17 marzo 1992
Sudáfrica (Suráfrica): los votantes blancos deciden suprimir el sistema de segregación racial «apartheid»
Hechos
El 17.03.1992 un referendum en Sudáfrica (únicamente para la población de raza blanca) decidió la supresión del ‘aparatheid’.
Lecturas
El 17 de marzo de 1992, Sudáfrica celebró una votación destinada paradójicamente a hacer desaparecer el sistema político que permitía celebrar aquella votación: sólo podían participar los aproximadamente 3,3 millones de electores blancos. De Klerk había convocado el referéndum después de que el derechista Partido Conservador (CP) le arrebatara al Partido Nacional tres escaños en elecciones parciales, culminando con la derrota gubernamental de Potchefstroom el 19 de febrero. Su líder, Andries Treurnicht, sostuvo entonces que De Klerk había perdido el mandato de los blancos para negociar con el ANC. El presidente respondió jugándose el cargo: si perdía el referéndum, disolvería el Parlamento y convocaría elecciones. La pregunta era deliberadamente sencilla: si el votante apoyaba la continuación del proceso de reformas iniciado el 2 de febrero de 1990 y destinado a alcanzar «una nueva Constitución mediante negociación».
El SÍ reunió una coalición política insólitamente amplia. Lo defendieron el gobernante Partido Nacional de De Klerk y el liberal Partido Democrático, junto con la mayor parte de la gran empresa, los principales medios de comunicación y prácticamente toda la comunidad internacional. El ANC de Nelson Mandela, pese a denunciar la contradicción de consultar exclusivamente a los blancos sobre el futuro de todos los sudafricanos, pidió finalmente que éstos votaran afirmativamente para no detener las negociaciones de CODESA. Mandela definió muy bien la contradicción: el referéndum proporcionaría a De Klerk un mandato procedente de una minoría y, por tanto, un mandato todavía racial, pero era preferible que esa minoría utilizara su última votación privilegiada para terminar con sus propios privilegios.
Frente a ellos estaba el NO, encabezado por Treurnicht y el Partido Conservador, acompañado por el todavía más radical Herstigte Nasionale Party y por movimientos de extrema derecha afrikaner como el Afrikaner Weerstandsbeweging (AWB) de Eugène Terre’Blanche. También el expresidente P. W. Botha pidió votar negativamente, argumentando que no podía respaldar un proceso que conduciría al «suicidio» político del pueblo afrikaner. Su mensaje fundamental era el miedo al gobierno de la mayoría negra, a la influencia comunista dentro del ANC, a la pérdida de propiedades y a que cinco millones de blancos quedasen políticamente indefensos frente a una población negra varias veces superior. Algunos sectores comenzaron por ello a defender como alternativa un Volkstaat, un territorio propio donde los afrikaners pudieran conservar su autodeterminación. De Klerk respondió explotando el miedo contrario: votar NO significaba prolongar las sanciones internacionales, el aislamiento, la violencia racial y eventualmente una guerra civil. Uno de los carteles más eficaces de la campaña del Gobierno mostraba precisamente a un extremista armado del AWB acompañado del mensaje: «Puedes detener a este hombre. Vota SÍ».
El resultado superó ampliamente las expectativas de De Klerk. Votaron aproximadamente 2,8 millones de blancos, más del 85% del censo. El SÍ obtuvo 1.924.186 votos, el 68,6%, frente a 875.619 votos, el 31,2%, para el NO. Incluso entre los afrikaners, tradicionalmente la base social del nacionalismo blanco, se estimó aproximadamente un 62% favorable, frente a alrededor del 79% entre los blancos anglófonos. Sólo Pietersburg, bastión conservador del norte del Transvaal, rechazó las reformas. Pretoria, corazón histórico del poder afrikaner, dio aproximadamente un 57% al SÍ; Ciudad del Cabo rondó el 85%.
De Klerk pudo proclamar que se había «cerrado el libro del apartheid». Mandela celebró igualmente el resultado y pidió a los blancos que no temieran un Gobierno de mayoría negra. Pero ahora comenzaba lo difícil. El referéndum no determinaba cómo sería la nueva Sudáfrica: había que acordar con el ANC y las demás organizaciones una Constitución provisional, derechos fundamentales, protección de las minorías, reparto de competencias, Gobierno transitorio y, sobre todo, unas elecciones en las que por primera vez cada adulto sudafricano tendría un voto con independencia del color de su piel. De Klerk había conseguido el permiso de su electorado para negociar el final del monopolio blanco. Ahora tendría que negociar con Mandela las condiciones concretas de su desaparición.
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MANDELA ACEPTA QUE DE KLERK TUTELE LA TRANSICIÓN:
19 Marzo 1992
Éxito de De Klerk
EL QUE siete de cada diez surafricanos blancos acaben de aprobar en referéndum la continuidad de las reformas que harán de la República un régimen homologable al resto de los sistemas democráticos es, probablemente, una de las mejores noticias del año. Con ello no sólo apoyan la política del presidente F. W. de Klerk: cierran también, y por amplia mayoría, una de las páginas más cruelmente racistas de la historia del hombre blanco.El proceso de destrucción del sistema racista de primacía blanca se había hecho irreversible desde que De Klerk había decidido la liberación de Nelson Mandela, el líder del Congreso Nacional Africano (ANC), en la primavera de 1990. A partir de entonces, las injustas leyes del apartheid fueron siendo repelidas, y, finalmente, en diciembre de 1991, pudo reunirse la primera sesión de la Convención para la Democratización de Suráfrica (Codesa). La pacificación del país no es una cuestión sencilla: la cifra de muertos de los últimos meses en enfrentamientos interétnicos es escalofriante, lo que incluye 14 negros asesinados el pasado martes, en pleno plebiscito. Tampoco contaba De Klerk con el entusiasmo o el apoyo irrestricto de la minoría blanca, especialmente de sus sectores más conservadores; ello incluía, con toda probabilidad, a gran parte del Ejército y de la policía.
Ciertamente, y como en todo envite de estas características, los riesgos que asumió De Klerk al convocar el referéndum -de haberlo perdido, su propia dimisión y la de su Gobierno hubieran sido sólo el primer paso de una inevitable guerra civil- parecen mucho más trascendentes que la anécdota que lo motivó: la pérdida el mes pasado de un diputado del Partido Nacional a manos del Partido Conservador de extrema derecha en una elección marginal. Lo cierto es que tal pérdida no hacía peligrar la mayoría parlamentaria actual y que la opción reformista del presidente de la República cuenta no sólo con el apoyo del centro del espectro político blanco, sino con el del progresismo. La única explicación razonable sería el deseo de De Klerk por allanar definitivamente el camino hacia la normalización democrática apoyada, también, por los sectores financieros más dinámicos de Suráfrica. Una normalización que conlleva el final del cerco económico. Es decir, solucionar de una vez por todas la opción entre un país que aspira a un lugar bajo el sol democrático o la perpetuación de unos privilegios injustificables para la sexta parte de la población, la minoría blanca.
El referéndum surafricano es una de esas maniobras políticas que merecen felicitaciones si salen bien y únicamente acusaciones de irresponsabilidad si salen mal. Más aún: exageraba la importancia de la oposición a De Klerk y de la resistencia a todo cambio político traumático. Ésa es la razón de la expectante prudencia con que el ANC ha esperado a los resultados anunciados ayer. Dicho lo cual, el casi 70% de los votos afirmativos es prueba de la sensatez de la minoría blanca y de su confianza en un futuro democrático. El presidente De Klerk, y con él toda Suráfrica, merecen parabienes. Los obstáculos al desmantelamiento del apartheid impuestos por los blancos han desaparecido para siempre.
La vía para que a finales del presente mes de marzo se reanude la Codesa está expedita. Lo que ha de seguir hasta la convocatoria de elecciones verdaderamente generales, probablemente a final de 1993, es una incógnita (¿dos Cámaras legislativas, una para la reforma constitucional y otra para el día a día?; ¿un Gobierno de coalición del Partido Nacional con el ANC a partes iguales o -lo que es menos realista- en pura proporción mayoritaria?). Pero, al menos, gracias al referéndum de anteayer y al valor del presidente surafricario, es una incógnita en la que no interviene la variante de la violencia.
19 Marzo 1992
Sudáfrica grita libertad
EL martes fue el último día en la historia de Sudáfrica en la que se tuvo en cuenta el color de la piel para votar. Con el abrumador apoyo del electorado blanco (cerca del 70%) al proceso de reformas emprendidas por el gabinete De Klerk para convertir al país en una sociedad democrática y multirracial, queda cerrado definitivamente el triste capítulo del «apartheid». Pese a la dura campaña contra la «perestroika» de De Klerk lanzada por la ultraderecha y el Partido Conservador, que aglutina a los afrikaners (descendientes de los colonos holandeses) quienes temen perder privilegios frente a los negros, se impuso al final la cordura. El éxito del «sí» en el referéndum se explica por el respaldo del voto anglófono (45% de los cinco millones de blancos), contrario a la segregación, y el del empresariado, preocupado por el sombrío horizonte económico que esperaba al país de dar políticamente marcha atrás. Pero el miedo a que las sanciones hipotequen el futuro de Sudáfrica era compartido incluso por una parte de los afrikaners. Veáse cómo en Pretoria, tradicional feudo conservador, el 57% ha votado a favor de las reformas. El resultado de la consulta despeja el camino hacia una redefinición política y social del país, cuyo punto de partida será una nueva Constitución que habrá de ser consensuada. El texto legal deberá proteger los derechos de todas y cada una de las minorías de Sudáfrica, crisol donde conviven blancos, negros, mestizos e hindúes, amortiguando los efectos negativos que puedan derivarse del inevitable tránsito al poder de la mayoría negra. Paralelamente Sudáfrica tendrá sufragio universal, separación de poderes y una carta de derechos fundamentales que limite el poder del Gobierno sobre los individuos. El primer paso dado ahora contribuye a alejar los recelos de la comunidad internacional frente a un país que había hecho del racismo razón de Estado. Aunque buena parte de las sanciones económicas fueron levantadas el año pasado -comenzando por las impuestas por Bush- ante los gestos aperturistas de Pretoria, el país seguía, por ejemplo, sin poder acceder al decisivo grifo de préstamos del Fondo Monetario Internacional, Para una economía lastrada por el paro y la recesión resulta acuciante recuperar la estima exterior y generar confianza en potenciales inversores. El camino emprendido está erizado de dificultades. Es significativo que el líder del Partido Democrático haya indicado que prefería el peligro del «sí», al desastre económico del «no». Los peligros no son otros que la dificultad para poner políticamente de acuerdo a los sudafricanos y la pesada herencia de odio que arrastra el país (y que ha dejado su rastro de sangre durante la campaña del referéndum). El triunfo del «sí» proporciona una mínima base para negociar una fórmula política de convivencia. En manos de los sudafricanos está alcanzarla mediante una transición pacífica.
El Análisis
Pocas consultas populares contienen una contradicción moral tan evidente: la última gran victoria electoral contra el apartheid fue obtenida mediante una votación organizada según la lógica del apartheid. Millones de negros, mestizos e indios no pudieron decidir si querían dejar de estar sometidos políticamente a la minoría blanca; fueron los beneficiarios de aquella desigualdad quienes decidieron si estaban dispuestos a renunciar a ella. Mandela lo señaló antes de la consulta: aquello continuaba siendo una forma de exclusión racial. Pero precisamente por eso el resultado posee un simbolismo extraordinario. No se preguntaba simplemente a los blancos si consideraban moralmente desagradable la segregación: se les pedía que aceptaran un sistema político en el que inevitablemente perderían su monopolio del poder. Constituían aproximadamente un 13% de la población y sabían perfectamente lo que significaba «un hombre, un voto». De Klerk debía saber además que estaba negociando unas reglas electorales bajo las cuales sus posibilidades de continuar siendo presidente eran mínimas. El miedo del NO, por tanto, no era completamente imaginario: la pregunta era qué ocurriría con la minoría blanca después de entregar democráticamente el poder a una mayoría que tenía innumerables motivos históricos para estar resentida con ella. La experiencia de la antigua Rhodesia, convertida en Zimbabue, aparecía inevitablemente en el debate: una transición desde el Gobierno blanco hacia un dirigente guerrillero, Robert Mugabe, inicialmente presentado también como conciliador, podía alimentar el temor a que la reconciliación terminara algún día en autoritarismo, expropiaciones o persecución de la minoría blanca. Ese temor no justificaba el apartheid —el derecho de los negros a votar no podía depender de garantizar perpetuamente el Gobierno de los blancos—, pero ayuda a comprender qué creían arriesgar muchos de quienes introdujeron finalmente la papeleta del SÍ.
Y ahí radicaba la enorme importancia de Nelson Mandela. Para 1992 cada vez resultaba más difícil presentarlo convincentemente como un futuro Mugabe. El ANC mantenía posiciones izquierdistas y una estrecha relación histórica con los comunistas; Mandela había defendido la lucha armada y exigía inequívocamente Gobierno de la mayoría. Pero simultáneamente hablaba de reconciliación, Estado no racial, derechos constitucionales y protección de las minorías, y antes del referéndum recordó expresamente que el ANC defendía una declaración de derechos que protegiera a todos los sudafricanos. Eso permitía a De Klerk ofrecer a sus compatriotas una alternativa mucho más aceptable que «rendirse ante el ANC»: negociar mientras todavía tenían suficiente poder para garantizar una Constitución liberal antes de que el apartheid terminara mediante violencia o colapso económico.
La derrota de la vieja Sudáfrica tuvo también nombres y apellidos. P. W. Botha había salido de su retiro para advertir a los blancos de que votar SÍ equivalía al “suicidio” de su pueblo. Pero ni siquiera los blancos de George, la región de su antigua circunscripción y donde el expresidente vivía retirado, le siguieron: el 65,4% respaldó las reformas de De Klerk. El hombre que durante una década había personificado la resistencia del poder afrikaner descubría que su propio electorado estaba dispuesto a avanzar sin él.
El 68,6% no significa necesariamente que dos tercios de los blancos se hayan convertido repentinamente en militantes antirracistas; entre ellos habría convicción moral, pragmatismo, miedo a las sanciones, temor a una guerra civil y simple aceptación de que el viejo sistema ya era insostenible. Pero políticamente da igual. La minoría que durante décadas había utilizado las elecciones para decidir quién administraba su dominio sobre la mayoría utilizó su última consulta exclusiva para aceptar que nunca más tendría derecho a decidir sola. Ésa es quizá la mejor paradoja del 17 de marzo de 1992: el último gran acto electoral de la Sudáfrica racista consistió en votar por que no volviera a celebrarse una elección como aquélla.
J. F.