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Los críticos de televisión cargaron contra el programa de Bores por considerarlo 'telebasura'

TVE crea el talk-show ‘Digan lo que Digan’ presentado por Jaime Bores, para competir con ‘Ana’ (Globomedia) de TELECINCO

HECHOS

En septiembre de 1997 la cadena pública nacional, TVE, estrenó el programa ‘Digan lo que Digan’ presentado por D. Jaime Bores a las 19:00 de lunes a viernes. Es decir, a la misma hora que TELECINCO emitía el programa ‘Ana’, producido por Globomedia.

Ante el éxito del ‘talk-show’ de TELECINCO ‘Ana’ producido por Globomedia, la cadena pública nacional, Televisión Española (TVE) decidió no quedarse atrás y encargó a D. Josep Ramón Lluch que creara un ‘talk-show’ para TVE. Ese fue el nacimiento del programa ‘Digan lo que Digan’ que presentaría D. Jaime Bores (el Sr. Lluch no podía presentarlo, porque ya era presentador del programa de CANAL 9, ‘Parle vosté, calle vosté’, por el que se hizo célebre el Padre Apeles).

josep_ramon_lluch D. Josep Ramón Lluch

El formato del programa del Sr. Bores sería similar al que Globomedia había ideado para ‘Ana’. Plantear un tema íntimo, preferiblemente sexual «¿Es mejor llegar virgen al matrimonio?», «En la pareja, ¿es necesarlo funcionar bien en la cama?», «¿Se fía de su marido cuando se queda de Rodríguez?» y que un grupo de ciudadanas anóminas comentara sus experiencias personales ante la cámara para que otras pudieran apoyarlas o escandalizarse de ellas.

LA PRENSA Y EL PSOE CONTRA BORES

La aparición de aquel ‘talk-show’ desató las críticas de los críticos de televisión de la prensa, como D. Ferrán Monegal o D. Carlos Boyero y también de la oposición, del PSOE que era muy crítica con la mayoría de espacios de la TVE de aquel momento (entre 1996 y 2004 TVE estuvo controlada por el PP, por ser este el partido que estaba en el Gobierno).

Pero quizás estos ataques también jugaron a favor de ‘Digan lo que Digan’ de TVE para que tuviera más repercusión y superara en audiencia a ‘Ana’ de TELECINCO, que tras su derrota fue retirado de la parrilla en marzo de 1999.

10 Diciembre 1997

EL PUEBLO TOMA LA PALABRA Y CABRERA TRIUNFA

Carlos Boyero

El antiguo sex symbol de la meteorología en TELEMADRID Jaime Bores dedica su Digan lo que digan a Errores judiciales

Las televisiones no siguen el paternalista lema «todo para el pueblo, pero sin el pueblo» que propuso aquel rey prusiano tan coherentemente elitista y cínico, fijando uno de los principios del despotismo ilustrado. El medio de comunicación más poderoso, además de hacer real la lúcida profecía de McLuhan sobre el fugaz aunque inolvidable momento de popularidad y de gloria que alcanzarían los ciudadanos anónimos gracias al protagonismo que les otorgarían sus cámaras, ha decidido desde hace tiempo exhibir su profundo espíritu democrático y dedicar una parte importante de su labor al «todo para el pueblo, pero con el pueblo». El sufrido pueblo, naturalmente, está encantado con la atención que presta la tele a su problemática vital, a sus dramas o alegrías cotidianas, y que además sean ellos mismos los que nos cuenten lo que les ocurre y en loor de multitud, que los vecinos les comenten con gesto orgulloso o adulador: «Ayer te vi en la tele».

Si repaso la programación del martes descubro que en Telemadrid La hora de Mari Pau está dedicada al apasionante tema Me casé sin estar enamorada, en el Ana de Tele 5 (Ana García Lozano fue la intuitiva pionera, eficaz conductora y plagiada por todo cristo de esta tribuna pública del pueblo llano, pero encuentro excesivamente egomaniaco que su programa llegue al extremo de titularse exclusivamente Ana) los muy astutos no nos describen anticipadamente el previsiblemente jugoso contenido del día, y en TVE-1, el antiguo sex symbol de la meteorología en TELEMADRID Jaime Bores dedica su Digan lo que digan a Errores judiciales. Sospecho que todas las televisiones autonómicas también poseen un hermano presumiblemente gemelo de las anteriores perlas, pero con lo que veo me basta para comprender y admirar el esfuerzo colectivo de las teles para que el amado pueblo tome directamente la palabra.

Buenas noticias en la televisión, buenas noticias para la cultura. Le han concedido el merecido Premio Cervantes al escritor que cuando era un niño su madre le preguntaba «¿Qué prefieres: cine o sardina?» y el muy romántico respondía sin el menor asomo de duda: «Cine», al tipo que hizo filigranas con el lenguaje en Tres tristes tigres, al cinéfilo que jamás perdió el sentido del humor ni la brillantez al hablar de su adicción, a un escritor con hermoso, inconfundible e inimitable estilo, al infante difunto que describió con belleza la añorada Habana de su memoria y los amaneceres en el Trópico, a alguien que me redescubre siempre «el placer del texto» del que hablaba Roland Barthes, al cubano errante e inevitable o vocacional inglés adoptivo Guillermo Cabrera Infante.

Carlos Boyero

28 Octubre 1998

YO OS DIGO: NO, BASTARDOS

Carlos Boyero

Un maniquí rubio de deplorable oratoria [Jaime Bores] nos anuncia el insólito tema del día: «Hoy vamos a tratar el sexo, porque parece que está como muy de moda y que si tal, aunque últimamente yo creo que se abusa de este tema

Puedo prometer y prometo (qué extraordinario actor e inquietante personaje Adolfo Suárez, abusivo inventor de esta frase con resultados dadaístas) que mi mayor placer al describir con volátiles palabras impresas lo que veo, escucho y siento en la tele, en el cine o en la indefinible vida consiste en transmitir o compartir mi gozo con ese anónimo lector ante la alegría, la emoción, las sensaciones gratas o la diversión que me ofrece ese espectáculo. Detesto bucear en las heces, aunque dé juego al sentido crítico y a la brillantez epidérmica. Siento piedad ante la desolada confesión de Borges: «He cometido el peor de los pecados: no he sido feliz». Y lamento la paradójica certidumbre del genial Stendhal: «He puesto mi felicidad en estar triste». No cambio una hora de risa o de plenitud en mi vida por construir una obra bella y profunda (suponiendo que fuera capaz, algo que hasta mi feroz egolatría duda) alrededor del sufrimiento o de la tristeza. Lo que más valoro, anhelo y envidio es a los ancianos que se largan al desconocido barrio de la muerte con la convicción de que su estancia en este mundo ha sido cojonuda, a pesar de algunos pesares.

Este largo y trivial prólogo es para aclarar que mi sentido del humor, poderoso antídoto contra la estupidez pretenciosa, se agota a veces ante las toneladas de banalidad satisfecha o de estratégica cochambre que debo sufrir en la tele, supermercado que pretende ser espejo no deformado de la vida y que podía ofrecer calidad por idéntico precio con el que fabrica mierda. No soy un profesional de la negación, un complacido analista de la fealdad ética y estética. Detesto el paternalismo y la agresión sin causa, no me creo en posesión de ninguna verdad absoluta ni relativa. Sólo ofrezco mi testimonio ante las actividades de ese aparato cuadrado que es el exclusivo, mentiroso y grotesco vehículo de comunicación con el mundo exterior para la mayoría de la gente.

Acabo de padecer otra entrega de esa bazofia naturalista de Digan lo que digan, clónica muestra de la moda de ofrecer la palabra al pueblo llano para que narre en público sus miserias o sus grandezas íntimas. Pues eso: ¿Qué más da lo que yo diga o que mi hastío agote el diccionario del refinado arte de la injuria?

Un maniquí rubio de deplorable oratoria nos anuncia el insólito tema del día: «Hoy vamos a tratar el sexo, porque parece que está como muy de moda y que si tal, aunque últimamente yo creo que se abusa de este tema. Hombre, para ser franco, es algo importante en nuestras vidas. Pero no teman, como ya es costumbre aquí, todo está tratado con muchísimo respeto».

Una dama otoñal cuenta sus ocho días de éxtasis sexual durante la luna de miel; y otra, su frigidez a lo largo de ocho años de matrimonio porque vivían con su puritana suegra y ésta se mosqueaba si les oía follar. Deprimente. Sin comentarios. No me quedan fuerzas.

Carlos Boyero

27 Marzo 1999

HISTORIA DE UN BOSTEZO

Ferrán Monegal

El jueves por la tarde, en el programa del pimpollo Jaime Bores (‘Digan lo que Digan’, TVE-1) una señora relataba lo impresionada que quedó el día que pilló a su esposo en la cama con otra. En esas estábamos cuando se escuchó de pronto entre el público, un sonoro bostezo. Salto inmediatamente Bores, airado y exclamó: «¿Quién ha bostezado de semejante manera…? ¡Que dé la cara…! ¡Venga, sea valiente!’ Y viendo que nadie levantaba el dedo, reparó en un ser humano que rellenaba un lugar entre el público asistente.

Era un hombre de cierta edad. Rudo de aspecto. Un jubilado, seguramente, que tras una larga y dura vida de labor había sido ahora cazado a lazo en esas razias que practica la tele sobre personas indefensas que toman el sol en las plazas públicas o en los balconcillos de las residencias del Imserso. Bores se abalanzó sobre él con ademán furiso, le señaló amenazadoramente con el dedo y gritó: ¡¿Usted?! ¿Usted? Ahí la vergÑuenza que pasó aquella criatura fue tremenda. Su cara fue cambiando de color, rápidamente y acabó más roja que el libro rojo de Mao, que, como todo el mundo sabe es rojo completamente. Y aunque con voz entrecortada y ademanes diversos intentó negar que fuese él quien exhaló el bostezo, de nada le sirvió: Bores le había sentenciado. Más aún; dirigiéndose al resto de público asistente añadió: «¡Miren, miren todos, que cara de gorrino tiene!». Rubricó esta última frase con una risotada sardónica.

P. S. – El PSOE ha pedido que retiren este programa por morboso. Retiren también a Bores. Por insultador y por faltón

Ferrán Monegal

El Análisis

LAS AMAS DE CASA TAMBIÉN QUIEREN SEXO

JF Lamata

Supongo que todos tienen derecho a hablar de sexo. Si adultos y jóvenes se quedaban por la noche para ver a los Sres. Pepe Navarro o Javier Sardá hablando de sexo con famosos, ¿por qué no iban poder las amas de casa ver en la sobremesa otro programa de sexo? En ‘La Sonria del Pelícano’ o ‘Crónicas Marcianas’ salían puteros o prostitutas a hablar de sexo. En ‘Digan lo que Digan’ o ‘Ana’ salían la vecina del quinto y el quiosquero de enfrente a hablar de lo mismo. Aunque en el fondo no dejaba de ser más de lo mismo.

J. F. Lamata

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