16 febrero 2014

Tras el fracaso de la negociación, Time Warner comenzará una serie de contactos con AT&T

Time Warner negocia la venta de su división por cable al Grupo Comcast evidenciando su debilidad financiera

Hechos

Fue noticia el 16 de febrero de 2014.

Lecturas

Ted Turner tiene 75 años, un marcapasos, una apnea de sueño que le obliga a dormir conectado a un tubo de oxígeno y problemas de memoria. También tiene 8.000 millones de dólares (5.860 millones de euros) menos que hace 14 años, cuando era vicepresidente de AOL Time Warner, la mayor empresa de comunicación e internet del mundo.

El declive físico y económico de Turner va en paralelo al de Time Warner, una empresa que es apenas hoy una sombra de su pasado. El jueves, Comcast acordó la compra por Time Warner Cable por 55.000 millones de dólares (40.000 millones de euros). Time Warner Cable no era en realidad parte de la vieja Time Warner desde hace cuatro años. Pero Time Warner sigue desguazándose. El mes que viene se desprenderá de su división de revistas –Time y otros 150 títulos–, que pasará a cotizar en bolsa a mediados o finales de año, dado que no ha encontrado comprador.

Paradójicamente, Time Warner se queda así reducida a un estudio de cine de Hollywood, Warner Brothers, y a poco más que las televisiones que fundó Ted Turner, y que compró en 1996. Con este panorama no es de extrañar que el propio Turner diga que su mayor error en la vida fue vender su empresa a Time Warner.

La historia de Time Warner es la historia de la búsqueda de sinergias que nunca aparecieron, y de monstruosas operaciones financieras de fusiones y adquisiciones. Teóricamente, la primera operación que creó la empresa tenía que permitir la venta de contenidos a través de diferentes soportes: películas, revistas y televisiones. Después, la integración con AOL iba a hacer lo mismo, pero en internet. En realidad, Time Warner nunca fue una empresa coordinada.

Todo empezó como un movimiento defensivo cuando, hace un cuarto de siglo, Time se hizo con Warner. Las mayores empresas de medios de comunicación del mundo no eran estadounidenses, y además estaban entrando en ese mercado. La alemana Bertelsmann acababa de comprar la discográfica RCA; las japonesas Sony y Matsushita estaban, a golpe de talonario, haciéndose con dos de los mayores estudios de Hollywood, Columbia y Universal, respectivamente; y el empresario británico Robert Maxwell había adquirido la editorial Macmillan.

Time pensaba que las cifras que se estaban pagando no tenían sentido. Pero, ante la presión, y bajo la amenaza de una OPA hostil de Paramount, se sobrecargó de deuda para adquirir Warner. Gerald Levin, entonces el número dos de la empresa, que la acabaría llevando a cabo la catastrófica fusión con AOL, declaró al Times de Londres: «Ésta no es una transacción pensada en 1989 o en los noventa, sino en el próximo siglo». Steven Ross, el presidente de Warner, fue más rimbombante: «El mundo será nuestra ostra». Un cuarto de siglo después, sólo quedan las ruinas de aquello.

Una de las cuestiones que plantea la operación de Comcast es si no está repitiendo los errores de Time en 1989: pagar precios exagerados en un mercado que cambia tan deprisa que cualquier estrategia debe ser flexible y no estar lastrada por la digestión de monstruos como NBC Universal o Time Warner Cable.

La compra de Time Warner Cable es el último golpe de audacia de Brian Roberts, el presidente y consejero delegado de Comcast. Y es que Comcast –una compañía controlada por la familia Roberts– es, con diferencia, la mayor empresa de medios de comunicación y entretenimiento del mundo, con una lista de activos interminable que incluye desde la cadena de televisión NBC hasta los estudios de cine Universal, pasando por una serie interminable de canales de televisión especializados y la mayor red de cable del mundo.

El mayor problema de Roberts es convencer de que el monstruo que está creando no es un monopolio en el cable. El jueves, tras el anuncio de la compra, las acciones de Time Warner Cable estaban por debajo de lo que Comcast va a pagar por ellas. Eso significa que los inversores creen que las autoridades de defensa de la competencia de EEUU, no van a aprobar la transacción.