15 marzo 2004

Wyoming responde desde la SER a las insinuaciones "de lo que se está diciendo en RNE", en alusión al Sr. Cendoya

Los medios ante los resultados de las elecciones 2004: Furia en RNE y felicitaciones a PRISA como co-artífice de la victoria del PSOE

Hechos

El 15 de marzo de 2004 todos los medios de comunicación se hacían eco de la victoria electoral del PSOE en unos comicios marcados por la masacre del 11-M.

Lecturas

zap_urdaci_huelga  D. Alfredo Urdaci, Director de Informativos de TVE no podía dar ningún tipo de opinión sobre el resultado electoral en su telediario, por lo que no expresó su valoración de los resultados electorales ni la noche electoral del domingo ni la semana siguiente, aunque era un hecho que con esos resultados, en cuanto hubiera un nuevo Gobierno sería destituído de su puesto. 

zap_irak_antoniojiménez D. Antonio Jiménez, locutor estrella de Radio Nacional de España (RNE), sabía que al igual que el Sr. Urdaci, sería destituido por el nuevo Gobierno socialista. No hizo ninguna valoración sobre el triunfo electoral del PSOE, pero varios de sus tertulianos sí lo hicieron, cargando contra el PSOE y también contra el Grupo PRISA.

zap_tv3_gabilondo2  Los periodistas del Grupo PRISA y de manera especial el locutor estrella de la Cadena SER, D. Iñaki Gabilondo eran aplaudidos desde la izquierda como artífices de la victoria del PSOE por haber sido los primeros en señalar que el atentado del 11-M había sido obra de terroristas islámicos y no de ETA como decía el Gobierno. 

La Cadena SER, convertio en el principal medio de comunicación del Grupo PRISA, fue el que más celebró el triunfo electoral del PSOE del Sr. Zapatero, un triunfo que, en parte, grandes sectores atribuían a la propia SER. D. Pedro Almodovar en su entrevista a los pocos días del triunfo del PSOE felicitó personalmente al presentador del programa ‘Hoy por Hoy’ D. Iñaki Gabilondo atribuyéndole el vuelco electoral. Algo parecido pasó en el programa deportivo ‘El Larguero’, donde D. Jesús Gil aseguró que las elecciones ‘las había ganado el Grupo PRISA’, el presentador D. José Ramón de la Morena fue ágil y dijo «si hemos ganado algo ha sido credibilidad». Pero el tertuliano de la SER que más restregó el triunfo electoral fue Gran Wyoming en ‘Hoy por Hoy’ que el mismo lunes después de las elecciones cargó contra el PP a los que acusó de miserables, diciendo que la democracia sólo podía continuar si el PP perdía las elecciones y cargando contra los tertulianos de RNE y el director de Informativos de TVE, D. Alfredo Urdaci.

A la misma hora en que Gran Wyoming cargaba contra el PP, en la trinchera contraria, a los tertulianos de RNE comandados por D. Antonio Jiménez se mostraban bastante descontentos por el resultado electoral. Los que más expresaron su malestar fueron D. Carlos Dávila y D. Román Cendoya, este último atacó directamente a la Cadena SER desde los micrófonos de RNE.

EN ‘CRÓNICAS MARCIANAS’ DE TELECINCO SE BURLAN DE TVE: «A URDACI LE QUEDAN DOS TELEDIARIOS»

zap_sarda_urdaci También el programa ‘Crónicas Marcianas’ de D. Xavier Sardá (Gestmusic) en TELECINCO mostró su gran satisfacción por la derrota del PP y el triunfo del PSOE del Sr. Rodríguez Zapatero. El programa y su presentador concentraron sus burlas contra le director de Informativos de TVE, D. Alfredo Urdaci, del que dijeron que debía ser destituido ese mismo día, pero que en todo caso con el cambio de gobierno «le quedaban dos telediarios».

JUAN PEDRO VALENTÍN ACORRALA A JOSÉ MARÍA AZNAR EN TELECINCO

zap_valentin_aznar  El 22.03.2004 el todavía presidente del Gobierno, D. José María Aznar, concedió una entrevista al Director de Informativos TELECINCO, D. Juan Pedro Valentín – considerado hostil al PP – en la que el presentador le echó en cara el ‘empecinamiento’ del Gobierno Aznar por insistir que la autoria del atentado era de ETA hasta el sábado por la mañana a pesar de tener datos de la autoría islámica desde la misma tarde del jueves que se produjo el atentado. El Sr. Aznar aseguró que su gobierno había dicho la verdad en todo momento y que para él no había diferencis entre terrorismos. El Sr. Aznar reprochó al Sr. Valentín que «no tenía información completa».

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GABRIAL ALBIAC ASEGURA EN EL MUNDO QUE EL TRIUNFO DEL PSOE EQUIVALE AL TRIUNFO DE BIN LADEN

Entre los comentaristas que podrían considerarse más próximos al Gobierno del PP, el que llegó más lejos fue el columnista EL MUNDO D. Gabriel Albiac que publicó que el triunfo del PSOE equivalía al triunfo de Al Qaeda, la organización terrorista islámica de Osama Bin Laden.

15 Marzo 2004

GANÓ AL QAEDA

Gabriel Albiac

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Ganó ayer la opción indigna de rendirse. Eso se votaba ayer: renunciar a luchar; estar ya muerto. Ganó Al Qaeda. Adiós, España.

Dice un personaje de Casablanca que renunciar a luchar es estar muertos. España, ayer, decidió morir: estaba en su derecho. Como tan bien lo supo Francesco Guicciardini en la Florencia del siglo XVI, las naciones son tan mortales como cualquier otro ser vivo; no es nada extraordinario.

Los cadáveres morales son legión en la política española. Así sucedió con aquella inmunda burguesía francesa que, en 1940, prefería colaborar con el nazismo antes que afrontar la guerra contra los genocidas. Todo ha sido vertiginoso desde el jueves.Al dolor, siguió el asco. Asco por el obsceno uso electoralista que PSOE e IU han hecho de la tragedia, en las 48 horas moralmente más turbias de la España reciente. Empieza, a partir de ahora, lo peor.

El 11-S abrió un horizonte nuevo y terrible: el de la cuarta guerra mundial (la tercera fue, entre 1948 y 1989, la Guerra Fría). Las guerras, una vez desencadenadas, sólo admiten dos desenlaces: o se ganan o se pierden. Los manifestantes que, ante las sedes del PP, exigían la rendición incondicional, son pobre gente. Los partidos que tramaron eso son abyectos: algo de lo más normal entre esos monstruos que son los políticos profesionales.

El 11-S ha fascinado a los últimos residuos del terrorismo de herencia estaliniana: los deslumbró hasta qué punto era posible sembrar apocalipsis con medios limitados. Por eso en las herriko tabernas se celebró, aún más gozosamente que en Gaza, la caída de las Torres Gemelas. No hay más que ir a las hemerotecas para seguir, en estos dos años y medio, la islamización política del abertzalismo: la iluminación de que sólo el cuerpo empanado en dinamita del mártir suicida es arma invencible contra el imperialismo; los llamamientos a la alianza estratégica con esa «religión de los pobres», llamada a destruir la perfidia capitalista… El viejo terrorista estaliniano Ilich Ramírez (alias Carlos), desde su prisión francesa, había dado ejemplo, convirtiéndose al islam, y enarbolando el Corán como última razón revolucionaria. Siglo XXI.

Ni es nuevo ni es extraño. Durante la Guerra Fría, Carlos, como ETA, como todos los terroristas europeos, fueron instrumentos de un KGB que administraba su logística y guiaba sus acciones.Y la OLP, el FPLP y los campamentos de la Beká fueron los cimientos de la vieja ETA. La fascinación del 11-S fuerza un tránsito de Arafat a Bin Laden. Elemental lógica del cambio generacional.

Ganó ayer la opción indigna de rendirse. A un adversario (el islamismo, pero también sus gérmenes entre nosotros) mil veces más exterminador que el nazismo, porque su comandante en jefe es Dios, y Dios no tiene límites. Eso se votaba ayer: renunciar a luchar; estar ya muerto. Ganó Al Qaeda. Adiós, España.

Gabriel Albiac

15 Marzo 2004

VOX POPULI, VOX DEI

José Antonio Zarzalejos

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La voz del pueblo («vox populi») es la voz de Dios («vox Dei»), cada cuatro años y, transcurrido el cuatrienio, en contradicción con la infalibilidad dogmática, revisa o mantiene su decisión.

En democracia, la voz del pueblo es la voz de Dios («Vox populi, vox Dei») y a eso hay que estar con todas las consecuencias. El veredicto popular del 14-M ha sido claro: ha desalojado al Partido Popular del poder y entregado la mayoría para gobernar al Partido Socialista, si bien lo ha hecho con un margen demasiado estrecho para que José Luis Rodríguez Zapatero disponga de la deseable autonomíapara manejar sin hipotecas una situación política y social como la actual en España. Va a necesitar el secretario general del PSOE de ayudas y colaboraciones muy leales y generosas procedentes de más allá de los partidos supuestamente más afines a sus tesis para encarar una legislatura que se presenta repleta de inquietudes y de incógnitas. Porque el PSOE va a depender en primera instancia de las fuerzas nacionalistas con representación en el Congreso de los Diputados.

No es hora de recriminaciones al Partido Popular, no sólo por el necesario distanciamiento temporal que toda valoración requiere, sino también, y, sobre todo, porque ha mediado en la campaña un acontecimiento exorbitante y trágico, de dimensiones extraordinarias e históricas -la masacre de Madrid el 11-M-, que ha alterado cualquier previsión y que ha impactado en la opinión pública provocando percepciones contradictorias, alentadas ruidosamente de una forma tan torticera que causan vergüenza democrática.

Parece obvio, sin embargo, que, a partir de la tarde del jueves, la credibilidad gubernamental sobre las investigaciones de la matanza cayó bajo mínimos y que la inmensa mayoría de los medios de comunicación -pasando al cobro facturas que se venían emitiendo desde hace mucho tiempo- ahondaron la incertidumbre, sin que ni el Ejecutivo ni en otras instancias se mostrase la más mínima capacidad de reacción. Y con la comunicación, con la forma de estar y presentarse en la sociedad, con el modelo de relación con los medios y los ciudadanos, deben vincularse los errores que han llevado a esta impensada derrota electoral del PP. Resultaría sarcástico, pero perfectamente verosímil, que en los próximos días las tesis iniciales del Gobierno sobre la tragedia del 11 de marzo, acreditasen que el Ejecutivo actuó con estricta limpieza.

José María Aznar, después de ocho años de Gobierno que merecen la más alta valoración en muchos aspectos, no ha podido culminar su trayectoria. Que no lo haya conseguido no implica, sin embargo, que los méritos contraídos puedan serle discutidos o eludidos. No sería la primera vez que líderes indiscutibles -Winston Churchill, en 1945, por ejemplo- hayan sido despedidos por sus electorados tras gestiones que han pasado a ser ejemplos de eficiencia y progreso. Así es la política, siempre sometida al veredicto cíclico de un cuerpo electoral que es soberano y cuyas decisiones hay que respetar con absoluta escrupulosidad.

Las mayorías dictan los Gobiernos democráticos y las minorías concurren, mediante el control y el debate, a conformar la voluntad colectiva residenciada en las instituciones representativas. En esas sedes se han de dilucidar en los próximos meses decisiones importantes que afectarán a la cohesión territorial de España, la política económica, la social, la educativa y la internacional, entre otras. Un cambio de Gobierno no conlleva un cambio de opinión -de los partidos y ciudadanos que las tengan- sobre todos estos temas de crucial importancia para la convivencia nacional. Mariano Rajoy, si pese al descalabro popular decide continuar al frente del PP y de su grupo parlamentario, debe mantener sus criterios y ponerlos en liza con argumentos, razones y convicciones. Como haremos todos desde la responsabilidad que a cada cual corresponda. La voz del pueblo («vox populi») es la voz de Dios («vox Dei»), cada cuatro años y, transcurrido el cuatrienio, en contradicción con la infalibilidad dogmática, revisa o mantiene su decisión. Lo que toca ahora es estar a la que ayer depositó en los cincuenta y seis mil colegios electorales en España.

José Antonio Zarzalejos

20 Marzo 2004

OPERACIÓN ANTIDEMOCRÁTICA

Javier Pérez Royo

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Nos hemos librado de un Gobierno que no ha podido ocultar al final su cara indigna y miserable. José María Aznar ha acabado en el lugar que se merece.

El rumor que circuló por Internet de que el Gobierno había intentado dar el sábado 13 de marzo una suerte de golpe de Estado mediante el aplazamiento de las elecciones era simplemente eso, un rumor, carente de toda veracidad. Así lo entendieron los diferentes medios de comunicación, que no se hicieron eco del mismo. Pedro Almodóvar, en un gesto que le honra, ha reconocido que se equivocó al darle crédito y ha pedido perdón.

Ahora bien, que no hubiera una actividad golpista en ese sentido, no quiere decir que la actividad del Gobierno desde el momento del atentado el 11-M hasta el momento de la apertura de los colegios electorales el 14-M no haya sido una actividad que ha tendido a quebrar el proceso de legitimación democrática del Estado.

El Gobierno ha hecho uso del corazón del Estado, de los servicios de inteligencia, de las fuerzas y cuerpos de seguridad, del servicio exterior, de los medios de comunicación de titularidad pública… para quebrar el principio en el que «descansa toda nuestra ordenación jurídico-política» (STC 6/1981). Ha intentado ganar unas elecciones mediante «la mentira de Estado». Y para darle credibilidad a la misma no ha dudado en engañar al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, a los Gobiernos de los países de la Unión Europea, a los directores de los medios de comunicación españoles y a los corresponsales extranjeros. En la medida en que la legitimidad democrática es el núcleo esencial del Estado y en que la quiebra de la misma es lo que se persigue en todas las operaciones antidemocráticas, es claro que lo que ha protagonizado el Gobierno de José María Aznar en el pasado fin de semana ha sido una operación de esta naturaleza. Las elecciones del 14-M eran unas elecciones para los demás partidos. Para el Gobierno y el PP eran algo distinto. Pensaron durante mucho tiempo que podían ganarlas por las buenas. Pero cuando vieron que les iba a resultar difícil ganarlas por las buenas, decidieron ganarlas por las malas. Y han utilizado el corazón del Estado para intentar conseguirlo.

Ésta es la razón por la que el Gobierno y el PP se encuentran en una situación tan desesperada y por la que les resulta casi imposible reconocer la derrota. No han perdido unas elecciones. Han fracasado en una acción inequívocamente antidemocrática. Y han fracasado a la vista de todo el mundo. Y sin remedio. Si el Gobierno cree que puede rectificar lo que la opinión pública española y mundial piensa de lo ocurrido este pasado fin de semana en España, desplazando la responsabilidad hacia abajo mediante la desclasificación selectiva de un par de documentos, se equivoca de medio a medio. Las mentiras de la guerra de Irak, las del Yak-42, las del 11-M se van a acabar conociendo en su integridad.

El mandato de los electores del 14-M es, ante todo, un mandato de restauración de la verdad. Es la mendacidad del Gobierno lo que ha sido reprobado en las urnas. Es esa reacción ciudadana de exigencia de la verdad lo que nos ha librado de los efectos de una acción antidemocrática, que nos hubiera llevado a una crisis constitucional de casi imposible solución.

Y por eso el resultado de estas elecciones no ha sido recibido con alegría, sino con alivio. Nos hemos librado de un Gobierno que no ha podido ocultar al final su cara indigna y miserable. Entró en 1996 a caballo de una operación turbia, como reconoció uno de sus protagonistas, Luis María Anson, y ha sido despedido en medio de una operación no menos turbia, de naturaleza inequívocamente antidemocrática. El tiempo en un sistema democrático acaba poniendo a cada uno en su lugar. José María Aznar ha acabado en el lugar que se merece.

Javier Pérez Royo

15 Marzo 2004

De la mentira

Juan Luis Cebrián

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«Los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados por engaños»

FEDERICO NIETZSCHE

Cualquiera sea la lectura que se haga de las elecciones de ayer en España, no cabe la menor duda de que uno de los motivos -y quién sabe si uno de los más poderosos- que han facilitado el vuelco electoral a favor del PSOE reside en la inevitable sensación de manipulación y engaño que por parte del Gobierno ha percibido el electorado. Manipulación, al atribuir de forma arbitraria y precipitada a ETA la responsabilidad del brutal atentado de Atocha, después de que asesores de Moncloa sugirieran que eso podría propiciar ventajas electorales. Pero no es quizá ese, con ser muy grave, el peor de los errores que acompaña en la despedida a José María Aznar, sino su machacona insistencia en convertir en dogmas de fe sus particulares obsesiones y discutibles ideas sobre España, los españoles y la manera en que estos deben ser gobernados. No entraré a comentar la hosquedad innecesaria hacia sus semejantes de un dirigente que, en el adiós, puede después de todo ofrecer un buen balance en política económica y una cierta astucia a la hora de retirarse y de no cosechar él personalmente derrota tan sonora como la que ayer sufrió su partido. Me preocupan más las corrientes de fondo que han presidido sus dos mandatos, y de manera muy especial el de su mayoría absoluta: su intransigencia, su visión unilateral de las cosas, su amor al pensamiento único, su facilidad para el insulto, la descalificación y la bronca. Porque, más allá de las características psicológicas del individuo, responden a una forma tradicional de ser y hacer por parte de la España profunda, a un entendimiento de nuestra convivencia que ha generado no pocos males a lo largo de la Historia y casa mal con los comportamientos democráticos. Contrasta, por lo demás, la elegancia con que ayer asumieron la derrota los representantes del Partido Popular y el portavoz del gobierno, y la formidable eficacia con que el ministerio del Interior ofreció los datos del escrutinio, con el espectáculo de división y desconcierto que la sociedad española viene protagonizando ya desde hace años, en gran medida por su culpa. Eso nos permite percibir que la unidad indisoluble del partido de la derecha está compuesta de muy diversos materiales y que, pese a los malos ejemplos que hemos visto, y al comportamiento incivil de algunos militantes que anoche demostraron su mal perder en la calle de Génova, podemos contar con una oposición conservadora digna del apellido democrático.

Contra los que piensan que los políticos son todos iguales, estos que llegan ahora a gobernarnos lo hacen con manera e intenciones muy diferentes a los que se van. Tienen ante sí una tarea no pequeña: han de recomponer el entendimiento de España desde una lectura no sectaria de la Constitución, desde un uso no partidista de la bandera, desde una comprensión diferente del valor de las lenguas del Estado; han de restaurar los mimbres tradicionales de nuestra política exterior, recuperando el espíritu de construcción europea, restaurando nuestras relaciones con Marruecos, y estableciendo una relación de confianza y amistad con los Estados Unidos, sin servilismos como el que nos ha arrastrado a la política aventurera en la guerra de Irak; y han de restablecer un entendimiento de la educación la ciencia y la cultura que rescate los valores laicos propios de la democracia.

Pese a su brillante victoria, no lo va a tener fácil Rodríguez Zapatero. En primer lugar, accede a la primera magistratura del país en medio de una creciente inseguridad ciudadana, cuando apenas nos hemos repuesto del espantoso drama del jueves pasado, y crecen las amenazas contra la libertad y la vida de los españoles. Esperemos que sepa apearse de ese latiguillo electoral utilizado por los aznaristas, en el sentido de que todos los terrorismos son iguales, porque si todos son igualmente execrables y repugnantes, su naturaleza y etiología suelen ser bien distintas, por lo que su tratamiento y solución pasan también por decisiones diferentes. Por lo demás, el nuevo mapa electoral demanda alianzas complejas y asimétricas que permitan aprobar las leyes en el parlamento, en circunstancias especialmente difíciles para el país. El cumplimiento de algunas de sus promesas de campaña más anheladas por los electores, como la retirada de las tropas de Irak, exigirá el ejercicio de formidables habilidades diplomáticas. La recomposición del mapa autonómico, ante la crecida del nacionalismo en Cataluña y el debate sobre el plan Ibarretxe en Euskadi, pondrán igualmente a prueba, y en plazo muy corto, las dotes de diálogo del nuevo ejecutivo. Pero lo menos que hoy puede decirse es que Rodríguez Zapatero ha labrado él mismo su triunfo, instaurando un nuevo estilo de hacer política que huye de las arrogancias del poder y enlaza con los sentimientos del hombre de la calle. Felipe González me dijo un día de él que tenía la mirada limpia. Esa es la condición de los que no saben mentir.

Han sido la manipulación y la mentira, la burda utilización del argumento de la lucha contra el terrorismo como justificación de casi cualquier política, la abusiva ocupación de los medios de comunicación públicos y privados, el oportunismo descarado y la arrogancia pueril lo que les ha costado el poder a quienes ayer lo perdieron. A partir de hoy veremos a los turiferarios de turno destinar sus sahumerios a la nueva autoridad legítimamente constituida. El poder emergente tendrá ocasión de comprobar que el engaño no es del exclusivo acervo de los políticos. Para ir cambiando el paso de lo que nos sucede, ojalá los recién llegados aprecien más las críticas que las adulaciones.

15 Marzo 2004

Doble factura: guerra y manipulación

Ernesto Ekaizer

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La masacre del 11-M cerró de cuajo una de las grandes incógnitas de la campaña electoral: ¿Qué peso tendría la guerra de Irak sobre la actitud de los electores? Los socialistas trataron de evitar transmitir la idea de que la guerra era un aspecto central de su campaña. Aunque José Luis Rodríguez Zapatero habló en muchos de los mítines sobre el asunto, no fue ni mucho menos su tema estrella. Quizá porque los socialistas juzgaron que la guerra tuvo pocos efectos en las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2003.

Pero tanto el atentado terrorista del 11-M como, sobre todo, la conducta del Gobierno de José María Aznar ante él han refrescado la memoria de la guerra. Una mentira, las armas de destrucción masiva,sobre otra, la de que ETA, sin pruebas, había provocado la masacre.

Las movilizaciones del 15 de febrero de 2003 en España contra la guerra de Irak, al tiempo que Aznar entregaba el respaldo incondicional de España en el rancho del presidente George W. Bush, en Crawford, Texas, figuraron entre las más importantes del mundo.

En ninguna otra ciudad española fue más patente el retorno del fantasma que en la manifestación del pasado viernes 12 de marzo en Barcelona, en la que el repudio a la masacre de Atocha, El Pozo y Santa Eugenia estuvo teñido del espíritu antiguerra de febrero de 2003.

No fue una efeméride. La masacre y, junto a ella, la posibilidad de que un grupo terrorista islámico fuera responsable, actuó como un despertador colectivo sobre la guerra y sus consecuencias. Pero un factor adicional tuvo todavía más importancia: la conducta del Gobierno ante la masacre.

El Gobierno de Aznar no sólo decidió que España patrocinara -mañana, martes, día 16 de marzo, se cumple un año de la cumbre de las islas Azores- la guerra ilegal de Irak, sino que, ahora, ante la hipótesis de que un grupo islámico hubiera provocado la barbarie, el Gobierno vendió la autoría de ETA sin indicios materiales. Y contra las conclusiones iniciales de los profesionales de la policía. El Gobierno, por así decir, no podía dejar que la realidad le estropeara la noticia de que se trataba de ETA, a cuatro días de las elecciones.

Existen testigos de que esos profesionales ya desde hora temprana del jueves 11-M le explicaron al ministro del Interior, Ángel Acebes, tres razones por las cuales les parecía que no se trataba de ETA. Primera, la organización no alertó como ha hecho habitualmente; segunda, suponía un cambio estratégico, a saber, el paso a ataques masivos e indiscriminados, el terrorismo negro; tercera, el uso de un explosivo muy potente para el tamaño de las bolsas. Pero el dúo Acebes-Aznar usó antecedentes para hacer verosímil la autoría de ETA.

El Gobierno apostó por una preferencia en la autoría de la masacre del 11-M: ETA. La opción islámica, sabía, retrotraería lo que Rajoy suele llamar el pasado: la guerra de Irak.

Fue la ministra de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, quien mejor reflejó, sin velos, las necesidades del Gobierno, al hacer saber a los embajadores del Consejo de Seguridad que la condena de la masacre debía mencionar explícitamente a ETA, cuando carecía de pruebas materiales. ¿No hubiera dado igual que se repudiara el terrorismo como tal? A juicio de la ministra Palacio, que representó el ardor guerrero del Gobierno en febrero de 2003, no. Todavía ayer, la ministra Palacio sostuvo ante la BBC que la posibilidad de que ETA esté detrás de la masacre «sigue siendo fuerte» y señaló que se investiga una «posible colaboración entre la banda y Al Qaeda».

La presunta autoría de Al Qaeda llegó muy tarde. Pero el aldabonazo hizo despertar la guerra. Estaba dormida. ¡Pero no muerta!

16 Marzo 2004

Las bondades infinitas

Hermann Tertsch

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España ha influido mucho en la suerte del mundo en su larga historia como nación, a pesar de que cada vez sean más los niños españoles que lo ignoran. Lo hizo en casi tres siglos de apogeo imperial, lo hizo de forma trágica como escenario experimental de la Segunda Guerra Mundial y puede que lo esté haciendo ahora sin que ni el más avezado de nuestros merlines lo sepa. Algo ya está al parecer claro en la nueva política internacional que la voluntad popular ha proclamado, y es que vamos a ser pioneros en retirarnos de la fuerza internacional presente en Irak. El anuncio de esta medida por parte del próximo presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, era, ayer por la mañana, inequívoco. Nadie puede reprochar al líder del triunfante PSOE que proclame de inmediato el cumplimiento de una de sus principales promesas electorales, la que a la postre le dio la victoria en las urnas. Si nos han matado a 200 ciudadanos por estar presentes en Irak -pese a todo lo sucedido, sigue pareciendo excesivo decir, como hacen algunos, que estaban allí para matar a niños iraquíes-, lo lógico es que, yéndonos de territorio tan incómodo, evitemos mayores quebrantos aquí en la madre patria. ¿O no?

La inmensa mayoría de los españoles, también de los europeos y quizás dentro de poco también la mayoría de los norteamericanos creen al parecer que la intervención militar en Irak fue no sólo un error capital, sino una empresa criminal orquestada por una banda de extrema derecha radicada en Washington. Y que los primeros ministros del Reino Unido y de España, Tony Blair y José María Aznar, con vocación de «lacayos del imperio», se prestaron como cómplices. El régimen de Irak era -según este pensamiento no el único tan denostado, pero sí ya el único no tachado de belicista y fascista- un mal menor. Como también ETA resulta ser un mal menor, incapaz de cometer crímenes en trenes en Atocha, aunque los planeara en Nochebuena en Chamartín. Sí, es cierto, quería anunciar la bomba con un magnetofón. Sin pilas. ¿Se acuerdan? Al lehendakari Ibarretxe «se le cayó un peso de encima» cuando supo que -lo de Atocha, no lo de Chamartín- no habían sido los de casa.

Los soldados españoles regresan a casa, salvo cambios de última hora. Atrás dejarán a miles de iraquíes que han colaborado con ellos en mantener el orden, impedir saqueos y restablecer servicios. Atrás quedarán las tropas de otros países europeos, latinoamericanos, asiáticos y norteamericanos -votantes de Kerry frente a Bush en su mayoría, a nadie quepa duda- que se enfrentarán a un enemigo envalentonado por los éxitos cosechados en Bagdad y El Pozo del Tío Raimundo. Al Qaeda era hace dos años para muchos europeos un ridículo fantasma agitado por Washington para justificar sus planes imperiales. Hoy, tras las bombas sincronizadas en Europa -aquí-, es un enemigo tan colosal que conviene hacerle caso.

Si queremos paz porque somos buenos, lo mejor realmente es no meternos en líos y dejar que cada uno se arregle como pueda, no vayamos a ofender a algún tercero porque, al fin y al cabo, todo es relativo y quienes nos ponen bombas tienen motivos para estar ofendidos. Busquémoslos en la descolonización, en el imperialismo o mañana mismo en algún desplante percibido en algún Estado fracasado. Mientras exista un agraviado en el mundo, nadie puede molestarse porque le vuelen la cabeza a su hija. Por desgracia, son éstos muy malos tiempos no ya para la lírica, sino para las simples bondades autocomplacientes, porque los vientos de la historia rugen ya otra vez como lo hicieron en Europa entre el magnicidio de Sarajevo y la rendición del III Reich. Fueron tres décadas de furia y sangre como la guerra de los Treinta Años desatada en 1618. Esta nueva guerra del siglo XXI tiene muy lejos su Paz de Westfalia, si acaso se produce algún día. Pero para tener una esperanza de que se produzca -algunas generaciones no la veremos- hace falta más que buen talante, simpatía y diálogo a raudales. Bien está entender al enemigo. Pero los excesos de comprensión crean cuerpos sociales inermes. Y mueren de buenismo infinito, real o imaginario.

17 Marzo 2004

Cuatro días de marzo

Javier Pradera

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Pocos días antes de las elecciones del 25-M, el secretario general del PSOE pronosticaba confidencialmente -sobre la base de sondeos y no de meros deseos- la victoria socialista por cinco puntos de diferencia en el conjunto de las ocho mil circunscripciones municipales. La circunstancia de que PSOE (42,64%) y PP (37,64%) quedaran separados el pasado domingo por esos mismos cinco puntos mágicos invita a reflexionar sobre la curiosa coincidencia. Sin duda, sería necio tratar de borrar del calendario, como factor decisivo en la formación de la voluntad electoral que dio la victoria a los socialistas con 11 millones de votos y 164 escaños, los terribles cuatro días transcurridos entre el brutal atentado del 11-M y el cierre de las urnas el 14-M. A la vez, sin embargo, no menos estúpido resultaría atribuir de forma monocausal al crimen terrorista -pese a su indiscutible eficacia coadyuvante- el doble fenómeno interdependiente de avance socialista y de retroceso popular incubado a lo largo de esta legislatura.

La ventaja real del PSOE en los comicios municipales de la primavera pasada -apenas un punto- no sólo fue mucho más modesta de lo esperado por sus dirigentes sino que recibió además interpretaciones muy diversas: tanto por lo que se refiere al papel desempeñado en este tipo de convocatorias por las candidaturas independientes -bautizadas como tales o refugiadas bajo siglas partidistas-como en lo que respecta a su proyección predictiva sobre las futuras legislativas. Si la arrolladora victoria obtenida por el PP en las municipales de 1995 se tradujo meses más tarde en el raspado triunfo de las generales de 1996, el empate técnico arrancado por el PSOE en los comicios locales de 1999 no fue sino el antecedente de su derrumbamiento en las generales de 2000. Sin embargo, hay razones para suponer que la derrota el 14-M del partido del Gobierno ha sido en buena parte consecuencia de corrientes de fondo, perceptibles ya el 25-M, formadas tras una legislatura signada por el sectarismo ideológico, la arrogancia personal, la intolerancia hacia la oposición y el oportunismo aventurero en el ámbito internacional de Aznar.

A este respecto, cabría utilizar de forma laxamente analógica en la interpretación del 14-M algunas categorías hermenéuticas forjadas por el historiador Lawrence Stone para sus estudios sobre la revolución inglesa del siglo XVII. Con el telón de fondo de unas precondiciones que operan a largo plazo y crean los horizontes de posibilidad de cualquier acontecimiento imaginable, los precipitantes trabajan a plazo medio para transformar lo posible en probable y los disparadores convierten a corto plazo tales probabilidades en hechos. En esa perspectiva, la matanza del 11-M habría sido el catalizador electoral -el fulminante- de unas tendencias presentes en la sociedad española desde las vísperas de los comicios locales del 25-M.

La formidable devastación producida en el partido del Gobierno por el terremoto del 14-M es demasiado vasta para ser atribuida exclusivamente a una monocausa como el atentado del 11-M; si esa hipótesis fuese cierta, no habría sido la oposición sino el Gobierno el receptor mayoritario del voto de una sociedad atemorizada necesitada en situaciones de crisis -para citar a Thomas Hobbes- del amparo del Leviathan, única instancia capaz de garantizar la seguridad colectiva durante los tiempos de guerra «en que hay un constante peligro de perecer con muerte violenta y la vida del hombre es solitaria, pobre, desgraciada, brutal y corta». Pero las averías sufridas por la maquinaria del PP son demasiado graves para ser explicadas de forma simplista: en comparación con el año 2000, los populares han perdido 36 de sus 183 diputados y 700.000 de sus 10.320.000 sufragios, sin contar la parte alícuota de nuevos votantes -en torno a un millón- que hubiera debido corresponderle en el incremento de la participación (desde los 23.400.000 del año 2000 a los 25.840.000 del año 2004). Incluso en las circunscripciones donde ha mantenido sus escaños gracias a la ley d’ Hondt, el PP ha perdido electores: el 10% en Huelva; el 8% en Castellón y Soria; el 7% en Valladolid, Guadalajara y Córdoba; el 6% en Las Palmas, Ávila y Badajoz; el 5% en Palencia, Segovia, Granada, Zamora, Cantabria y Toledo. Demasiada carga explicativa, en verdad, para los cuatro días de marzo.