20 marzo 2014
Fallaras acusó al que fuera jefe de la fundación catalanista de estar realizar un listado de 'malos catalanes'
TV3 ataca en la sección de Empar Moliner a Cristina Fallarás (EL MUNDO) por su polémica con el independentista Agustí Colomines
Hechos
El 20.03.2014 desde el programa ‘Els Matins’ de TV3, la sección de Dña. Empar Moliner acusó al diario EL MUNDO de manipular por un artículo de Dña. Cristina Fallarás publicado en elmundo.es.
13 Septiembre 2013
Democracia y derecho a decidir
Es posible que en los últimos tiempos estemos viviendo en Cataluña una suerte de totalitarismo soft; o, por usar de nuevo el término de Pierre Vilar, una suerte de “unanimismo”: la ilusión de unanimidad creada por el temor a expresar la disidencia. El instrumento de esta concordia ficticia no es la violencia, sino el llamado derecho a decidir: quien está en favor del derecho a decidir no es sólo un buen catalán, sino también un auténtico demócrata; quien está en contra no es sólo un mal catalán, sino también un antidemócrata. Así las cosas, es natural que, salvo quienes sacan un rédito de ello, en Cataluña casi nadie se atreva a dudar en público de un derecho fantasmal que no ha sido argumentado, hasta donde alcanzo, por ningún teórico, ni reconocido en ningún ordenamiento jurídico; también es natural que nadie se resuelva a decir que, aunque parezca lo contrario, no hay nada menos democrático que el derecho a decidir. O, dicho de otro modo: ahora mismo, el verdadero problema en Cataluña no es una hipotética independencia, sino el derecho a decidir.
Me explico. En democracia no existe el derecho a decidir sobre lo que uno quiere, indiscriminadamente. Yo no tengo derecho a decidir si me paro ante un semáforo en rojo o no: tengo que pararme. Yo no tengo derecho a decidir si pago impuestos o no: tengo que pagarlos. ¿Significa esto que en democracia no es posible decidir? No: significa que, aunque decidimos a menudo (en elecciones municipales, autonómicas y estatales), la democracia consiste en decidir dentro de la ley, concepto este que, en democracia, no es una broma, sino la única defensa de los débiles frente a los poderosos y la única garantía de que una minoría no se impondrá a la mayoría. Ahora bien, es evidente que, con la ley actual en la mano, los catalanes no podemos decidir por nuestra cuenta si queremos la independencia, porque la Constitución dice que la soberanía reside en el conjunto del pueblo español (cosa nada rara: salvo la de la extinta Unión Soviética, que yo sepa, ninguna constitución ha reconocido jamás el derecho de que una parte del Estado se separe por su cuenta del resto). ¿Significa esto que los catalanes no tenemos derecho a decidir sobre nuestra independencia? A mi juicio, tampoco: si una mayoría clara e inequívoca de catalanes quiere la independencia, parece más sensato concedérsela que negársela, porque es muy peligroso, y a la larga imposible, obligar a alguien a estar donde no quiere estar. La pregunta se impone: ¿existe esa mayoría? Los partidarios del derecho a decidir sostienen que precisamente para eso, para saber si existe, es indispensable un referéndum (en este asunto, las encuestas no sirven, como comprobamos en las anteriores elecciones); pero, antes de usar ese recurso excepcional e imprevisible, cualquier político honesto y prudente usaría el recurso previsto por la ley: las elecciones. Quiero decir: unas elecciones en las que todos los partidos declaren, clara e inequívocamente, su posición sobre la independencia. En las últimas, los partidos inequívocamente independentistas (ERC más CUP) sumaron 24 diputados de 135: apenas un 17%. ¿Cuántos diputados sumarían los independentistas si en unas futuras elecciones el resto de partidos dijera con claridad si quiere la independencia o no? Eso es lo que deberíamos saber antes de tomar la vía azarosa del referéndum: si hay una mayoría de partidarios de la independencia, habrá que celebrar un referéndum; si no la hay, no.
Es dudoso que vayamos a tener una respuesta a la anterior pregunta, porque CiU sabe que si defiende la independencia en unas elecciones, las perderá (y antes se habrá roto por dentro: aún no sabemos si Convergència es independentista, pero sí sabemos que Unió no lo es), así que seguirá sin decir la verdad a sus electores; en cuanto a la izquierda, todo indica que seguirá atrapada en la telaraña ideológica que le ha tejido CiU –de ahí que acepte el derecho a decidir–, cavando su propia tumba y minando la democracia. No veo otra forma de decirlo: se puede ser demócrata y estar a favor de la independencia, pero no se puede ser demócrata y estar a favor del derecho a decidir, porque el derecho a decidir no es más que una argucia conceptual, un engaño urdido por una minoría para imponer su voluntad a la mayoría.
15 Septiembre 2013
Un silencio elocuente
Me escribe un escritor. Me escribe y me confiesa que, superado por los acontecimientos, está pensando en irse a vivir fuera de España. O por concretar, fuera de Cataluña, para regresar si acaso en ese futuro quién sabe si cercano en que la vida haya dejado de convertirse en un referéndum permanente y no se le exija al ciudadano una definición sustancial, no ya como votante, sino como ser humano obligado a indagar en los sentimientos que le unen a esta o a otra tierra. Me escribe una actriz. He visto en su red social que ha ido colgando fotos de exaltación independentista y me extraña, me extraña de corazón, porque sé que al menos hasta antes de ayer eso no cuadraba ni con su vida ni con su forma de pensar. De tal forma que le pregunto (porque sé que hay independentistas de última hora), le digo: “¿Y eso?”, y me contesta en un mensaje privado que se percibe como un hilo de voz que no se siente capaz de situarse frontalmente en contra de su gente. Y yo reconozco algo que se ha repetido a lo largo de la historia de los pueblos, si es que existe tal cosa: suele ser “tu” gente la que no te permite disentir.
Pero siento que es más raro aún la significativa ausencia de aquellos que no me escriben, que no se expresan; todos aquellos que conozco de unas tierras que tanto hemos frecuentado: escritores, músicos, actores, directores de escena, agentes literarios, editores, directores de colecciones, periodistas, toda esa gente con la que con frecuencia nuestros caminos se han cruzado y sería casi imposible que no se volvieran a cruzar. No sé bien lo que piensan, ya no, y eso en España, o en lo que todavía se llama España, es raro. Rarísimo. Porque no hay país en el que la opinión sea tan inmediata y tan impositiva como en el nuestro. ¿No será que no quieren disentir del fervor mayoritario? ¿No será que quieren permanecer agazapados hasta que la tempestad amaine, hasta que la historia otorgue la razón a unos o a otros?
No hay país en el que la opinión sea tan inmediata y tan impositiva como en el nuestro
Es extraordinario. Porque vivimos en un país en el que continuamente se hacen encuestillas, por razones de Estado o por boberías, entre intelectuales y artistas. Con frecuencia nos encontramos con dos páginas en los periódicos que nos informan de lo que piensa hasta el último escritor de la nota exigida para las becas universitarias, o tal columnista de su repulsa o defensa de la fiesta taurina, o el otro de la ley del tabaco, o del intelectual que abomina de Eurovegas, del actor que habla del IVA, de la escritora que apoya la sanidad pública, o la escuela, o la investigación, o de ese lazo petardil que han constituido Marina Abramovic y Lady Gaga. Con tanta columna y tanta tertulia, cómo no saber: lo sabemos todo de todos. Sabemos incluso más, en muchas ocasiones, de lo que quisiéramos. Pero, de pronto, en este país, que seguramente es tan misterioso como todos los países, pero, como es el nuestro, nos parece de una complejidad insoportable, hay asuntos que no se tratan, o que solo los tratan unos mientras los otros callan. Pasó un tiempo con el terrorismo.
¿No se acuerdan? Iba uno al País Vasco y sentía esa espesura. Se sentaba uno a una mesa y se hablaba de todo con esa gran cordialidad propia del norte hasta que llegaba el momento en que a cada comensal se le perdía la mirada por tener en mente algo de lo que no se podía hablar. Ocurre ahora con el asunto catalán. ¿Qué piensan nuestros amigos? A los de allí, me refiero. Porque finalmente son los que callan con más finura. ¿Qué piensan? Viendo la televisión catalana este verano he podido escuchar a algunos personajes públicos y tenían en común su postura independentista. O al menos no coincidió que yo diera con un entrevistado que tuviera una voz discrepante. ¿Es que los que disienten no quieren salir a dar su opinión, que no la tienen clara?, ¿o es que no les invitan a los programas?
Hay tendencias sociales que provocan un entusiasmo que acogota al que no lo experimenta
Quien creía que con el fin de una dictadura la libertad de expresión ya sería sagrada iba de cráneo. Ya no podemos caer en esa ingenuidad. La presión social puede ser tan impositiva como la represión organizada. Más te vale pensar como piensan aquellos que entre los tuyos marcan el signo de los tiempos. De cualquier manera, no creo que se pueda construir un debate sin permitir la discrepancia. No hay debate si se abruma al adversario. Ni patria que se construya en falso. Por otra parte, tenemos la tentación de pensar que se trata de un mal endémico español, pero basta darse una vuelta por el mundo para comprobar que el silencio también se instala entre los argentinos cuando se trata de defender o denostar a Kirchner o incluso entre los mismos disidentes cubanos.
Quiero pensar que no somos tan distintos o que no pesa sobre nosotros una maldición que nos impida ejercer sosegadamente la democracia. Detestaría que fuéramos peculiares en ese sentido. En todas partes surgen en determinado momento tendencias sociales que provocan un entusiasmo que acogota al que no lo experimenta. Pero es desesperanzador comprobar que los que ayer intercambiaban opiniones hoy intercambian silencios. Hablo de voces que están presentes en la vida pública del país y que enmudecen de pronto. Quisiera escucharlos. Simplemente. Aunque en esta ocasión no deseo poner mi voz a lo que piensan otros, que cada palo aguante su vela.
16 Septiembre 2013
Quina bola! Resposta a Cercas i Lindo
Hi ha opinions per a tots els gustos. Contràriament al que han escrit Javier Cercas o Elvira Lindo, aquest no és precisament un país d’unanimitats. Més aviat ha estat el contrari històricament. El guerracivilisme ha presidit bona part dels segles XIX i XX, llevat de la pau mòrbida de les gairebé tres dècades de dictadura franquista. La unanimitat aleshores sí que era real i ben real, perquè la discrepància es pagava amb presó i fins i tot amb la vida. Per tant, no cal fer gaire cas als ocells de mal averany que anuncien desgràcies de tota mena perquè a Catalunya la gent vol ser consultada sobre el seu futur.
Però és que, a més, la unanimitat ni tan sols es dóna entre els partidaris del sobiranisme. Hi ha fórmules diverses de sobiranisme: des de la confederal fins a la independentista pura i dura, encara que és veritat que una facció de l’independentisme, la més radical i intransigent, tendeix a fer passar bou per bèstia grossa. En fi, el que vull dir és que a Catalunya l’unanimisme (que, aclarim-ho, prové del moviment literari que es basava en la idea de l’escriptor com a representant de l’ànima col·lectiva, del grup humà considerat com un tot: els seus sentiments, els seus desigs, totes les seves emocions i fins i tot els actes de la voluntat, més que no pas de Pierre Vilar, que és el que diu Cercas), no existeix. El que sí que no és pot negar és que el reclam del dret de decidir ha esdevingut el corrent polític principal, el que en anglès denominen mainstream. Per tant, és una exageració dir que a Catalunya “la ilusión de unanimidad creada por el temor a expresar la disidencia” ens ha abocat a una mena de totalitarisme soft. Dit més clar: és una mentida.
No vull entrar a debatre si els catalans tenim dret o no a l’autodeterminació, perquè és d’això que estem parlant. Tant és que li expliquem a Javier Cercas o a Juan Carlos Girauta o als energúmens tertulians de 13Tv que la democràcia consisteix a donar veu al poble. Ells tenen la seva posició, contrària a permetre cap mena de referèndum d’autodeterminació, perquè això és el que vol dir dret a decidir, i no els mourà ningú ni un pam. El que em preocupa, doncs, és una altra cosa. És la utilització del rumor, aquell fenomen social que els psicòlegs asseguren que contamina les converses ocioses i que pot provocar una cascada d’agressions i de violència, com a arma soft —ara sí— contra el sobiranisme. És la tècnica amb què Elvira Lindo arrencava el seu article a El País: “Me escribe un escritor. Me escribe y me confiesa que, superado por los acontecimientos, está pensando en irse a vivir fuera de España. O por concretar, fuera de Cataluña, para regresar si acaso en ese futuro quién sabe si cercano en que la vida haya dejado de convertirse en un referéndum permanente y no se le exija al ciudadano una definición sustancial, no ya como votante, sino como ser humano obligado a indagar en los sentimientos que le unen a esta o a otra tierra. Me escribe una actriz. He visto en su red social que ha ido colgando fotos de exaltación independentista y me extraña, me extraña de corazón, porque sé que al menos hasta antes de ayer eso no cuadraba ni con su vida ni con su forma de pensar.” No dóna noms, però al cap d’uns paràgrafs deixa anar una afirmació malèvola i mal intencionada que justifica tanta prudència: “¿No se acuerdan? Iba uno al País Vasco y sentía esa espesura. Se sentaba uno a una mesa y se hablaba de todo con esa gran cordialidad propia del norte hasta que llegaba el momento en que a cada comensal se le perdía la mirada por tener en mente algo de lo que no se podía hablar. Ocurre ahora con el asunto catalán”. Cal ser mol mala persona per comparar la Catalunya actual amb el País Basc amenaçat pel terrorisme d’ETA… i dels GAL, eh?, senyora Lindo.
I una perla va acompanyada d’una altra, que lliga amb el pretès unanimisme que Cercas associa al totalitarisme: “Viendo la televisión catalana este verano he podido escuchar a algunos personajes públicos y tenían en común su postura independentista. O al menos no coincidió que yo diera con un entrevistado que tuviera una voz discrepante. ¿Es que los que disienten no quieren salir a dar su opinión, que no la tienen clara?, ¿o es que no les invitan a los programas?”. Devia fer zàping constantment perquè si intentés veure TV3 cada dia o Catalunya Ràdio, el nombre de tertulians i escriptors contraris a la independència és desproporcionat atesa la correlació parlamentària. I no cal que li digui res de les televisions privades i els diaris de major tirada. I jo sí que poso noms: Joan López, Alejandro Tercero, María Jesús Cañizares, Rafael Jorba, Lluís Foix, Gonzalo Bernardos, Gemma Galdon, Albert Montagut, Juan Carlos Girauta, José Antich, Xavier Vidal-Folch, Enric Juliana, Cristina Fallarás, Joaquim Nadal, Laia Bonet, Ricard Fernández Deu, Joan Subirats, Juan Arza, Joan Queralt, Jordi Barbeta, Sònia Domènech, Agustí Colom, Xavier Sardà, Juan José López Burniol, Antoni Puigverd, Tirso Gracia, Milagros Pérez Oliva, Jordi Mercader, Arcadi Espada, Oriol Bartomeus, Andreu Mayayo, Joan Tàpia, Toni Comin, Neus Tomàs, Miquel Porta Perales, Joaquim Coll, Núria Ribó, Àlex Sàlmon, Josep-Maria Ureta, Francesc Valls, Antoni Traveria, María Dolores García, Joan Majó, Enric Hernández, Borja de Riquer, José Miguel Villarroya, Ignacio Martín, Javier Nart, Josep Maria Cardellach, Margarita Rivière, Jesús de Miguel, Manuel Delgado, Jordi Évole, Toni Bolaño, Manuel Cruz, Antoni Segura, Veronica Fumanal, Oleguer Sarsanedas, Lluís Bassets, Esperanza García, incloent-hi José Antonio Zarzalejos, Luis del Olmo, Julia Otero o Jordi González (quan encara estava en actiu) i un llarg etcètera. A banda que hi podríem afegir el bon nombre de polítics del PP, C’s, PSC i ICV-EUiA que acudeixen a tertúlies o els fan entrevistes i que es mostren desimboltament contraris a la independència. Qui ho pot negar això? Que algunes de les persones esmentades, per bé que no totes, estiguin d’acord en què cal consultar el poble per resoldre l’escull on som ara no ha de servir per amagar el fet, real, que totes les versions de l’unionisme s’expressen amb normalitat en els mitjans públics i privats.
El 1999 Hans-Joaquim Neubauer va publicar un llibre sobre la història cultural del rumor. Deia que els rumors no són mai una casualitat. Al contrari, són figures complexes que interpreten els fets —la història, si es vol dir així— dels quals sorgeixen amb la clara voluntat d’influir en l’estat d’ànim dels receptors. I això és el que fan Cercas i Lindo quan escampen la idea que Catalunya està subjugada per una caterva de polítics i opinadors que atemoreixen els dissidents. L’única diferència entre el rumor clàssic i aquest d’ara és que l’emissor és conegut. Però no hi fa res. La intencionalitat és la mateixa. ela receptors no som nosaltres, els catalans. El receptor a qui expliquen mentides Cercas i Lindo i uns quants escriptors més és la gent de fora de Catalunya. Es converteixen en traductors per a persones cegues d’una realitat desfigurada amb mentides difoses com un rumor. Un relat fictici. Tan fictici com la falsa fotografia d’aquell turista que l’11-S del 2001 figurava que era a les torres bessones i, de fet, no hi va ser mai. ¡Menuda patraña!,per dir-ho en la llengua en què escriuen Cercas i Lindo. Un pervers exercici de ficció. Una bola com una casa de pagès. A partir d’aquí, el que hauria de ser debat polític es converteix en una història de bons i dolents, guerracivilista més que no pas d’unanimitats. De víctimes i victimaris, per tant. Una història en la qual els independentistes som, és clar, els botxins perquè ens volem separar d’Espanya.
19 Marzo 2014
La lista de los malos catalanes
Hay un tipo en Cataluña que ha hecho una lista. No es un tipo cualquiera, fue presidente del Institut Linguapax, fue director de Unescocat, el centro de la Unesco de Cataluña, y director también de la Fundació Catalanista i Demòcrata, ligada a Convergència Democràtica de Catalunya. Parece ser, me dicen, que en su momento fue un «hombre muy cercano» a Artur Mas, pero esas cosas nunca se sabe qué significan. La proximidad a un político, bonito tema para un río.
Lo que sí se sabe es que el hombre ha hecho una lista.
Se podría decir que es una lista catalana. No de productos de la tierra, no de monumentos destacados, no de libros imprescindibles, sino de nombres. Ay, una lista de nombres. ¿Y qué nombres se incluyen en esa lista? Los de las personas que el autor considera «tertulianos y escritores contrarios al independentismo».
No me gustan las listas, ni siquiera las de los libros más baratos. Una lista siempre señala, siempre excluye, siempre destaca, una lista sirve precisamente para esas cosas. Una lista sirve para usarla.
El señor que ha hecho la lista tiene sus ideas, quiere una Cataluña independiente de España, algo que me parece no solo respetable, sino comprensible. Si yo pudiera, también me iría de esta España chata, injusta, empobrecida, machacada. Tiene sus ideas, decía, y decide por lo tanto señalar a quienes piensan lo contrario, enumerar sus nombres y apellidos, dejar constancia escrita. ¿Para qué? Pues puede incluso que el tipo ni siquiera se haya parado a pensar eso, el «paraqué» de su acusación. Pero no se preocupe, caballero, que otros vendrán que le encontrarán utilidades. Historia, se llama, Historia, exclusión, señalar se llama. Y también, para los que piensan como él, podría llamarse lista negra.
Una lista nunca es inocente.
PD. Estos son los nombres: Xavier Sardà, Jordi Évole, José Antonio Zarzalejos, Luis del Olmo, Julia Otero, Jordi González, Juan José López Burniol, Arcadi Espada, Núria Ribó, Manuel Delgado, Xavier Vidal-Folch, Gonzalo Bernardos, Margarita Rivière, Borja de Riquer, Joan López, Alejandro Tercero, María Jesús Cañizares, Rafael Jorba, Lluís Foix, Gemma Galdon, Albert Montagut, Juan Carlos Girauta, José Antich, Enric Juliana, Joaquim Nadal, Laia Bonet, Ricard Fernández Deu, Joan Subirats, Juan Arza, Joan Queralt, Jordi Barbeta, Sònia Domènech, Agustí Colom, Antoni Puigverd, Tirso Gracia, Milagros Pérez Oliva, Jordi Mercader, Oriol Bartomeus, Andreu Mayayo, Joan Tàpia, Toni Comin, Neus Tomàs, Miquel Porta Perales, Joaquim Coll, Àlex Sàlmon, Josep-Maria Ureta, Francesc Valls, Antoni Traveria, María Dolores García, Joan Majó, Enric Hernández, José Miguel Villarroya, Ignacio Martín, Javier Nart, Josep Maria Cardellach, Jesús de Miguel, Toni Bolaño, Manuel Cruz, Antoni Segura, Veronica Fumanal, Oleguer Sarsanedas, Lluís Bassets, Esperanza García, Cristina Fallarás.
21 Marzo 2014
No em trec del cap la Júlia Otero
El que és més revelador de tota la bola que ha muntat la columnista Cristina Fallarás al diari EL MUNDO és el paper de la Júlia Otero. Per si no n’estan al cas: l’Agustí Colomines va fer un article de resposta a articles d’ Elvira Lindo i Javier Cercas. En aquest article, volia desmuntar les paraules de Lindo, que havia escrit que a TV3 no hi ha cap tertulià contrari a la independència. En Colomines, doncs, li donava una llista llarguíssima de tertulians o comunicadors per provar que no tenia raó. Què va fer la Fallarás? Escriure a EL MUNDO ( What else? ) que a Catalunya “un tipus” havia fet una llista de mals catalans. Com si l’article d’en Colomines, en realitat, fos això: un llistat que “delatés” els que no eren sobiranistes. Com si estigués fent una “llista negra”.
La manipulació és tan basta que no en faria cap comentari si no fos per aquesta qüestió de la Júlia Otero. Ella (una de les persones que l’autor citava com a comunicadors contraris a la independència) va penjar l’article de la Fallarás al seu compte de Twitter. I ho va fer perquè, suposo, se’l va creure. No pressuposo en ella cap mala fe. No pressuposo en ella una comprensió lectora deficient. No pressuposo en ella que hagi de fer bullir l’olla a base de boles, com l’altra. El que suposo és que va llegir l’article de la Fallarás i se’l va creure.
Però vivim uns temps en què el periodista honest no només ha de contrastar les seves fonts. També ha de contrastar el que escriuen els altres periodistes, perquè poden ser deshonestos i mentiders. Avui no et pots refiar de la deontologia d’algú que escriu una columna en un diari. La Júlia Otero ha sigut molt ingènua. Això és el periodisme d’ara, d’avui, no hi donem més voltes. Algú que escriu una mentida que li agradaria que fos veritat.