2 septiembre 2004
El Gobierno de Vladimir Putin, enfrentado a los chechenos desde el comienzo, no pudo impedir la tragedia
Tragedia en Beslan: 200 muertos en un atentado terrorista de islamistas-chechenos contra Rusia
Hechos
- El 2.09.2004 un Colegio en Beslán fue tomado por terroristas chechenos, tomando más de 900 rehenes, cientos de ellos niños. El secuestro terminó con el asalto del ejército ruso.
Lecturas
SÓLO UN TERRORISTA VIVO
ACUSADOS POR RUSIA DE SER LOS ‘CEREBROS’ DE LA MASACRE
04 Septiembre 2004
Un asalto de infierno
El secuestro de una escuela entera en la ciudad de Beslán (Osetia del Norte) a manos de un numeroso comando checheno, con más de un millar de rehenes, desembocó ayer en un baño de sangre tras un mare mágnum de infierno, bombas, disparos, sangre y colegiales huyendo semidesnudos. El saldo es más que pesado: más de dos centenares de muertos (entre ellos 27 secuestradores), más de 600 heridos, muchos de ellos niños, así como la fuga de varios de los asaltantes. El desenlace de esta pesadilla, que se ha visto en directo por televisión, con un número de secuestrados mucho mayor que el admitido el miércoles, puede afectar a la credibilidad del presidente ruso pese a la solidaridad y la aparente comprensión internacionales. Vladímir Putin tiene en Chechenia un cáncer que amenaza con extenderse al resto de la frágil área caucásica de la Federación Rusa y a las naciones limítrofes.
Huelga decir que ningún secuestro está justificado. La selección del objetivo, un colegio con sus alumnos, profesores y familiares, muestra la desesperación, la inmoralidad y el sadismo de unos fanáticos, que no tuvieron reparo en disparar contra algunos de los niños cuando pretendían escapar despavoridos, les suprimieron los alimentos y la bebida y hacinaron en un escaso y sofocante espacio a más de un millar de personas durante al menos 54 horas. Ya fue palpable su falta de escrúpulos cuando en 1996 ocuparon un hospital en el sur del país con un saldo de un centenar y medio de muertos.
No queda del todo claro qué pudo precipitar el asalto por parte de las unidades de élite rusas. Puede no resultar inverosímil la tesis de que esta vez el Gobierno de Moscú no tuviera intención de recurrir a la fuerza, a diferencia de lo que sucedió en el tristemente famoso atentado en un teatro de Moscú, en octubre de 2002, cuya liberación terminó con la muerte de 129 rehenes y 41 secuestradores gaseados por la policía.
Putin había prometido como máxima prioridad preservar la vida de los secuestrados y agotar la negociación. Puede que sea un argumento válido el que todo se desatara con la confusión que produjo la retirada de algunos cadáveres de víctimas del primer día del secuestro y la huida de varios rehenes, o alguna explosión accidental. Tampoco es incoherente pensar que eso sirviera de excusa para una estrategia de asalto previamente planeada por las autoridades, aunque resulta un tanto paradójico decidir la operación a plena luz del día. En cualquier caso, la misión de rescate ha sido un desastre y ha puesto en cuestión la escasa capacidad de las unidades antiterroristas rusas y la pésima organización logística del rescate, como prueba que muchos de los heridos tuvieran que ser trasladados en coches privados ante la falta de ambulancias.
Cuando llegó al poder en 1999, Putin aseguró que acabaría con los secesionistas chechenos por las malas más que por las buenas. Tal política ha sido un fracaso rotundo. La situación es ahora mucho peor que antes y la actual escisión del movimiento separatista checheno no facilita una pronta solución. A pesar de que pueda haber militantes árabes entre los secuestradores, resultaría demasiado simple sostener, como ha dicho estos días el inquilino del Kremlin en plena campaña de atentados, que Rusia se ha convertido en blanco de Al Qaeda y del terrorismo internacional para explicar la inestabilidad en el Cáucaso. Pues así obvia lo que sí es una realidad: la incapacidad de las autoridades rusas para satisfacer las reivindicaciones de sus minorías.
El presidente se ha negado a cualquier mediación internacional en el conflicto al estimar que la crisis chechena es un asunto puramente interno, aunque es una novedad que haya recurrido en esta ocasión al Consejo de Seguridad de la ONU para buscar una condena al feroz secuestro. Este último crimen deja al país más frágil y con una mayor sensación de inseguridad. Es una certeza que el drama checheno no se resuelve con atentados salvajes, pero tampoco con la permanencia del Ejército ruso en la república secesionista y menos todavía mediante los abusos contra los derechos humanos de la población civil.
09 Septiembre 2004
Putin acusa
El presidente Putin ha acusado a algunos gobiernos y medios de comunicación occidentales de practicar una política de doble rasero sobre Chechenia, al tiempo que insiste en que Rusia es blanco del terrorismo internacional y de la connivencia de varias naciones que no menciona. Mala cosa cuando hay señales preocupantes de desinformación, censura, amenazas y hasta mentiras de las autoridades moscovitas en lo que respecta a la matanza de la escuela de Beslán. A día de hoy, poco se ha esclarecido sobre el salvaje y condenable atentado. El saldo final podría ser todavía muy superior al de 366 víctimas, incluida la treintena de miembros del comando terrorista.
No hay indicios claros de que se vaya a abrir una investigación oficial. El informe del fiscal general de la Federación Rusa es ambiguo. No habla de la identidad de los secuestradores ni establece ningún vínculo entre la tragedia de Osetia del Norte y Chechenia. Todo ello pese a que el Kremlin ha ofrecido una recompensa de 10 millones de dólares por las cabezas del jefe de la guerrilla chechena, Basáyev, y del ex presidente secesionista, Masjádov, que ha condenado la acción.
Este atentado ha agudizado los atropellos contra las libertades en Rusia, donde los medios de comunicación públicos y privados están cada vez más maniatados. Las cadenas de televisión estuvieron sometidas a censura tras el asalto del pasado día 3 y quienes, como el director del diario Izvestia, trataron de hacer una información crítica se encontraron con el despido. A otros se les impidió con excusas viajar hasta el lugar. Tampoco son tranquilizadores gestos alarmistas como el del alcalde de Moscú, que pide restricciones a la entrada de forasteros a la capital, o los llamamientos a la caza del checheno. Varias organizaciones humanitarias expresaron ayer su preocupación por el recorte de libertades.
Putin habla de proseguir «la guerra contra el terrorismo» y su jefe de Estado Mayor afirma que Rusia está preparada para emprender ataques preventivos contra redes terroristas fuera de sus fronteras. Son señales confusas de un político que cuando llegó al poder en 1999 destacaba por su capacidad de liderazgo, pero que cinco años después aparece sin capacidad para resolver el problema de los nacionalismos si no es con el recurso ya utilizado sin éxito de la fuerza militar.
15 Septiembre 2004
Golpe de mano
Putin no ha esperado tras el secuestro y sangrienta liberación de la escuela de Osetia del Norte para proponer una serie de radicales medidas políticas y administrativas muy poco democráticas con la pretensión, o más bien excusa, de reforzar el combate contra el terrorismo, que el presidente ruso insiste en considerar fundamentalmente como una amenaza exterior que busca la desintegración del país. Un flaco favor para resolver los graves problemas de la Federación Rusa y para el pleno desarrollo de las libertades y el respeto de las minorías regionales. La iniciativa ha levantado una cascada de críticas entre sus oponentes y los escasos medios de comunicación independientes. Se trata de un paso atrás, incluso de una regresión a modos autoritarios y un ataque frontal contra las regiones y repúblicas autónomas en pos de un Estado fuerte y centralizado que casa mal con su estructura federal. Como ha dicho el último de los dirigentes soviéticos, Mijaíl Gorbachov, un Gobierno no arregla sus males limitando los derechos de la ciudadanía.
El plan prevé acabar con las elecciones directas de gobernadores o líderes regionales y que éstos sean designados por sus respectivos Parlamentos a propuesta del Kremlin. Sugiere también una reforma de la Duma (Cámara baja) en provecho de los grandes partidos, mediante un sistema único de elección proporcional que hará casi imposible la presencia de candidatos independientes de las regiones, que hasta ahora representaban la mitad de la Cámara. Estas medidas, que eran ya objeto de estudio por los asesores del presidente mucho antes del atentado de Osetia del Norte, han sido presentadas ahora como proyectos de leyes para su aprobación por la Duma sin dilación.
Putin afirmó después del atentado que el Estado había sido débil para frenar la violencia terrorista. Sin embargo, es dudoso que con propuestas como éstas progrese sustancialmente en su lucha contra esa lacra.Más bien al contrario. La rebaja democrática que Putin pretende introducir alimentará los resentimientos en amplios sectores de la ciudadanía. El líder del Kremlin se ha adentrado en una peligrosa vía autoritaria, atacando a los medios de comunicación, azuzando sentimientos patrióticos, persiguiendo a grupos de oposición y a oligarcas financieros que hacen frente a su política o cercenando el poder regional, como si así fuera posible exterminar el cáncer del terrorismo o de la corrupción. Todo un ejemplo de lo que no debe hacerse en la lucha antiterrorista.