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El asesino era el Guardia Civil Luis Moreno

Terrorismo racista en España: Asesinada a tiros la dominicana Lucrecia Pérez Matos en Aravaca

HECHOS

  • El 13 de noviembre cuatro enmascarados penetraron en la antigua discoteca Four Roses y dispararon indiscriminadamente contra los dominicanos que cenaban. Dña. Lucrecia Pérez Matos, de 33 años, resultó alcanzada por dos tiros, uno de ellos en el corazón, ingresando muerta al Hospital. El otro herido grave fue Augusto César Vargas, también dominicano.

EL ASESINO: UN GUARDIA CIVIL

 Luis Moreno, Guardia Civil, acompañado por tres menores de edad (de 16 años), irrumpió con pistolas para asesinar a sangre fría a negros dominicanos. Moreno fue condenado a 54 años de cárcel por el crimen.

LA FORMACIÓN POLÍTICA JUNTAS ESPAÑOLAS SE DESVINCULA DE LO SUCEDIDO

 D. Juan Peligro Robledo, presidente de la formación política Juntas Españolas – que la prensa etiqueta como ‘ultra derechista’ – negó cualquier implicación con el crimen y expresó su condena. Juntas Españolas fue señalada como responsable por haber pegado carteles en Aravaca contrarias a la inmigración dominicana poco antes de que sucediera el asesinato.

16 Noviembre 1992

Barbarie cotidiana

Gabriel Albiac

RECUERDO bien su imagen en el televisor. Debe hacer poco más de una semana. Amas de casa pulcras, educadas. Elegantes a su modo anónimo. Productos arquetípicos de periferia residencial madrileña: cultura de chaletito adosado, jardincito y piscinita. Cerebro a la misma escala. Parecían enojadas. Pero, en esas gentes, hasta el enojo es discreto. No les presté atención, al principio. Hay faunas menos aburridas. Los retazos de su cháchara me fueron reteniendo poco a poco, sin embargo: «suciedad», «ruido», necesidad de una «limpieza»… Tópicos de ama de casa concienzuda que no se avenían bien con la agresividad latente en el acento. Pegué el oído y comprendí que el ruido y la suciedad de los que hablaban tenían un referente étnico preciso. Y que la limpieza que exigían sin arrugar su maquillaje más allá de lo estrictamente imprescindible era la de las de las empleadas dominicanas que «invadían» su preciada plaza de Aravaca los sábados. «Son sucias y ruidosas». Y la amiguita de asco en un rincón de los fruncidos labios tenía la elocuencia irrefutable de quien se sabe parte de una pulcritud perenne. «Sucios», «ruidosos». Idénticos los calificativos, similar el tono educado y neutro. Pero estoy ahora en una sala de cine y esto que veo y escucho es un sobrio documental sueco sobre los ideales higienistas de la Alemania nazi. «Sucios» y «ruidosos» son ahora, sobre la pantalla, los judíos de Varsovia que la propaganda hitleriana describe, con fingido rigor de entomólogo, en 1942. Una impureza en el tejido social ario. Será limpiada: del ghetto no quedará sino el recuerdo y un inmenso solar arrasado. Las metáforas médicas predominan en la voz bien timbrada del locutor nazi. Entre ellas, la de «desinfección» es, de lejos, la preferida. «Como se elimina un virus», reflexiona, «así será purificado el sano pueblo alemán de la degeneración semita». Es el de la pureza un culto aterrador. Admitido su imperio, todo lo ajeno a la norma no puede sino ser aniquilado. Atrocidad simbólica extrema: el Ziklon B, gas usado en los campos de concentración para exterminar a los impuros, había sido comercializado previamente como eficaz insecticida y raticida. Eliminar a aquel que ha sido ya nominado como no del todo humano es algo que supone muy escaso esfuerzo y ningún coste moral. Causa estupor que todo se repita. Pero es el humano quizá, antes que nada, un animal triste y cíclico. Tras las damas educadas que defienden la higiene urbana, vienen los pistoleros que ejecutan. Nada nuevo. Una mujer de 33 años muere: no tenía hogar ni patria, era pobre y su piel la denunciaba como extraña, depurable pues. Nada nuevo. Las calles de Madrid se llenaban aquella misma noche de carteles de un grupo neonazi reivindicador de la pureza europea. El siglo, nuestro siglo, fue forjado en las mitologías de esa esencial barbarie.

15 Noviembre 1992

Razis

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

PARA DISPARAR contra cuatro personas que toman sopa pacíficamente a la luz de una vela no hace falta una preparación especial: basta con ser tan miserable como para ser capaz de matar a alguien por el color de su piel o el acento con que habla. Los ademanes y la vestimenta paramilitares, incluyendo pasamontañas copiados de los tebeos, no eran, por tanto, necesarios. En cambio, eran imprescindibles los carteles destinados a alentar sentimientos racistas entre la población: «¡Stop a la inmigración!», «¡Los españoles primero!», podía leerse estos días en las paredes de Aravaca, población situada en las afueras de Madrid. Carteles que, si no colocaron, seguro que leyeron los obtusos racistas, pequeños nazis en ciernes, que anteanoche decidieron pasar a la acción: disparar a quemarropa contra cuatro de los 20 o 30 dominicanos que pernoctaban entre los muros de una discoteca abandonada situada en esa localidad. No les tembló el pulso: una mujer de 33 años muerta y un hombre de 43 gravemente herido.Hace cuatro meses fue en Fraga, provincia de Huesca: una expedición de encapuchados armados de estacas y porras apaleaba a un grupo de magrebíes que dormían. Avergonzado porque tal cosa hubiera podido ocurrir en su pueblo, el alcalde dimitió. Pero antes de hacerlo advirtió, en términos que llamaron la atención por su acento dramático, sobre la necesidad de hacer frente tanto a los problemas objetivos planteados por la integración de los inmigrantes como a la violencia potencial de los sectores de la población española opuestos a esa integración.

Aunque la inmigración económica hacia nuestro país ha aumentado mucho en los últimos años, la población extranjera sigue siendo en España relativamente poco numerosa: menos del 2,5% del total de habitantes, porcentaje bastante inferior al de la mayoría de los países de Europa occidental. Hasta ahora, los grupos ideológicos expresamente racistas han sido aquí poco influyentes, en contraste, por ejemplo, con Francia, donde la explotación de los sentimientos xenófobos constituye el eje de un partido, el de Le Pen, que ha llegado a recoger el 16% de los votos.

Pero el hecho de que la mayoría de los españoles rechace albergar sentimientos racistas en su corazón no es contradictorio con la existencia de prácticas que revelan una mentalidad de ese tipo. Cada vez que se produce un incidente en el que se ven implicados extranjeros (o más precisamente: extranjeros procedentes de países pobres), los vecinos entrevistados por televisión comienzan por declarar que ellos no son racistas, ni mucho menos. Pero a continuación explican el caso en términos que constituyen un catálogo de los tópicos propios de esa mentalidad: son sucios, ruidosos, viven hacinados. Y sobre todo: son delincuentes. La identificación entre situación de ilegalidad -no tener papeles- y práctica de la delincuencia es tal vez la manifestación más reveladora de ese racismo que se ignora a sí mismo y que constituye el caldo en el que germina el otro: el de los que disparatan en las paredes y a veces, como ahora, disparan.

Una encuesta reciente del CIS confirmaba esa contradictoria actitud de la población española. El 90% de los encuestados se manifestaba a favor de la libertad para vivir y trabajar en cualquier país, sea o no el de origen, pero la mitad de ellos consideraba que los inmigrantes llegados a España se dedican a la delincuencia al no encontrar trabajo, y un 16% estimaba simplemente que los inmigrantes «son delincuentes». Las mismas personas que negaban cualquier animadversión contra los extranjeros en general afirmaban sentir antipatía ante los negros de Norteamérica (78%), mientras que un tercio de los consultados se mostraba partidario de adoptar medidas «muy» o «bastante duras» respecto a los inmigrantes árabes y africanos. En fin, tal vez el prejuicio más persistente es el de que los extranjeros quitan puestos de trabajo a los nacionales. Así lo piensan dos de cada tres españoles, pese a que la experiencia empírica demuestra que la inmensa mayoría de los inmigrantes procedentes de África y América Latina ocupa aquellos empleos que, sobre todo en la construcción y en el servicio doméstico, rechazan los españoles.

Esos inmigrantes, son lo que nosotros fuimos, y si bien la integración requiere un equilibrio entre la presión migratoria y las posibilidades del mercado de trabajo, ninguna política de extranjería podrá prescindir de la perspectiva humanitaria. Ser un inmigrante ilegal no significa carecer de derechos y, mucho menos, convertirse en blanco de las criminales razias de niñatos fascistas. Evitar su impunidad es ahora un imperativo .de conciencia del Estado democrático de derecho.

16 Noviembre 1992

Los parias no tienen modales

Carlos Boyero

«Hacía falta que cayera Lucrecia para demostrar que en España existe la xenofobia y el racismo. Aquí han superado a los alemanes, que hasta ahora sólo nos tiran piedras». El calumniador, el demagogo, el bellaco que se atreve a deformar la realidad con tanta osadía es un dominicano ilustrado, un negrata con pinta de agitador sindical. Ocurría en un reportaje de Informe semanal sobre la justiciera razzia de Aravaca. También aparecía un burócrata gordito, delegado del Gobierno en Madrid, o algo así, intentando tranquilizar la buena conciencia de los espectadores: «Yo le pido a los dominicanos que no respondan a la provocación. Lo que ha ocurrido responde al sentimiento de una minoría». Estoy de acuerdo con él. No me imagino a la honrada gente que califica a sus indeseables vecinos negratas de «rebeldes sociales, malos ciudadanos que ensucian los parques» entrando a sangre y fuego en el refugio de los dominicanos o hundiendo con sus delicadas manos las pateras que transportan a esos vándalos africanos dispuestos a arrebatar el curre y el pan a los españoles de toda la vida. Ellos serían partidarios de medidas más higiénicas y civilizadas, como enviarles paquetes de comida en Navidad a sus famélicos países, y siempre han juzgado monstruosa la resolutiva actitud de los nazis con los judíos. Ellos votan en las democráticas elecciones, respetan a su vecino, no se drogan, no roban, no venden su cuerpo, no trapichean, no dan la bronca a partir de las diez de la noche, no huelen mal, no tienen la culpa de que el Tercer Mundo, el cuarto y el quinto anden jodidos. Incluso lo pasan fatal cuando observan en la tele los vientres hinchados de los niños somalíes, incluso les parece admirable la figura de la Madre Teresa de Calcuta. No puedo evitar el estallido de una negra carcajada en medio de esa tragedia. La mayor reivindicación social, el supremo lamento de algunos de los dominicanos entrevistados se centra en lo bien que trataron en su país a los exiliados españoles y el desprecio que sufren ellos en la ingrata España. Uno, el de la fotografía que ilustra este artículo, llega más lejos: «Nos han tiroteado porque somos negros, pero nadie en España se mete con los marroquíes, que esos sí que hacen y deshacen». Que el reparto de hostias sea equitativo. El gilipollas de Marx, el pequeño burgués que teorizaba sobre la obligatoria solidaridad entre los miserables del planeta, no se percató de la clarificadora diferencia de las exóticas castas de esclavos. Escucho en la radio: «La policía ha llegado a la conclusión de que el asesinato responde a motivos xenófobos». Premio.

16 Noviembre 1992

Vergüenza nacional

Fermín Bocos

EL asesinato de Lucrecia Pérez es la noticia más triste de este año en el que se cumplen quinientos de la llegada de los primeros españoles a tierras americanas. Los asesinos de la desdichada emigrante han cubierto el último peldaño de la ignominia. No se puede caer más bajo. No se puede entender qué resorte empuja a disparar contra unos desconocidos cuyo único delito es haber nacido pobres en un país pobre cuya miseria debe mucho a la codicia de varias generaciones de españoles. Todos los ingredientes de la cobardía -indefensión de las víctimas, ataque por sorpresa, nocturnidad-, se manifestaron en el escenario de la tragedia. Los pistoleros han quitado la vida a una joven que no poseía otra cosa. Es una noticia terrible; aniquilante; imposible de clasificar. ¿De qué familias han salido estos asesinos? ¿Quiénes son sus amigos? ¿Qué libros o palabras pueden haber llevado la basura del racismo a su cerebro? No encuentro un solo precedente de un hecho similar en toda nuestra historia. España es un país mestizo; un crisol de pueblos y razas en el que nunca prendió la llama abyecta del racismo. También somos un pueblo que produce emigrantes; muchos de ellos viven precisamente en América. En Santo Domingo quieren a los españoles; nos sienten de la familia. Imagino el estupor que la muerte de Lucrecia habrá llevado hasta la isla. Su asesinato ha sido una acción miserable que nos avergüenza a todos. Concierne a la dignidad de todos los ciudadanos dar con los pistoleros. Los canallas que han matado a la joven emigrante dominicana no deberían encontrar refugio bajo el techo de ningún español honesto. Sinceramente, creo que la tragedia de Aravaca es una vergüenza nacional.

18 Noviembre 1992

Lucrecia Pérez

Francisco Umbral

Cuando pasa una cosa así, conviene esperar unos días para tener un panorama sociológico del caso. El crimen ya no tiene remedio, pero el crimen vale como test social para saber a qué niveles éticos se encuentra hoy el país, la gente, las instituciones. Y me parece que esto va siendo ya como «Llama un inspector», de Prestley, que no ha sido nadie y al final ni siquiera hay delito ni el inspector es inspector, pero ahí queda, temblando en el aire, la mala conciencia de toda una clase. O bien como «Fuenteovejuna», que a Lucrecia Pérez la hemos matado todos a una. Así, el PP acusa al PSOE por politizar el hecho, el PSOE acusa al alcalde Manzano por tomárselo con cierta frivolidad, el alcalde acusa a la izquierda por organizar manifestaciones (para el sábado, no lo olviden) y Suquía acusa al Gobierno por aplicar mal la Ley de Extranjería, mientras yo acuso a Suquía y a toda la Iglesia española por invertir miles de millones en ese pecado mortal de la estética que es la Almudena, en lugar de gastárselo en nanas de la cebolla para los pobres y los emigrantes. Todos los males y peligros de nuestra sociedad, todos «los venenos que nos acechan en el fango» (Robert Graves), han aflorado con motivo del caso Lucrecia Pérez. Pero cuidado con acusar exclusivamente a la ultraderecha. Lo primero, porque a lo mejor no han sido. Lo segundo, porque parece que nos urge encontrar un chivo expiatorio, una minoría culpable, un ghetto donde aislar el mal, para sentirnos nosotros inocentes. Y lo tercero porque, hayan sido o no, las ultraderechas europeas y americanas no surgen solas, espontáneas, con la lluvia de otoño, sino que son la cresta violenta de una ola en cuyo mar de fondo estamos todos tan ricamente, con nuestro opel corsa, nuestro consumismo, nuestro apoliticismo, nuestro egoísmo empresarial, nuestras «diabólicas» del BOE, nuestros «pillastres» (Martín Toval) y nuestro rolex de oro. A las mujeres dominicanas las veía yo en Santo Domingo, frente al Sheraton yanqui, entregándose en la calle a cualquier marinero de paso por la negra calderilla de la prostitución. Ahí está el heroísmo de las que, para salvarse de aquel infierno húmedo, han llegado penosamente hasta España, hasta Madrid, para seguir de pobres, pero honradas, en una tierra extraña y hostil, haciendo las labores que no quiere hacer la asistenta española (son el lumpem del lumpem), cenando sopa a la luz de una vela, entre las ruinas casi irónicas de un viejo templo del mundanismo franquista, Villa Romana. Las veo los domingos por estos pueblos, en grupos de susto, en guirnalda pobre de timidez, con su risa triste y su endomingamiento marrón, ni viejas ni jóvenes, ni guapas ni feas: conmovedoras. Marta Robles me decía hace poco que se están quietas en la plaza, como aves migratorias y sin fortuna, tomando el sol duro de España, ah el domingo triste de las chicas de Santo Domingo, que lleva un nombre tan sarcásticamente español, ah su nostalgia sepia. Correspondería acusar a Corcuera por no haber procedido antes contra el racismo (que en el fondo sólo es economicismo, como siempre), pero no quisiera entrar uno en la rueda nacional de las acusaciones recíprocas, sino poner el énfasis en la ordalía que ha supuesto este crimen, sacando a la luz suave del otoño la mierda pálida, la culpabilidad implícita de todas las malas conciencias, de todas las instituciones. Bien está sospechar de los ultras, pero que eso no nos tranquilice y exima, porque todos somos ultras: ultraconservadores, ultraconsumistas, ultraegoístas, ultraburgueses, ultraindividualistas, ultraguapos, ultrarricos, ultragolfos, ultracatólicos, ultralistos. Cuando se encuentre al criminal y se le castigue, nuestras doradas heces de culpabilidad social volverán a reposar en el fondo sonámbulo de la conciencia. Cuando el delito está tan extendido ya no hay delito. Cuando la culpabilidad está tan diluida (todos somos culpables), ya ni siquiera hay víctima. Dentro de un mes, a Lucrecia Pérez no la habrá matado nadie, porque nunca existió.

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