26 mayo 2011
Permanecía escondido desde el año 1996
Serbia arresta al general Mladic, el último gran criminal de la guerra de Yugoslavia, y lo entrega a La Haya
Hechos
El 26.05.2011 El Gobierno serbio anunció la detención de Rakto Mladic en Lazarevo.
Lecturas
El presidente de Serbia, Boris Tadić, anunció el 26 de mayo de 2011 la detención del antiguo general serbobosnio Ratko Mladić, uno de los principales fugitivos reclamados por el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY). Mladić, de 69 años, fue localizado en la localidad de Lazarevo, próxima a Zrenjanin, en la provincia serbia de Voivodina, donde permanecía oculto en una vivienda familiar. La operación fue realizada por los servicios de seguridad e inteligencia serbios, que consiguieron detenerlo sin resistencia. El general, que llevaba casi dieciséis años eludiendo a la justicia internacional, fue trasladado a Belgrado para iniciar el procedimiento de entrega al Tribunal de La Haya. Tadić presentó la captura como una demostración de la voluntad de Serbia de cumplir sus obligaciones internacionales y superar el aislamiento heredado de las guerras yugoslavas. La detención se produjo casi tres años después de la de Radovan Karadžić, antiguo presidente de la República Srpska, capturado también en Serbia en julio de 2008, y eliminaba uno de los principales obstáculos en las negociaciones para el acercamiento del país a la Unión Europea.
Nacido el 12 de marzo de 1942 en Božanovići, entonces territorio del Estado Independiente de Croacia y actualmente Bosnia-Herzegovina, Mladić había desarrollado su carrera en el Ejército Popular Yugoslavo antes de incorporarse a las fuerzas de la República Srpska. En mayo de 1992 fue nombrado comandante del Estado Mayor Principal del Ejército serbobosnio, convirtiéndose en el máximo responsable militar de las operaciones desarrolladas por los nacionalistas serbios durante la guerra de Bosnia-Herzegovina. Bajo su mando se llevó a cabo el prolongado asedio de Sarajevo, acompañado de bombardeos y disparos de francotiradores contra la población civil, así como la ofensiva que culminó con la conquista del enclave de Srebrenica el 11 de julio de 1995. Tras la caída de aquella zona protegida por Naciones Unidas, las fuerzas serbobosnias ejecutaron a unos 8.000 hombres y adolescentes musulmanes, en una matanza que la justicia internacional había calificado como genocidio. El TPIY había acusado formalmente a Mladić el 25 de julio de 1995 de genocidio, crímenes contra la humanidad y violaciones de las leyes y costumbres de la guerra. Las acusaciones comprendían asesinatos, exterminio, persecuciones étnicas, deportaciones, traslados forzosos, torturas, ataques deliberados contra civiles y toma de rehenes entre los miembros de las fuerzas de paz de la ONU. La Fiscalía sostenía que Mladić había participado, junto a Karadžić y otros dirigentes serbobosnios, en una empresa criminal destinada a expulsar permanentemente a las poblaciones musulmanas y croatas de extensas zonas de Bosnia. Su captura abría finalmente la posibilidad de determinar judicialmente su responsabilidad individual en aquellos crímenes.
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GORAN HADZIC
27 Mayo 2011
El final de la escapada
La captura de Ratko Mladic, que ha valido al Gobierno serbio parabienes unánimes, cierra en la antigua Yugoslavia el círculo de los tres grandes criminales de guerra que llenaron de infamia las postrimerías del siglo XX en Europa. Mladic, comandante supremo del Ejército serbobosnio, orquestó junto con su jefe político Radovan Karadzic -dirigidos ambos desde Belgrado por Slobodan Milosevic- el genocidio de los musulmanes de Bosnia. El eterno e implacable asedio de Sarajevo y la pavorosa matanza de Srebrenica, episodios que sumaron decenas de miles de muertos inocentes, fueron ejecutados por el despiadado y patológicamente arrogante general que aspiraba a ver su efigie en las monedas, arrestado ahora en el campo, a los 69 años, bajo identidad falsa, en circunstancias no muy diferentes a las que concurrieron en la detención de su cómplice Karadzic, va a hacer tres años.
En unos días, tantos años después del apogeo de su vesania homicida, Mladic coincidirá con Karadzic en las celdas de La Haya, donde murió Milosevic mientras era procesado. A hacer luz sobre sus crímenes, en el proceso de relevancia histórica que le aguarda, ayudarán sin duda los diarios de guerra del general, escritos de su puño y letra, que cubren hechos entre 1991 y 1996 y que fueron hallados hace un año, ocultos en su casa de Belgrado, cuando ya el Ejecutivo serbio, presionado por la UE y Estados Unidos, se había propuesto su captura. Ratko Mladic ha vivido en Serbia desde 1995, arropado por militares y servicios secretos y el manifiesto desinterés de sucesivos Gobiernos para poner a disposición de los jueces de la ONU a un hombre a quien muchos consideran todavía un héroe. En captura internacional desde el final de la guerra de Bosnia, solo se ocultó realmente tras la caída de su protector Milosevic, en 2001. Hasta entonces se exhibía impunemente en público.
La detención de Mladic, debida ante todo a la memoria de sus innumerables víctimas, remueve el mayor obstáculo a las aspiraciones de Belgrado de integrarse algún día en la Unión Europea, su objetivo prioritario. Heredero de un pasado tan ominoso como reciente, el Gobierno reformista de Boris Tadic se ha venido esforzando para alentar la reconciliación étnica en los Balcanes, sea pidiendo perdón por las atrocidades serbias en Bosnia o Croacia, sea negociando con Kosovo, pese a no reconocer la secesión de su antigua provincia de mayoría albanesa.
27 Mayo 2011
El arresto del 'carnicero' acerca a Serbia a la UE
LA CAPTURA de Ratko Mladic supone el epílogo de uno de los episodios más desgarradores de las guerras que desangraron en los años 90 a la antigua Yugoslavia. El carnicero de Srebrenica, como es conocido, fue el general serbobosnio que, entre otras atrocidades, ordenó la matanza de 8.000 bosnios musulmanes. Acusado de genocidio, sobre él pesaba una orden de arresto por parte del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia desde hace 15 años. En este tiempo, se sospecha que ha seguido residiendo en Serbia, apoyado por personas muy influyentes del antiguo régimen. Pero Europa ha ejercido una presión muy eficaz, imponiendo desde hace años a Belgrado el arresto y entrega a la Justicia de Mladic como condición previa para empezar a hablar de la adhesión de Serbia a la Unión Europea. La captura del carnicero debe interpretarse como el cumplimiento de Belgrado de su parte del trato.
27 Mayo 2011
El ángel exterminador de los bosnios
La frase no se le caía de la boca. «No tengáis miedo». Y destapaba una sonrisa impugnada por la escarcha celeste de sus ojos. Dos glaciares que iba clavando en las cuencas vacías del ganado humano al que pasaba revista. Arreciaba julio de 1995 en la ciudad bosnia de Srebrenica. Ratko Mladic contemplaba el botín de guerra. Hombres rumiando su derrota en el suelo. Mujeres que retorcían los bordes de sus pañuelos para tratar de esconderse del ángel exterminador. Bebés que gemían. Era su momento de gloria y el emperador se permitía los gestos de grandeza. Llegó a darles caramelos a los niños más osados: «No tengáis miedo», repetía.
Mladic acababa de poner de rodillas a la ONU que tanto despreciaba y cuyos soldados holandeses habían colocado a la ciudad el cartel de zona segura. Hasta ella llegaron miles de musulmanes huidos de la apisonadora serbobosnia, que se había tragado las tres cuartas partes del territorio. Gracias al general, brazo ejecutor de la limpieza étnica que Radovan Karadzic cuajó en programa político.
Las cámaras capturaron las horas previas al exterminio de 8.000 varones musulmanes. El arquitecto militar del peor genocidio en Europa desde la masacre judía le canta las cuarenta al coronel Karremans, jefe de los cascos azules holandeses. En un momento dado le ofrece un cigarrillo: «No se preocupe que no será el último», espeta magnánimamente el señor de la guerra a un militar acorralado. Representante de una casta internacional que Mladic desdeñaba hasta el punto de poner sus nombres a las cabras de la base. Una, dicen, se llamaba Madeleine Albright, jefa de la diplomacia clintoniana que elaboró la paz de Dayton.
«Mladic ladraba a Karremans», cuenta la escritora croata Slavenka Drakulic, autora de No matarían ni a una mosca, retrato del anodino rostro de la brutalidad balcánica. «Era una persona agresiva y narcisista, henchida de orgullo. Y también un mentiroso que repetía al coronel que la población musulmana no era su objetivo».
Pocas horas antes, sin embargo, había proclamado que era «la hora de vengarse de los turcos», como descalificaba a los musulmanes bosnios, a quienes responsabilizaba del dominio otomano de siglos: «Si Francia quiere un Estado musulmán en Europa, ¿por qué no lo pone en París?», se preguntaba indignado.
En esa cruzada invirtió su potencial militar, que databa de 1965, cuando se graduó en la academia de Zamun (Belgrado). Tenía 23 años marcados por la pérdida de su padre, partisano de Tito que sucumbió a los ustashas, fascistas croatas aliados de los nazis. El muchacho siguió los pasos del padre alistándose en el ejército yugoslavo para evolucionar ideológicamente en los años 80 hacia el nacionalismo radical serbio.
Cuando su tierra -nació al sur de Bosnia, en Bozanovici- saltó por los aires en 1992 ya tenía experiencia contra un ejército independentista, el croata. Rápidamente se puso al frente de las tropas serbobosnias de la república de Karazdic, con el que siempre mantuvo una relación ambigua: «Yo respondo ante él, pero quien está a cargo de la guerra soy yo», respondió una vez a un periodista de la BBC.
Embutido en su perpetuo uniforme, prefería el frente a la política. Sus soldados lo agradecían con una lealtad kamikaze que él asumía advirtiéndoles de que su palabra era equivalente a la de «Dios». Cuentan que una vez aguantó un bombardeo de pie, sin echar cuerpo a tierra en la trinchera. Es quizá una de las leyendas que alimentaron su mito de mártir de la causa, gracias al cual pudo esquivar 16 años a la justicia internacional. Sin esconderse mucho, por cierto. En tiempos de Milosevic campaba por los locales de élite de Belgrado. Y una vez capturado el patrón, siguió teniendo quien le guardara las espaldas. Hace dos años se dejó filmar incluso en la boda de su hijo.
No pudo asistir a la de su otra hija, Ana, la niña de sus ojos que se pegó un tiro a los 22 años con la pistola de su padre tras leer -supuestamente- un reportaje que le describía como un «asesino». Su muerte tiñó de luto a un hombre poco dado al sentimentalismo y lo hundió en una fuerte depresión. En la locura dicen quienes creen que Srebrenica y el asedio de tres años y medio a Sarajevo -otra de sus medallas de guerra gracias a la cual murieron 10.000 personas- había sido la obra de alguien cuerdo. Un hombre corriente.
El Análisis
La detención de Ratko Mladić constituye un acontecimiento decisivo para la justicia internacional, pero también obliga a preguntarse por qué uno de los militares más buscados de Europa ha podido permanecer durante casi dieciséis años fuera del alcance de los tribunales. Durante la presidencia de Slobodan Milošević, el general serbobosnio contó con la protección política y militar de un sistema que había respaldado a las fuerzas de la República Srpska durante la guerra. Pero la caída de Milošević en octubre de 2000 no condujo inmediatamente a su detención. Durante años, la Fiscalía de La Haya denunció la falta de colaboración efectiva de las autoridades serbias y la persistencia de redes de apoyo dentro de las Fuerzas Armadas y los servicios de seguridad. El problema no era únicamente la dificultad de localizar a un fugitivo: Mladić había sido considerado un defensor de la nación por importantes sectores nacionalistas, y su entrega podía provocar enfrentamientos políticos en una Serbia dividida entre la reivindicación de su pasado bélico y la voluntad de integrarse en las instituciones europeas. El presidente Vojislav Koštunica, que gobernó la República Federal de Yugoslavia entre 2000 y 2003 y posteriormente Serbia entre 2004 y 2008, mantuvo una relación conflictiva con el Tribunal de La Haya, mientras otros dirigentes, como el asesinado primer ministro Zoran Đinđić, defendieron una cooperación más decidida. La protección de Mladić no puede atribuirse sin pruebas a todos los gobiernos serbios por igual, pero su prolongada permanencia en libertad revela las dificultades de desmantelar las estructuras políticas, militares y de seguridad heredadas de la guerra.
La situación comenzó a cambiar con la consolidación de una nueva orientación política en Belgrado. La llegada de Boris Tadić a la presidencia serbia en 2004, la formación en 2008 de un Gobierno favorable a la integración europea encabezado por Mirko Cvetković y la detención de Radovan Karadžić en julio de aquel año demostraron una disposición creciente a cooperar con la justicia internacional. El incentivo europeo resultó fundamental: la Unión Europea había condicionado repetidamente el avance de las negociaciones con Serbia a su colaboración con el TPIY, y en 2006 llegó a suspender las conversaciones sobre un acuerdo de estabilización y asociación por la falta de resultados en la búsqueda de Mladić. El Gobierno serbio podía considerar que mantener protegido al general suponía un coste diplomático y económico cada vez mayor. Sin embargo, reducir su detención a una simple concesión para ingresar en Europa sería ignorar el trabajo realizado por las nuevas autoridades y los sectores de la sociedad serbia que reclamaban el esclarecimiento de los crímenes de guerra. La captura de Karadžić en 2008 y la de Mladić en 2011 muestran que el Estado serbio dispone ahora de capacidad y voluntad para actuar contra figuras que anteriormente parecían intocables. Queda por determinar si esa transformación es suficientemente profunda para investigar también a quienes facilitaron durante años la clandestinidad de ambos dirigentes.
La entrega de Mladić no debe interpretarse como una condena anticipada, sino como la posibilidad de celebrar finalmente el juicio que sus víctimas y sus familiares llevan reclamando desde 1995. El general tendrá derecho a defenderse y a cuestionar las pruebas presentadas contra él, pero no podrá continuar refugiándose en el prestigio militar o en el apoyo nacionalista para eludir su comparecencia. La muerte de Milošević en 2006, antes de que concluyera su proceso, demostró que la justicia tardía corre el riesgo de no llegar a dictar sentencia. Karadžić y Mladić, máximos responsables político y militar de la República Srpska durante la guerra, se encuentran ahora a disposición del mismo tribunal. Su procesamiento permitirá examinar las decisiones que condujeron al asedio de Sarajevo, las expulsiones de población y la matanza de Srebrenica. La detención no borra los años de impunidad ni las responsabilidades de quienes pudieron protegerlos, pero constituye un paso indispensable para sustituir la mitificación de los antiguos jefes militares por el examen judicial de sus actos. La verdadera reconciliación balcánica no dependerá de que Serbia acepte una culpabilidad colectiva, sino de que sus instituciones reconozcan la necesidad de esclarecer las responsabilidades individuales, incluso cuando afecten a personajes considerados héroes por una parte de su población.
JF