25 febrero 2020
En vez de animar a la gente a prevenir contagios, TVE anima a la gente a no preocuparse ridiculizando a los hipocondriacos
TVE se moviliza en la defensa de que el COVID no supone peligro: «No llega ni a gripe y el que diga lo contrario genera alarmismo»
Hechos
El 25 de febrero de 2020 D. Lorenzo Milá interviene en ‘Los Desayunos de TVE’ para negar que el covid suponga riesgo alguno.
Lecturas
En febrero de 2020, una palabra recorrió el planeta, «coronavirus». El Gobierno puso en marcha un argumentario: el COVID no suponía ningún peligro mortal, era equivalente a una gripe y lo único peligroso era el alarmismo de los hipocondriacos y conspiranoicos. Los informativos de Rosa María Mateo y el «intruso» Enric Hernández se pusieron manos a la obra para difundir esa posición.
El 12 de febrero de 2020 los programas informativos de RTVE anunciaron la cancelación de la feria internacional de comunicaciones Mobile World Congress, de Barcelona. Las marcas (incluidas Nokia, Orange y Vodafone) se retiraron por considerar que España no era un lugar seguro tras aparecer los primeros contagios, contradiciendo el dis- curso del Gobierno de que no había peligro alguno. Por los telediarios, desfilaron «expertos» para repetir la idea del Gobierno: «No hay razones de salud pública para alterar la vida normal». Almudena Ariza apareció, micrófono en mano, en la cumbre de la OMS y usó un original argu- mento para reivindicar la ausencia de riesgo: «Detrás de esta puerta están reunidos los que más saben de coronavirus en el mundo, no hemos visto ninguna señal de alarma y ni uno solo de ellos va con mascarilla (…), no han hecho ninguna recomendación sobre restringir viajes o comercio».
El programa Los desayunos del día 13 informó de la noticia con un gran titular: «El miedo gana la batalla». Los periodistas responsables no se plantearon ni como hipótesis que hubiese un peligro real de pandemia. Si las marcas abandonaron el Mobile World Congress fue porque se dejaron llevar por el miedo. Iolanda Mármol, mano derecha de Enric Hernández, apareció en pantalla para asegurar que «no había razones sanitarias para cancelar el MWC de forma que la única manera de entenderlas es por ese miedo (…). Nos dejamos llevar por un ataque de pánico, porque aquí lo importante es que no hay motivos sanitarios para cancelar el MWC».
El día 26 de febrero de 2020, cuando ya había diez contagios, los reporteros se aseguraban de informar del tema añadiendo coletillas que reiteraban la idea del Gobierno: no hay peligro alguno. El responsable del Centro de Coordinación de Alertas Sanitarias apareció en el plató del Telediario 2 para hacer unos alegatos que no superarían un verificador de la verdad: «Estamos teniendo una preocupación excesiva a nivel poblacional (…). No es una enfermedad de una gravedad excepcional que tenga que preocupar de forma exagerada a la población».
Pero quien más se cubrió de gloria fue el corresponsal en Roma, Lorenzo Milá, que asumió el relato gubernamental con un entusiasmo difícilmente justificable: «Estamos ante un tipo de gripe (…); la mayor parte de los infectados se están recuperando en su casa como si fuera una gripe común, menos de la mitad están hospitalizados y hay apenas veinticinco personas en la UCI (…), pero que, chico, parece que se extiende más el alarmismo que los datos», dijo en Los desayunos, el 25 de febrero de 2020. El alarmismo estaba ganando a los datos, según Milá, que puso de manifiesto la actitud de un periodismo que no tenía ganas de cuestionar la versión oficial por miedo a ser tachado de sensacionalista o conspiranoico.
El día 29 había casi sesenta personas contagiadas. Pero la línea editorial de los informativos de TVE no se movió: el peligro no era el virus, sino el miedo infundado que había sobre él. El posicionamiento no cambió hasta la marcha feminista, que los partidos del Gobierno del PSOE y Podemos tenían prevista para el 8 de marzo. En ella también querían estar PP y Ciudadanos. Vox, lejos de hacer llamamientos para quedarse en casa, decidió contraprogramarla con su propio acto público. En ese contexto Hernández ordenó el 4 de marzo, cuatro días antes del 8-M, la emisión de un especial informativo: «Coronavirus. Combatir el miedo», presentado por Carmen Baños y muy publicitado por los informativos. Fue un llamamiento a la calma, en el que se decía que no había motivos reales para preocuparse por el COVID y que el único peligro era hacer el juego a los hipocondriacos.
Dos días después del 8-M todo estalló. El 11 de marzo de 2020 los mismos telediarios que habían defendido que no había peligro reconocieron dos mil contagios y la muerte de casi cincuenta personas. El 13 de marzo se decretó el cierre de fronteras y el estado de alarma en todo el país, con la prohibición de salir de casa. Aquel virus tan inofensivo acabó con la vida, según los datos publicados por la web de Seguridad Nacional del Gobierno, de 50.837 personas. En Italia, el país donde según Lorenzo Milá no era más que una simple gripe, perdieron la vida por coronavirus 73.604 personas.
RTVE tuvo un argumento innegable para defenderse: «Oiga, no nos culpen a nosotros, nos fiamos de lo que nos decía el Gobierno». Era la excusa que podrían usar todos los periodistas que, durante las cuarenta y ocho horas posteriores al 11 de marzo de 2004, defendieron que aquellos atentados eran responsabilidad de ETA. «Era lo que decía el Gobierno». La línea editorial de asegurar entre el 12 de febrero y el 8 de marzo de 2020 que el peligro real no era el virus, sino el alarmismo, no fue solo cosa de Hernández. Basta seguir el resto de medios relevantes, periódicos, radios y televisiones en ese mismo periodo, para ser consciente del papelón que hizo el sector periodístico en aquellos primeros días.
Lo mismo que hizo la clase política. Unidos siempre por un cordón umbilical con la clase mediática, siempre quedará la duda de qué habría pasado si se hubiera aceptado el alarmismo como base para fijar medidas preventivas que solo se pusieron en marcha cuando la infección estaba extendida. Nunca la expresión «mal de muchos, consuelo de tontos» fue tan representativa del comportamiento profesional periodístico, que no tuvo ganas de cuestionar las fuentes sanitarias oficiales y se limitó a ser correa de transmisión del oficialismo (en algunos casos con verdadero entusiasmo), bajo el triste argumento de que todos están haciendo lo mismo.