponsablemente se había arrojado el baldón; pero al mismo tiempo ha servido para descargar ese baldón sobre una sociedad enferma, convertida por la propaganda oficial y la histeria mediática en una manada de bestias carroñeras prestas a abalanzarse sobre cualquier reclamo.
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Sólo la insidiosa acción de la propaganda oficial explica que unos médicos, a la vista de las excoriaciones que una niña presenta tras caerse del columpio, o ante un sarpullido o reacción alérgica que al parecer padecía cuando se produjo el accidente, piensen en la posibilidad de que haya sido quemada con la llama de un mechero o con la brasa de un cigarrillo. Es preciso, para llegar a tan peregrina conclusión, que tales médicos hayan sido infectados previamente por un clima de desquiciamiento colectivo que convierte a cualquier hombre que acompaña a una niña a un hospital en un sospechoso de las más abominables prácticas; y tal clima de histeria no es producto del azar, ha sido artificiosamente fabricado por la propaganda de los politicastros, que obliga a los médicos a guiarse por turbias y calenturientas figuraciones, antes que por la evidencia de las lesiones que se presentan a su examen. Sólo la insidiosa acción de la propaganda oficial explica que la sociedad, para mantener su conciencia aliviada, necesite a cada poco nutrirse para su regodeo de casos -reales o ficticios- adornados con las circunstancias más perversas. Porque para convertir un sarpullido alérgico, unas excoriaciones cutáneas, unos moratones causados en el proceso de reanimación cardiaca o un desgarro intestinal consecuencia de una manipulación quirúrgica en episodios de tortura hace falta una imaginación muy emponzoñada por el hálito del Mal. Para convertir a un joven que lleva a una niña que acaba de caerse de un columpio al médico en un monstruo capaz de perpetrar semejantes sevicias es preciso que antes hayamos sido capaces de considerar que tanta abominación es posible; y uno sólo es capaz de considerar aquello que su sucia mente es capaz de concebir. O lo que la propaganda oficial y la histeria mediática le han enseñado a concebir.
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El cadáver de Aitana nos está señalando con el dedo. Es el espejo en el que contemplamos nuestra propia perversión y maldad
01 Diciembre 2009

El gran carnaval

David Gistau

EL DIOS de Trueba y de infinidad de cinéfilos, Billy Wilder, siempre atisbó en el periodismo un refugio de hombres sin escrúpulos, con el alma vestida como por un traje ignífugo que la preservaba de la compasión. La versión simpática de este encanallamiento la encarnó Walter Burns (Walter Matthau), el director de Primera Plana que tenía la noticia escondida en un escritorio y no confiaba en que el lector llegara nunca al segundo párrafo. La más dura, la más descarnada, fue la del reportero Charles Tatum (Kirk Douglas), quien, en El gran carnaval, convencía a las autoridades de un pueblo de Nuevo Méjico para que mantuvieran a un antropólogo atrapado en una mina derrumbada el tiempo necesario para exprimir el serial en portada. No estaba dispuesto a desperdiciar lo que llevaba tiempo esperando: la Gran Noticia, la que había de rescatarle de un diario de pueblo. Y para aliviar los remilgos de su director, que temía cometer una injusticia y quebrantar el principio de honestidad, a Tatum le bastaba con alegar que no iban sino a saciar el apetito del público, siempre anhelante de noticias «de interés humano».

Nuestro hombre en el agujero, nuestra carnaza para los apetentes de noticias de interés humano, ha sido Diego Pastrana. No fue fácil convertirle en asesino. Pero se logró, y hasta se le impuso una mirada de predador donde sólo estaba la de un sufriente. Para ello, fue necesaria la inestimable colaboración de un médico -no el que cometió la negligencia que al cabo mató a la niña Aitana, sino otro- con vocación sensacionalista que se las arregló para diagnosticar violación y tortura contando sólo con una caída de un columpio. Lo demás fue el automatismo de los que lanzan el arpón en cuanto resopla la Gran Noticia.

Wilder decía que El gran carnaval no tuvo éxito porque la película, carente de un final feliz, no te reconciliaba con nadie y sólo describía culpables. Incluso el público, los que acampaban junto al agujero por morbo: «Y nadie paga el precio de una entrada para que le digan que es un miserable». Ante Diego Pastrana, todos hemos sido un poco Charles Tatum, y todos hemos sido también público morboso que acampó junto a la mirada del asesino. O sea, que hemos descubierto que somos miserables, o que al menos podemos serlo, sin otra concesión a la compasión que una triste fe de erratas. Y para otra ocasión aplazaremos la pregunta de cuánto han tenido que ver con el infortunio de Diego esas convenciones sociales que están haciendo del hombre un sospechoso por naturaleza de cualquier iniquidad.

02 Diciembre 2009

Alguien debe pagar por el linchamiento a Diego

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

CUANTOS más datos se conocen del infierno que sufrió Diego Pastrana, acusado injustamente de violar y matar a la hija de su novia, más necesaria se hace una reflexión social sobre la presunción de inocencia, la responsabilidad de los médicos, el comportamiento de las Fuerzas de Seguridad y el papel de los medios. EL MUNDO publica hoy que los agentes encargados de su interrogatorio le mostraron varias veces las imágenes de la autopsia del cadáver de la niña entre graves insultos y amenazas, lo que demuestra que deben revisarse los protocolos policiales en este tipo de actuaciones para garantizar el respeto a los detenidos. Además, Pastrana fue acusado en un informe médico de causar lesiones mortales y agredir sexualmente a la pequeña Aitana, cuando en realidad la niña cayó de un columpio. Nadie ha asumido responsabilidad alguna por dicho diagnóstico, que culpaba de gravísimos delitos a este inocente. La Consejería canaria de Salud tiene que abrir una investigación y depurar responsabilidades. Los medios tampoco pueden presumir de nada, ya que la publicación de su imagen sólo sirvió para estigmatizarlo.

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